ENERO-MARZO 2019  

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EL ACTIVISTA

  

  

Por  Kepa Uriberri

  

  

  

LOS JÓVENES HABÍAN tenido una jornada pacífica de protesta. Pedían los imposibles que todo joven exige y que los gobiernos demoran años en implementar, de manera que la impaciencia de los más exaltados deriva cualquier manifestación en violenta, o la acción de las fuerzas policiales las induce al desorden y la revuelta.

En medio de estas circunstancias se encontró a Mijaíl tirado en el suelo, en mitad de la calle, con la cabeza rota y ensangrentada. A corta distancia, un trozo de pavimento de unos ochocientos gramos, manchado de sangre, hacía pensar que algún exaltado, con intención o pésima fortuna, lo había herido de gravedad. De cualquier modo, había testimonios que apuntaban en un sentido diverso, ya sea porque aseguraban que habían sido testigos de los hechos, o bien porque pretendían montar un caso contra los policías, acusándolos de violencia excesiva. Especulaban, o aseveraban, y así lo informaron muchos medios de prensa, que un policía había herido a Mijaíl con su porra de servicio y este habría caído, aturdido, sobre el trozo de pavimento, que habría quedado manchando con la sangre que manaba de la herida de su cabeza.

Había fotos. No eran del todo claras. Hubo testigos que declararon que Mijaíl formaba parte de una turba que atacó a un policía que había quedado aislado de su patrulla. Este se habría defendido utilizando su escudo acrílico y la porra de servicio. La fotografía acusadora mostraba al cabo Blanco con la porra en alto, a punto de asestar un golpe a alguien encogido, que se protegía la cabeza con los brazos, de espaldas a su agresor. La imagen era confusa, había movimiento, y solo se podía asegurar que la persona a punto de ser golpeada vestía una camiseta negra, de manga larga y capuchón que le cubría en parte la cabeza, y unos bluyines azules.

No había una imagen posterior que probara que el policía había golpeado al individuo que intentaba escabullirse, cuya vestimenta coincidía con la de Mijaíl, aun cuando muchos de los jóvenes también iban de bluyines y camisetas negras encapuchadas. En otras fotografías posteriores no se veía al supuesto Mijaíl, ni caído en el suelo, ni entre los manifestantes que se habían dispersado. Varios de ellos manifestaban que el cabo Blanco había golpeado de manera brutal varias veces a Mijaíl, hasta que este cayó inconsciente. El fotógrafo creía que esos testimonios eran verdaderos, pero no los podía corroborar, ni con su material gráfico ni de modo testimonial: la atención de su cámara lo había distraído del momento crucial de los hechos. Tampoco podía reconocer con certeza absoluta al joven de su fotografía como Mijaíl.

El informe del peritaje policial aseguraba que en modo alguno se podía concluir que el cabo Rándal Blanco hubiera golpeado al herido. La fotografía mostraba un instante previo cuya secuencia posterior plausible no era única. Dentro de las diversas posibilidades, de acuerdo con los protocolos policiales, la menos probable era el ataque a Mijaíl: un policía en una situación de peligro como esa, de manera automática busca a sus atacantes para defenderse y no a alguien que huye de la escena de acción. A la vez impugnó la certeza de que la persona que huía fuera Mijaíl. Se concluyó que el capuchón de la camiseta de este no tenía manchas de sangre, lo que resultaba contradictorio con la imagen periodística, que mostraba al supuesto agredido con el capuchón ocultando su cabeza y rostro.

  
                                       
 

Los jóvenes habían tenido una jornada pacífica de protesta. Pedían los imposibles que todo joven exige y que los gobiernos demoran años en implementar, de manera que la impaciencia de los más exaltados deriva cualquier manifestación en violenta, o la acción de las fuerzas policiales las induce al desorden y la revuelta.

 
  

Mijaíl no había sido auxiliado en ningún momento por la policía cuyos efectivos acudieron en ayuda del cabo Blanco. Solo dispersaron a la turba y se retiraron del lugar. Después de unos diez a veinte minutos, algunos transeúntes que no necesariamente habían participado de las protestas encontraron a Mijaíl tirado en medio de la calle, sin conciencia, con la cabeza ensangrentada, junto al trozo de pavimento que se mencionaba en el peritaje policial como el instrumento arrojadizo que lo habría herido.

Los servicios de auxilio médico se demoraron más de treinta minutos en llegar al lugar, impedidos por los desórdenes. Mijaíl llegó al hospital en estado grave, con alto riesgo vital. Estuvo dos meses en coma inducido y los partes médicos, por demás pesimistas, indicaban que había pérdida de masa encefálica, compromiso de la espina a nivel cervical y el pronóstico, incierto, casi solo podía asegurar que el paciente, si se salvaba, quedaría cuadripléjico y con graves daños en el área del lenguaje.

El padre de Mijaíl, un abogado penalista que trabajaba en un estudio medianamente conocido por la defensa de algunos casos de violación de derechos humanos, se querelló contra el comandante jefe de la policía por la responsabilidad que le cabía en el procedimiento policíaco que había resultado en el uso desmedido de la fuerza represiva y la brutalidad policial. También se dirigía la querella contra el cabo Rándal Blanco y los efectivos de la patrulla y todos quienes resultaren responsables, por cuasidelito de homicidio y denegación de auxilio al herido. Esta fue presentada con presencia de prensa, en especial de izquierda. Alegaba el testimonio de múltiples testigos, pero, en especial, el de Ana Hernández, una joven estudiante de tercer año de Etología Veterinaria, que aseguraba haber visto al policía golpear a Mijaíl, no solo con la porra de servicio, con la que lo había derribado, sino que, además, con el trozo de pavimento lo había rematado en el suelo, antes de ser rescatado por sus compañeros de patrulla. Ana era una respetada dirigente estudiantil de la Universidad de las Artes y militaba en un partido de izquierda.

Yosif Rojo, a la presentación de la querella, obtuvo abundante difusión de prensa. Todos los medios lo mostraban en primera plana. Sus declaraciones, sin importar las preguntas de los medios, se enfocaban de un modo estructurado fijo, en el cual hacía, primero, un panegírico de su hijo Mijaíl como estudiante dedicado, exitoso y tranquilo, luego describía su grave estado de salud y las consecuencias que tendría su situación para el futuro, que quedaría, en gran medida, tronchado producto de los sucesos; continuaba con un alegato político relativo al derecho de expresión y protesta, sin sufrir represión, y terminaba exponiendo su firme decisión de defender, no solo a su hijo, sino a la sociedad toda, de los intentos de los poderosos de siempre, de imponer por fuerza sus códigos abusivos. El congreso acogió el reclamo de Rojo y creó una comisión investigadora, para aclarar los hechos y determinar la responsabilidad institucional de la policía, que no podía ser juzgada en tribunales, por cuanto las responsabilidades penales recaen solo sobre las personas.

—Él no fue un político, no fue un violentista, solo había sido un estudiante que defendía, junto a sus compañeros, sus derechos a una mejor educación.

Yosif hablaba de su hijo en pasado, como si ya hubiera tenido un desenlace fatal. Cuando se le preguntaba por su estado de salud, la información era escueta:

—Si bien el pronóstico es incierto y solo esperamos lo mejor, de cualquier modo su sacrificio no habrá sido en vano si sirve para que, nunca más, la brutalidad policial sea un instrumento de represión de los justos anhelos de los jóvenes.

  
                                       
 

Mijaíl no había sido auxiliado en ningún momento por la policía cuyos efectivos acudieron en ayuda del cabo Blanco. Solo dispersaron a la turba y se retiraron del lugar.

 
  

Durante varios días, Yosif Rojo apareció en todos los medios de prensa, en los espacios noticiosos y en varios programas de opinión política. De forma sucinta hablaba del lento e incierto proceso que seguía la situación de Mijaíl. Después se centraba en el polémico informe policial sobre la agresión sufrida por su hijo, e impugnaba las pruebas, o su ausencia, que exculpaban al cabo Rándal Blanco y liberaban de responsabilidad a la institución policial, cuya única misión debería ser proteger a los ciudadanos.

—Nada puede eximir de responsabilidad a las fuerzas policiales, cuando en una democracia, reprimen de manera tan brutal y desproporcionada a estudiantes que se manifiestan.

—Sin embargo, señor Rojo, el alto mando policial asegura, en su informe y en aclaraciones posteriores, haber considerado todas las pruebas y concluye que no hay elementos suficientes para acusar al policía. No hay un testimonio gráfico contundente, y con el mismo peso probatorio se puede asumir que la herida fue causada por el trozo de pavimento lanzado, quizás, por otro manifestante.

—¡Ah no! Eso sería de una gravedad enorme. Los antecedentes gráficos hablan muy claro y establecen la culpa del policía. A través de la querella, espero, como abogado, probar la intención de dañar del cabo, con lo que se configuraría un delito penal de homicidio...

—Pero, en este caso, no estamos en presencia de un homicidio: su hijo Mijaíl está vivo todavía. Y si bien está grave, está estable y el coma es inducido...

—¡Aún está vivo...!

—¿Quiere decir que no hay esperanzas de recuperación? ¿Que solo esperan el peor desenlace?

—Sería una posibilidad... Pero, de cualquier modo, nuestra democracia no puede permitir que estas cosas sigan ocurriendo. Habría que hacer un “parelé” a esta represión violenta.

Como ocurre con toda noticia sensacionalista, incluidas sus secuelas, esta comenzó, con los días y semanas, a desaparecer de los medios, hasta que quedó olvidada.

Pasaron algunos meses en los cuales Yosif Rojo apenas lograba alguna nota en alguna esquina de algún diario o revista política de segunda importancia. También se le vio en primera fila de alguna marcha de protesta por temas de salud o de delincuencia. La comisión investigadora del congreso lo citó a declarar, y fue filmado y fotografiado, con lo que logró activar en cierto modo su presencia en los medios. Sin embargo, nadie preguntó por el estado de salud de Mijaíl. Yosif tampoco tuvo ocasión de tratar ese tema, aun cuando su hijo había experimentado ciertos progresos. A la prensa, a los medios, no le interesaba tampoco el curso predecible del caso médico, tanto como el conflicto de la policía con las fuerzas sociales dirigidas de cierta manera por este representante de una víctima gravemente afectada. Rojo parecía muy consciente de esto, aunque su acción se debilitaba a pesar de sus intentos vanos por mantener vigente el caso. En la medida que no había novedades importantes, destacables, el asunto languidecía de manera inevitable.

Entonces sucedió. De manera sorpresiva, Mijaíl salió del coma, y, aunque aún no hablaba, observaba el entorno y era claro que reconocía a las personas de su alrededor. Yosif logró que la prensa se reuniera a propósito del caso, y declaró que esta era una noticia esperanzadora.

—Pronto podrá hablar y declarar cómo ocurrieron los hechos, lo que demostrará que la policía actuó con violencia extrema.

—¿Para cuándo espera usted el informe definitivo de la policía sobre los sucesos en los que su hijo fue herido? Porque han pasado ya más de tres meses y usted rechazó el primer informe que exculpa al policía acusado.

—Ese informe fue claramente insuficiente. Pedimos al ministerio del interior que se considerara una serie de antecedentes y testimonios gráficos. Ellos acogieron nuestra petición, y estamos a la espera.

—¿No hay una fecha?

—No tenemos aún una fecha. Pero pronto tendremos el testimonio de Mijaíl.

Semanas más tarde, aún no había noticias del ministerio, ni de un informe definitivo. Tampoco parecía haber avances en la querella que Rojo había presentado en tribunales. Las noticias habían derivado en escándalos de corrupción de los parlamentarios, en diversas reformas que provocaban desencuentros entre los diversos partidos de gobierno y más. Otra vez la prensa y los medios habían vuelto la mirada hacia otros escándalos.

  
                                       
 

Yosif citó, en medio de esta situación, nuevamente, a un punto de prensa para mostrar los progresos médicos de Mijaíl.

 
  

Yosif citó, en medio de esta situación, nuevamente, a un punto de prensa para mostrar los progresos médicos de Mijaíl. El joven fue grabado, sujeto por dos auxiliares médicos, dando algunos pasos inciertos, más provocados que voluntarios. Tenía todavía la vista perdida y la cabeza vendada, producto, tal vez, de alguna reciente operación. Aún no hablaba. Yosif habló largo rato con la prensa. Habló de represión, de la herencia de la dictadura, habló de democracia, de los derechos del pueblo, de la necesidad de reformar la vieja constitución que nunca representó a las gentes sino a las élites, habló de la vieja política y de renovación de rostros; opinó de la contingencia y de la situación de la economía; aseguró que el efecto global era culpable del desastre local. Dijo que:

—El grave problema de la delincuencia se debe a dos factores: el primero y primordial es la brecha creciente entre ricos y pobres, en tanto que las policías se han transformado en aparatos represivos.

Rojo volvió a desaparecer en la oscuridad de los acontecimientos, en el sensacionalismo, en la rutina de la crónica roja. Para el congreso de algún partido de la izquierda, en algún pasar de cámara, se le vio en un grupo entre parlamentarios y alcaldes. No fue más de un par de segundos de pantalla. Semanas después apareció en las grabaciones de una marcha que promovía la reforma laboral. Estaba en las primeras filas, junto a varios dirigentes sindicales.

Cuando Mijaíl fue, al fin, dado de alta, casi un año después de los incidentes, salió del hospital tomado del brazo de su madre. Tenía la mirada perdida, como si se sorprendiera de las imágenes del mundo que había abandonado hacía tanto. Caminaba vacilante. Una nube de periodistas intentó rodearlo e interrogarlo, pero Mijaíl, sin un esfuerzo consciente de voluntad, parecía ignorarlos, como si no entendiera lo que estaba viviendo. La madre hacía esfuerzos por avanzar y apartar a los periodistas. Solo decía «¡Por favor...!» y «¡Permítanme...!», siempre en singular, como si solo ella misma, sin nadie más, estuviera intentando pasar entre la nube de micrófonos y cámaras. Ahí no estuvo Yosif. Dos o tres días más tarde, ofreció una entrevista a un canal seleccionado de televisión, en sus propias oficinas de abogado. De manera muy breve indicó que su hijo estaba recuperado y que la familia esperaba que pronto retomara su vida normal.

—Ha sido muy duro —reconoció.

—¿Qué tanto afectó a su familia? —preguntó el periodista. Yosif bajó la vista y casi en un murmullo reconoció:

—Hoy estamos alejados —respondió, para extenderse luego en temas de la contingencia política desde un punto de vista casi doctoral y académico.

Para el mes de noviembre, su fotografía comenzó a aparecer en afiches en las calles con una leyenda que decía «Yosif Rojo defiende tus derechos. Lista D-4».

  

  

  

      

    

KEPA URIBERRI nace en un invierno austral, en Santiago de Chile, a mediados del siglo pasado, con un nombre diferente. A comienzos del actual, empieza a escribir, así como se llega a una fiesta a la que no se ha sido invitado. Para no ser notado, oculta su nombre real con uno ficticio, que el destino, quizás por broma, lo ha ido convirtiendo en verdadero. Hoy, cuando escribe, y quizás para siempre, ha llegado a ser Kepa Uriberri. No ha cultivado honores, ni títulos, ni reconocimientos excepto el agrado de ser leído por algunos pocos en su literatura abierta y gratuita, depositada en la gran red universal.

Al Kepa Uriberri que escribe se le puede leer en «Peregrinos y sus Letras», «Adamar», «Pluma y Tintero» y otros eventuales. Pero «NaranjaPlatano» y «El lugar literario de Kepa Uriberri» son sus sitios propios de libre expresión.

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GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral de Cultura. Sección 1. Página 2. Año XVIII. II Época. Número 102. Enero-Marzo 2019. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2019 Kepa Uriberri. © Las imágenes, extraídas a través del buscador Google de diferentes agencias periodísticas, se usan exclusivamente como ilustraciones del relato, y los derechos pertenecen a su(s) creador(es). Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2019 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte, adscrito a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana, Castilión, 3, Rincón de la Victoria (Málaga).