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A
Francisco de Goya |
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1
Disparate general
«El que menos de nosotros daba a entender
que iba a ser
alcalde…»
(Vicente Alemany, “Vida del gran tacaño”.)
Recuerdo haber cruzado la calle del teatro y dirigirme a
la calle principal, que es donde comienza, según se ve,
el verdadero teatro. Doblé la esquina y allí estaba él,
unido a la amalgama por esa resina que llaman disparate
y hace de la gente gólems de tirios, gólems de
troyanos, artificio de la nueva política que antes
llamaban del ensalmo.
El amigo del que hablo iba pegado a una muchedumbre
gris, inquieta, sin orden ni concierto. A veces me
pregunto si en medio de este desorden no transcurre el
ritmo natural de los seres. Se trata de una pregunta
retórica de esas con que se interroga al estómago
después del almuerzo, porque antes del almuerzo, nada,
no hay pensamiento que baile en esa cabeza vacía que es
el mundo y me sé la respuesta: no hay respuesta.
Aurelio, mi amigo, el del cortejo hecho pasmo, tenía el
gesto hecho trizas de tanto vaivén. Era (o es, quién
sabe) de esos que se creen a sí mismos liberales y se
levantan otra cosa. ¿Y qué cosa? Pues ahí está el pasmo,
que no se sabe.
—¿Qué pasa ahora?
—Que tenemos un nuevo gobierno, dicen que populista.
—¿Otro?
—Otro, y no sabemos muy bien qué hacer, qué decir, a
dónde dirigirse uno porque uno es cesante y mi gato
también, que va conmigo a todas partes y maúlla que da
gusto.
—¿Y se sabrá pronto?
—Pues no sé, pero ahí andamos todos.
Ahí andamos, en eso se traduce todo, lo de menos es
hacia dónde porque el buitre de la política, que es el
que sobrevuela y sabe verdaderamente de todo esto, no
tiene ni desea respuestas para todo y se muestra a
menudo como uno de aquellos apuntes goyescos que acaba
por engullir las luces.
—Dime, Aurelio, ¿quién es ese individuo tan extraño?
—¿Quién? Extraños somos todos.
—El de la izquierda con los brazos en alto.
—No lo había visto nunca. No para de berrear y
regurgitar consignas. Se ha salido del grupo, pero me da
en la nariz que es un tunante y no se diferencia de
nosotros.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Me voy a ver al alcalde.
Más de lo mismo. Es la doctrina de la masa ciclópea, que
ahora adopta la forma del dios Pan, un mar de levaduras
mirando a su obligo. ¿Qué pensaría de todo esto don
Francisco, el autor del disparate? Ea, sería interesante
adivinarlo, pero de esto hablaremos luego, en otro
parte, porque esta es la hora de la sopa, de mi querida
olla podrida y el pobre estómago no es de piedra, como
sí lo son algunos corazones. |
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2
Dsparate de Carnaval
«Si quieres lo que no has menester, eres necio; si lo
que otros tienen, eres malo; si lo imposible, eres
loco.»
(Francisco de Quevedo, “De los remedios de cualquier
fortuna”.)
Allí estábamos frente a dos humeantes tazas de café,
después de tantos lustros, yo y mi viejo amigo Federico.
Tenía este unas ganas pantagruélicas de hablar. Me dijo
que había amasado una fortuna en Cuba y volvía a su casa
empujado por la nostalgia y el deseo de compartir el
resto de sus días con sus seres queridos. Lo dijo de una
manera rimbombante, sopesando las palabras a la manera
de un hipnotizador. A mí no me convenció en absoluto.
Eso sí, el resplandor de cuanto le rodeaba se
manifestaba sin tapujos. Afectaba a sus ropas, a su
sombrero, al hálito de su gigantesco habano que apenas
esbozaba estrechos halos de realidad mundana.
Sospeché que había creado un disfraz a su medida, que
tal vez ni siquiera había estado en Cuba y su fortuna no
iba más allá de los cuatro andrajos que posee el común
de los mortales. Tal vez, pensé, había dado con un
sortilegio que le permitía recrear hasta el aspecto más
nimio de su nueva vida de burgués a través de objetos
irreales, evanescentes desafiando de paso todos los
postulados de la ciencia.
—¿Por qué no vienes a mi casa mañana? Vendrá un grupo de
amigos. Descubrirás algo maravilloso, lo llaman caviar.
—Estupendo.
—¿A las seis?
—De acuerdo. Me tienes intrigado.
—¿En serio?
Al día siguiente me presenté con mis mejores galas. La
casa de mi amigo no era precisamente una barraca de
feria, no señor. Una impresionante mansión emergió de
pronto cubierta de oropeles oropelados, valga la
redundancia. En el umbral me recibió un mayordomo
estirado y, tras rogarme que aguardara en la biblioteca,
me dediqué a escudriñarlo todo. Aquella pared forrada de
roble tenía una cantidad ingente de volúmenes entre los
que sobresalía levemente un precioso ejemplar de El
asno de oro. Atraído por su bella encuadernación,
decidí extraerlo para observarlo más de cerca. Fue
entonces cuando, en el vacío dejado por el libro, divisé
una palanca amarilla, grande y esplendorosa. Pensé si
conduciría a una puerta secreta, quizá el lugar donde mi
amigo, el mago de lo ilusorio, fabricaba modernas
piedras filosofales o ensayaba por su cuenta antiguos
encantamientos. La accioné y el resplandor se vino
abajo. No apareció ninguna puerta secreta, pero se
esfumaron la biblioteca, el mayordomo, los cuadros, el
reloj y un largo etcétera de objetos hasta que sólo
quedó una pequeña y mísera sala acompañada de una mesa y
dos sillas. Afortunadamente, había traído un par de
hermosas manzanas.
—Así que has dado con la palanca. Lo sabes todo, como
Benengueli.
—Supongo que tienes muchas cosas que contarme.
—No lo dudes. Por cierto, ¿has traído jamón?
—Del ibérico, Federico, ahí es nada.
—¡Hay va!... |
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3
Bobalicón
«No, no, señor Licenciado…»
(Lope de Rueda, Paso, “Cornudo y contento”.)
—Cinco años de intensísima investigación junto con mi
colega de Maguncia y otros diez desenterrando librotes
en Sevilla y ni una mísera pista sobre tu origen. Parece
como si tu particular historia se la hubiera tragado la
noche de los tiempos.
La gárgola lo observa, no habla, no contesta, pero lo
dice todo porque su discurso es su escorzo y su enigma
se halla encerrado en sus entrañas inseparablemente
unidas a la roca.
—Tal vez seas íbera, como la Bicha de Bazalote, pero tus
relieves son célticos y así de recogida pareces la
mascota de un príncipe de la antigüedad. Esa pelambrera
desordenada, ¿dónde he visto yo esa pelambrera? Creo que
tengo un tratado sobre eso, pero ¿dónde?
No hay nada en el despacho que iguale el misterioso
atractivo de aquella figura de león sedente, mitad
esfinge, mitad catedrático de historia, porque la
gárgola o lo que sea, mirada de frente, tiene un poco de
sabio erudito de ojos saltones.
—No sé si me acompañará tu enigma a la tumba o si me
cogerá un síncope de tanto darle a la lupa, pero
mientras tanto, eres el pisapapeles perfecto y un reposa
gafas que para sí quisiera ese infeliz pecoso de la
cátedra de antropología. ¿Sabes lo que dice? Que no soy
más que un dios Pan con patas de cabra. Y luego, ese
daimon recomendado que va para decano, ese arqueólogo de
chichinabo.
La gárgola no dice nada, pero cuando el erudito pasa una
bayeta cuidadosamente sobre su lomo, sus gafas de
catedrático caen impelidas por una fuerza invisible,
asombrosa, y los labios de piedra del bicho parecen
dilatarse y encogerse como deseando revelar el secreto
de su arcana verdad. El anciano, muerto de espanto, da
entonces un paso atrás. Como era de esperar en un hombre
de ciencia, se refugia detrás de la lógica o, como
decimos los profanos, del sentido común. Y, ahora sí,
tras el silencio se produce la magia. La gárgola
adquiere el aspecto de un gigante y el gigante, ese
monstruo de antaño, pronuncia su primera palabra en
siglos, quién sabe si en milenios.
—¡Ráaaaaaascameeeeeee!
—¿Qué te rasque? ¡Y un cuerno!
Esas son sus últimas palabras. Y es que el erudito,
presa de un repentino ataque, espicha rápidamente entre
estertores de lenguas muertas. El silencio se adueña
nuevamente de la estancia, esta vez para siempre. La
lógica ha terminado por desvanecerse, y el alma
platónica del sabio vuela ya lejos de la caverna, muy
lejos de los armarios y archivadores, porque desde ahora
no hay polvorientas vitrinas en el alma, sino un
horizonte amplio, bello y misterioso. |
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Aarón C. Andrés,
cuyo nombre completo es Aarón Carlos
Andrés García (Villafranca del Cid,
Valencia, 1972) es licenciado en Derecho y
desde joven orientó su actividad creativa
hacia la creación lírica, desarrollando una
trayectoria literaria centrada en la poesía
en valenciano y en castellano, vehículos
lingüísticos que le han servido para
explicitar ante el mundo sus sentimientos
más íntimos.
Su quehacer en este campo se ha consolidado
en una obra reconocida en certámenes
nacionales e internacionales. En el ámbito
de la poesía valenciana ha sido galardonado
con el Premio Xavier Casp (2017) y el Premio
Flor Natural Ciutat de Castelló (2020). En
poesía castellana ha obtenido diversos
reconocimientos, entre ellos Finalista del
Premio Internacional Ángel Ganivet (2017 y
2019), Tercer Premio Internacional Letras de
Iberoamérica (2018), Finalista del Premio
Internacional Jovellanos (2022), Segundo
Premio del Grupo Literario Numen (2022) y
Mención de Honor en el Certamen
Internacional “Camino de Palabras” (2023).
En 2024 su poema “Silencio” fue premiado en
la XXVII edición del Premio de Poesía Santa
Teresa de Jesús, otorgado por la Diputación
Provincial de Ávila.
Además de su labor poética, cultiva la
narrativa humorística breve, influida por la
tradición satírica española y
estadounidense. Ha colaborado en diversas
revistas digitales, entre ellas
Gibralfaro, Letralia, Mambrino,
Primera página y Noches de Jardín,
entre otras, manteniendo una presencia
constante en proyectos literarios
contemporáneos.
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GIBRALFARO. Revista de Creación
Literaria y Humanidades. Publicación
semetral. Edición no venal.
Sección 1. Página 2. Año XXV. II
Época. Número 127. Julio-Diciembre 2026.
ISSN 1696-9294. Director: José
Antonio Molero Benavides. Copyright
© 2026 Aarón C. Andrés. Diseño
y maquetación: EdiBez. Depósito
Legal MA-265-2010. © 2002-2026
Departamento de Didáctica de las
Lenguas, las Artes y el Deporte.
Facultad de Ciencias de la
Educación. Universidad de Málaga &
Ediciones Digitales Bezmiliana. 29 730. Rincón de la Victoria (Málaga). |
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