1

Frente a mí se abría un sendero infinito de tierra virgen, bordeado por miles de árboles alineados que parecían darse a la fuga en un horizonte infinito. Sentí el impulso incontrolable de caminar hacia él.

Andaba despacio, cuidando cada paso, pues sabía que cada huella que dejaba en aquel camino perduraría hasta la eternidad. Una brisa a la espalda me empujaba. Caminaba casi sin esfuerzo, sin sentir fatiga ni agotamiento. El azul del cielo y el verde intenso de los árboles me transmitían el bienestar que necesitaba y me daban esperanzas para seguir adelante.

Mientras avanzaba estaba pensando en lo que podría estar esperándome más allá de esa niebla luminosa hasta donde alcanzaba mi vista, imaginaba un mundo nuevo detrás, un paraíso donde descansar cuando el camino acabase.

Poco a poco y casi sin darme cuenta, ese paisaje fantástico y utópico fue corroyéndose, tomando formas abstractas, y los colores vivos que emitían se marchitaron lentamente, diluyéndose a tonos sombríos y muertos. Los árboles se volvieron más frondosos, tanto, que casi no se distinguía el color del cielo y el camino cada vez se hacía más y más estrecho. Un viento frío y cortante me golpeaba de frente, levantando violentamente la hojarasca que ahora cubría la tierra. El color azul del éter y el verde de la vegetación tomaron tonos ocres y negros, sin vida.

Sentía que me asfixiaba caminando por ese sendero angosto y sin aire, y decidí detenerme a descansar y retomar oxígeno. Al mirar a mis rodillas las encontré magulladas, sangrando. Busqué y descubrí heridas en cada rincón de mi cuerpo. Algunas llagas ya habían cicatrizado y otras seguían en carne viva; algunas eran superficiales y otras tan profundas que mi ser jamás lograría olvidar.

Aligeré el paso, asustado. Corría por el camino a toda prisa hacia un horizonte oscuro y una niebla grisácea que vivía en el infinito. Perdía el equilibro y caía, y rápidamente me volvía a levantar para seguir huyendo de algo que no conocía, pero cuya presencia notaba en mi nuca. Poco a poco fui perdiendo fuerzas y no lograba mantenerme erguido. Avanzaba reptando por un camino terrorífico y sombrío, mientras miles de piedras afiladas sajaban mi carne.

De repente, paré. No podía entender lo que veía frente a mí. Me puse en pie con los ojos como platos visualizando el lugar hasta donde el sendero me había conducido.

Derrotado, salté sin más. Era el final del camino y me lancé por el precipicio. Mi vida pasó ante mis ojos como un relámpago. Iba a chocar contra el suelo. No habría un mañana y lo sabía. Era el final, el final del camino.

Pero un ángel bajó de entre las nubes y me cogió de la mano en el último segundo, salvando mi vida. Me llevó a dar un paseo por el cielo y me di cuenta de lo equivocado que estaba. Desde esa altura, pude ver que no era el final del camino, había más, mucho más; pero estaba escondido.

El ángel me dejó en tierra firme y se fue, sin más. Mientras andaba, soñaba con él; cada paso lo daba por él. Voy a llegar al final del camino, puede que esté allí esperándome, quiero volver a ver el mundo a través de los ojos de aquel ángel.

  

  

 

 

Frente a mí se abría un sendero infinito de tierra virgen, bordeado por miles de árboles alineados que parecían darse a la fuga en un horizonte infinito.

  

  

2

Desperté sobresaltado, con la respiración entrecortada. Un sudor frío cubría mi cuerpo. Me destapé, estaba acalorado, y me incorporé. En la oscuridad de la habitación aún podía ver la mirada de aquel ángel, observándome. Era la mirada más limpia y pura que jamás había visto, la mirada de unos ojos atormentados, inocentes, incomprendidos, sedientos de amor, que transmitían paz y esperanza y, a través de los cuales, habitaba un universo infinito de sueños y dudas. Una mirada sin dueño, que necesitaba volver a sentir.

—Cariño, ¿qué hora es?

—Aún es temprano, duérmete —dijo una voz a mi lado, mi mujer.

—He tenido un sueño muy raro. Siento haberte despertado.

—No pasa nada, ven aquí.

Me acomodé entre sus brazos. Ella me besaba la piel, hasta que volvió a dormirse. Yo no pude pegar ojo en lo que quedaba de noche.

Cuando despertó, mi mente aún seguía en blanco.

—Buenos días —dije.

—Buenos días, cariño.

Se incorporó y me besó en la boca, mirándome fijamente. Sus ojos eran negros, profundos, con un leve vestigio de luz que había logrado sobrevivir al paso del tiempo. No eran esos con los que había soñado. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo y me empujó a salir de entre los brazos de mi mujer. Me dirigí hacia la cocina y me preparé un café.

Mientras desayunaba, escuché el sonido de unos pasos inquietos correteando desnudos hacia donde yo estaba. Era mi hija, Raquel, tenía 8 años. Ella era la luz que alumbraba a un matrimonio cuya chispa se apagaba lentamente; era mi ángel personal, la dulzura hecha carne.

—Buenos días, papi —dijo con una energía envidiable.

—Buenos días, preciosa —contesté sonriendo.

Busqué su mirada impaciente como si algo dependiera de ello. Ella la evitaba sin darse cuenta viendo a la televisión.

—Voy a tener que quitar la tele, porque te quedas embobada —improvisé.

—No. Mira, también estoy desayunando.

Contesté con una sonrisa muda, que se diluyó en un segundo. Tampoco había soñado con los ojos de mi hija, mi ángel. El que me había salvado de la caída era otro. Sentí una presión en el pecho y de nuevo inundó todo mi yo la necesidad de escapar de allí. Recogí mi desayuno de la mesa, tomé las llaves del coche y abrí la puerta de la calle.

—Me voy a trabajar —anuncié mientas salía.

Deseé que, dejando atrás mi hogar, se quedaran con él los pensamientos que me asediaban, pero no fue así.

  

  

3

Trabajaba de funcionario en una oficina de correos, un trabajo sencillo para una persona sencilla. Llevaba unos seis años en el puesto. Anteriormente iba de empleo en empleo, sobreviviendo con los salarios mínimos que ofrecían los grandes empresarios a los trabajadores temporeros. Cuando nació Raquel, me vi con la necesidad de encontrar una seguridad salarial y preparé oposiciones, que aprobé a la primera.

Llegué temprano a la oficina y decidí permanecer dentro del coche ordenando las ideas que me invadían, hasta que llegara la hora de entrar.

La mirada de aquel ángel me perseguía. Una mirada sin nombre y sin dueño que sentía mía. Era la señal que esperaba desde hacía tiempo, pues me incomodaba últimamente mi relación con mi esposa. Un matrimonio que envejecía conformista ante una llama en decadencia, y sus cenizas, palpables aun escondidas, como cicatrices en el alma, que se olvidan a la fuerza y se ocultan tras la piel.

Lo que más nos unía ya era nuestra hija. Me aterraba pensar que no era suya la mirada con la que había soñado. Necesitaba encontrar al dueño de aquellos ojos, los de mi ángel salvador, que me sacara del camino angosto y me guiara por ese sendero que yo solo sería incapaz de encontrar.

Me bajé del vehículo y entré en la oficina; ya estaban dentro todos mis compañeros. Me llevaba bien con la mayoría de ellos, en especial con Marta, una muchacha tres años más joven que yo, que había entrado a trabajar allí unos meses atrás, hacia la cual sentía una gran afinidad y atracción física. En varias ocasiones había pensado invitarla a almorzar después de trabajar, pero no lo hice: me faltaron fuerzas al recordar a mi hija; incluso una vez decliné una muy sutil oferta suya para hacerlo.

—Hola, Pedro, ¿qué tal el fin de semana —dijo al verme.

—Muy bien, descansando. ¿Y tú?, ¿fuiste a ver a tu madre al pueblo?

—Sí, ya está mejor. La edad, que no perdona.

—Como tantas otras cosas.

—¿Sabes? El otro día me acordé de ti —admitió titubeante.

—Ah, ¿sí?, ¿y a qué se debe semejante honor?

—Nada importante, simplemente encontré por casualidad el libro del que me hablabas la semana pasada y lo compré. Sentía curiosidad.

—Me alegro. Veo que te voy guiando por el buen camino. Ya me dirás qué te ha parecido.

La miré a los ojos, fijamente. El tiempo se detuvo en el instante que nuestras pupilas se encontraron. Los tenía verdes, como un prado virgen empapado con gotas de rocío en una mañana de verano; del color de la esperanza, como el verde de un frondoso árbol que crece solitario en una tierra infértil. Unos ojos con fuego en su interior. Un fuego que intentaba salir con cada mirada, con cada parpadeo, y que abrasaba lentamente los míos, descontrolados en una orgía de llamas e incienso.

Pero no eran los que había visto en mi sueño. De nuevo, ella no era mi ángel. Sentí un nudo en el estómago y hui de la oficina con la excusa de que me encontraba mal y marchaba a casa. He de reconocer que me obsesioné con la idea de ponerle dueño a aquella mirada mágica que me sedujo.

  

  

4

Anduve sin rumbo observando a las gentes, buscando en los ojos de extraños una mirada que sentía como el reflejo de mi propia alma. Hurgando en vano en rostros ajenos para encontrar una parte de mí, que me perseguía y castigaba, y volver a ver a través de sus pupilas aquel universo de paz y armonía.

De repente, el cielo gris que cubría nuestras cabezas, empapó la ciudad con un aguacero que empezó a caer violentamente. Los transeúntes abandonaron las calles y se refugiaron bajo algún techo cercano. Yo permanecía parado en mitad de la vía, solitario y ajeno a todo. Eché a correr sin rumbo tan rápido como pude, sentía que mi corazón quería salirse del pecho y mis pulmones trepar por mi garganta y escapar para tomar un poco de oxígeno.

  

  

 

 

De repente, el cielo gris que cubría nuestras cabezas, empapó la ciudad con un aguacero que empezó a caer violentamente. Los transeúntes abandonaron las calles y se refugiaron bajo algún techo cercano.

  

  

5

Cuando dejó de llover me encontré sentado en un banco cercano a casa, sin aliento, derrotado y sin fuerzas. Me levanté desahuciado y me dirigí a mi hogar. Llamé a la puerta.

—¡Pedro!, gracias a Dios. Nos tenías preocupadísimas. Estás empapado, ¿dónde has estado —dijo mi esposa al verme, aliviada y preocupada al mismo tiempo.

Entré sin contestar y me dirigí directamente al baño. Cerré la puerta y me desnudé. Me metí en la ducha y estuve diez minutos bajo un chorro humeante de agua casi hirviendo, con la cabeza alzada, sin mover ni un músculo.

Me sequé y até la toalla a la cintura de mi frágil cuerpo desnudo y me dejé caer, apoyándome en el lavabo, con la mirada baja. Alcé la vista y me vi reflejado en el espejo. El agua resbalaba por mi cara y goteaba desde mi barbilla. Tenía el pelo mojado y enmarañado, los ojos perdidos en el infinito.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y levantó cada vello de mi piel. Reconocí aquella mirada tan pronto como la vi a través del cristal, era con la que había soñado, la mirada transparente y limpia de aquel ángel que salvó mi vida. Pude ver, en mi reflejo, una lágrima brotar inocente y caer, muda, al lavabo. Yo era ese ángel, pues su mirada me pertenecía. Quizás adopté sus ojos al verle, quizás siempre los había tenido.

En ese momento, entró mi esposa al baño y, al verme llorando, me abrazó. Nos fundimos en un abrazo eterno, como dos velas que soportan el calor de una llama infinita.

  

  

  

  

  

  

Alberto Hidalgo Domínguez (Málaga, 1987) realizó los estudios de Educación Primaria en el C. P. “Poeta Salvador Rueda”, en Arroyo de la Miel (Málaga), los de E.S.O. en el “Colegio Maravillas” y los de Bachillerato en el I.E.S. “Arroyo de la Miel”, en la misma localidad. Actualmente, está cursando 3.º de Magisterio (especialidad de Maestro en Educación Musical) en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Sección 1. Página 5. Año XXI. II Época. Número 113. Octubre-Diciembre 2022. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2022 Alberto Hidalgo Domínguez. © Las imágenes que acompañan al texto se utilizan exlusivamente como ilustraciones del mismo, y han sido tomadas de la base de imágenes de la red social visual Pinterest, sin indicación si son o no de dominio público, razón por la cual hacemos constar que cualquier derecho que pudiese concurrir sobre las mismas corresponde a los autores que así lo acrediten. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2022 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencas de la Educación. Universidad de Málaga & EdiBez. Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3, Ático G.  92730. Rincón de la Victoria (Málaga).

    

    

     

   

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