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Mis amigas me han hartado con sus relatos. ¿Qué dicen?
Que buscando pareja se relacionan con hombres que nunca quieren comprometerse, y que ya, desde la primera cita, les informan que van a salir al mismo tiempo con otras, y les sugieren no
pensar que lo que han iniciado es un noviazgo.
Pero hay más. Por ejemplo, Marisa, ya casada, repite que su marido, desde hace años, sale con sus compinches de parranda todos los viernes a la noche, y que si ella le hace algún reproche, le sobrevuelan platos
playos y hondos sobre su cabeza. Mientras,
Karina le manda un email
a su amante con la frase “te extraño”, y él le responde “no me hinches las…”.
¿Sigo? Florencia, que convive desde hace tiempo con su novio, agrega que el muchacho toca el bombo en una murga, como hobby, y que, aunque ella sufra un infarto, un cólico nefrítico o esté por parir,
él jamás dejará su puesto en la percusión callejera para auxiliarla. Y se suman
otros cuentos sobre maltrato, que incluyen la violencia verbal y física, la vejación moral, la tortura psicológica, la ofensa humillante y el abandono absoluto.
Pero lo que me irrita de mis hermanitas de la vida es que el final de su monólogo repetitivo es el mismo: no pueden dejarlos, no cuentan con valor o ganas de mandar a esos seres tóxicos y nocivos al país de las maravillas junto
a la madre que los parió. Y se arrastran sufrientes
por los livings de amigas, los grupos de mutua ayuda, el confesionario del cura y el diván del terapeuta para desarrollar la misma historia… hasta que el
planeta entero les grita: “¿y por qué no lo dejás?”. Entonces deben ir a buscar otro fogón donde volver a cantar la misma canción sufriente.
Quienes escuchan a estas señoritas que “aman demasiado” se solidarizan de inmediato con ellas porque son víctimas. Y sí, son víctimas, pero no inocentes. |
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Veamos.
En el colegio nos enseñaron que en la gramática hay una voz activa (“yo hago”) y una voz pasiva (“a mí me hacen”). Pero este tipo de mujeres inventa a diario la voz intermedia (“yo me hago hacer por el otro, esto”).
El dolor para ellas no es una advertencia de peligro, es una meta, una finalidad, pues muy en su interior sienten un goce mortífero anclado en la insatisfacción.
Masoquismo erógeno, diría don Sigmund.
El drama de estas cartoneras del amor es esa fascinación suicida que les provoca el perverso narcisista. Están hechizadas como Eva ante la serpiente, y sólo las puede salvar
el hacerse responsables de ser quienes sostienen
una punta de esa soga que les ata
el cuello, para ahorcarlas sin contemplaciones. |