LE PREGUNTO A mi hijo JL si usa su tarjeta del banco para pagar sus viajes en metro y en los buses del nuevo Sistema Global de Transporte. Me asegura que lo ha hecho, aun cuando ahora usa una tarjeta convencional de transporte, con su correspondiente microcircuito. “¿Por qué no usas la del banco?”, lo interrogo. Me explica razones de rendición de cuentas en su trabajo y otras hierbas incomprensibles que no van en el sentido de lo que me interesa. “¿Por qué?”, pregunta finalmente, como siempre hacen mis hijos cuando quieren hacerme hablar. Sé que espera (todos esperan) que responda de esa manera que los mantiene reunidos, a los quince, en torno a la mesa del almuerzo familiar de domingo, intentando descubrir si miento o les digo la verdad en esos relatos de experiencias de vida personal. Pero ellos ya saben que nunca miento.

Mi tarjeta de banco está equipada con un minúsculo circuito integrado que le permitiría acceder al metro y al sistema de locomoción global. En la página del banco en internet hay una función que se suponía que activaría aquel pequeño circuito, casi mágico. Como vivo cerca de mi trabajo, donde tengo estacionamiento para el auto, nunca utilizo el metro o los buses del Sistema Global de Transporte, pero este infortunado accidente, en el que lo destrocé en la esquina de las calles Cristóbal Colón con Américo Vespucio, me convirtió en peatón obligado. Al estacionar el auto, que, milagrosamente, aún andaba, noté que echaba vapor por todas las arrugas del accidente, como locomotora antigua.

Así fue como entré en la red internet y activé, ahí, el microcircuito que me suscribe como usuario del Sistema. El odiado Sistema Global de Transporte, que remplazó al antiguo y conocido caos urbano por uno nuevo. “El caos no es terrible”, les aseveré, a los catorce (mi hija ML siempre se retira cuando cree que viene alguna crítica encubierta en mi conversación: odia que critique. Dice que me creo dueño de la verdad). “Solo es insoportable cuando no sabemos manejarnos en su infinita variedad, y eso fue lo que hizo el nuevo sistema”. En fin, que, al terminar la suscripción de mi tarjeta, me preguntó: “¿Desea cargar dinero ahora a su cuenta de transporte?”. “Por supuesto”, dije, y seleccioné la opción de cargar tres lucas*, de manera que podía viajar con tranquilidad algo así como una semana.

Subí al bus con esa sensación de novato que se hace notar en las experiencias desconocidas. Tenía cierto temor al ridículo, a no saber cómo hacer para entrar, pagar el valor del pasaje y parecer ducho en el asunto. Sentía que todos me miraban con esa expresión muda e irónicamente superior que dice, sin hablar: “¡Mira, un novato! Vas a ver cómo hace el ridículo”. Subí el último de todos. Hasta di la pasada a una mujer gorda, que me sonrió coqueta, con su suave bigotito teñido de rubio. Estudié en cada pasajero el comportamiento debido: cómo mostrar la tarjeta a la maquinita que identifica el cobro, la actitud del chofer que observa con mirada sospechosa y todo aquello que constituye una pequeña escena de teatro muy breve. Finalmente, subieron todos y fue mi turno. Intenté lucir una actitud relajada, una postura despreocupada y una expresión indiferente, aunque sentía la tensión en cada músculo, y pude percibir una especie de sonrisa o rictus torpe cuando puse la tarjeta delante del visor de la maquinita amarilla. No sucedió nada. Moví circularmente la tarjeta: nada pasó. La giré para exhibirla por el reverso: tampoco. El chofer me miró con una expresión que creí de desprecio, pero pudo ser de compasión, o incluso comprensión. “Más abajo”, me dijo. Nada más. Lo miré interrogador. “Más abajo”, repitió, mostrando la máquina. A mi vez, miré el aparato amarillo. “Por supuesto”, me dije a mí mismo. El visor de la maquinita no podía ser el sensor del microcircuito. Más abajo, había una especie de rejilla que seguramente emitía alguna señal que activaba la identificación de mi tarjeta. La puse frente a ella: de inmediato, sonó una chicharra y se encendió una notoria luz roja de alerta. El chofer me miró levantando las cejas. Me sentí avergonzado sin saber qué sucedía. Percibí la mirada de los pasajeros que decían, sin hablar: “¿Ves? Te lo dije. Está haciendo el ridículo”. La retiré y volví a presentarla, pero ahora por el anverso, asumiendo que había algún error de procedimiento. Adopté, al hacerlo, una expresión inteligente, como si dijera: “¡Bah!, comprendo. Estaba al revés: ¡ahora sí!”. Volvió a encenderse la luz roja de alerta y a sonar la chicharra. El visor mostraba un aviso tintineante que no podía leer sin mis anteojos. Alejé la vista, pero no logré leer el cartelito. Las miradas de los demás pasajeros se clavaban en mi espalda y decían: “Otro sinvergüenza que viene con una tarjeta falsa”, o también: “Claramente, no es un usuario. Tiene auto. Es un ignorante; le falta calle”. El chofer, al ver mi gesto, me interroga: “¿Qué dice la maquinita?”. Asumiendo todo el ridículo que inocentemente quise evitar, saco entonces la cartuchera de mis anteojos, me los pongo intentando aparentar una prestancia que no sentía, y leo: “Tarjeta inválida”, digo en voz alta, y añado sorprendido, y hasta con cierto alivio: “No puede ser, la acabo de activar en el banco y le puse tres lucas”. Me parece ver, en el primer asiento, a un pasajero que menea con cierta comprensión la cabeza. El chofer dice: “Ah, claro. Esas tarjetas de los bancos casi siempre fallan”, y agrega, quizás con complicidad: “¡Pase no más!”. Cierra, por fin, las puertas del bus y emprende la marcha. Viajé gratis.

Mientras voy por el pasillo del bus me parece que todos me miran de reojo. Busco refugio en un asiento casi al final de la cabina. Durante todo el trayecto una mujer atractiva, aún casi joven, con un escote precioso, por donde asomaban llamativos unos senos duros y tersos, me observa con una cierta sonrisa. En otras circunstancias le habría coqueteado y hasta me habría acercado a conversar. Pero ahora me parece que se burla. Casi creía oír sus expresiones: “¡Hombres!... No saben ni pagar un pasaje de bus”. Cada tanto, intento mirar ese escote tan atractivo, pero ahí está su expresión de burla, esa casi sonrisa que decía: “¡Ridículo! Seguro que a tu mujer no le pasa esto”. Yo desvío entonces la vista y respondo para mí mismo: “No. Porque anda en auto”.

Llego a mi oficina y vuelvo a abrir la página de internet del banco. Conecto el enlace que se refiere al microcircuito de transporte. Una opción indica: “Consulte el saldo de su tarjeta de transporte”. Pulso sobre ella. Se abre un panel que dice: “Felicidades: Aún tiene tres mil pesos en su cuenta”. Busco un enlace que diga algo como “Consultas”, o “Ayuda para su microcircuito”, o “Preguntas frecuentes”. No hay nada. Me digo que quizás activé mal mi tarjeta. Elijo nuevamente el enlace de activación. Una nota de fantasía escapa de los altavoces de mi computador. Un cartelito sobrepuesto, que contiene una tarjeta sonriente, dice en letras destacadas: “Su tarjeta de banco ya tiene activado el microcircuito número...” e indica una serie de cifras. Todo es normal entonces, pero no funciona.

“Que raro”, reflexiona mi hijo JL. Yo hice lo mismo y no tuve problemas. “¿Anduviste en bus?”, le pregunto. “Bueno... No. Anduve en metro”. “¿Sin problemas?”, pregunto. “Eeeeh... bueno, le pregunté a un viejo de la ventanilla de ventas de pasajes si me servía. Me dijo: Sí, pero hay que visarla y la metió en una maquinita, apretó unos botones y me la devolvió. Nunca he tenido problemas”, concluye.

Pues bien. Al volver a casa ese día, había decidido hacerlo en metro, pensando que sería más seguro. También me acerqué a la ventanilla de ventas de pasajes. Tuve que hacer una larga cola, pero finalmente fue mi turno. “Señorita”, dije, “hoy, por la mañana, he pasado una vergüenza insoportable con esta tarjeta”. Le mostré mi tarjeta del banco. Ella sonrió y la tomó. Yo pensé que era buenamoza, casi linda. “¿Qué problema tuvo?”, preguntó. Le resumí mi experiencia. Oí que la fila de atrás comenzaba a murmurar. Siempre me pasa lo mismo, pero no puedo evitarlo. “¿Y activó su tarjeta?”, me preguntó con simpatía. “Sí. No solo la active. Le puse tres lucas y, después de la vergüenza de esta mañana, revisé que efectivamente se hubiera hecho”. Siempre sonriendo, me pregunta si ya la validé en el tótem y señala, en un sentido vago, hacia una esquina de la estación. “¿Como sería eso?”, pregunto y miro en la dirección que señala. No veo ningún tótem, pero entiendo que ha de haber un sentido mágico, que casi comprendo. “Ponga su tarjeta en la ranura del tótem y seleccione carga remota, luego siga las instrucciones que aparecen ahí”, dice resumiendo, porque las voces de protesta ya se elevan detrás mío. Me dedica una última sonrisa, grande, y me devuelve mi tarjeta. Aprovecho de apretarle, con suavidad, la puntita de los dedos. Mis nueve hijos hombres ríen con esta ocurrencia, aunque sospechan que es mentira. Las mujeres, todas, incluso la mía, lo creen. Hacen un mohín torciendo a un lado la boca y niegan suavemente con la cabeza. Solo en ese gesto se parecen a su madre. En todo lo demás son iguales a mi: Gorditas, pequeñas, cabezonas y de piernas cortas. Solo las salva el ser rubias, como una Shirley Temple. La fila de atrás protesta ya en voz alta. La mujer mira por encima de mi hombro para atender al siguiente parroquiano, entonces me voy en busca del tótem.

Busco algo que se asemeje a un mohai de Rapa Nui, o algo así. Tal vez una pantalla que muestre la figura de un indio pícaro, como esas artesanías populares y groseras, que a veces, equivocadamente, intentan mitigar la molestia de la gente con un toque de humor. Me imagino insertando la tarjeta en la ranura de un indio de palo; mientras busco, pero nada: no encuentro ningún tótem. Lo más parecido es un guardia, muy moreno e inexpresivo. Le pregunto: “¿Cuales son los tótems?”. Me señala, sin hablar, con la barbilla, una columna metálica de un metro y medio de altura, al tope de la cual hay una pantalla en cuya base hay dos ranuras para introducir tarjetas. La pantalla anuncia: “Pulse aquí para ir al Menú”. Inserto mi tarjeta bancaria en una de las ranuras y pulso sobre el anuncio: no pasa nada. Insisto varias veces. Cambio la tarjeta de ranura, pero no sucede nada. El guardia, que sí parece un tótem, dice, sin mirarme, como si supiera que a todos los novatos nos pasa lo mismo: “Apriete el botón”. Entonces noto que al borde de la pantalla hay unos botones redondos y pequeños que había creído remaches de la estructura metálica. Pulso el que está cercano al cartel. Un cric precede a la aparición de las opciones. Una de ellas dice: “Carga remota”. Aprieto el remache cercano. Dice: “Introduzca su tarjeta de pago en la ranura superior”. Mi tarjeta de banco sería la que pagaría, de modo que la quito de la ranura inferior y la introduzco en la superior. Ahora aparece otra instrucción: “Introduzca su tarjeta de transporte en la ranura inferior”. Vuelvo a quitar la tarjeta, ahora de la ranura superior, y la reinserto en la de abajo. La instrucción vuelve a cambiar: “Introduzca su tarjeta de pago en la ranura superior”. Pienso un instante y me digo: “¡Claro! Mi tarjeta de banco es a la vez de transporte. Debo cambiarla sucesivamente de ranura hasta que el tótem termine su trabajo”. Todos mis hijos, menos JP, ríen comprensivos. Él, en cambio, menea la cabeza burlón: se da cuenta de que no puede ser así el procedimiento. Cambio varias veces, a pedido, la tarjeta, hasta que alguien que está detrás de mí carraspea impaciente. Recién entonces me doy cuenta de que JP tiene razón: ¡Es absurdo! Algo avergonzado, retiro la tarjeta y simulo, para salvar el orgullo, haber terminado el protocolo. Por si acaso, me dirijo a los torniquetes de entrada a los andenes y, después de hacer una larga cola, muestro mi tarjeta al detector del microcircuito. Se oyen varios pitos. Empujo el torniquete, pero no cede. Trato de leer lo que dice el visor, pero alguien impaciente me dice: “Su tarjeta está mala. Reclame en la caja”.

  

  

                   

                   

La pantalla anuncia: “Pulse aquí para ir al Menú”. Inserto mi tarjeta bancaria en una de las ranuras y pulso sobre el anuncio: no pasa nada. Insisto varias veces. Cambio la tarjeta de ranura, pero no sucede nada.

  

  

Es claro que no podré viajar en metro, así es que abandono la estación y me dirijo a la parada del bus. Voy juntando ánimo para el fracaso de la tarjeta, para explicar el problema, para apelar a la comprensión del chofer, cuya mirada contralora nunca es, en absoluto, cómoda. Me subo al bus. Siento el nudo en el estómago. Hago un esfuerzo por no parecer avergonzado. Muestro la tarjeta a la maquinita amarilla. Alarma. Luz roja. Repito: Alarma. Luz roja. Digo, como para mí mismo: “No puede ser. Acabo de cargar tres lucas”. La representación me hace enrojecer. “¿A ver?”, dice el chofer extendiendo la mano, para ver mi tarjeta. Cohibido, se la entrego. No sé por qué no me atrevo a negarme. Es como una prueba de honestidad falsa. Es decir: No soy deshonesto, es el sistema el que falla, pero, a sabiendas que no funcionará, emprendo un acto falso para paliar el error con una acción, al menos, no del todo honesta. ¿Por qué no decir desde un principio: “Mire usted; esta tarjeta no funciona a pesar de que la he activado e inscrito adecuadamente, pero aún nadie me ha dado una explicación o una solución, de modo que voy a pasar sin pagar”? La levanta, la mira contra la luz, a favor de la luz, la mueve, la gira y la presenta a la máquina: ¡Alarma! ¡Luz roja!. Se la acerca al oído y la agita (Me pregunto: ¿Para qué? ¿Creerá que tiene algo suelto dentro? ¿Esperará oír el ruido del mar?). Le echa el aliento y la limpia en su estómago. La vuelve a presentar a la maquinita:  ¡Alarma! ¡Luz roja! “¡Ptas la hueá rara!”, maldice. La vuelve a mirar al trasluz y sentencia: “Y tiene los alambritos”. Me la devuelve y se encoge de hombros: “¡Pase no más!”. Entro por el pasillo del bus sin mirar a nadie, pero siento que todas las miradas caen sobre mi, e intentan ver mi tarjeta que ha debido pasar tan duro examen. Me arrincono en un asiento vacío, donde quedo oculto a la mayoría de las miradas. Solo una jovencita, desde el otro lado del pasillo, a ratos me observa. Quizás solo ve el panorama, pero creo notar una cierta censura en su expresión tan neutra.

Al llegar a casa vuelvo a consultar internet. Busco algún enlace que indique qué he hecho mal, pero no hay nada. Intento repetir el protocolo de iniciación del microcircuito, pero ahora me dice que no tengo tarjetas de transporte pendientes de activar. La razón me dice que lo olvide: “Sigue viajando gratis. No es tu culpa”. Pero no sé si es la honestidad o la vergüenza la que se niega a vivir de nuevo la experiencia de pasar por la duda del chofer y el rechazo de la maquinita amarilla, para terminar en el cinismo de dura cara que parece ignorar las miradas curiosas de los pasajeros que sí pagaron su pasaje. Una última resistencia me dice: “¡Qué importa! Si no conoces a nadie”. Entonces aparece en el último rincón, el más escondido, casi invisible, con letra pequeñísima, un enlace que dice: “Fono ayuda las veinticuatro horas, siete días a la semana”. Pulso sobre él, y aparece un cartelito, también muy pequeño, como si el espacio de pantalla de mi computador se pagara en oro conforme a la ley, que dice: “Si necesita ayuda para un mejor servicio de su banco en internet, llame al 600 600 4000000” (el número está trucado por lealtad con el banco).

“¿Y llamaste?”, pregunta S impaciente. En su mirada noto que ya ha inventado su propia versión de mi llamada y va varios pasos delante de mi historia. “¿Qué crees?”, le pregunto. Responde meneando la cabeza de lado a lado como campana: “Llamaste, te contestó una mujer de voz sensual, te enamoraste de ella, ella de ti, la invitaste a salir, se tomaron las manos, se besaron en los labios y los lóbulos de las orejas, se miraron a los ojos y decidieron vivir juntos y tener otros veinte hijos. ¿Crees que no te conozco?”. “¡Exacto!”, digo sonriendo y sosteniendo su mirada. F, que aún es casi un niño, todavía cree que todo puede ser cierto, entonces pregunta con impaciencia, más que con ingenuidad: “¡Exacto! ¿Qué?”. “Mañana nos vamos a vivir todos con Rosita (Así se llamaría), a su departamentito en San Bernardo (ciudad aledaña, muy alejada del centro de Santiago, y de nuestra casa)”. “¡Aaaah! ¡Mentira!”, responden a coro varios de ellos. “¡Exacto!”, vuelvo a repetir. “Bueno: ¿Qué pasó, entonces?”, apura JP.

“Contestó una mujer de voz tierna y dulce”, digo. Varios menean la cabeza. “Buenas noches, bienvenido al servicio de ayuda de su Banco. Habla Yamilé. ¿Con quien hablo yo?”, dice esta fórmula con una velocidad de crucero tal que nadie puede interrumpirla, según ha sido entrenada, y que a la vez lo obliga a uno a identificarse, cuestión que siempre me resulta antipática. Es que no agrega nada a la solución de mi problema que ella sepa mi nombre. Tal vez esta molestia vaga sea la que haya hecho a S adelantar esa historia del romance absurdo, sabiendo cómo pienso y cómo ironizo. Le miento y respondo: “Usted habla con Yeison Parrales, Yamilé. Estoy llamando desde un teléfono público en una esquina peligrosísima en la comuna de Cerrito Bajo (este nombre es tan falso como el mío), donde incluso asesinan a los desconocidos de día claro. A las cuatro de la tarde, cuando aún se puede escapar del enemigo, intenté tomar un bus y pagarlo con mi flamante tarjeta de banco, equipada con microcircuito de transporte y cargada tecnológicamente en internet con tres lucas, que serían suficientes para movilizarme una semana entera. Desde entonces, y hasta estas horas de la noche, no solo he pasado vergüenzas, sino he tenido verdadero terror y me he sentido arriesgando la vida cada vez que intenté abordar un bus y fui expulsado grosera y hasta violentamente, no tan solo por los choferes, sino por los pasajeros que me han tratado de abusador, ladrón, paria, fascista, opositor y tantas otras cosas falsas, a la vez que dolorosas”. “Pero señor, ¡por Dios!”, me responde, “quisiera ayudarlo, pero no sé cómo”. “Dígame, nada más, cómo hago para que las tres lucas de saldo de mi tarjeta sean entendidas por las maquinitas amarillas de los buses”, le digo en tono inocente, como si estuviera hablando con alguien todopoderosa, capaz de quitar, a distancia, las trabas de mi tarjeta. Con tono de conmiseración comprensiva me dice: “¡Oh!, cómo lo siento, no hay manera a esta hora. Solo se me ocurre decirle que tome un taxi, por favor. ¡Ese barrio es muy peligroso!”. “Es que no pasa ninguno”, le explico, “pregunté a una mujer que bajó de uno de los buses al que no me dejaron subir y me recomendó que caminara hasta Tercera Transversal, a unas treinta cuadras de aquí: los taxis no se acercan para este lado, dijo”.  Con voz compungida, Yamilé me dice que tenga mucho cuidado y camine las treinta cuadras. “Es que la tarjeta solo comienza a operar cuando se la activa en un tótem del banco, dentro de cualquier sucursal”. Le explico mi experiencia con el tótem en la estación del metro y me explica que no sirve: “Solo se puede validar su activación en una sucursal del banco. Después ya puede utilizar los tótem del transporte”. Con inocencia pregunto: “¿Y hay tótem en las cabinas de los cajeros automáticos del banco?”. “En realidad, no”, me explica, “solo al interior de las oficinas del banco, pero tampoco le serviría de nada: En ese barrio no hay sucursales. ¡Lo lamento!”. “¿Y qué hago entonces?”, insisto. Me pregunta dónde estoy, con precisión, para ver si ella me puede enviar un taxi. Le digo que estoy en Poeta Magallanes Moore con Avenida Espinal. La oigo teclear un rato, a través del teléfono, en su computador. Finalmente oigo: “¡Uuuuuff!, está lejísimos, pero voy a intentarlo. No corte”. Oigo música y propaganda del banco, que indica sus bondades y servicios. Se repite una vez y otra, tres, cuatro veces, otra más. Después de mucho se vuelve a oír la voz de Yamilé: “Don Yeison, un taxi podría estar esperándolo en veinticinco minutos más en Avenida Espinal con Tercera Transversal”. Le hago ver que eso es a más de treinta cuadras de donde estoy. “Dudo llegar vivo hasta allá”, le digo. “¡Cuánto lo siento!”, contesta apenada: “Quisiera poder acompañarlo: ¡De verdad!”. Me sentí bien con su solidaridad y le dije que por ella iba a lanzarme a esa aventura loca: “La voy a llamar en cada teléfono público que encuentre para que me vaya consolando”, agregué.

“Pero ¿qué hacías tú en ese barrio a esas horas?”, pregunta JP. F, aun más preocupado, dice: “¿Y cómo saliste de ahí?”. “No salí”, le respondo. “¿Entonces cómo?”, insiste. “Está mintiendo, igual que siempre”, replica mi hija V. “¿Y dónde estaba, entonces?”, pregunta él. “Tendido, cómodamente, sobre mi cama”, me río. “¿Y le decías todas esas mentiras a la señorita del banco?”. “Bueno, ¿y todas las vergüenzas que yo he pasado por culpa del banco?”. “Es que la señorita que te atendió no es el banco”, dice JL. “¿Y quién es el banco?”, pregunto. “Además desperté sus mejores sentimientos de solidaridad: no cualquiera lo hace”.

“Bien. Está bien”, alega S, “pero explica cómo saliste de ahí. ¿Caminaste las treinta cuadras? ¿No te asaltaron?”. JP se ríe y le recuerda que son todas mentiras: “¿No te das cuenta?”. “No me importa: igual quiero saber, por lo menos”. En realidad, caminé las treinta cuadras en la más absoluta obscuridad. A mitad de camino, un borrachito se me unió y me agarró del brazo: “Nunca quiero llegar a mi casa, ni tampoco me esperan”, me explicó, a pesar de que yo no quería oírlo, sino que me dejara solo; pero me dijo que la soledad era mala, sobre todo en estos barrios, se hacía hasta peligrosa, “Gon toa seguridá”, dijo, remeciéndome del brazo. “Yo mihmo podría sagar una guchilla y pedirle plata para tomar, o hasta invitarlo, porque tomar gon un gaballero es por lo menos un placer”. En el camino encontramos varios teléfonos públicos, desde los que quise llamar a Yamilé, pero todos estaban destrozados y saqueados. “La gente es mu mala”, opinó mi acompañante, “pero yo le he tomao estimación”, agregó y se metió la mano en un bolsillo, que parecía más profundo por los ademanes de borracho. Sacó, para mi sorpresa, un teléfono celular de última generación, que nos saludó con luces de colores,  músicas celestiales y polifónicas, y me lo pasó: “Llame de aquí; porque es mi amigo”, dijo, remeciéndome de nuevo el brazo. De este modo, llamé varias veces, en el trayecto, a Yamilé, que me dio ánimo y me dijo que me cuidara del borrachito: “Los hombres que toman son todos malos”, afirmó. “Sí, claro”, me interrumpe JP, “esta es la parte de los comerciales; hay que pasar un mensaje”. Varios se ríen, mientras yo, algo incómodo, trato de ignorarlo y sigo la historia. Otros piden silencio a las bromas y cuchicheos que han comenzado.

Faltando unas cinco cuadras para llegar a la Tercera Transversal, pasamos frente a un boliche que anunciaba, en un cartel iluminado con una lucecilla roja: “Bar de Don Misael. Servido por mis propias sobrinas”. Ahí, el borracho me remeció por la manga otra vez y me quitó el celular. Dijo: “¡Aguí me bajo yo!”, como si estuviéramos en un bus y partió con paso extrañamente seguro. Después se perdió detrás de las puertas de batientes del boliche. Yo caminé las cinco cuadras que faltaban orientándome en la oscuridad total por las luces del horizonte promisorio. Al llegar, vi un taxi esperando en la esquina. Abrí la puerta para subir y saludé diciendo: “¡Qué suerte!”, sintiéndome a salvo. “Lo siento, señor”, respondió el chofer, “está ocupado el taxi. Espero a un pasajero”. “¿Y qué hago ahora?”, dije con alguna desesperación. “Si lo desea, le llamo otro auto”, respondió el chofer, “pero se demorará un poco”. “No, no; gracias. Se supone que la señorita Yamilé me iba a mandar un taxi hasta aquí”. El chofer sonríe, amistoso, y pregunta: “¿La señorita Yamilé del banco?”, y agrega: “¿Usted es el señor Parrales, gerente de sucursal?”. Iba a decir que no, que mi nombre era Irizarri, pero recordé que le había dado ese nombre a la señorita del banco, y me enterneció ver que me había dado el cargo de gerente de sucursal para conseguir el taxi. “Sí, sí, por supuesto”, dije y me dejé caer, por fin, en el asiento.

  

  

     

     

"...Explica cómo saliste de ahí. ¿Caminaste las treinta cuadras? ¿No te asaltaron?”. JP se ríe y le recuerda que son todas mentiras: “¿No te das cuenta?”. “No me importa: igual quiero saber, por lo menos”. En realidad, caminé las treinta cuadras en la más absoluta obscuridad.

  

  

Atravesamos toda la ciudad hasta aquí. Al llegar busqué mi billetera para pagar el taxi y no la encontré, tampoco mis documentos ni mis tarjetas de crédito y de banco con el maravilloso microcircuito de transporte: El borrachito, con una técnica impecable, al remecerme me había robado todo. El taxista me dijo: “No se preocupe don Yeison. El banco paga”, y me dio las buenas noches antes de partir.

Quise mirar la hora, pero tampoco tenía reloj.

“¡Ah! No te creo nada, son todas puras mentiras”, dijo JP levantándose de la mesa. “Ahí tienes el mismo reloj de siempre”, alegó mostrando mi muñeca. “En fin; podría contarte como lo recuperé”, dije, pero todos sabemos que son mentiras. Incluso ustedes mismos son una mentira y ni siquiera existen. Son solo un pretexto para tejer historias.

Entonces, nos levantamos todos de la mesa y nos fuimos, cada cual a lo suyo.

  

  

  

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* NOTA del EDITOR

Luca (nombre femenino y de uso coloquial en Argentina, Colombia y Uruguay) se refiere a un billete de mil pesos.

  

  

  

  

  

  

  

Kepa Uriberri nace en un invierno austral, en Santiago de Chile, a mediados del siglo pasado, con un nombre diferente. A comienzos del actual, empieza a escribir, así como se llega a una fiesta a la que no se ha sido invitado. Para no ser notado, oculta su nombre real con uno ficticio, que el destino, quizás por broma, lo ha ido convirtiendo en verdadero. Hoy, cuando escribe, y quizás para siempre, ha llegado a ser Kepa Uriberri. No ha cultivado honores, ni títulos, ni reconocimientos excepto el agrado de ser leído por algunos pocos en su literatura abierta y gratuita, depositada en la gran red universal.

Al Kepa Uriberri que escribe se le puede leer en «Peregrinos y sus Letras», «Adamar», «Pluma y Tintero» y, desde luego, y desde hace muchos años, en «Gibralfaro». «NaranjaPlatano» y «El lugar literario de Kepa Uriberri» son sus sitios propios de libre expresión.

    

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Edición no venal. Sección 1. Página 3. Año XXII. II Época. Número 114. Enero-Marzo 2023. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2023 Kepa Uriberri. © Las immágenes que ilustran el texto han sido tomadas de sendas publicaciones periodísticas en las que no se ostenta, en modo alguno, los derechos de autoría. En todo caso, cualquier derecho que pudiera concurrir sobre las mismas en tal caso corresponde en exclusiva a su(s) creador(es). Diseño y maquetación: EdiBez. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2023 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3, Ático G. 29730. Rincón de la Victoria (Málaga).