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Llevo días barajando la posibilidad extenuante y nada
agradable de que me queda poco tiempo para todo lo que
me he propuesto. Eso es sinónimo de prisa, pero es
verdad, porque si no fuese por los plazos que la vida me
impone, jamás hubiese hecho nada. A Friedeman, mi
marido, aún no se lo he dicho, pero voy a empezar desde
el final, por la muerte, y lo hago porque la conozco
bien. Desde que tengo uso de razón, la he estudiado y
desafiado para medir sus fuerzas y consecuencias, para
hacerme después un traje a medida para la vida y ser más
fuerte. ¿No me crees? Créeme, llevo una vida estudiando
el tema con científica obsesión exhaustiva y he llegado
a unas conclusiones nada originales pero difíciles de
expresar. Tiene que ver con el valor. El valor es otra
medida cuya medición es algo subjetiva y, dependiente de
modas y trends, difícil de manipular si no tienes
poder de convicción. ¿Qué valor le damos a las cosas y
qué medidas establecemos para proteger esos valiosos
valores?
Tengo una pésima memoria, en el sentido tradicional de
la palabra, y no sé si es una virtud o un problema
porque, digamos, mi memoria es autónoma o automática y
registra lo que le viene en gana. Tampoco la fuerzo,
pero cuando me veo obligada, responde, pero sólo a corto
plazo; soy capaz de recitar listas de lo que sea, ya me
busco yo la manera, pero sólo hasta la fecha del examen;
luego, solamente me queda alguna cara de los retratos
reales. Especialmente, uno rubio con unos labios
extrañamente voluminosos. La Dinastía. ¡Qué idea! Casi
tan buena como la Religión, pero esta última desarrolló
mucho mejor el merchandising, ¡qué inventos,
señores!
En lo que a memoria se refiere, tengo auténticas calvas;
pareciese que la lepra o la tiña se hubiese cernido
sobre mis recuerdos borrando años enteros, relaciones
enteras y libros de historia completos, dejándome casi
desnuda. Algo siempre queda enganchado en mi red, pero
más bien se trata de conceptos abstractos como la
Muerte, el Tiempo, el Pudor, la Libertad, la Injusticia,
la Rebeldía, la Soberbia y la Humildad; a fin de
cuentas, el Aprender a Vivir. |
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Antes, incluso, de conocer el significado de la medida
del tiempo y sus repercusiones, descubrí, no sé cómo, la
Muerte, y me tuvo que fascinar porque recuerdo jugar con
mis muñecas a los “entierros”, imaginándome que se moría
mi mamá o mi papá, o, incluso, ambos, para verme
huérfana de padre y madre y para llorar amargamente por
culpa del sentimiento tan tremendamente ácido que me
subía por las venas hasta los ojos y la nariz. Pensaba
que si lo practicaba, luego, cuando ocurriese de verdad,
lo entendería mejor.
Recuerdo que me encantaba estar con mis semejantes y
soñaba con ser enviada a un internado de chicas, pero
eso se debía a las lecturas de Marie Louise Fischer. Me
marcaron la romántica idea que luego tuve de la amistad
e, incluso, del amor. En realidad, jugaba sola a menudo
y me entretenía más que jugando con mis amigas. Lo único
que superaba mi propio yo, mi propia autonomía, eran los
juegos al aire libre, predominantemente masculinos,
porque las niñas no teníamos permiso para ensuciarnos y
despeinarnos, pero a mí me la picaba, y era buena
jugando al fútbol, a las canicas y buenísima al
ping-pong; hasta llegué a ser “atleta intermitente”,
pero eso mejor te lo cuento porque lo veo tan natural
para la edad: el cuerpo, que se está desarrollando; la
máquina, recién estrenada; hecho el rodaje ya, lo que
pide el conjunto corporal es caña y nada mejor que el
deporte para confraternizar todos los elementos. |
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Antes, incluso, de conocer el significado de la medida del tiempo y sus repercusiones, descubrí,
no sé cómo, la Muerte, y me tuvo que fascinar porque recuerdo jugar con mis muñecas a los “entierros”, imaginándome que se moría mi mamá
o mi papá, o, incluso, ambos, para verme huérfana de padre y madre. |
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Nunca en mi vida me he entrenado para nada, detesto la
disciplina y el sacrificio en exceso o demasiado
concentrado; pero, cuando llegaban los campeonatos de
atletismo anuales, no tenía ni que ponerme las pilas,
porque sólo si ganabas una medalla de las doradas,
podías luego colocarle las medallas a los chicos y
darles dos besos; si no ganabas, no había besos, y, ¿qué
quieres que te diga?, a mí me iba el rollo de la
confraternidad con mis congéneres, de todos los sexos,
porque todos éramos iguales, pero poder besar a los
chicos era ya el colmo del no va más.
Eso fue hasta que me desmayé en una carrera y mis padres
ya no me dejaron volver jamás. Mi especialidad eran los
cien metros lisos y era imbatible, pero como las niñas
del instituto al que yo iba no eran nada duchas en
atletismo, aquel año fuimos aun menos chicas compitiendo
que ninguno de los años anteriores y tuve que correr
tres carreras, la de cien, la de cuatrocientos y los mil
quinientos lisos, que, con las eliminatorias, se te
montan en seis carreras y eso en dos días. Gané la
primera y en la última me desplomé. Deporte hasta la
extenuación. |
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Fue mi tercer acercamiento a la muerte física porque,
cuando todo se vuelve primero turbio y luego negro hasta
las nubes sobre las que te caes, te crees que es el
final, pero, luego, retorna la luz, te recuperas y te
vuelves líquida otra vez. Esto fue a los catorce. Las
primeras incursiones tipo Role-Play, con muñecas,
antes de los seis; luego, a los siete, el fumar colillas
robadas de los ceniceros para, posteriormente, marearme
e imaginarme que el mareo me devoraría.
A los ocho años aprehendí el concepto de tempo en
toda su amplitud. Ya, a los seis o siete, me maravillé
porque me di cuenta de que 1977 iba detrás de 1976, pero
que precedía a 1978, fue entonces cuando cayó la moneda
e hizo clic. Los antiguos tienen un dicho que versa
sobre la caída de unos dados, pero más que dados, desde
ese momento, fue como la moneda que buscas para
introducir en la máquina del chicle, la que, una vez
encajada, desencadenaba el mecanismo, y le podías dar la
vuelta a la manivela y, ¡oh, dulce sonar!, caía la bola
verde, azul o amarilla de chicle.
Con mi lógica infantil buscaba respuestas a las
aparentes incoherencias, como, por ejemplo, reconocer
que, si yo tenía ocho años y el mundo, 1978, desde que
murió el bueno de Jesús —estaba en catequesis—, el mundo
se me antojaba irremediable y el sufrimiento que
observaba, en mi error, por lo tanto, un absurdo, e
intenté suicidarme por primera vez, pero sólo conseguí
dormir un fin de semana seguido y preocupar muchísimo a
mis padres; fue entonces cuando me di cuenta de que no
era tan fácil morir como parecía. Lo había intentado ya
de varias maneras: morir por parada cardiaca, pero,
efectivamente, el corazón era incontrolable; morir de
asfixia, pero nunca aguantaba lo suficiente, y,
finalmente, las pastillas para la tensión de mi madre.
No hay nada más refrescante y juvenil que mirarle a la
muerte directamente a los ojos para ver de qué color los
tiene. Creo que es la única forma de encontrarse a sí
mismo. Habrá quien diga y yo para qué quiero
encontrarme y más, a un precio tan alto. Lo
entiendo. Pero, entonces, por favor, no te me agujes, ni
me intentes vender tu producto, porque yo casi me he
roto el cuello por el camino. |
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A los dieciséis años, una terrible y difícil época de
transición; me pegué un tiro en la sien como Larra lo
hizo en 1837, pero yo tengo la suerte de vivir en otro
siglo, y, además, me flaqueó el pulso y erré el tiro
perforándome la mejilla nada más; no me llevé la oreja
por delante de puro milagro y por milímetros. Ahora, me
alegro. Verás, nunca volvería atrás para deshacer lo
hecho, porque soy un producto fruto de mis experiencias:
unas superadas, otras me vencieron y las actuales, que
me mantienen en la cumbre de la vida, a la expectativa.
A partir de ahí, me di una tregua. Ya no sólo era
difícil morir, me resultaba imposible, pero aún recuerdo
los momentos antes de la detonación, lo liviana y ligera
que me volví, la tranquilidad de saber que, ¡por fin!,
iba a poder descansar de esa tremenda lucha en que se
había convertido la supervivencia.
Admití la derrota y dupliqué o tripliqué mis esfuerzos y
fuerzas para poder hacerle frente a las continuas
agresiones de la vida. La pubertad que se quiere ir, mi
necesidad de independencia y el precio que tienes que
pagar por la libertad. El que nunca haya sido libre no
sabe lo cara que es, es carísima y exclusiva, tienes que
dejar muchos asuntos por el camino, porque, una vez que
firmas por ella, admites una serie de cláusulas que
resultan incompatibles con la mayoría de las costumbres.
Es, a fin de cuentas, como nadar contracorriente, haces
todo lo que no hacen los demás y desarrollas unos remos
que, con el tiempo, son tan fuertes que ni te das cuenta
de que estás nadando. Cuando llegas a ese punto, después
de muchos años, sabes que has alcanzado la plenitud y
reconoces el valor de las expectativas que la vida te
puede ofrecer, porque son las que te dan la posibilidad
de elección, y la libre elección de hacer lo que uno
quiere y considere oportuno con todas sus consecuencias
es la Libertad.
Aguanté el tipo de cara al público durante algún tiempo
porque la Libertad me exigía una cierta adaptación; sí,
parece contradictorio y lo es, lo que pasa es que no me
di cuenta hasta que no pasó una década. Había seguido
con mi investigación, pero poco, porque el trabajo, la
herramienta de liberación imprescindible para recrear la
autonomía, casi me monopolizaba. El trabajo era tan
absurdo que no me reportaba satisfacción alguna, y,
después de once años de eterna sonrisa y amabilidad, se
me fundieron los fusibles y di un giro completo de 360
grados. |
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A partir del 2001, durante casi tres años, me dediqué
exclusivamente a la observación directa e in situ
de la Muerte; esta vez, no aplicada a mí, sino a otras
personas. Era la Asistente de la Muerte en los lechos
terminales. Hermoso trabajo. Esta experiencia me sirvió
para confirmar casi todas mis especulaciones, pero no
sabía yo que aún me quedaba lo mejor.
Quien busca la muerte con frenesí, es desdeñado, pero
los que se aferran a la vida, son sus favoritos.
Ya te dije al principio que mis conclusiones no son
originales; lo que sí podría ser un punto interesante es
la postura que he adoptado o que venía inmanentemente a
mí, unida desde el momento en que nací, no lo sé, creo
que es diferente porque me he encontrado con muy pocas
personas que han andado por caminos similares a los míos
y la mayoría de ellos ya están muertos. Tiene que haber
más, pero no los conozco.
Ya he citado unas cuantas veces las expectativas. Una
vez que te das cuenta de que la vida es una total
aventura, unas veces para bien y otras para mal, ¿qué
más da?, porque una aventura es una aventura, ¿o no?, y
qué más se le puede pedir a la vida que no sea abrirse
ante nuestros ojos como un abanico con tanto colorido
que casi te ciega. Admito que me enamoré de la vida y me
olvidé de la muerte. Aún desconocía el color de sus
ojos, pero la había visto, olido, oído y sentido, y ya
era más que suficiente.
Pletórica, coleccionando y registrando colores, y ya que
tenía casi todas las gamas completas, llaman a mi
puerta. Claro, me lo debí de imaginar. La Muerte.
¿Te lo imaginas? ¡¿La Muerte vino a verme a mí?! Sí, a
mí personalmente, y ella en persona. Fue ella la que se
acercó a mí, muy cerca, mucho, tanto, que le vi los
ojos. El color no me sorprendió y no me llegué a
asustar: creo que estaba demasiado confundida, pero ella
no se dio cuenta y lo tomó como un nuevo desafío, y se
retiró con la guadaña guardada bajo su manto. Por los
pelos, otra vez. Esto que te cuento parece sólo un
instante, pero es un tira y afloja que lleva ya para
tres años. Menos mal que tengo el traje hecho a medida.
Me cubre todo el cuerpo y no queda nada al descubierto,
es como una segunda piel. No sé si es perfecto o si
tiene algún fallo que me haga vulnerable. Se verá con el
tiempo, como pasó con Aquiles. |
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Ninoschka Prado Ouviña
(Hannover, Alemania, 1970). Hija de
emigrantes españoles, nació en Alemania y
retornó a España en 1981. Diplomada en
Maestro en Lengua Extranjera (sección
Inglés) por la Universidad de Málaga, en
cuya Facultad de Ciencias de la Educación
cursó los estudios de Magisterio. Ha cursado
asimismo estudios de Traducción e
Interpretación en la Universidad de Granada.
Lingüista vocacional y amante de la
Humanidad, se ha interesado desde temprana
edad por la Literatura y el Arte en general.
Ágil, sutil y aguda las más veces, incisiva
y mordaz en ocasiones, cultiva con natural
desenvoltura tanto la prosa como el verso.
Queda, pues, justificado que nuestra revista
se honre en tenerla como colaboradora.
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GIBRALFARO. Revista de Creación
Literaria y Humanidades. Publicación
Trimestral. Edición no venal.
Sección 1. Página 2. Año XXV. II
Época. Número 126. Abril-Junio 2026.
ISSN 1696-9294. Director: José
Antonio Molero Benavides. Copyright
© 2025 Ninoschka Prado Ouviña. Diseño
y maquetación: EdiBez. Depósito
Legal MA-265-2010. © 2002-2026
Departamento de Didáctica de las
Lenguas, las Artes y el Deporte.
Facultad de Ciencias de la
Educación. Universidad de Málaga &
Ediciones Digitales Bezmiliana. 29 730. Rincón de la Victoria (Málaga). |
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