DIN. DIN. DIN. Din. Silencio. Don. Don. Don. Don. Don. Don…

Una tras otra desaparecen las uvas de mi copa de cristal. Uno tras otro desaparecen los últimos segundos del año. Una tras otra, las campanadas suenan tras los cuartos. Termino mis uvas. Calla el reloj. Los exageradamente arreglados presentadores de televisión sonríen de manera forzada, aunque quizás más sinceros que en ningún otro momento. A sus espaldas, bajo el imperioso reloj de la Puerta del Sol, una multitud brinda, grita, baila, ríe… Dejo la copa sobre la mesa. Se acabó. No sé si el sentimiento de final que me invadía pertenece a la despedida del año, al vacío de mi copa o a todo en general.

Las Navidades siempre fueron, desde mi infancia, mis fiestas preferidas. Cuando meses antes de que llegara diciembre se adornaban los escaparates, se colocaban altavoces que proclamaban con una voz deformada los villancicos más populares, cuando se ponían las luces sobre las calles esperando ser alumbradas… me sentía bien. Me invadía ese extraño bienestar que se produce con la súbita felicidad. Me sentía generosa, tenía ganas de ser amigable con todo el mundo, olvidaba parte de mis penas… Era el llamado espíritu navideño, que yo siempre entendí como las almas de fallecidos que en Navidad velaban por nosotros más que nunca.

En mi casa se vivía la Navidad como una fiesta familiar, todos juntos, más unidos que nunca, prescindiendo de las reuniones familiares en las que nos salpicaba la hipocresía y limitándonos a ser nosotros, papá, mamá, mi hermana y yo. La familia real, al fin y al cabo. La única que queda cuando el resto se va.

Suspiro. Recordar me da miedo. Recordar me duele. Apago la televisión. Ya estoy cansada de escuchar las mismas tonterías. Todos son felices. Todos están contentos. Todos celebran la llegada del nuevo año esperando que les traiga más alegría y menos problemas, pidiendo a Dios o en lo que quiera que crean, si es que creen en algo, que les evite tristezas, que les aporte dicha y gozo. Como si eso fuera cosa de un ser de fuera, como si alguien tuviera las cartas de nuestro destino y jugara con ellas cuan ludópata tramposo. Y no es cierto. Nadie juega nuestras cartas por nosotros. Es solo un consuelo para cuando la mano sale mala. Yo lo sé, porque mis cartas se rompieron hace tiempo. Y nadie las recompuso por mí. Nadie apostó por ellas.

Mientras llevo con tristeza la copa a la cocina y recojo la solitaria mesa, pienso en todo aquello en que no debía pensar. Mis padres, mi infancia… Lo único realmente bueno de mi vida, aparte de aquel pequeño que descansaba a escasos metros de mí, agotando cada segundo de su expropiada vida.

En el frigorífico, pegada con un imán en forma de trozo de pizza que anuncia cierto establecimiento, su carta de letra redonda y continuada, sacada de caligrafías “Micho”, pedía a los Reyes millones de juguetes en una eterna lista elaborada durante los engañosos anuncios de la caja tonta (aunque siempre he pensado que no es ella la tonta, sino aquellos que la miran como si de sus imágenes fueran a salir las repuestas a sus preguntas). Viniendo de un crío de apenas seis años, las peticiones eran normales.

Sin embargo, bajo toda la lista de juguetes, pide un par de deseos, deseos por los que cambiaría todo lo anterior. Deseos salidos del rincón más profundo de su alma, que me congelaban las entrañas cada vez que los leía: «Sobre todo, me gustaría no tener que ir más a ver a ese médico barbudo que me mira tanto, ni al hospital donde todo es tan triste, ni que me doliera tanto la cabeza algunas veces. Y me gustaría ver a papá».

Cerré los ojos, como siempre que leía estas últimas palabras de mi bebé, que ya no era tan bebé, pero que estaba condenado a no ser un niño nunca. A no crecer, a no ver más navidades, a no saber qué es la vida en realidad. Quizás fuera lo mejor.

Regresé al salón. Sobre la mesa pequeña descansaban algunas postales de Navidad que pretendían hacerme creer que aún tenía personas que se acordaban de mí. Personas que ahora me escribían deseándome todo lo mejor del mundo, pero que nunca llamaron para preguntar cómo estaba, que no lamentaron que mi hijo naciera enfermo, que nunca se preocuparon de mí cuando me quedé sola, cuando aquel hombre que me hizo descubrir que, cuando todas las puertas se cerraban, siempre quedaba una trampilla por la que huir, desapareció de mi vida para siempre, jurando que me vigilaría dondequiera que estuviera.

Los cogí y los rompí por la mitad una y otra vez, hasta que no quedaron de ellos más que pequeños trozos que no decían nada, que nada querían decir. Al fin y al cabo, lo que eran en realidad.

Me asomé a la ventana. No hacía demasiado frío, y los jóvenes, felices e ilusionados, se dirigían con sus trajes de chaqueta y sus vestidos largos de princesitas de cuento hadas hacia el cotillón elegido. Yo también lo había hecho en mi día.

  
                                       
 

Me asomé a la ventana. No hacía demasiado frío...

 
  

Cuando la nostalgia pudo conmigo, me aparté de la ventana, apagué la luz del salón y me dirigí a mi habitación. En la camita de la derecha descansaba mi pequeño, respirando levemente y con esfuerzo. Su rostro, sin embargo, parecía apacible. Tomé sus manitas y las besé. “Feliz Año Nuevo”. Le deseé. Creo que me sonrió.

Antes de acostarme, observé la foto de la mesilla de noche que separaba ambas camas. Desde ella, un hombre alto y de ojos azules parecía sonreírme. De su brazo colgaba la desconocida que antaño fui yo, con una mirada radiante y un rostro en el que la felicidad se reflejaba intacta, pura, clara. “Buenas noches, cariño. Dondequiera que estés, feliz Año Nuevo”. Rocé con mis labios dos de mis dedos y los posé sobre su imagen. Minutos después, la almohada recogía mis dolores y los sueños me llevaban de vuelta a tiempos pasados…

Año Nuevo, vida idéntica. Las mismas horas que pasan lentamente sobre mí, aplastándome un poquito más en su ir y venir, robándole a mi hijo un poco más de su vida, una vida cuyo tablero acortaron demasiado pronto.

Sé que le queda poco. No hace falta que ese hombre barbudo, como dice él, me lo diga. Soy su madre y su corazón late al compás del mío. Por eso mismo sé que se me va y que no lo puedo retener. Como supe que se me iba mi marido aquella mañana que llamaron desde el hospital. Era un día como hoy. Uno de enero. Por aquel entonces mi niño tenía solo dos añitos escasos… ¡Era un ser tan desvalido!… Le sobrevino un dolor terrible en la cabeza y mi marido, mi otro hombre preferido, salió corriendo a la farmacia. Pero algún inconsciente no quiso recordar aquel día que, tras una noche entera bebiendo, no debía conducir… no podía conducir…

Nunca olvidaré el rostro de mi marido la última vez que lo vi. Entre tubos, en aquel frío hospital que ya era nuestro segundo hogar, me observaba en la lejanía de su situación. Antes de morir prometió cuidar de mí y de nuestro hijo desde dondequiera que estuviera.

Prometió ser nuestro espíritu de Navidad. Y así es. Cuando mis tristezas son demasiado grandes, cuando empiezo a recordar, cuando la vida presente me parece insoportable, cuando el pasado me duele demasiado, cuando el futuro es demasiado oscuro… siento su mano rozando mi rostro, esas manos condenadamente frías por las que nunca correrá ya la sangre. Y me siento un poco en paz.

Hoy hace cuatro años que desapareció de mi vida, llevándose mucho más que su cuerpo, llevándose parte de mi corazón y de mi propia existencia.

Es curioso. Desde niña, la noche de Reyes ha tenido un significado mágico. Aun cuando mis padres me descubrieron la realidad, yo me resistí siempre a pensar que parte de esa magia no quedara nada más que en esa noche, que no pasaran por mi casa tres espíritus con corona y dejaran tras de sí un hálito de esperanza e ilusión, esos sentimientos con los que mi hermana y yo nos despertábamos cada seis de enero.

Con esa ilusión me desperté el primer año sin mis padres, aun siendo consciente de que nadie había colocado regalos en los zapatos. Ella murió cuando yo cumplía veinte años, de un infarto en su frágil corazón, y un par de meses después, mi padre murió de dolor. Para mí, ellos eran toda mi vida. Mi hermana ya se había casado y vivía en el extranjero. Me había quedado sola, completamente sola. Aquel hombre de la foto apareció en un momento clave de mi vida y me hizo salir de mi oscuridad. Sin él, yo…

Me levanto de la cama, donde he permanecido todo este día cinco, vigilando a mi hijo, que ya no puede más. De la cocina traigo tres vasos de agua y algunos caramelos. Los coloco cuidadosamente sobre la mesa, cerca de mi mágica foto. Bajo el triste árbol de Navidad que siempre empiezo a poner en noviembre y que jamás llego a adornar, dejo un par de zapatitos de mi hijo y un par míos. Yo sé que él no abrirá los ojos mañana para ver el par de paquetes que he podido comprarle.

Antes de acostarme, les pido a esas Mágicas Altezas que me despierten antes de que él decaiga. Y que cumplan esos dos deseos de mi hijo.

Tres gotas de agua me despiertan a mitad de la noche. Mi hijo tose sangre. Me levanto y agarro sus manitas. Abre los ojos y me observa. Sonríe brevemente y vuelve a toser. No deja de mirarme. Tras un último retortijón, su aliento se me escapa. Beso su frente, una frente aún húmeda por el sudor, aún tibia de vida. Una frente que se enfría poco a poco, entre mis labios. Lloro. Lloro por él y por mí. Lloro todo aquello que no lloré en el entierro de mis padres ni de mi marido, cuando mi mirada era limpia y fría. Lloro por todos estos años que no fui capaz de llorar.

La persiana que olvidé bajar deja entrar los primeros rayos de sol del día. Levanto la mirada y veo que tan solo uno de los tres vasos de agua permanece intacto y que han desaparecido los caramelos. En los zapatos de mi hijo ya no están los paquetes mal envueltos que dejé por la noche. El árbol luce con una dorada estrella en la punta y alguna bola colocada al capricho del destino en alguna de sus muertas ramas.

Dejo caer dos lágrimas más, sin entender nada. Una esencia en el aire me hace sonreír mientras el sol ilumina mi rostro. En el reflejo del cristal, mi marido me observa con dos paquetes en una mano y nuestro hijo en la otra.  Mi pequeño me saluda con una mano llena de caramelos. Y en el silencio de la mañana, puedo escuchar que mi marido susurra: “Estaremos contigo dondequiera que estemos…”.

    
                                       
 

Y en el silencio de la mañana, puedo escuchar que mi marido susurra: “Estaremos contigo dondequiera que estemos…”.

 

  

  

  

  

  

  

  

   

   

Noelia Parodi Piñero (Gran Canaria, 1987). Diplomada en Magisterio de Educación Primaria y licenciada en Psicopedagogía por la Universidad de Málaga, ejerce su labor educadora como maestra de Educación Primaria.

Amante de la lectura desde que tiene uso de conciencia, ha descubierto en la palabra escrita la mejor forma de expresar sus sentimientos y su visión de la vida y del mundo y sus cosas.

Noelia ya ha publicado en Gibralfaro el cuento didáctico Por si se hace tarde (N.º 65) y el relato Soledad (N.º 66), y es autora de los libros de relatos y microrrelatos Las cosas que conté al silencio (Editorial El Ojo de Poe) y Cuando aparezca la Luna (Editorial Zandaia, 2020).

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Sección 1. Página 4. Año XX. II Época. Número 108. Enero-Marzo 2021. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2021 Noelia Parodi Piñero. © Las imágenes que ilustran el relato han sido aportadas por el autor y se usan exclusivamente como ilustración del texto. En todo caso, los derechos que pudiesen concurrir sobre las mismas pertenecen en exclusiva a su(s) creador(es). Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2021 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Universidad de Málaga & EdiBez. Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3. 29300. Rincón de la Victoria (Málaga).