|
Seguimos añorando los paraísos perdidos. Añoramos las
horas felices y dulces de la niñez dorada, momentos
protegidos, la despreocupación absoluta, entonces
disfrazada de pequeños dramas que ahora creemos
imaginados, falsos o irrelevantes. O ¿será el ansia de
volver a aquel lugar la que los hace ínfimos a nuestros
cansados ojos? Ojos que han visto demasiado, que, a
pesar de haber sufrido lo indecible y de estar agotados
ya, sabemos que aún no han llorado bastante, mudos
testigos de la pérdida continua que supone la
existencia.
Ventanas que a veces cerramos para que los gritos y las
imágenes de fuera no nos ahoguen en desesperación. No
sabemos si salir a pelear, a gritar la verdad, aunque
nos tomen por locos; o seguir viaje solos en nuestro
vagón, ocultos tras una máscara apropiada para cada
ocasión, arrebujados en nuestro asiento con una manta de
mal disimulada indiferencia; sin sentir, dilapidando la
vida, el amor y todo aquello que nos hace persona y por
lo que merece la pena vivir.
A veces encontramos algo que nos ayuda a sacar la cabeza
del fango en el que permanecemos estancados, del hedor
asfixiante; aunque tan sólo sea por unos momentos
maravillosos en los que nos dejamos arrastrar por la
ensoñación hacia nuestros paraísos añorados, vividos,
deseados o “inexplicablemente” intuidos. Durante esos
instantes fecundos respiramos, sonreímos, volvemos a ser
personas, ganamos la categoría de dioses sobre la
tierra, dueños de nuestras vidas y destinos.
Subidos en la proa de nuestro barco, enfilando el
horizonte, el destino; con la confianza de que iremos
exactamente donde queremos ir; capaces de arrostrar
cualquier embate de la mar. Felices de vivir, aunque
vivir suponga estar expuesto a peligros; eso es la
libertad auténtica. Sin miedo a sentir; la pérdida es
menos dolorosa si tenemos la certeza de haber vivido con
intensidad, de haber sentido de verdad. Lo contrario nos
arrastra irremisiblemente a la desesperación. Saber que
no negamos aquel perdón, aquel beso, aquella sonrisa,
aquellas lágrimas, aquel “te quiero”, aquel “lo siento”;
que la sinceridad y la autenticidad fueron nuestra
brújula durante el viaje. |
|
Podemos llegar a nuestra isla soñada y beber el dulce
ron mientras el sol nos acaricia la piel y las brisas
más suaves nos envuelven y nos arrullan junto al mar.
Comer las frutas más exóticas y deliciosas jamás
soñadas, mientras admiramos los colores de las flores
más bellas adornando los cabellos de las más lindas
muchachas.
O tal vez no. Pero al menos tendremos el premio de haber
disfrutado plenamente el viaje; de habernos agarrado con
firmeza al timón para intentar mantener nuestro rumbo. Y
aunque la fuerza del viento y de las olas nos arrastre a
una tierra que no sea la realmente deseada, habremos
sido nosotros mismos y podremos sentir el orgullo y la
satisfacción de haberlo intentado con todas nuestras
fuerzas y de haber entregado lo mejor de nosotros a
todos aquellos que quedaron en el camino. |