ENERO-MARZO 2019

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MARQUÉ EL NÚMERO Y ESPERÉ... ESPERÉ...

  

  

Enrique Arjona Compaña

   

   

  

—¿PAPÁ, CÓMO ESTÁ usted?

—Niño, yo de primera, como siempre —siempre me contestaba lo mismo.

—Papá, ¿qué tal por el pueblo?

—Aquí se está muy tranquilo. Ahora mismo, estoy en el patio, desollando un conejo que cacé ayer.

Junto a la pila del patio, asido por las patas a un gancho de la pared y sobre un almanaque de dos años atrás, había colgado el conejo, y se disponía a desollarlo con una navajilla bien afilada que usaba siempre para todo.

Después, me dijo:

—Se le quitan los perdigones, se lava bien, y, con unos cuantos ajos, un chorreón de vino blanco y poco más, esto está que te chupas los dedos... —Y tras un breve silencio, me señaló con el dedo índice una mancha roja, ya seca—: Mira cómo tiene la cabeza. Ahí le pegué.

Sin camisa. Desollando el conejo que había cazado el día anterior. Con la cancela y la puerta de la calle de par en par. La naturaleza en su viva expresión.

Justo a sus espaldas, según se entraba al patio, a la derecha, en el mejor rincón y protegido de la lluvia, estaba colgado el jaulón del pájaro perdiz.

—Niño, este es el mejor macho que yo he tenido en mi vida.

Todos los pájaros que había tenido eran siempre los mejores que había tenido en su vida.

—No hay otro en el pueblo que le tosa. No lo vendo por nada —me aclaró—. Y mira que me han hecho ofertas... Pues nada.

—Chiquito, chiquito... —le decía al pájaro, con mimo.

Hablaba con él como si se tratara de una persona. Con el mismo interés que con una persona. Con el mismo respeto.

—¡Qué maldita madre...! ¡Mira cómo me pica...! El otro día me hizo sangre en el dedo. ¡Se quejará de cómo lo trato, que hasta le masco las almendras antes de dárselas. Se las come en mi mano —dijo como explicándome el esmero con que trataba al animal—. Este se llama Nelson, como el almirante Nelson —añadió—. ¿Tú te acuerdas de aquel perro pachón que tuvimos? Era buenísimo para las muestras. Se llamaba igual, Nelson. Se quedó sordo y creímos que se había vuelto era tonto. El animalito, claro, si no te oía, ¿cómo iba a venir cuando lo llamabas?

Sin mediar apenas unos segundos, retomó el hilo de la palabra y me dijo:

—El otro día llevé al pájaro de puesto. —Y, a continuación, con los ojos clavados en el pájaro, le dijo como si el animal lo entendiese—: Vamos a ver cómo te portas hoy. A mí no me tontees tú, que, como no cantes, soy capaz de tirarte a ti.

En unos minutos, hizo un pequeño puesto junto a un majano, al amparo de una espesa carrasca que crecía al lado. Y nos dispusimos a esperar.

  
                                       
 

Al poco, y de forma repentina, se dejó caer una parva de perdices de, por lo menos, cinco o seis, que se echaron justo detrás del reclamo.

 
  

Enfrente, un llano despejado, y al fondo, un repechete, por donde presumiblemente deberían entrar los pájaros, si el reclamo los atraía con su canto.

Su caldo de gallina en la boca, pegado al labio inferior. Casi nunca se tragaba el humo. La mayor parte de las veces lo llevaba apagado.

Y a esperar.

De pronto, el macho empezó a cantar:

—¡Cuchi chi, cuchi chi...!

Al poco rato, empezó a oírse, a lo lejos, otros machos que le contestaban.

—¡Uy, esto se está poniendo bueno...! —exclamaba con voz queda, con el semblante lleno de júbilo.

El pájaro, al oír a los otros del campo, se enzalamaba, y se envalentonaba y cantaba más, y más.

Al poco, y de forma repentina, se dejó caer una parva de perdices de, por lo menos, cinco o seis, que se echaron justo detrás del reclamo.

El pájaro, al verlos, se puso como loco. No paraba de cantar. Aun así, tal como estaban situados, no podía dispararles. «Abroncaría a mi pájaro», decía. Había que tirarles frente a él, que él los viera, allí, delante él, muertos, porque si no, el pájaro se podía estropear y ya no cantaría más.

Sin hacer ningún ruido, apuntó con la escopeta, sin respirar apenas. Los pájaros estaban muy cerca.

De pronto, el que venía delante, hizo un ademán de alerta, alzó la cabeza y se puso a la escucha.

Por un momento, pensó que le habían visto y que, de un momento a otro, levantarían el vuelo.

Pero no. El que venía delante siguió andando y acercándose cada vez más a la jaula del pájaro.

Los otros se fueron andando, juntos, en otra dirección comiendo algunas semillas del suelo. Se olvidó de ellos y se concentró en el macho que venía desafiante hasta su reclamo.

El pájaro, al ver al otro cerca, se volvía loco y lo desafiaba cantando con más brío.

Ahora lo tenía a tiro, sin peligro de darle al reclamo.

Disparó. Buen tiro. Cayó a los pies del macho, que se volvía loco al verlo ahí, delante de él, muerto.

Fue un buen día de puesto. Luego, ya en la casa, una pata y una pluma guardadas recordarían ese día triunfal, que a él, cuando se le daba bien, le gustaba siempre anotarlo en una libretilla.

Todos esos recuerdos de sus vivencias que él me contaba entonces se agolpan ahora en la memoria. Y, al evocarlos, se apodera de mí una irremediable melancolía y una tristeza infinita...; eso que solo se siente al notar la irremediable ausencia de un ser muy querido.

  
                                       
 

El pájaro, al verlos, se puso como loco. No paraba de cantar. Aun así, tal como estaban situados, no podía dispararles.

 
  

Apenas hace solo un mes que ha fallecido... solo un mes. Todo sobrevino de forma repetina. Un maldito infarto de miocardio agudo.

Un mes...

Y todavía no tengo asumida su falta, que ya no voy a volver a verlo nunca más.

¡Nunca más...!

Yo era feliz cuando me contaba sus andanzas por esos campos con el pájaro perdiz, y me hablaba de los guisos que se hacía en la casa del pueblo él solito, desde que se quedó solo, después de la muerte de mi madre.

De pronto, de una forma espontánea. Instintivamente...

Descolgué el teléfono y marqué el número...

Oí la señal de llamada. Y esperé... Esperé...

Colgué y volví a marcar. Y lo mismo...

Estuve un rato con el teléfono pegado a la oreja, esperando.

Esperando...

Luego, colgué... No contestaba nadie.

  

  

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Extracto de su libro Relatos breves y otras reflexiones,

Ed. del Autor, Madrid, Abril 2016).

  

  

  

  

  

  

      

    

ENRIQUE ARJONA COMPAÑA (Cuevas de San Marcos, Málaga, 1949) se describe a sí mismo como una persona sencilla y afable, de carácter abierto y extrovertido. Autodidacta de formación, su trayectoria laboral, que abarca desde 1964 hasta 2007, se ha desarrollado en la misma empresa, una multinacional, de élite, donde ha prestado sus servicios en sectores como administración, contabilidad, escuela de formación y marketing comunicación. Está divorciado y tiene dos hijas. Reside en Madrid desde 1962, año en que emigró con su familia de su pueblo natal. Una vez jubilado, ha descubierto en la narrativa breve una vía de escape que le está permitiendo dar rienda suelta a esa exuberante imaginación liberadora que pocas veces se alcanza. Sobrehumanamente fecundo, en poco menos de dos años ha dado a la estampa más de una decena de libros, de distinto género y temática diversa, en todos los cuales, sin embargo, se recrea a sus anchas ese espíritu de niño que tantas veces correteó por unas huertas nutridas por la fuente vivificadora del Genil, que, a juicio de quien redacta estas líneas, no ha llegado a abandonar nunca. Libros de nostalgias vivenciales y de recuerdos sentidos, entre sus títulos figuran Relatos cortos, narraciones y otras reflexiones, colección de narraciones cortas variadas (2016); Incesto mortal, novela (2016); Una vida vivida. (Novela cuasi histórica), novela (2016), Relatos breves (2016), Relatos breves y otras reflexiones (2016), Recuerdos familiares. (Relatos breves y otras reflexiones) (2016), La cámara de la verduga. (Ella y su sótano), novela, (2016); ¿Solo se vive una vez...? (Relatos y verso libre) (2017); El verso libre, relatos y otras reflexiones, compilación de poemas, narraciones y pensamientos (2017) y Mi padre y su guerra. (Novela cuasi histórica) (2017).

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Sección 1. Página 1. Año XVIII. II Época. Número 102. Enero-Marzo 2019. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2019 Enrique Arjona Compaña. © Las imágenes se usan exclusivamente como ilustraciones, y los derechos pertenecen a su(s) creador(es). Diseño y maquetación EdiBez. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2019 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3, Ático G. 29.730. Rincón de la Victoria (Málaga).

    

    

     

 

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