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Había oído que los manicomios estaban llenos de personas
que se creían Dios, pero siempre me había parecido una
exageración. No me lo terminaba de creer. Para mí, los
locos son gente que ha perdido el control sobre sí
misma, que no puede controlar sus impulsos. Por ejemplo,
asesinos en potencia o suicidas en potencia, o, también,
personas como los esquizofrénicos cuya falta de
coherencia mental se refleja en un discurso sin sentido,
incoherente; gente, en fin, que dice locuras. Pero
¿gente que se cree Dios? No sé. No me parecía tan
posible.
Andando el tiempo, en esta vida, que nos es más que un
caminar, si sostenemos la mirada lo suficiente sobre el
paisaje, y con paisaje de nuestra vida me refiero a los
demás, vemos muchas cosas, cosas que nunca pensaba que
vería, o que ni siquiera pensaba que se pudieran ver,
como los hombres-Dios. ¿Quién iba a decirme que
presenciaría el espectáculo del hombre-Dios, del
Iluminado, del Santo, del Profeta? Tenemos una imagen
arquetípica de esta clase de personas en todas las
religiones y, claro, eso es, necesariamente, por algo.
Está Jesucristo para los cristianos, Muhammad para los
musulmanes, Moisés para los judíos, el Budha para los
budistas, el Gurú, el Maestro para los teósofos, y un
largo etcétera. Hombres tocados por Dios, movidos por
una Voluntad que no es la suya, insuflados por otro
Orden; los Llamados, los Instrumentos utilizados por la
Mano del Hacedor, por la Palabra del Generador de
Palabras. Hombres únicos en el mundo, que surgen así, de
vez en cuando, para iluminar el camino de varias
generaciones; hombres que serán recordados por los
siglos de los siglos, hombres puente entre este mundo de
los avatares que no cesan, del paso del tiempo, y ese
otro mundo de lo eterno, ese oculto que es nuestro
origen y nuestro fin. ¿Cómo iba yo a conocer a uno de
esos?
Realmente, yo no sé a quién conocí, es decir, si era uno
de esos Hombres o, simplemente, era un loco de
manicomio. Porque hay que distinguir. Yo no sé si
realmente existen los profetas, pero pudiera ser que así
fuera, lo admito. Pero una cosa es ser tocado por Dios,
es decir, ser su mano ejecutora, y otra es
creerse la mano de Dios. La diferencia estaría
entre serlo y creérselo. Porque uno puede creérselo,
pero no serlo. No sé. Me pregunto entonces cómo puede
una persona sentirse Dios, sentir que su palabra no es
palabra suya, sino la de 0tro, cómo puede
sentirse esa persona canal de comunicación con lo
Otro. Cómo puede sentirse único, verse incluso
adorado en el futuro, comprenderse como luz para las
generaciones venideras. Cómo puede darse esa
transformación de ser una persona común, el hijo de
Mercedes un día, y, al otro, el Canal de lo Divino,
el cálamo de Dios. Porque algo ha tenido que pasar por
medio, algo gordo. Algo magníficamente gordo. ¿Y qué es
eso que ha pasado por medio? ¿En dónde nos hemos
perdido? |
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Marcos era un compañero de departamento de la
Universidad de Sevilla; no correspondía con la idea de
loco iluminado, hombre andrajoso que predica subido a
una caja en la plaza del pueblo. No. Era un doctor
en filosofía. Una eminencia. Un intelectual que era
capaz de utilizar un lenguaje técnico y académico, y que
lo utilizaba. Con un bagaje, como suele decirse, con
experiencia en la vida. Ya tenía los sesenta años. De
joven, se dedicó a los negocios en la bolsa, pero nunca
dejó de lado los estudios, y así se convirtió en Doctor
en Filosofía, con una tesis doctoral sobre
fenomenología.
No sé exactamente de qué iba su tesis, pues nunca la he
leído, pero comentaban en el departamento que era un
buen trabajo. La universidad le daba ínfulas, eso estaba
claro. Hablaba de la universidad como si fuera el Olimpo
y los doctores, los dioses. Tenía un toque machista,
porque las doctoras, nada de nada; nada de diosas,
quiero decir. Su mujer, de la que hablaba a todas horas,
era la mujer perfecta, y como tal, ama de casa. Él
agradecía mucho todo el trabajo que ella hacía por él:
la comida, administrar la casa, lavar y planchar su
ropa, cuidar de sus hijos y de sí mismo. La quería
mucho, a su mujer fregona, y a las demás nos miraba como
diciendo qué hacéis en la universidad, cuando es, en
vuestras casas, como mi perfecta esposa, en donde
deberíais estar. ¡El mundo del conocimiento es un mundo
de hombres! Somos los únicos portadores del cerebro, los
únicos capaces del verdadero raciocinio.
Nunca me gustó su toque machista, sus charlas sobre su
mujer perfecta ama de casa y sus divagaciones no
pedidas, su galantería, pase usted primero, no se
moleste en… Pero bueno, podía soportarlo. No es lo peor
de todo, en la universidad hay muchos como él. Si me
pongo tiquismiquis; al final, no me relaciono con
nadie. Así que lo soportaba como podía. Pues como ya
digo, él se creía ya un ser superior por sus
conocimientos. El título de doctor le había
subido el ego de una manera desbordada, lo cual
tampoco es nada raro en la universidad. He soportado
viajes con gente que ha estado hablando todo el rato de
su doctorado: «porque yo, en mi tesis, digo...», «...eso
lo explico yo en mi tesis», «en mi tesis...». |
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Tenemos una imagen arquetípica de esta clase
de personas en todas las religiones y,
claro, eso es, necesariamente, por algo.
Está Jesucristo para los cristianos,
Muhammad para los musulmanes, Moisés para
los judíos, el Budha para los budistas, el
Gurú, el Maestro para los teósofos, y un
largo etcétera. |
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Marcos, de pronto, un día, vino a nuestra asociación,
una asociación de doctores (yo soy la única mujer, ahora
doctora, pero, por aquel entonces, doctoranda) sobre
religiones comparadas. Vino a proponernos una serie de
cursos que él podría impartir en el seno de nuestra
asociación. No dijo nada claro y se tiró cuarenta y
tantos minutos hablando sin parar, sin dejar a nadie
replicar. Siempre hacía lo mismo, hablaba y hablaba sin
parar, en una especie de monólogo dislocado, sin mucho
sentido, con un muy fino hilo conductor. Un monólogo que
cansaba a todo el mundo, o eso pensaba yo. Por lo menos,
en el departamento cansaba a todo el mundo, que, luego,
las cosas, fuera ya del departamento, no eran así, como
veremos. De todo lo que dijo, sólo sacamos en claro que
quería hacer unos cursos sobre algo relacionado
con la espiritualidad, pero no estaba claro el qué.
Había divagado sobre la intencionalidad, sobre si las
cosas se daban o no se daban, sobre el ego que dejaba de
lado, sobre qué sé yo cosas sin mucho sentido;
divagaciones en torno a dar un curso o no darlo.
Menos mal que el doctor Pedro lo tuvo claro y le dijo
que no. Porque parecía querer enseñar algo sobre
espiritualidad y eso no era del ámbito de la
universidad. Otra cosa es hablar sobre historia de la
espiritualidad o de las religiones, pero charlas estilo
catequesis dentro de la universidad, no. Además, eso, a
nosotros, como asociación, nos dejaba en mal lugar;
somos académicos, no creyentes. En fin, el doctor Pedro
fue muy diplomático, o así me lo pareció a mí y Marcos,
a pesar de no dejar de repetir desde el principio de su
muy larga exposición que «no hay ningún problema si no
puedo hacer el curso aquí, pues ya se dará en otro
ámbito...», «...no os quiero poner en ningún compromiso,
sólo presentaros esta idea de mi curso para que ustedes
la valoren libremente...», pues, al final, parece que se
enfadó. Pero tampoco lo dijo claramente.
Fue unos meses después cuando nos llamó a todos, uno por
uno y una por una, para decirnos que, finalmente, iba a
impartir su curso, que había hablado con el ayuntamiento
de Sevilla y que se habían mostrado deseosos de que se
impartiera algo de nivel en su sede. Las clases serían
en un aula de la biblioteca, y nos invitaba a asistir.
Resulta que yo vivía muy cerca de la biblioteca y no
tenía más remedio que asistir, si, personalmente, no
quería quedar mal. |
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El primer día fuimos todos a oírlo. Dio una charla
introductoria sobre un método que había ideado para el
despertar, para la iluminación, el camino de la Verdad
para la humanidad. Pero fue todo muy contenido, no salió
del todo del armario. La gente que asistía al curso me
pareció interesante para mi propia investigación. Yo
estaba, por aquel entonces, haciendo mi tesis doctoral
sobre los nuevos movimientos religiosos, así que decidí
asistir durante unos meses. Iba a las reuniones de los
lunes. Comenzó explicando el método divagando sin decir
nada claramente. A cada rato soltaba una frasecita de
azucarillo y los alumnos parecían flipar. «La
pasión es una cosa bastante aterradora porque, si tienes
pasión, no sabes dónde te llevará». KRISNAMURTI. [...]
«Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en
el resultado. Un esfuerzo total es una victoria
completa. GANDHI». ¡Cuánta erudición! Parecían exclamar.
¡Cuánta sabiduría! Los alumnos copiaban en una libreta
todo lo que decía Marcos. Primero empezaba a hablar de
algo e iba saltando de una cosa a otra sin lógica
coherente y sin principio ni fin, y, entonces, por
medio, soltaba la frasecita de azucarillo. Yo no
entendía nada porque no había nada que entender y nadie
podía entender nada. Pero aquellos alumnos copiaban y
copiaban y copiaban, quizás pensaban dejar lo de
entender para después.
Su mujer asistía al curso, no sólo a las clases de los
lunes, sino a todas sus clases, como supe después. No
sólo era su fregona, sino que también su mejor
alumna-discípula. Seguidora. Fan. O eso fingía o estaba
obligada a ello, quién sabe. No creo mucho en la
admiración sincera entre desiguales. Comenzó a explicar
el método, que tenía 7 pasos para el despertar. Primero
dijo que dedicaría un día a cada paso, pero después no
hizo nada de eso. Escribía el nombre del paso, por
ejemplo, autoconciencia. Y después de un rato
diciendo «yo no cobro nada», «todo lo hago gratis»,
«porque yo amo el conocimiento», y de otro rato diciendo
«si alguien quiere grabar las clases, porque como yo no
cobro nada», «si alguien quiere crear un blog o página
web, porque como yo no cobro nada», entonces empezaba la
clase, que ya era media hora de frasecitas de azucarillo
sin ton ni son, a veces contradictorias entre ellas,
como ya he dicho. |
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Yo no era capaz de discernir ningún hilo conductor y
estaba bastante sorprendida con el público. Casi todas
éramos mujeres, aunque había un par de hombres. En
general parecía que oían con gran admiración sus
palabras, lo cual me resultaba asombroso. ¿Pero si no ha
dicho nada? Era un discurso falto de toda lógica. ¿Qué
es lo que admiraban? ¿Por qué iban a las clases? Pasadas
unas semanas, después del «yo no cobro nada» y del «como
yo no cobro nada, ustedes pueden» comenzó una nueva
secuencia «porque un buen alumno es aquel que escucha
con la mente despierta, que es capaz de llegar a la
esencia de las palabras, que no se queda en lo
superficial, que muestra interés» y luego cosas más
mundanales «que llega puntual, que ayuda a los que tiene
alrededor, que no critica por la espalda, que es
sincero». ¿Estaba diciéndonos cómo teníamos que ser?
Para su beneficio, claro está. Aquello no tenía sentido.
Era un manipulador y nadie se daba cuenta. ¿Por qué lo
admiraban? Ese fue mi primer error, pensar que los
alumnos iban buscando algún tipo de conocimiento, pensar
que estaban preocupados por el contenido. Daba igual lo
que hubiera dicho, los alumnos hubieran seguido yendo.
No buscaban contenido, ni conocimiento, lo que buscaban
era alguien a quien seguir. Y eso hacían.
Marcos sabía que yo tenía dos blogs, y tantas veces
repitió lo del blog «Si alguien quiere crear un blog»,
que me sentí en la obligación de decirle que, si quería
que le hiciera un blog, que en un rato se lo montaba. Le
encantó la idea, pero no valía con que se lo creara y le
mandara el enlace. Quería quedar en su casa, vamos, que
yo fuera a su casa a crearle el blog. Lo hice. Me
recibió en su biblioteca-despacho, en donde tenía los
mejores libros sobre espiritualidad y filosofía; una
colección bastante completa, la verdad. Mientras, su
mujer hacía de comer en la cocina. En su mesa de
despacho, tenía un ordenador con la pantalla más grande
que he visto nunca. O se estaba quedando ciego o aquello
era una proyección más de su gran ego. No todo en un
ordenador es su pantalla, pero eso él no lo sabía. Para
empezar me enseñó varios modelos de lo que quería, y
aquello no eran blogs, sino páginas web. Le dije que no
tenía idea de creación de páginas web, que yo lo único
que sabía era crear blogs. Le enseñé mis blogs y pareció
convencido. Entonces empezaron las paranoias
megalómanas. Me preguntó si podía subir videos y le dije
que sí. «No quiero que pueda entrar todo el mundo, me
gustaría que fuera sólo para alumnos. No quiero que mis
videos corran por internet descontextualizados, que
tengan un acceso multitudinario». Yo flipaba. ¿Un acceso
multitudinario? ¿Pero qué había pensado que era
internet? ¿Que subes una entrada a un blog cualquiera y
medio mundo entra a ver qué ha puesto Marcos? Porque
claro, es Marcos, el más famoso del mundo. ¿De verdad
pensaba que la gente iba a poner gurú en Google e
iba a salir su cara? Le expliqué como pude que el
posicionamiento del blog, para que tenga entradas, hay
que trabajarlo. Por lo menos, tienes que compartirlo en
diversas redes sociales para que lo conozca gente ajena
al grupo. Aquello ya le gustó menos, le dije «Si somos
sólo 12 alumnos, y no creo ni que todos vayan a entrar
en el blog». Al final se avino a poner el blog abierto.
Escribió en él una bonita frase de azucarillo: «En
nuestra ingenuidad hemos olvidado que bajo nuestro mundo
de razón yace otro enterrado». CARL GUSTAV JUNG, y hasta
el día de hoy. |
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¿Estaba diciéndonos cómo teníamos que ser? Para su beneficio, claro está. Aquello no tenía sentido. Era un manipulador y nadie se daba
cuenta. ¿Por qué lo admiraban? Ese fue mi primer error, pensar que los alumnos iban buscando algún tipo de conocimiento, pensar que estaban preocupados por el contenido. |
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Pero en las clases siguió con el «como yo no cobro nada,
si ustedes pueden grabar un video o crear una página
web». Todas las clases igual: un cuarto de hora de «yo
no cobro nada, esto lo hago por el bien de los demás,
para que el conocimiento se expanda, llegue más lejos»,
vamos, por el bien de la humanidad. Marcos daba sus
clases por el bien de la humanidad, ya es llegar lejos.
Y después media hora de «como yo no cobro nada ustedes
pueden» y después un cuarto de hora de divagaciones sin
sentido y frasecitas y fin de la clase. Yo dejé de ir al
sexto paso del método. Estaba conociendo gente
interesante en las clases, pero no podía soportar a
Marcos y su verborrea sin coherencia. Así que lo dejé.
Pero lo hice diplomáticamente. Le dije que estaba
estudiando mucho alemán y se acercaba la fecha del
examen de la Escuela de Idiomas, y no podía dedicar
tiempo a otra cosa. Me dijo que cuando acabase con el
alemán, sería bienvenida al grupo de nuevo.
Me lo encontré por el departamento mucho después y ya
había hecho el examen de alemán. Me preguntó si ya podía
ir a sus clases, así, directamente, sin preguntarme
siquiera cómo me había ido en el examen de alemán. Me
pareció insultante esa anulación de los intereses del
otro y esa sustitución por los suyos. Lo único
importante para él era su curso y que asistiera a él, no
cómo me fuera a mí en alemán o en la vida. Sentí pena
por su mujer fregona y por su familia en general. Este
tipo de personas que sólo piensa en sí misma debe de ser
terrible de tener cerca. Pero le respondí con educación
que estaba con mi tesis doctoral a tope, que no podía
asistir a sus clases. Me salía decirle «no puedo perder
el tiempo asistiendo a tus clases», pero me mordí la
lengua porque me parecía un insulto innecesario. |
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El colmo fue cuando, con motivo de presentar mi tesis,
les escribí a todos los del departamento un e-mail
con fecha y hora de la defensa, por si querían asistir.
Marcos me contestó que cuando acabase con la defensa
podría asistir a sus clases, que allí sería bienvenida.
Ni siquiera me deseaba suerte en la defensa de la tesis
doctoral. Yo no le interesaba lo más mínimo. Sólo le
interesaba como alumna de aquel curso, no sé por qué. Un
número más sumado a su ego, una alumna más, qué se yo.
Sentí mucha más pena por su mujer. Marcos era una
persona horrible.
Meses después me lo encontré por la Facultad y me saludó
como si nada. «Ya soy doctora», le dije. Y me respondió
con una amplia sonrisa bondadosa: «Entonces ya podrás
asistir a mis clases». Yo no podía encajar qué era
aquello, qué era Marcos. Sólo desde la perspectiva del
conocimiento de los hombres-Dios, puedo
entenderlo. Al hombre-Dios no le importan mucho sus
hijos, tan sólo le importa ser adorado, ahí radica su
divinidad, y, sin la adoración, no es nada. Su brillo es
tan fuerte que camina cegado por su propia luz, son
personas deslumbradas. Ni una enhorabuena, ni un interés
en cómo me había ido, qué nota había sacado, nada. Ni
siquiera educación. A veces, no nos interesa gran cosa
el otro, pero, por educación, le preguntamos por las
cosas que son importantes para él. Pero Marcos era un
ser superior. Su mujer y sus hijos debían de ser unos
desgraciados, condenados a adorar al monstruo divino,
siempre invisibles.
Le respondí que ya vería, que tenía que consultar mi
agenda, que si podía, iría. Era mentira. Lo hice por
educación, porque no me educaron para decir que no
directamente, sino a poner una excusa. Pero admito que
un «No, no me interesan tus clases» hubiera sido más
sano y gratificante. De todas formas, nunca más volví a
ir a sus clases.
Meses después, estaba en una reunión de nuestra
Asociación de Historia de las Religiones Comparadas y
otro compañero, Antonio, me habló para que le pusiera en
contacto con alguna persona relacionada con algún nuevo
movimiento religioso, quería que fuera un líder, alguien
con seguidores. E insistió un montón. Y que fuera del
entorno de Sevilla. Que quería hacerle una entrevista.
Tenía planeada una serie de entrevistas a gurús. Yo le
dije que quizá podía ponerle en contacto con Marcos, que
impartía un curso en la biblioteca y que tenía
seguidores. Me habían informado de que ya iba por 30
alumnos. Le advertí que estaba flipado, pero a
Antonio le dio igual, incluso lo prefería. Yo llamé a
Marcos y le dije que desde el Círculo de las Religiones
Comparadas querían grabarle un video con una entrevista,
que si estaba interesado hablase con Antonio, y le dejé
el teléfono de Antonio. Yo ahí me desentendí del tema.
La historia la sé por Antonio. |
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Resulta que le grabó la entrevista y un trozo de una de
sus sesiones para montar un video. Antonio le explicó lo
que quería. Marcos se mostró de acuerdo en todo, pero
¡ay de los deslumbrados! Respondió a todas las preguntas
y, cuando vio el video de 30 minutos, estuvo en total
desacuerdo con el video. Porque era sólo media hora,
porque él quería que se grabara la sesión completa, que
fuera un video de por lo menos una hora. Que se le veía
poco, vamos. La cosa era grave, porque Antonio veía todo
su trabajo tirado a la basura. Pero al final accedió y
pudo colgarse el video en Youtube. En él aparecía todo
el rato con su mejor sonrisa bondadosa, parecía que
había estudiado la cara de buena persona. Decía que
consideraba a sus alumnos aspirantes a la luz, «personas
que cuidan su alma, que llevan a cabo las tareas
cotidianas con una profunda conexión con el alma del
mundo». Y claro, él debía de ser la luz o, al menos, el
poseedor de la luz. «Este curso está dirigido al darse
cuenta, a ver con más claridad. En este mundo falta
claridad». O sea, él creía proveer de claridad a los
alumnos. «Yo sólo soy un comunicador, si lo que digo
causa efecto, eso se debe a algo superior, a la
Naturaleza, Dios, el Universo. Yo no me preocupo por
eso. Todo lo que ofrezco a los alumnos en este curso ha
surgido como una síntesis de mis conocimientos sin que
yo lo buscara. No soy el hacedor de estas ideas, sino
que están en mí sin más. Yo hago lo que tengo que
hacer». «Me considero un canal, o un instrumento, algo
así como una caña vacía por donde sopla el viento». Y en
este momento del video fue cuando me di cuenta de que
había tenido ante mí todo ese tiempo a un Instrumento de
Dios, a un Canal, a un hombre-Dios, a ese milagro de la
Naturaleza que pensaba que no existía, a ese Ser que
puebla la faz de la tierra de vez en cuando, a esa
minoría que abarrota manicomios. La persona que se cree
Dios, deslumbrada por su propia luz, torpe, caminante
ciego, que pisotea a todo el que coge a su paso, que
tropieza y, aun así, tumbado en el suelo, herido,
continúa sin ver nada más que su luz, que se arrastra
por los caminos, como una serpiente viperina, con el
veneno de sus palabras que no son suyas, sino del
Otro. |
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Alicia Ramos González
(San Roque, Cádiz, 1978) es
historiadora del Arte
e
investigadora del fenómeno religioso.
Licenciada en Historia del Arte por la
Universidad de Granada y doctora en
Filosofía por la Universidad de Sevilla,
centró su tesis en la
fenomenología de los nuevos libros
revelados (2016). Su formación
se completa con el Máster en Religiones y
Sociedades de la Universidad Internacional
de Andalucía.
Su producción académica se sitúa en la
confluencia entre
historia del Arte, estética y filosofía de
la religión. Ha publicado
estudios sobre los orígenes del arte, la
estética contemporánea y la espiritualidad.
Una parte destacada de su investigación se
dedica al escultor
Luis Ortega Brú, sobre cuya
obra pictórica y relación con las
vanguardias del siglo XX ha publicado
diversos artículos en
ACCADERE y
Exedra.
Desarrolla también labores de
gestión y divulgación cultural
en colaboración con la Delegación Municipal
de Cultura del Ayuntamiento de San Roque,
donde participa en actividades formativas y
es autora de la
Guía del Museo Municipal de San Roque.
Sección Luis Ortega Brú (2023).
En el ámbito literario, ha contribuido a
proyectos colectivos de
narrativa como
Voces ajenas (2014) y
A propósito de Shakespeare
(2017), además de publicar relatos en la
revista digital
Gibralfaro. En
poesía, figura su
participación en
Estación Poesía (2016).
Su perfil integra investigación
universitaria, estudio del arte y las
religiones, gestión cultural y creación
literaria.
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GIBRALFARO. Revista de Creación
Literaria y Humanidades. Publicación
Trimestral. Edición no venal.
Sección 1. Página 1. Año XXV. II
Época. Número 126. Abril-Junio 2026.
ISSN 1696-9294. Director: José
Antonio Molero Benavides. Copyright
© 2026 Alicia Ramos González. Diseño
y maquetación: EdiBez. Depósito
Legal MA-265-2010. © 2002-2026
Departamento de Didáctica de las
Lenguas, las Artes y el Deporte.
Facultad de Ciencias de la
Educación. Universidad de Málaga &
Ediciones Digitales Bezmiliana. 29 730. Rincón de la Victoria (Málaga). |
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