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Creo recordar que todo comenzó aquí, es decir, en una
época próxima a esta. Me explico: en un primer momento
(Dios sabe hace cuánto, y quizás también por qué)
comencé a percibir la totalidad de mi entorno como si
soñara, sueños muy largos en los que lograba aprender (y
posteriormente olvidar) lenguas y formas de vida
pasadas. Pero luego despertaba en otro momento posterior
y lugar diferente, y, mucho después, lograba confirmar
en textos que aquellas lenguas que aprendí,
efectivamente eran como las soñé, y que algunas personas
que conocí, vivieron e hicieron cosas de las que puedo
dar fe.
Antes me preguntaba si había soñado o vivido todo
aquello. Desde hace mucho, esa distinción ya no me
importa. En este momento me da igual si sueño o si vivo.
A veces, me siento profundamente cansado de todo esto,
pero no me atrevo a arrojarme desde lo alto de un
peñasco, porque me asalta un gran temor de que no sea el
final y se me ocurra despertar en medio del hambre o de
la guerra, madre e hija monstruosas, con quienes nunca
he tenido el horror de soñar o de vivir. Aunque, justo
es decirlo, tengo un motivo de más peso para no optar
por aquella opción.
Hace poco, caminando por una ciudad, cuya lengua y
cultura aún recuerdo, vi un monolito en que el estaban
escritos, entre otros, los siguientes símbolos: |
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Los reconocí inmediatamente como “Las palabras del
Dios”. ¡Qué magnífica civilización aquella!, la de mayor
duración de todas de las que tengo noticia, o
pseudoexperiencia. Recuerdo lo bien recibido que fui a
pesar de no hablar su lengua. Esto se debió tanto al
hecho de mi saber de las estrellas y sus usos, así como
a que rápidamente logré implementar nuevas técnicas para
triangular y medir terrenos, trasladar datos
topográficos en cartográficos, y, en particular,
recuperar de modo eficiente fronteras artificiales
borradas por las crecientes de aquel majestuoso rio que
daba vida al desierto, situación que, de no corregirse,
generaba pesadas disputas vecinales.
Tiempo después de comprender aquella lengua, y debido al
reconocimiento público de mi saber matemático, fui
enviado a tierras lejanas (en un peligroso viaje en el
que, por fortuna, no ocurrió nada desagradable) a
aprender del saber aritmético de otra cultura y llevarlo
de regreso para usarlo en la solución de problemas
prácticos complicados, problemas que, aun cuando yo
sabía resolver con otras técnicas, consideré prudente
callar su solución.
No olvido mi sorpresa cuando en aquella región entre dos
ríos, un joven aprendiz me mostró una tablilla de barro
cocida, del tamaño de la palma de mi mano, donde vi
escritos los siguientes símbolos, que luego supe lo que
representaban: |
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No podía creer lo que habían logrado estos antiguos
sabios. Se trataba de un cuadrado de lado 30 unidades (◀◀◀
= 10 + 10 + 10, por fuera del cuadrado), al que le
calculaban una aproximación de la medida de su diagonal,
con una precisión que, aun en tiempos de las máquinas de
computo, es digna de admiración.
Traduciendo estos símbolos al sistema de numeración
indo-arábigo, vi que allí lograban expresar dos cifras,
que en forma sexagesimal representan a las sumas: |
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y a renglón seguido (ambas dentro del cuadrado): |
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las cuales, en notación decimal moderna (¡qué ironía de
término!), son, aproximadamente, x = 1,414212963
e y = 42,4263888889. Invito a quien lea esto a
que haga las siguientes cuentas (usando el medio que
quiera): |
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es decir, la raíz cuadrada de 2, y luego 30 multiplicado
por dicha raíz, y verá las desconcertantes
aproximaciones logradas por los sabios de esta antigua
cultura. De nada sirvieron mis esfuerzos para que los
sabios de la civilización del gran rio del desierto
reconocieran aquellos logros aritméticos. No los
consideraron útiles.
Otro momento que quiero testimoniar ocurrió en el puerto
del Pireo. En un verano, casi a diario, realizando el
trabajo con el que me ganaba el pan (sueño o vigilia,
debo comer y beber), veía a un hombre caminar por los
Makra Teikhe, o largos muros fortificados, que
conectaban y protegían el trayecto entre la ciudad y el
puerto. Me enteré que aquel caminante era un gran
matemático y astrónomo, miembro de la Academia. Me
sorprendía su vestimenta, que denotaba extrema
sencillez, y también que viviera en las afueras, tan
lejos de la ciudad, a varias clepsidras de
caminata, desde el puerto hasta la ciudad[1], y otro
tanto hasta los jardines de Akademos. Me
preguntaba si en aquella clasista institución, (donde yo
no tenía acceso y que era asistida, entre otros, por los
hijos de los más ricos de aquella región), no le daban
ayuda financiera a este hombre de ciencia, de quien
incluso se decía que sabía de medicina y que había
pasado una temporada en la ciudad “Estable en Belleza”,
Menfis, estudiando las matemáticas de aquella
grandiosa civilización. |
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Por cotilleos, me enteré de que el gran filósofo
fundador y director de la Academia, quien presumía de
ser un gran matemático (y no lo era), sentía envidia por
el talento de aquel auténtico gran científico y apenas
si toleraba su presencia en aquella institución. Este
sabio (pobre en dineros), admirado por las mentes más
brillantes de la época, excepto por aquel director,
logró crear la primera teoría sistemática que modelaba
los movimientos erráticos de los cuerpos celestes vistos
a simple ojo, conocidos como errantes, o planetas.
También fue el autor de muchos resultados aritméticos
consignados en los Stoikheia (o Elementos), de mi
amigo Theudius, libro que, con el mismo nombre,
publicaría más tarde, en forma notablemente ampliada, un
director de la biblioteca del Musaeum Alexandrinum
(inexistente en aquel entonces). Nunca me atreví a
hablar con el gran científico caminante.
Recuerdo otro momento, u otro largo sueño (qué más da),
en el que un astrónomo y matemático persa, gran bebedor
de vino, me expuso una solución a ciertas ecuaciones
algebraicas de grado 3, mediante el uso de las curvas de
Apolonio, las cuales, al interceptarse entre sí,
lograban expresar las soluciones a estas ecuaciones. Yo
recordaba que este problema no sería resuelto hasta
muchos años después por matemáticos de la Nueva Europa,
la bien llamada renacentista. Creo que fui
descuidado y permití que se notara mi gran interés en la
técnica empleada por este matemático para hallar la
solución a sus ecuaciones algebraicas. Aunque mi
conocimiento de aquella lengua era incipiente, el astuto
persa notó que yo entendía muy bien el problema y
supongo que desconfió de mí, porque entonces comenzó a
hablar de poesía, y me mostró unos textos de su puño y
letra, que ahora veo publicados en varias lenguas del
momento en el que escribo estas líneas. En vano bebí con
él toda la noche.
Experiencias como estas me han ayudado a continuar en
este viaje, viaje solitario en el que sigo esperando
verla de nuevo en una época próxima a la de este
testimonio escrito (escrito en una nube que se disolverá
en el tiempo como una gota de tinta en el mar). No
pierdo la esperanza de que algún sueño me lleve de nuevo
a ella, a mi amada Elisabeta, mi primer sueño, mi mundo,
por quien me resisto a olvidar esta lengua materna.
Espero que, al reunirnos, ella sienta que me he
ausentado tan sólo unos minutos, los cuales, para mi
exhausta alma, posiblemente sean siglos. Pese a la
fatiga, y gracias a esta esperanza, no renuncio a
continuar en este interminable viaje. Pido a Dios que me
permita soñar el último sueño al lado de mi amada. |
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NOTA
1. Estimo que dos horas en un posterior
Horologium Oscillatorium. |
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Ludwig Riveretxe
(Medellín, Colombia). Profesor de Matemáticas.
Estudió las carreras de Filosofía y Matemáticas
en su ciudad natal y, posteriormente, cursó
estudios doctorales en Matemáticas en una
universidad española. Como estudiante de
Filosofía, desde un principio centró su interés
en la obra de Platón, filósofo al que no ha
dejado de leer y disfrutar hasta el día de hoy.
Como estudiante de Matemáticas, se interesó
inicialmente por la lógica y los fundamentos, y,
más adelante, por las aplicaciones de esta
disciplina a otras áreas.
Todavía estudiante de Matemáticas, el azar puso
a su alcance los cuentos La biblioteca de
Babel, El libro de arena y El
Aleph, del magnífico Borges, cuya lectura le
estremeció sobremanera, al tiempo que le puso
sobre aviso de que no sólo la especulación
filosófica se ha sentido atraída hacia el saber
matemático. A partir de esos instantes, germinó
en su ánimo un brote de interés por la ficción
literaria como género que habilita para contar
cosas que no se pueden expresar con las
posibilidades de las dos primeras disciplinas
que fueron objeto de su estudio. Gracias, pues,
a la cuentística de Borges, Ludwig tiene por
sabido que, en la ficción, lo más importante no
es el qué, sino el cómo; es decir, el poder de
la palabra, el arte de la dicción. Un arte mucho
más difícil de sacar a flote que un teorema
sofisticado.
Las publicaciones de Ludwig hasta ahora son de
naturaleza científica: unas sobre Matemáticas,
otras sobre Filosofía y algunas otras más sobre
historia de las Ciencias. El breve relato
titulado Iter sine fine, escrito hace ya
un tiempo, es el primer texto de ficción que,
con gran incertidumbre, se atreve a publicar y
espera que no sea el último, propósito que hace
suyo la revista Gibralfaro, que lo pone
al alcance sus lectores en este número.
Ludwig Riveretxe es un pseudónimo, un nombre
propio que no se corresponde con el que ejerce
la labor docente de la llamada Ciencia Exacta, y
que, desde luego, no desmerece para nada este
interesante y sugestivo relato. |
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GIBRALFARO. Revista de Creación
Literaria y Humanidades. Publicación
semestral. Edición no venal.
Sección 1. Página 3. Año XXV. II
Época. Número 127.Julio-Diciembre 2026.
ISSN 1696-9294. Director: José
Antonio Molero Benavides. Copyright
© 2026 Ludwig Riberetxe. Diseño
y maquetación: EdiBez. Depósito
Legal MA-265-2010. © 2002-2026
Departamento de Didáctica de las
Lenguas, las Artes y el Deporte.
Facultad de Ciencias de la
Educación. Universidad de Málaga &
Ediciones Digitales Bezmiliana. 29 730. Rincón de la Victoria (Málaga). |
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