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EL GOTELÉ CONTINÚA siendo el alma de este país. El español, decía Umbral, ama lo cutre porque se ha criado en el ribazo. Lo cutre huele más. Huele a urinario de pueblo, a baños de estación de autobuses, a trapo de cocina con pedacitos de lenguado abandonado en un alfeizar en pleno mes de agosto. Lo cursi también nos gusta, pero por otros motivos. Lo cursi es, siempre según Umbral, la mediocridad que se cree sublime y sirve, más que nada, para tapar las manchas. Uno y otro suelen ir de la mano, pero, a primera vista, casan mal.

La tele con nombre de ambientador estaba llena de periodistas mediocres que se consideraban sublimes. Vestían de Dior, pero olían a toalla húmeda. Se las daban de enterados cuando procedían del arroyo de la sabiduría.

Mi carácter es barométrico, de manera que es posible que lo que esté diciendo varíe sobre la marcha y el lector tenga que acudir a la alacena para hacerse una infusión de valeriana, aunque yo aconsejo siempre orfidal. Si fuese médico habría recetado a mis compañeros de aquel canal de televisión con nombre de ambientador toneladas de barbitúricos, mezclados con vodka, a lo Marilyn. Muerte más glamurosa no puede idearse, que después no digan que tengo mi corazoncito.

Vayamos entrando en materia. Los medios de comunicación en este país funcionan por enchufe y por amiguismo de portal. Se nutren de becarios a los que pagan una porquería y a quienes explotan durante jornadas maratonianas. Demasiada corrupción informativa y caciquismo que ha hecho que la incultura se haya institucionalizado como la nueva cultura, algo que se aplica a varios sectores en este país de pandereta y que se aprecia en los adolescentes actuales, mentes planas con serias dificultades de comprensión. De la franja poblacional menor de 35 años no hablaré porque me aburre sobremanera y no aporta nada nuevo.

Como ciudadano de a pie, no soporto la telebasura, ni la vergonzosa y denunciable de los programas de Telecinco, ni la amable y marujil de espacios como España directo en los que el presentador de turno, chillando a sus invitados como si no hubiesen conectado el audífono, trata a la audiencia como anormal profunda al descubrir los diferentes tipos de tortilla de patata o las variedades de bacalao al chilindrón.

Passolini dijo que la sociedad de la era moderna se caracterizaría por el fascismo de la estética. Ya estamos viviéndolo.

Comenzaré hablando de asuntos banales y divertidos, y después me centraré en la morralla, en lo que jode, en ver cómo un grupo de descerebrados medio lerdos procedentes de la España más facha y retrógrada puede llegar a aniquilar a un compañero brillante. Pero a todo cerdo le llega su San Martín y a esos puercos del periodismo les llega hoy a modo de creación literaria, algo que ellos no pueden hacer porque carecen de las herramientas necesarias para conmover. De hecho, dudo de que sepan escribir en condiciones.

Una andaluza con escasas luces, una gallega con poca telegenia y cuerpo engendrado un domingo con desgana, una madrileña con apellido de empresa de sanitarios que sufría estreñimiento mental, una manchega con aires de monja pero corazón de puta, una valenciana con ese carácter mascletà tan típico de la capital del Turia, que un día te saludan y al otro te escupen, un catalán perdido entre proclamas soberanistas… Hay muchos más, pues en función de a quien se follaban en los baños o les reían sus gracias trasnochadas, iba subiendo el número de contrataciones.

Podría dar nombres y apellidos, pero no me apetece que me metan una querella, si bien disfrutaría en prisión, acompañado de los Jordis y Urdangarín, contemplando en las duchas y en el gimnasio al alcaide y demás presos. Lo que peor llevo de esa época es el adoctrinamiento, debería estar tipificado en el código penal. Es muy duro observar cómo los amigos dejan de serlo y te señalan con el dedo a partir de una red de mentiras tejida por un escuadrón de pendencieros con una mentalidad aherrojada. Peor es vivir todo esto en un país en el que los medios de comunicación son mucho más libres y honestos que en España.

Esto que cuento sucedió en Manchester a mediados de los noventa. Durante mi estancia en esa ciudad compartí mi vida con una muchacha que se llamaba Stella, como la cerveza o como la hija de Paul McCartney. O estrella en italiano, aunque de eso tenía más bien poco. Cuando bebía era un encanto de mujer, dicharachera, ingeniosa y espontánea. Pero cuando estaba sobria daban ganas de encerrarla en Alcatraz porque aburría hasta a un muerto. A menudo pensé en colocarle una botella de vodka debajo de la almohada, estilo Sue Ellen, para que empezase a beber nada más desperezarse. Tampoco me sorprendía mucho que Stella fuese así. Es parte del carácter de los ingleses, cuyo enorme complejo de inferioridad e innata falta de espontaneidad les lleva a beber para olvidar. Eso sí, la educación ante todo, ya pueden insultarte, darte un puntapié en medio del metro o escupirte encima, que el famoso sorry nunca faltará. Al mismo tiempo, el alcohol hace que se conserven en formol y la longevidad de Reino Unido sea la más alta de Europa. Solo hace falta echar un ojo a la monarquía.

A Stella le encantaba provocar y su prenda favorita era un vestido rojo ceñido de Primark con medias de rejilla y tacones verdes, una mezcla que dañaba la vista. Los ingleses no es que sean referente en el mundo de la moda. Tampoco llegan a los extremos de los alemanes y sus calcetines de rayas bajo las sandalias de misionero en pleno Benidorm en agosto, pero ni mucho menos son un ejemplo a seguir.

La moda nunca me ha atraído, al contrario, el periodismo de esas características o “cómo sentirse seguro de ti mismo y pisar con fuerza en la vida” gracias a unas bragas me suscita serias dudas, sin contar el machismo que contiene y cómo cosifica a la mujer. Tampoco entiendo que haya personas que pierdan el tiempo (y paguen) para saber qué falda ponerse en un evento o qué maquillaje favorece más a su tipo de piel. ¿Es necesario? La gente paga dejándose engañar. Basta con un poco de labia, un par de tutoriales de You Tube bajo la búsqueda de “¿cómo estar guapa?” y mucho morro para hacerse pasar por asistente personal (personal shopper, perdón). ¿No es eso cosificación y reduccionismo? Debería importarnos una mierda con qué falda vamos a una boda, lo que importa es que vayamos. O que no vayamos y mandemos una misiva insultando a los novios y advirtiéndoles de que la vida en pareja supone el fin absoluto y que lo más seguro es que el novio esté cepillándose a su suegro hace meses en el garaje del chalet. Hubo un  momento de mi vida en que me especialicé, aburrido, en información sobre moda y solía cubrir Cibeles y todas las Fashion Week imaginables (Milán, Nueva York, Londres, Kuala Lumpur, Cuenca, Villanueva de la Serena, París). A partir de una plantilla, iba metiendo los nombres de los diseñadores sobre los que tenía que informar y la noticia estaba lista. Las muletillas eran siempre las mismas: camina con decisión en la vida, conjuntos atemporales de quita y pon, ideales para verano o para invierno, ropa rústica a la vez que cosmopolita, para una mujer que sabe lo que quiere, moderna y tradicional, que tiene una casa en Saint—Tropez pero que disfruta con un cochinillo en Segovia. Cuando intenté humanizar esos reportajes y darles más valor mi jefe entró en cólera y me cambió de sección.

Cuando vivía en Manchester, siempre me resistí a ir a mercadillos como Bury Market. Personalmente, comprarme una prenda de ropa y tener que desinfectarla con zotal o meterla a 90 grados en la lavadora como si tuviese ladillas no es sinónimo de buen comprar para mí. Soy más de Zara y ropa barata que yo estreno por primera vez.

La cara de Stella me gustaba mucho, basta pero con gracia, rodeada de pecas que le conferían un aire infantil pero con una mirada que denotaba que su vida no había sido fácil. Me recordaba, salvando las distancias, a las protagonistas de algunas revistas porno que compraba en mi pubertad, en cuyas portadas aparecía una chica de unos 20 años con una piruleta roja en la boca y unas bragas a juego con un “busco a mi papá, ¿me ayudas?”. Era todo un número agenciarse con una de esas revistas. Mi padre, cuando llegaba del trabajo a las tres de tarde, se tiraba en el sofá como si no hubiese un mañana. Estiraba las piernas, llamaba a voz en grito a mi madre para que le llevara la bandeja con la comida recalentada y encendía la televisión. Ahora no da ni pique y no rige bien, pero hace 30 años estaba de muy buen ver, más o menos como yo ahora mismo, aquello que la gente te para por la calle y pide permiso para tocarte.

El sofá en el que se desplomaba mi padre era como las minas del Rey Salomón. Sin darse cuenta, solían caérsele las monedas que llevaba en los bolsillos de sus pantalones, dinero que estafaba a su empresa o parte de las propinas de sus clientes. Se colaban por la tela del tresillo e iban acumulándose, como pepitas de oro, al fondo, junto a los muelles. Una vez a la semana, para que el botín fuese más apetitoso, esperaba a la noche para meter mis deditos entre los muelles y recoger el dinero. Solía recaudar unas mil pesetas al mes, una auténtica barbaridad y una cantidad por la que podías comprarte dos Private, o una Private y dos Penthouse o tres Playboy.

Pero crecí y dejé de comprar revistas porno porque me montaba los bukake en mi propia casa. De hecho, a Stella la conocí en uno de esos encuentros a las tres de la mañana, hasta arriba de mierda y llorando la reciente muerte de Lady Di con un consolador dentro. En el fondo, lloraba por otras cosas, unos días por mí, la mayoría por la porquería que me circundaba y lo hijos de puta que algunas personas podían llegar a ser, como mis compañeros de la tele con nombre de ambientador.

También lloraba por lo que había dejado en España. De ira, no de pena. Me salía la furia a borbotones y me enrabietaba que en Manchester anduviera metido en una burbuja española caciquil y envidiosa con un jefe de las SS y una panda de acólitos que reían sus gracias. En Reino Unido, en la prensa dominical, era normal ver cómo cadenas de televisión de peso como BBC, Channel Five o Channel Four publicaban anuncios de empleo en los que buscaban editores, reporteros o incluso presentadores para el horario de máxima audiencia. Jamás había visto en España que Telecinco o Antena 3 publicaran un anuncio en prensa buscando personal, ni siquiera para fregar los baños.

Reino Unido no tenía nada que ver profesionalmente hablando con España, donde se premiaba al inepto e irresponsable y se defenestraba al brillante. Dos veces al año la cadena de televisión donde trabajaba celebraba una fiesta, la de verano y la de Navidad. Para la primera alquilaba un espacio equivalente a un pueblo entero en el que montaba un parque de atracciones de la nada, con su montaña rusa, sus autos de choque, decenas de puestos para disfrutar de comida de cualquier parte del mundo, zona de relax, etc.

En la de Navidad, arrendaba un edificio emblemático del centro de Manchester y creaba una fiesta temática. La que más me sorprendió fue la dedicada a Tarzán. Seis plantas de un bloque de pisos equivalentes a El Corte Inglés de Nuevos Ministerios solamente para los empleados de la empresa. En cada planta, grupos de actores profesionales escenificaban películas de Tarzán y animaban a todo el mundo a interactuar. Esto se unía a los puestos con comida internacional, piscinas climatizadas, salas de tatuajes, tren del terror o tirolina de planta a planta, a modo de las lianas de la selva. Tengo que reconocer que siempre me ha encantado Johnny Weissmuller, si bien de pequeño solía vestirme de Jane.

Había situaciones un tanto extrañas en el día a día de la televisión. Los americanos no se caracterizan precisamente por sus buenos conocimientos de geografía y su asimilación de culturas. En algunos casos, lo más cercano a la historia para ellos es saber el año en que se fundó el gimnasio de su barrio o cuando nació Britney Spears (y toda la lista de sus presidentes y estados, por supuesto). En Manchester, la empresa para la que trabajaba centralizaba, para ahorrar costes, los canales de televisión en español, alemán, inglés, italiano y francés. Los periodistas de los cinco canales podíamos utilizar los mismos vídeos y apoyarnos mutuamente. También compartíamos estudios, platós y técnicos de sonido e iluminación. En mi caso, por ejemplo, cuando permanecía en los estudios centrales, presentaba los informativos en español y la señal se retransmitía a las plataformas de televisión digital de España. Cuando me mandaban de enviado especial, también para ahorrar costes, ofrecía crónicas en mi lengua materna y en italiano, inglés y francés.  Obviamente, habría sido absurdo presentar en los estudios centrales en un idioma que no hubiera sido el mío por muy bien que lo hablara. Es curioso cómo es el espectador. Acepta sin problemas que un presentador tenga acento cuando sabe que está trabajando de enviado especial en un evento determinado, pero no toleraría bajo ningún concepto que en el telediario de las tres de la tarde de la primera cadena Ana Blanco hablase a lo indio.

Por cierto, ¿cuántos años tiene Ana Blanco? ¿700? No he trabajado nunca en TVE, pero cuando me muera quiero que me criogenicen en el sótano de la empresa, habida cuenta de los resultados obtenidos con Ana y Jordi Hurtado. Quizá tienen algo que ver con la monarquía británica.

  

                   

                   

 

De la franja poblacional menor de 35 años no hablaré porque me aburre sobremanera y no aporta nada nuevo.

 

  

Una de mis jefas, Katherine, se empeñó en aumentar el nivel de empatía con el público español y realizar una televisión de cercanía. En una reunión, hablando tan en serio como el que analiza el teorema de Pitágoras, propuso que los presentadores del canal en lengua española saliesen en antena vestidos con traje cordobés y las chicas, de flamenca. Incluso creyó haber descubierto el santo Grial cuando se le ocurrió financiar algún programa con publicidad de gazpacho en tetrabrik y paella de bote. Costó Dios y ayuda que mi jefe la convenciese de que su idea no era del todo adecuada. Yo me reía mucho con los americanos, en especial con Katherine. Sabían que había estudiado en Pamplona y enloquecían cuando les contaba anécdotas de los Sanfermines. Kat, licenciada cum laude en Comunicación en Yale y matrícula de honor en un máster especializado en mass media en Harvard, pensaba que vivir en Pamplona era como hacerlo en medio de la guerrilla, como sentir el miedo que daría tener a dos palmos a Sendero Luminoso o el vértigo de atravesar un puente con cocodrilos en el Himalaya, con el K2 de testigo silencioso. Estaba convencida de que, todos los días del año, durante diez minutos, las calles de la ciudad se llenaban de toros. A mí me encantaba seguirle la corriente y charlar animadamente con ella en el McDonald’s de la esquina.

—Debe de ser muy duro vivir en esa ciudad, ¿verdad?

—Ni que lo digas, Kat. Pero estamos acostumbrados. Todos los días, a las siete de la tarde en verano y a las cinco en invierno, suenan las bocinas para que nos apartemos a un lado de la calle ante la llegada de la manada. Un poco como en Pearl Harbour, para que te hagas una idea.

—¿No hay percances?

—De vez en cuando, pero date cuenta de que todos tenemos en casa un toro, del mismo modo que tú, en Wisconsin, tienes un bisonte al que dar amor y afecto. Es algo que lo llevas dentro e incluso no paras de charlar con tu amigo en la calle o de tomar una cerveza si suena la bocina y pasan los toros. Es nuestro devenir diario.

—Tenéis mucho valor.

—No te creas, Kat. A esas horas las calles están vacías. Lo hacen con vistas. A las cinco de la tarde, en invierno, estamos aún echando la siesta. Y a las siete de la tarde, en verano, en la calle se registran más de 50 grados, de manera que todo el mundo está en casa y no sale hasta las once de la noche, la hora ideal para ir al tablao y beber manzanilla.

—Spain’s different!

El canal en el que trabajaba era una puta mierda, lleno de mindundis de tres al cuarto que iban de Matías Prats por la vida y tenían la telegenia y la inteligencia en el culo. Tuve la mala suerte de que, a pesar de vivir en un país en el que se premiaba el talento y el periodismo de calidad, yo me metí en una burbuja española en medio de la capital británica, me introduje en la boca del lobo.

Stella me ayudó, todo hay que decirlo, aunque ellos ganaron la batalla y, al final, opté por mi salud mental antes que por el dinero que ganaba, que era bastante, si bien nunca alcancé los niveles de los endiosados del grupo porque yo era el tonto.

Hablaré solamente de unos pocos porque me aburre mencionarlos y porque no quiero invocar a espíritus errantes. El jefe se llamaba Pedro. Me encantaría poner su nombre verdadero porque el poder de la literatura reside en que el artista puede vengarse y aniquilar a los mequetrefes, pero no me apetece que me denuncien.

Los matones quieren una víctima fácil, pero cuando ven que alguien se hace respetar buscan otro blanco. Ese fue mi problema en ese sitio, no me hice respetar y me jodieron vivo. Poco a poco fui empequeñeciéndome, yo mismo me quitaba valor, de modo que me convertí en el blanco ideal para mediocres e ineptos. Incluso quienes eran conscientes de lo que estaba pasando, un mobbing en toda regla, como la señora con apellido de sanitario o la gallega de cuerpo amorfo, hicieron de tripas corazón porque no querían que les salpicase.

Recuerdo que a los dos años de trabajar en esa empresa me pusieron en el turno de madrugada junto con Miss WC. Nos conocíamos, pero de cruzar tres o cuatro palabras. Al compartir un par de meses de periodismo nocturno nos hicimos bastante amigos y ella alucinó de mi capacidad de trabajo y eficacia. No entendía que Pedro me tuviese defenestrado. Pasado un tiempo, también dejó de hablarme. Por miedo, por pereza, por envidia. No lo sé.

Pedro me recordaba a El Fary, pequeñito, con cara de campesino de cortijo y una talla de calzado 38. Hablaba inglés como Johan Cruyff después de 40 años en España:  Benidorm, paella, toros. En su caso, jelou, zorri y bai. Me daba verdadera vergüenza ajena cuando venían los responsables ingleses y Pedro hablaba a lo Toro Sentado. Yo cometí el error de no enfrentarme a él, de no denunciarle, de no pedir el traslado a otro departamento. Tenía miedo y me fui quitando importancia y, como he dicho antes, los pendencieros quieren una víctima fácil. Si esa víctima es encima brillante pero se quita el fulgor de un plumazo porque tiene miedo a destacar el caldo de cultivo que se ha preparado para el mediocre es perfecto.

Era fascinante llegar a la empresa y que, hasta pasadas tres horas, nadie me encargase nada. No dejaba de ser maravilloso que la valenciana de carácter champán se acercase a tu sitio con preguntas propias de Stephen Hawking.

—Buenos días, como sabrás hoy abrimos el informativo con la Bolsa de París.

—Eso he oído, Eugenia.

—París es una ciudad.

—¿No me digas?

—Es la capital de Francia.

—Eugenia, necesito un valium ya mismo, me estás descubriendo un universo paralelo.

—I know it (Ai nou it), en el colegio me llamaban Séneca.

—¡Cuánta razón tenían! ¿Podrías por favor mandarme más información sobre París?

—Claro, estoy aquí para ayudarte.

Lo peor de ese trabajo es que fue un mobbing que se fraguó poco a poco. Hubiese preferido que me obligaran a fregar suelos o limpiar los baños. Es como cuando un novio te deja pero no ha pasado algo terrible. Sabes que la relación no tenía futuro, pero te gustaría haberle pillado con otro, que te hubiese insultado, matado a tu madre o quemado la casa para escudarte en algo tangible y desechar culpabilidades. En esa televisión pasó algo parecido. Me mandaron de corresponsal a varios sitios, me pusieron de presentador estrella, de editor, de enviado especial… Pero siempre con la muletilla de “está empezando, vamos a hacerle un favor”.

Me pregunto qué diría El Fary cuando le llamaron desde Nueva York tras una cumbre internacional en el Líbano, alabando mis dotes como presentador y mi olfato periodístico. Me pregunto qué diría El Fary cuando cubrí los atentados de Madrid, permaneciendo 12 horas ininterrumpidas en el estudio, sin prompter, con decenas de invitados, sin trabarme ni una sola vez. Me pregunto qué decía El Fary cuando mis compañeros escribían una noticia cada dos horas (y mal) y yo en dos horas estructuraba los informativos de una semana entera con excelencia.

  

                   

                   

 

Jamás había visto en España que Telecinco o Antena 3 publicaran un anuncio en prensa buscando personal, ni siquiera para fregar los baños.

 

  

Oakland 45 – Los Angeles Lakers 56, clamor en la final

Dame una M, dame una I, dame una E, dame una D, dame una O.

Y todos juntos, como hermanos, decimos: Miedo.

Ya lo decían de pequeño mis profesores a mis padres: “Vuestro hijo es de muy altas capacidades, sufrirá mucho”. Tampoco es que fuesen el pozo de la sabiduría o el oráculo. Dos más dos son cuatro. Bueno, para mis compañeros quizá 4,3.

Siempre he admirado al villano, al perturbado, al que asume la locura como modo de vida. No aguanto al típico chico bien afeitado, rasurado de gimnasio, con su corbata y un buen trabajo que pasa los domingos en su chalet del extrarradio.

Quiero embadurnarme de la fritanga que rezuman unos huevos comidos encima de un sofá roído y lleno de mocos vetustos una tarde de domingo.

No quiero ir al Hilton, sino al arroyo.

Paso del Ritz, dame el ribazo.

No voy de monja porque soy la más puta de todas.

No quiero cremas hidratantes para el contorno de ojos anunciadas por Elle McPerson, uso mi propio semen, lleno de proteínas que, al solidificarse, crean una capa protectora que permite que mi piel luzca como la de un bebé.

Me gustan las personas desesperadas con mentes y destinos hechos a jirones, cuyo corazón ha sufrido pero que gestionan ese sufrimiento del único modo posible, desternillándose de él.

No me hace gracia la gente feliz porque sí, sino aquella que ha generado su felicidad a partir de los golpes.

Me gustan las mujeres que van al Carrefour en chándal y con tacones y llenas de maquillaje barato porque les da exactamente igual lo que piensen de ellas los demás, en especial algunos hombres aún impregnados de un machismo retrógrado con olor a alcantarilla, hombres que son incapaces de ver que el feminismo no implica que las mujeres merezcan un trato especial, simplemente conlleva que merecen un trato igual. Deberíamos rebelarnos contra esta sociedad patriarcal y androcéntrica, cagarnos encima de mequetrefes como quienes trabajaban en ese canal de televisión.

Hay veces que me encantaría expulsar toda la ira que se ha ido acumulando en mi interior, todo el dolor que me carcome como una solitaria desde los intestinos, que me provoca laceraciones, que se convierte en pus cuando trata de salir a la superficie. En mis pesadillas, salgo a la calle con una recortada y aniquilo a ciertas personas que me han hecho la vida imposible, como El Fary y sus secuaces. Recreo al personaje de Michael Douglas en Un día de furia, pero con un arma de menor calidad y un sueldo que no llega ni para café. A veces reemplazo los tiros por el veneno, al estilo de la Antigua Roma. Mi subconsciente prefiere realizar los ajusticiamientos empleando beleño, estramonio, belladona, mandrágora o cicuta antes que vérselas con una pistola en un túnel abandonado. Es mucho más poético.

He investigado sobre el devenir de mis compañeros durante los últimos 20 años. Como no podía ser de otra manera, El Fary prosperó. Fue jefe de prensa de un partido político de derechas, consejero de comunicación del Mercado de las Telecomunicaciones y máximo responsable de marketing de una constructora.

This is Spain. En Linkedin y Facebook he constatado que sigue igual de feo que hace dos décadas. De hecho, su cara parece un cataclismo. La bilis no es como la lefa que me aplico en mis ojeras, al contrario, se regurgita por las noches y se queda pegada a la papada. En esa búsqueda de información me ha sorprendido que varios de mis compañeros se aparearon entre ellos, siguiendo los consejos sectarios del canal de televisión. Miss WC lo dejó con su marido y se lio con uno de la casa, lo mismo que en el pasado habían hecho otros tantos. Tengo entendido que una de ellas dejó la comunicación y se metió a alfarera y ceramista, estilo Demi Morre en Ghost. Se compró una casa en Almería y vive de su arte. La andaluza es ahora mandamás en una empresa separatista catalana tras acostarse con el promotor. Intenté hablar con ella para sonsacarle información y porque hubo un momento en que la aprecié bastante. Tras un par de mensajes de compromiso, me ignoró. No se lo echo en cara, si no tuvo huevos de defenderme en su momento y huyó como un cervatillo presa del adoctrinamiento, más de 20 años después todo esto le daría una pereza enorme. Algo similar sucedió con la gallega, un par de mensajes de cortesía y bloqueo al canto. Eso sí, me animó a que la llamase si me acercaba por su tierra. ¡Qué detalle!

Me fascina causar estos sentimientos entre la gente. Soy muy peculiar, hablo a trompicones, como una ametralladora cargada desigualmente, de repente suelto doscientas frases en menos de un minuto y, acto seguido, me quedo callado media hora mirando al techo, aunque mis ojos siguen hablando. Lo sé, la intensidad y la brillantez no están de moda.

Quiero que me dejen ser, simplemente eso, o me veré obligado a partir al mundo de nunca jamás en el que aquellos carentes de un corazón libre de prejuicios no podrán entrar. Sé perfectamente a quién me llevaré, puedo contarlos con los dedos de una mano.

¿Qué sucedería si todos los locos del mundo gritásemos a la vez, si nos lanzáramos desnudos a los campos al mismo tiempo y dijésemos lo que pasa por nuestras cabezas en un preciso momento? ¿Cambiaría el curso del universo? ¿Habría una redistribución de la riqueza? ¿Mis compañeros se teletransportarían a la época inquisitorial y morirían en la hoguera? Como dijo Bukowski, me interesan más los pervertidos que los santos; me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado.

La tele con nombre de ambientador es solo un recuerdo en mi memoria. Incluso, a veces, no sé si realmente existió. Fellini aseguraba que se inventaba capítulos de su vida para poder contar historias. Yo hago eso constantemente, de manera que no sé con seguridad si lo que acabo de contar sucedió.

Las arrugas interiores empiezan a dolerme, pero sigo al pie del cañón. Me da igual que mi vida se haga pública, siempre he pensando que la intimidad no es sino un cuento para que nos comamos la penas en soledad. En realidad, no deseo el mal a mis compañeros de aquella empresa, simplemente me entristece la gente plana que no aporta nada y que disfruta jodiendo al prójimo. No les perdonaría porque no hay nada que perdonar a quienes son tan limitados que no se dan cuenta de lo que hacen. Admito, de todos modos, que la idea de destrozarles los sesos con la recortada me parece tentadora.

  

                   

                   

 

¿Qué sucedería si todos los locos del mundo gritásemos a la vez, si nos lanzáramos desnudos a los campos al mismo tiempo y dijésemos lo que pasa por nuestras cabezas en un preciso momento?

 

  

La imaginación es mi mejor aliado, algo de lo que ellos carecen. Si no me creo mis propias fantasías y doy por válidos mis espejismos, difícilmente podré hacer creíbles mis historias, como esta que acabo de contar. Nadie pretende encontrar la realidad en la ficción porque para eso ya tenemos la vida, de manera que la imaginación, una vez más, es la clave. Sufrí mucho en aquel momento de mi vida y es posible que parte del carácter insoportable que me caracteriza hunda sus cimientos en esa experiencia, pero, al mismo tiempo, gracias a esos pendencieros, tengo material para crear y para reírme a la cara del sufrimiento. Y no me va mal, soy un icono cultural, el oráculo del siglo XXI. Debe de joder mucho haber favorecido mi éxito, pues, en el fondo, ellos son parte de él.

Este texto se ha publicado y puede leerse en medio mundo, ¿qué se siente, queridos, al saber que la humanidad es consciente de que uno es imbécil? Va a resultar que el tonto no escribía tan mal… E iría más allá, en breve todo esto recorrerá los escenarios de España a modo de obra de teatro en escenarios de primer nivel. Os mandaré invitaciones.

Es más cansado quedarse callado que decir aquello que se piensa, del mismo modo que estar triste todo el rato es muy duro. Por eso, apuesto por ser una portera feliz, por decir aquello que pasa por mi cabeza sin temor al qué dirán.

Ojalá mis compañeros me manden mensajes insultándome y me escupan por la calle si nos cruzamos en la boca del metro. Les invitaré a mi próximo bukake… 

A todo esto, Stella se llamaba Robert y era un camionero de la ruta Leeds—Belgrado que murió al salirse de una curva en los Cárpatos. No le echo de menos.

No he dicho cómo se llamaba el canal de televisión con nombre de ambientador porque, una vez más, no tengo dinero para abogados en caso de querella. Eso sí, era tan cutre que desapareció.

  

  

  

  

  

      

       

Eduardo Viladés. Escritor, dramaturgo, director de escena y periodista con más de 24 años de carrera, referente en la cultura española contemporánea. Ganador de prestigiosos premios internacionales de teatro y literatura, cultiva el teatro largo, de medio formato y de corta duración, así como la narrativa.

Sus obras teatrales se representan en varias ciudades españolas, México, Colombia, Perú, República Dominicana y Estados Unidos. Colabora asiduamente con sus ensayos, relatos y obras de narrativa con las editoriales Extrañas Noches (Buenos Aires), Lado (Berlín), Otras Inquisiciones (Hannover) y Viceversa (Nueva York). Compagina su labor como dramaturgo y director de escena con el periodismo, área en la que cuenta con más de dos décadas de trayectoria profesional en diversos países del mundo como reportero, editor y presentador de TV.

Ha vivido en Reino Unido, Italia, Bélgica y Francia. También es experto en periodismo cultural y de tendencias y documentales de sensibilización social, un artista polifacético.

Administra el portal “Eduardo viladés, Comunicación Integral” para facilitar información relacionada con el mundo de las Artes Escénicas, y el blog Eduardo Viladés, Dramaturgo. El Teatro al Alcance de su Mano”, dedicado a informar en exclusiva sobre su dedicación a la dramaturgia. 

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Sección 1. Página 5. Año XIX. II Época. Número 106 Extra. Enero-Marzo 2020. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2020 Eduardo Viladés. © Las imagágenes incluidas en esta publicación se usan exclusivamente como ilustración del texto, y los derechos de autor a que hubiere lugar pertenecen según el siguiente detalle: Imagen-1: VerTle.ElDiario.es.DeActualidad - Imagen-2: SabadoDeLuxe.VivaElFutbol.es - Imagen-3: Calrin.com.Noticias.ElMundo. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2020 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga & EdiBez. Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3, Ático G. 29700. Rincón de la Victoria (Málaga).

    

    

     

 

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