«Cansado de vivir, teniendo miedo a morir, semejante

al brick perdido, juguete del flujo y del reflujo,

mi alma apareja para espantosos naufragios.»

Paul VERLAINE, “La angustia”, de Poemas saturnianos, 1866)

  

  

Hay días en que no recuerdo quién soy; hay momentos en mi vida que tengo que investigar mi personalidad completa, aunque sólo sea por la necesidad tan elemental de saber cuáles son mis costumbres, mis deseos y gustos. Puedo soportar desconocer mi nombre, por poner un ejemplo, pero en modo alguno plantearme si me gusta la leche, o si un filete empanado me sienta mejor que un muslo de pollo. Me es también necesario escribir en un papel si puedo tomar unas copas de rioja o conformarme con una gaseosa de limón: tal es el caso que, si no encuentro este papel, me arriesgo a beberme una cerveza y caer sin conciencia… Y el pánico al futuro desconocido me obliga a no salir de la casa.

Hay veces que no recuerdo qué guardo en los muebles, ni qué sentido tienen los cuadros del salón, con caras de gente antigua. Este hecho no me asusta, porque siendo un positivista, lo único que necesito es dejarme llevar por tiempo. Y así, me entrego con largueza a escribir un escrupuloso inventario del desorden depresivo de mis estanterías y cajones. Procuro trazar croquis y listas, pero lo más común es que estos valiosos documentos se extravíen en un exceso de preocupación, y, cuando los encuentro al fin, hayan transcurrido cuatro o cinco inventarios, variados y numerosos desórdenes, y esa magnífica abundancia de imprevistos.

Otras veces, no recuerdo a quién conozco ni los títulos de los libros que he leído. Este olvido me resulta sumamente incómodo, porque abrazar a tu exmujer tiene un pase (esto, la verdad, me ha ocurrido dos veces y siempre acompañada ella de su flamante pareja), pero besar al tipo que te negó la amistad hace tres años mientras le insistías en que hay que tomarse unas copas, recordar el colegio y hablar de pesca, sobrepasa con mucho las líneas rojas  de mi pudor. En esos casos, procuro no sobrepasar los límites del barrio. Me pongo al socaire de unas espesas gafas de sol aun en el más oscuro de los días y saco todo tipo de pretextos relacionados con un trabajo pendiente y alguna cita ineludible a la que invariablemente no acudo.

Confieso que en todos estos casos me siento un tipo vulgar,  deleznable, y en vano conjuro el asco de mil formas y me pongo al amparo del propósito de enmienda. Lo mejor, me digo en un intento de buscar una salida, es dormir, pero esta hora es la más negra de todas. Por eso, ni lo intento. Que el sueño venga cuando a él se le antoje. Me impulso como a fuerza de músculos en la más horrenda amalgama de inmortalidades y secuencias humanas, considero ir de escalada a la montaña o sentarme tranquilamente junto al arroyo que surca el valle leyendo melifluos poemas, soy todos y todas, claro que no a la vez, y lo único que no he sido, hablando de memoria poco fiable, es mexicano y cinturón negro de judo.

Los psiquiatras dicen que todo es producto de la angustia (no tengo trabajo estable, debo a mi casero tres meses de alquiler, mi mujer me abandonó a los dos años de casarnos) y que debo insistir en los recuerdos de infancia, en establecer una cuidadosa ilación con los tiempos vividos, asumiendo mis diferentes fases con desinhibición. También me recomiendan que active mi vida sexual, y hasta que deje de ser tan pusilánime en mi trato con las mujeres. Pero la eternidad me visita al menor descuido: soy un comerciante de paños en Rodas, soy un normando, soy un entintador de las tiras dominicales de Tarzán o soy un amante de la esposa de un oficial americano con destino en Europa; soy un hombre que corre perseguido por perros, inquisidores y negreros, soy un mosquero cruzando su acero con un guardia de Richelieu, soy un alcohólico de Louisiana cortejando a la hija de un hacendado o soy un copríncipe de Andorra, no tengo claro si el obispo de la Seo de Urgel o el presidente de la República francesa.

No sé si dar saltos de alegría o echarme a llorar, la verdad, pero, de un tiempo a esta parte, no sueño nada; quizá sea por eso de la terapia, aunque será imposible que los recuerdos y los olvidos me dejen en paz; no sé… Bueno; ahora no me haga más preguntas y dígame si quiere o no los audífonos recargables, alta calidad de sonido, volumen ajustable y fácil de usar; garantía de un año.

   

  

   

   

   

   

       

               

José Antonio Molero Benavides (Cuevas de San Marcos, Málaga) es maestro de primaria y profesor universitario jubilado, vinculado durante décadas a la docencia y a la difusión cultural. Diplomado en Magisterio y licenciado en Filología Románica por la Universidad de Málaga, desarrolló su carrera docente y académica, primero, como maestro y luego como profesor en la Facultad de Ciencias de la Educación de dicha universidad. Tras su jubilación, la Universidad de Málaga le reconoció la condición de Profesor Honorífico Cum Venia Docendi, lo que le ha permitido continuar colaborando en actividades de carácter académico y cultural. Es especialmente conocido por su labor como fundador, director y editor de la revista digital GIBRALFARO, proyecto que dirige desde su primer número, publicado en 2002, y que se ha consolidado como un espacio de encuentro para la literatura, la historia, la educación y las humanidades. Asimismo, mantiene una activa presencia en redes sociales mediante diversos foros y grupos de Facebook dedicados a la divulgación cultural, el patrimonio histórico y la promoción de la lectura, contribuyendo así a acercar el conocimiento humanístico a un público amplio y diverso.

   

   

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación semestral. Edición no venal. Sección 1. Página 4. Año XXV. II Época. Número 127. Julio-Diciembre 2026. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2026 José Antonio Molero Benavides. Diseño y maquetación: EdiBez. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2026 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana. 29 730. Rincón de la Victoria (Málaga).