Leer a María Zambrano es abrir una
ventana a lo ignoto, que, mediante el
ejercicio de pensar, se va vislumbrando
hasta acceder a la esencia de su
conocimiento. Para el común de los
mortales, la lectura del filósofo, en
este caso de la filósofa, es compleja e,
incluso, fatigosa y, a veces, aburrida,
si no se está suficientemente motivado,
no sólo por el tema en sí mismo, sino
por un estado actitudinal orientado al
conocimiento, al cuestionamiento
sistemático de todo el tránsito del
camino a la verdad asintótica a la que
se pretende llegar o, al menos,
comprender para descubrir la esencia del
ser en todas sus dimensiones e
interacciones.
Todo filósofo, o filósofa, cuando
elabora un pensamiento racional va
mostrando un camino, una vía por donde
se ha de ejercer el uso de la razón.
Pensar es un ejercicio más o menos
complejo en función del hábito que se
tenga para hacerlo. Leer a los grandes
pensadores lleva a un enriquecimiento
singular, pero a su vez es un reto para
alcanzar el nivel de elaboración y
profundidad que se nos muestra. El
soporte de la razón estriba en el
conocimiento y, ante una gran filósofa
como María Zambrano, se observa un
bagaje intelectual que muestra su vasta
erudición, su amplia capacidad de
comprensión y su alta cualificación para
computar, cognitivamente, la relación o
interacción entre los diferentes
elementos que conforman la diversidad
del obrar humano y los principios más
generales que organizan y orientan el
conocimiento de la realidad.
Pensar, “filosofar”, según mi modesto
entender, es discurrir acerca de algo
que se observa con la racionalidad del
razonamiento. Es un elevado pensamiento
que busca el valor de la verdad, que
pretende encontrar el sentido de la
existencia y, a su vez, los parámetros
que se conjugan para comprenderla, la
esencia, el néctar del ser, el ente o la
substancia con que definen al sujeto en
relación interactiva con el medio donde
se entronca su existencia. En todo caso,
pensar debería enmarcarse, también,
dentro del proceso científico de
contrastación de la hipótesis,
elaborándola y confirmándola, ya que
cualquier pensamiento se sustenta en una
hipótesis inicial o pensamiento primario
que llama a una mayor elaboración del
mismo.
El atributo principal del ser humano es
su capacidad de pensar, de dudar, de
discernir y deducir, de computar
cognitivamente sus percepciones a través
del razonamiento y las emociones. Somos
las ideas que fraguamos, crecemos con
ellas, mientras nuestro cuerpo físico
es, solamente, el continente efímero que
soporta el complejo sistema que nos
permite elaborar el pensamiento.
Nuestro libre pensar es un derecho
inalienable que no debe coartar nadie
por causa alguna, pero también una
obligación con la sociedad para
enriquecerla dentro de la diversidad de
visiones del prisma existencial. Tenemos
la obligación de pensar, de discernir,
para crecer y evolucionar
intelectualmente, a la par que
compartirlo con los demás. La sociedad
se desarrolla mediante las sinergias de
los pensamientos de sus miembros,
mediante el intercambio de las ideas,
del conocimiento y las experiencias de
cada uno.
Adquirimos, pues, dos obligaciones
sociales: una es pensar y desarrollar
ideas y la otra es hacer que trasciendan
a la gente para que ellos también
crezcan al considerar las visiones y
opiniones que aportamos, mediante el
análisis que pudieran realizar de las
mimas, al igual que nosotros debemos
hacer con los otros pensamientos. Es
más, nuestra propia trascendencia y su
solidez, una vez la Parca nos arrebate
la vida, dependerán de los testimonios
que hayamos dejado sobre ellas. Tener un
hijo, plantar un árbol, escribir un
libro… son expresiones populares de
formas de trascender a la muerte,
perpetuar la especie, garantizar la vida
en la naturaleza y dejar constancia de
nuestra existencia mediante lo escrito.
Mas no es mi intención hacer una
disertación sobre la Filosofía, de la
que soy un neófito, sino hablar de María
Zambrano, de su impresionante obra,
sobre todo de su percepción de esta
España nuestra, tan singular, cuya
idiosincrasia nos ubica donde estamos o,
lo que es lo mismo, donde nos trajo la
historia, para lo que recurro a un nexo,
a su análisis de La España de Galdós,
ese ensayo donde, a caballo de la novela
Misericordia, va desgranando, o
diseccionando, la esencia del ser, de un
ser atrapado por la historia y una
realidad no real que refleja una
sociedad donde, en un marco que conjuga
la tragedia de la vida y su
afrontamiento como forma de superación
del mismo, el sujeto se diluye, a la par
que se conforma como ente singular
inmerso en el drama de un pueblo
atrapado por la Historia, como ya he
referido.
Galdós, que es la otra pata que soporta
mi discurso junto a Zambrano, es crítico
y didáctico a lo largo de toda su obra.
Con el pincel de su pluma va perfilando
el verdadero cuadro de una España en
declive, donde el orgullo y la miseria
se dan la mano como forma de enfrentarse
a una realidad que choca con otra
realidad impuesta por el devenir del
tiempo. La realidad como forma de un
sentimiento patrio consolidado a través
de la historia de un imperio que se
pierde y se diluye, cual azucarillo, en
el siglo XIX. El espíritu definitorio de
la esencia del ser español está
condicionado por la implacable
incidencia de la religión y la
aristocracia, conjugada con la
quijotesca heroicidad del altruismo, que
surge de forma incomprensible en un
mundo de miseria, mendicidad, vagancia y
picaresca, donde transcurre la vida de
Benina (Nina), Doña Paca y el ciego
“Almudena” en la mencionada novela,
junto a otros personajes secundarios.
El mismo Pérez Galdós, en el prólogo a
la edición de Misericordia de
1913, explicaba así sus planteamientos
de partida:
«En Misericordia me propuse descender a
las capas ínfimas de la sociedad
matritense, describiendo y presentando
los tipos más humildes, la suma pobreza,
la mendicidad profesional, la vagancia
viciosa, la miseria, dolorosa casi
siempre, en algunos casos picaresca o
criminal y merecedora de corrección.
Para esto hube de emplear largos meses
en observaciones y estudios directos del
natural, visitando las guaridas de gente
mísera o maleante que se alberga en los
populosos barrios del sur de Madrid.
Acompañado de policías, escudriñé las
“casas de dormir” de las calles de
Mediodía Grande y del Bastero…, pude ver
de cerca la pobreza honrada y los más
desolados episodios del dolor y la
abnegación en las capitales
populosas...».
María Zambrano Alarcón
(1904 - Madrid, 1991) nació
en Vélez-Málaga, de donde se
trasladó a Madrid y Segovia
a una edad temprana. Estudió
en Madrid y colaboró en
publicaciones estudiantiles.
Exiliada tras la Guerra
Civil, enseñó en México y
Cuba, y regresó a España en
1984. Su obra abarca desde
el ensayo filosófico a la
prosa poética y el artículo
en revistas y periodicos,
destacando por su
pensamiento poético,
compromiso cívico y su
interés por la búsqueda de
principios morales.
Zambrano y Galdós se acercan a un mismo
diagnóstico, a una semejante percepción
de esa realidad irreal que Galdós, tan
magistralmente, presenta como una forma
de atrapar al personaje de sus novelas.
Galdós entronca al personaje con su
entorno, describe la irreal realidad a
que le somete y hace brotar, en el
mismo, valores y actitudes de una
complejísima psicología donde ya no se
sabe si la realidad que describe forja
al personaje o es este el que conforma
la realidad percibida. Tal vez sean
ambas cosas, la descripción de la cruda
realidad en que, el autor, enmarca al
personaje es tan dramática que este se
ve inducido a crear otra realidad irreal
para poder seguir viviendo sin
disonancias cognitivas. El personaje,
pues, ha de acoplarse a esa realidad
galdosiana que lo abduce, porque el
ansia de vivir se sobrepone, como dice
José Luis Mora García en la introducción
a La España de Galdós, donde el
hambre y la esperanza “son los
principios que alimentan el ansia de
vivir, más allá de la realidad que puede
negar la propia vida”. Mora García emite
un juicio de mayor aproximación a la
concordancia entre ambos autores cuando
dice:
«Compartieron, pues, Galdós y Zambrano
el afán por descubrir las verdades de la
historia, de las historias, y el
esfuerzo por conseguir que esas verdades
llegaran a tiempo, antes de que la
propia historia las inutilizara. Cuando
está en juego la vida, sólo en la
Historia es posible hallar la salvación
ante la encrucijada que forman la verdad
frente a la mentira y la propia vida
frente a la realidad».
Ya en boca de Zambrano aparece una
apreciación sobre la obra de Galdós,
especialmente significativa y digna de
reseñar con sus propias palabras:
«La historia, las historias que cuenta
Galdós, lo son de una vida arrolladora.
Una vida arrolladora que se pierde y se
deshace en historias, que se desangra en
ellas literalmente. Y más que en ningún
otro lugar se está obligado a admitir,
ante este espectáculo sin par de la
novela galdosiana, la diversidad entre
vida, propiamente vida humana, y humana
historia. Y lo inexorable de que la
humana vida engendre esta su más que
humana historia desmesurada: más y menos
que humana historia. Una historia nacida
por la humana condición, un lugar de
arrebato y aun éxtasis y un abismo. Una
sima con un nombre: España. Si no fuera
por ella, se diría que todos los
personajes alcanzarían su ser, lo que de
verdad tiende a ser, su promesa que de
tanto en tanto se enciende ante la
mirada del lector que asiste a una
tragedia total, una tragedia única que
envuelve a todos los personajes, a
todos, aun los más apartados por su
anonimato de las históricas acciones y
pasiones.
Pues no están los personajes de Galdós
—Novela, Episodios, Dramas— sumidos en
la Historia, envueltos en ella, en ella
complicados, solamente como lo están los
de toda novela, por muy al margen de la
historia que sus personajes vivan, ya
que a ninguna humana vida le está
permitido vivir fuera de ella. Lo que, a
través de ese laberinto que es la obra
de Galdós, percibimos que sucede es otra
cosa, algo así como un estar la vida, la
de todos y cada uno de los personajes
que la pueblan, apresada en la historia.
Como si el argumento entre todos fuese
este conflicto entre vida personal e
historia.
Galdós ofrece en el abigarrado mundo de
Novelas y Episodios, y aun Dramas —sin
enunciarlo teóricamente, huelga
decirlo—, este conflicto, llevado a
veces a su extremo, haciendo sentir la
condenación de la historia sobre la
vida. Y aun despierta la sospecha, como
siempre que nos encontramos con algo que
implacablemente condena, de si ella, la
Historia, no estará acaso por algo
condenada. ¿Sucederá esto en España
especialmente, o será que Galdós
—nuestro Galdós— lo haya sentido y
percibido más agudamente que nadie,
porque el español sea sensible, más
sufriente de este conflicto que nadie?».
Zambrano viene a plantear cómo Galdós,
en su obra, nos muestra que la historia
se le mude en novela a todo un pueblo, a
todo un conjunto de personajes que
aparecen vagando en un ambiente, en un
espacio donde ya no es posible otra
cosa, porque ellos no pueden vencerla,
ya que la suerte está echada, como se
aprecia en los protagonistas de
Misericordia. Como refiere Zambrano
sobre esa suerte: «Su suerte, ¿cuál? ¿No
será esta de pertenecer a un mundo en
que la historia se ha convertido en
novela? Como si ella, España, hubiera
corrido la suerte de Don Quijote y la
historia se le hubiese convertido en
novela» y a ellos personajes de novela.
Los personajes de Galdós emanan de sí
mismo porque se siente adherido a ellos,
brotando de su alma de modo natural,
siendo el autor la naturaleza de donde
nacen. Parece como si, al ir buscando
Galdós la realidad desde el primer
momento, sean sus personajes, ávidos de
esa realidad, los que se impongan ante
la indiferencia del autor. Unamuno, en
su novela Niebla, a la que llamó
“nivola”, se ve arrastrado por el
protagonista, Augusto Pérez, cuando este
decide visitarlo, al no saber qué
decisiones tomar respecto a su propia
existencia, entablando una discusión
sobre la realidad que le otorga la
autoridad a Unamuno, y la imaginaria o
novelesca que le da vida a Augusto.
En todo caso, es la propia condición
humana, atrapada en ese entorno
desgarrador, la que aflora en toda su
dimensión para modelar al personaje
desde la concepción del autor que, en su
apreciación, conforma un escenario
irreal muy próximo a una realidad
desesperada, asumida como la
manifestación última de esa condición
irreductible de la vida, “lo indomable
de la vida”. Además de esa ineludible
condición humana, observamos una especie
de sumersión en ese terreno donde los
seres vivos nacen, condicionando sucesos
y personajes integrados en ese marco de
referencia que reconduce todo aspecto de
lo humano al lugar de vida elemental,
aferrando la vida esa confusión donde el
ser se debate. Zambrano refiere que
«confusión, avidez, proliferación de la
vida y su apetencia de corporeidad
conforman el «realismo», como a casi
todo lo que en España alcanza una cierta
visibilidad».
En palabras de Zambrano, «Si
Misericordia parece ser el centro de
la obra de Galdós, Nina lo es de
Misericordia». Nina se siente
atrapada en una dramática realidad donde
la miseria de su señora, obligada a
aparentar, mantiene el secreto a la
sociedad, mientras ella ejerce la
mendicidad empujada por la caridad, en
una extraña alianza, para satisfacer las
necesidades de su señora. Y es aquí
donde se da la quijotesca actitud de
“complicidad entre el que devora y el
que es devorado”, por lo que Nina “ha
venido a ser una mendiga. Y el que lo
sea de incógnito no deja de tener
significación, hace caer en la cuenta de
que sería siempre mendiga, aunque fuera
otra cosa, aunque tuviese uno de los
oficios y hasta dignidades reconocidos”.
El asumir su clase y la de su señora le
lleva a conductas propias del rol
asignado socialmente a esa clase y esa
sumisión anclada a la historia es una
constante en un mundo real de la España
pretérita que se mantiene con el
ejercicio de la tradición.
Por tanto, realidad irreal, realidad
impuesta o realidad asumida, son
variables de un mismo sistema percibido
que acaba, como ya se ha dicho,
atrapando al personaje en el drama
introspectivo que su propia conciencia
le despierta. Esa realidad perfilada por
los principios y valores, por las
actitudes y conductas del personaje, no
sólo se da en el caso de Nina en
Misericordia. Me viene a la memoria
otra realidad condicionada, como es la
de Nela, en la novela Marianela,
cuando las percepciones se establecen
mediante determinados sentidos; es este
caso excluyendo el de la vista, que
condiciona la impresión de la realidad
que percibe Pablo en su ceguera.
Benito Pérez Galdós
(Gran Canaria, 1643 -
Madrid, 1920), novelista,
dramaturgo, cronista y
político español, fue el
máximo exponente del
realismo literario español
del siglo XIX y considerado
el mayor narrador en lengua
española después de
Cervantes. Autor prolífico,
escribió 31 novelas,
46 Episodios Nacionales, 23
obras teatrales y numerosos
artículos.
Nela, físicamente deforme, es percibida
por Pablo como la exaltación de la
belleza, dado que esa belleza que él
admira es la que fluye de su interior,
con el discurso de su esencia como ser
humano al transmitirle lo que ella ve y
que a él le está vedado. La realidad de
Pablo y la realidad de Nela son tan
dispares que, al recuperar la vista,
todo cambia por haberse modificado el
código que enmarca la belleza al amparo
de la vista. Es Nela la que, al aparecer
la visión en Pablo, se siente
descubierta y muta la realidad vivida
hasta el momento junto a Pablo por la
real realidad de su vida cotidiana. En
esta crueldad, en el caso de Nela, se
impone la apariencia a la esencia y
queda manifiesto que la realidad
percibida es el producto de una
interpretación del ser humano en función
de los estímulos percibidos y de su
propia capacidad para computarlos, lo
que lleva a cuestionar si la realidad es
un hecho incontestable o una percepción
individualizada. En todo caso, es
unívoco el hecho de que cada sujeto
construye su propia realidad en base a
sus percepciones, mientras que la
interacción con el medio va
condicionando el proceso de fijación de
la misma de una forma dinámica, en
función de lo que, día a día, nos depara
la existencia.
Galdós, con los personajes de su
novelística, sobre todo con sus
Episodios Nacionales, es el gran
cronista histórico de la España del
siglo XIX. Nos transmite una realidad
dolorosa, dramática, de una España
sometida a la hecatombe, donde la Guerra
de la Independencia y la pérdida de su
imperio, junto a la confrontación civil,
traumatiza a una sociedad que se resiste
a ver y conocer la real realidad que se
presenta, manteniendo una realidad
ficticia que se va desmontando en el día
a día, lo que lleva al desconcierto de
sus personajes de novela, tan cercanos a
los personajes reales que habitan el
siglo.
Se ha comparado a Galdós con dos grandes
escritores rusos; por un lado, con
Fiódor Dostoievski, que explora la
psicología humana en el complejo
contexto político, social y espiritual
de la sociedad rusa de la segunda mitad
del siglo XIX; por otro, con León
Tolstoi; sus dos obras más famosas,
Guerra y paz y Ana Karénina,
están consideradas como la cúspide del
realismo ruso, junto a obras del
mencionado Fiódor Dostoievski.
Psicología humana y realismo, dos formas
complementarias que Galdós muestra en su
obra, en su forma de presentar la
realidad de la España del XIX.
Aquí quiero hacer una incursión en la
magna obra de Galdós, especialmente en
los Episodios Nacionales, dado
que le debemos mucho en tanto fue capaz
de presentarnos una realidad bien
ajustada a su tiempo, no sólo a través
de los Episodios Nacionales, sino
de toda su obra. Un tiempo mediatizado
por los hechos que se dan en una Europa
allende nuestras fronteras, donde, el
llamado Siglo de las Luces, vinculado en
su esencia con la Ilustración, que fue
un movimiento cultural e intelectual
europeo “que apostó por la razón y las
ciencias como medio de disipar la
ignorancia y avanzar en el progreso de
la historia y la sociedad”, tuvo su
freno en los Pirineos o, al menos, una
importante modulación desde la
idiosincrasia de nuestra singular
sociedad. Con posterioridad, las ideas
de la Revolución Francesa, que cambiaron
Europa, se neutralizaron por la pérfida
invasión napoleónica y por el
avivamiento de la llama opositora por
parte de un clero y una nobleza que,
salvo casos testimoniales, presentía el
riesgo de perder sus prebendas e
influencia. Todo ello, en ese entorno,
llevó a identificar al ilustrado como
afrancesado, por lo que, en el ámbito de
la contienda, acabó señalado como
alevoso.
Este querer progresar, por parte de una
masa popular y cierta clase intelectual,
y el freno a ello impuesto por los
poderes anacrónicos dominantes,
revirtieron siempre en sangre y muerte,
en miseria y confrontación, en
incompetencia política y administrativa.
La corrupción de los gobiernos, el
nepotismo, las cesantías según quien
gobernara, las revoluciones de diferente
calibre, hicieron de este país un campo
de batalla y discordia, donde se perdió
la esencia de nación homogénea y
próspera, descolgándose del tren del
desarrollo industrial, económico y
social que circulaba en los países del
entorno. Ya no fue sólo el veto a la
revolución ideológica que llevó a
Francia a la República, sino a la propia
revolución industrial y mercantil que
dinamizaba la economía mundial.
La descripción de esta etapa de singular
violencia producida por la invasión
napoleónica, a lo que los ingleses le
llamaron la Guerra Peninsular, tiene, a
mi entender, una magnifica narración en
la obra de Galdós. Desde la misma
batalla de Trafalgar, pasando por el
relato de los sitios de Zaragoza y
Gerona, donde el dramatismo, la
violencia y el sufrimiento humano tienen
gran protagonismo, hasta la crónica de
la confrontación a campo abierto, ya sea
en la batalla de Bailén, Arapiles o de
Vitoria, que tan bien describe… No queda
fuera de su relato el singular
protagonismo gaditano, con su fortaleza
inexpugnable amparada por la flota
inglesa, que permitió la elaboración de
una de las constituciones más
innovadoras y liberales dadas en Europa
y el mundo, siendo ejemplo para otras
venideras en ultramar.
La obra de María Zambrano
abarca una amplia gama de
temas y estilos que la han
hecho merecedora del
Premio Príncipe de Asturias
en 1981 y el Premio
Cervantes en 1988,
convirtiéndose en la
primera mujer en recibir
ambos galardones.
Esta pensadora malagueña ha
sido una figura influyente
en la filosofía española, y
su legado continúa siendo
valorado y celebrado en
España y en el extranjero.
Luego nos vino un rey, Fernando VII,
llamado “el Deseado”, que resultó ser un
felón impresentable que no dudó en
llamar a los llamados Cien Mil Hijos de
San Luis —segunda invasión francesa, que
no se consideró agresión al defender el
absolutismo de la monarquía— para
imponer su dominación totalitaria y
cruel, manifestada en la década ominosa,
con ejecuciones sumarias. En su haber
tiene, también, la ingobernabilidad que
dejó como herencia, y la confrontación
entre herederos; por un lado, su hermano
Carlos María Isidro y, por otro, su
infantil hija Isabel, regentada por su
esposa María Cristina Borbón Dos
Sicilias. El conflicto “legal” se dio
entre la Ley Sálica —algo descafeinada,
pues mientras en la ley sálica
establecida en las leyes seculares no
podía reinar una mujer, en este otro
caso no podían reinar mientras hubiera
un varón en la línea directa de
sucesión, situación que persiste en la
actualidad— y la Pragmática Sanción —que
reinstauraba la de 1789, retomando la
sucesión tradicional de las Siete
Partidas de Alfonso X de Castilla—,
no suficientemente promulgada y
clarificada en 1830, lo que desembocó en
una larga y cruel guerra que enfrentó a
Carlistas e Isabelinos (Cristinos) por
el tema de la sucesión, desarrollada
sobre todo en el norte, donde más
abundaban los seguidores del carlismo.
Por otro lado, durante todo el siglo
XIX, el movimiento político era
vertiginoso y continuos los cambios de
gobierno, donde era extraño que el
presidente del Consejo de Ministros
durara más de uno o dos años. Desde 1833
a 1874, con la restauración de Antonio
Cánovas, hubo 72 cambios de estos
presidentes, repitiendo algunos de ellos
en varias ocasiones, como es el caso
Narváez, llamado el “Espadón de Loja”,
de tendencia moderada; el propio
Espartero, que era del grupo
progresista, o Leopoldo O’Donnell,
catalogado como liberal. O sea, cambios
entre unos y otros en función del viento
o la veleta que afectara a la realeza y
los movimientos sociales, sobre todo a
la reina Isabel II, que acabó desterrada
y dando paso a la “Gloriosa”, una
revolución casi de guante blanco, que
acabó buscando un rey que ocupara un
trono poco deseado por su
conflictividad.
El general Prim consiguió que viniera
Amadeo de Saboya, en un intento de
proclamar la primera monarquía
parlamentaria de España, pero en las
vísperas de su recepción en Cartagena,
asesinaron a Prim y el primer acto real
de protocolo que hubo de hacer el
reciente monarca fue acudir al entierro
de su mentor. Tras dos años de reinado,
se acaba “largando” a su tierra, junto a
su papá, que era el rey de Italia,
Víctor Manuel II, dando paso a la
Primera República, donde, al amparo de
la libertad, aparece el movimiento
cantonalista con Cartagena como uno de
sus principales bastiones.
Luego vendría Antonio Cánovas del
Castillo, paisano nuestro como
malagueño, y conservador convencido, que
procuró y consiguió la restauración
monárquica con la abdicación de Isabel
II en su hijo Alfonso, lo que instauró,
por el llamado Acuerdo del Pardo, una
etapa de alternancia política entre su
partido y el de Práxedes Sagasta,
conservadores y liberales, que se
mantuvo hasta 1909, aunque Cánovas fue
asesinado en Mondragón en 1897 por el
anarquista italiano Michele Angiolillo,
que se había inscrito previamente en el
balneario de Santa Águeda como
corresponsal del periódico italiano
Il Popolo.
Expreso estas referencias a la historia
del XIX para dejar constancia de cómo
Galdós trata y describe esa historia de
la mano de sus personajes. Su
clarividencia es sorprendente, lo que
hace que vaya mostrando, cual cronista
competente, un escenario cuasi real de
un convulso siglo de especial
trascendencia. Su obra nos puede llevar
a conclusiones muy interesantes que nos
harán comprender mejor por qué estamos
como estamos y donde andamos, atrapados
en un conflicto interno que abarca dos
dimensiones, la individual y la social.
Concluyo, y me quedo para ello con las
intuitivas frases finales que le dice
Mariclío, la diosa o musa de la
Historia, a Tito Liviano, el
protagonista final en la novela
Cánovas, de la quinta serie:
«La paz, hijo mío, es don del cielo,
como han dicho muy bien poetas y
oradores, cuando significa el reposo de
un pueblo que supo robustecer y afianzar
su existencia fisiológica y moral,
completándola con todos los vínculos y
relaciones del vivir colectivo. Pero la
paz es un mal si representa la pereza de
una raza, y su incapacidad para dar
práctica solución a los fundamentales
empeños del comer y del pensar. Los
tiempos bobos que te anuncié has de
verlos desarrollarse en años y lustros
de atonía, de lenta parálisis, que os
llevará a la consunción y a la muerte.
Los políticos se constituirán en casta,
dividiéndose hipócritas en dos bandos
igualmente dinásticos e igualmente
estériles, sin otro móvil que tejer y
destejer la jerga de sus provechos
particulares en el telar burocrático. No
harán nada fecundo; no crearán una
Nación; no remediarán la esterilidad de
las estepas castellanas y extremeñas; no
suavizarán el malestar de las clases
proletarias. Fomentarán la artillería
antes que las escuelas, las pompas
regias antes que las vías comerciales y
los menesteres de la grande y pequeña
industria. Y, por último, hijo mío,
verás, si vives, que acabarán por poner
la enseñanza, la riqueza, el poder
civil, y hasta la independencia
nacional, en manos de lo que llamáis
vuestra Santa Madre Iglesia.
Alarmante es la palabra Revolución. Pero
si no inventáis otra menos aterradora,
no tendréis más remedio que usarla los
que no queráis morir de la honda
caquexia que invade el cansado cuerpo de
tu Nación. Declaraos revolucionarios,
díscolos si os parece mejor esta
palabra, contumaces en la rebeldía. En
la situación a que llegaréis andando los
años, el ideal revolucionario, la
actitud indómita si queréis,
constituirán el único síntoma de vida.
Siga el lenguaje de los bobos llamando
paz a lo que, en realidad, es consunción
y acabamiento... Sed constantes en la
protesta, sed viriles, románticos, y
mientras no venzáis a la muerte, no os
ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me
siento demasiado clásica, me aburro...
me duermo...».
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
ZAMBRANO, María (1960): La España de
Galdós. 3.ª edición, corregida y
aumentada por Rogelio Blanco. Ediciones
Endymión, Madrid, 1989.
CASALDUERO, Joaquín (1951): Vida y
obra de Galdós. Editorial Madrid,
Gredos.
PÉREZ GALDÓS, Benito: Misericordia.
Edición de Luciano García Lorenzo.
Editorial Cátedra, Madrid, 1982.
Antonio Porras Cabrera
(Cuevas de San Marcos, Málaga, 1951)
es enfermero y psicólogo, con una
destacada trayectoria en la reforma
psiquiátrica andaluza de finales de
los años setenta y principios de los
ochenta. Participó activamente en el
desarrollo de los sistemas de
atención de enfermería en la
Psiquiatría Comunitaria, integrado
en equipos multidisciplinares. Ha
ejercido durante décadas en el
Servicio Andaluz de Salud, donde
ocupó responsabilidades
asistenciales y de gestión, y ha
sido profesor titular en la
Universidad de Málaga, institución
en la que continúa vinculado como
docente tras su jubilación.
Paralelamente, mantiene una intensa
dedicación a la creación literaria.
Poeta, narrador y ensayista, ha
publicado obras de poesía, narrativa
breve, novela, aforismos y
literatura infantil, además de
colaborar en numerosos encuentros,
antologías y revistas
especializadas. Su blog “Cosas
de Antonio”
reúne reflexiones, relatos, crónicas
viajeras y poemas que expresan su
vocación de librepensador. Fue
columnista en “El
Faro de Málaga”
y actualmente colabora en el diario
“La
Opinión de Málaga”con un artículo de opinión
semanal.
Miembro de diversas asociaciones
culturales y literarias, preside
ASPROJUMA y participa activamente en
grupos poéticos nacionales e
internacionales. Su obra ha recibido
varios reconocimientos y
distinciones, entre ellas el
nombramiento como Visitante de Honor
de Piriápolis (Uruguay).