EL EDIFICIO QUE da cobijo al actual Instituto de Enseñanza Secundaria Vicente Espinel de Málaga es quizás uno de los monumentos más desconocidos de la ciudad. Cada año, los más de sus alumnos que salen de él con su flamante título de ESO o de Bachillerato, después de haber recorrido sus pasillos miles de veces, pisado sus patios otras tantas y ocupado sus diferentes estancias, tornadas hoy en clases, un número de sesiones ya olvidado, lo hacen sin haberse interesado, tan solo una vez, por la historia de esa casa grande que ha sido para ellos la fuente de su formación espiritual durante un buen periodo de tiempo. Por lo general, ni siquiera la curiosidad más elemental ha logrado motivar lo más mínimo por apercibirse de los moradores que pudieron haberla habitado alguna vez o conocer algún indicio de los diferentes destinos que los años le han ido dando. Lamentable, pero es así.

Este centro de enseñanza es más conocido entre los malagueños por el «Instituto de Gaona», nombre que le ha sido dado, con el paso del tiempo, por la calle en que se halla emplazado, la cual hace alusión al apellido que pudo ostentar, entre los siglos XVI y XVII, un personaje malagueño del que no se tienen más noticias que la posible vinculación del mismo a los terrenos que ocupa la edificación en su totalidad. Fuese por consejo de algún experto o por alguna razón acomodaticia, es en esta calle donde un adinerado comerciante de ascendencia italiana llamado Baltasar Guerrero decide, hacia 1706, la construcción de una casa-palacio como mansión residencial.

La dedicación de este palacete a centro de enseñanza tiene su origen en la aplicación de un decreto derivado de la Ley de Desamortización eclesiástica promulgado en 1836 por el ministro liberal Juan Álvarez Mendizábal. Diez años después de su aplicación, el edificio era inaugurado en 1846 como Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, y durante tiempo, hasta 1928, año en que se construyó el Instituto Elemental Pedro Espinosa de Antequera, fue el único espacio de la provincia de Málaga dedicado a las enseñanzas medias, y hasta 1961, el único Instituto en nuestra ciudad.

A sus espaldas, pues, tiene toda una trayectoria rica en experiencias didácticas que han contribuido a educar a las decenas de generaciones de malagueños que han ido pasando por sus aulas. Puede decirse que es una de nuestras pocas instituciones públicas que mantiene, como al principio, su apuesta cultural por una educación pública con casi 160 años de experiencia. El «Instituto de Gaona» es, por consiguiente, un emblema cultural, un ejemplo de progreso y una clara referencia de nuestra capital.

  

              

              

La calle Gaona y la fachada del Instituto al que ha prestado su nombre. La fotografía data de comienzos del s. XX.

  

  

Baltasar Guerrero y su casa-palacio de calle Gaona

Sea quien fuere el individuo que respondiese a tal apellido, lo cierto es que «Gaona» ya daba nombre a la calle en que Baltasar Guerrero y Chavarino (1660-1709), un culto y rico comerciante de ascendencia italiana, inicia la construcción de una casa-palacio de estilo italiano renacentista, estructurada en torno a un patio con fuente y abierta a un amplio jardín, todo ello con vistas a la ciudad y suficientemente alejado del ambiente portuario. La edificación se inicia en 1706, derruyendo, remodelando y ampliando los cimientos de unas casas anteriores, y termina hacia 1709.

Los ascendientes inmediatos de Baltasar Guerrero hay que buscarlos en una familia de origen italiano que se había instalado en Málaga en torno a la primera mitad del siglo XVII, de la que el primer nombre conocido es Antonio María Guerrero y Parodi (1626-1698), oriundo de la República de Génova, estrechamente vinculado a actividades bancarias y comerciales, que estuvo casado con Clara Josefa Chavarino (1636-1666), hija de una malagueña, aunque de padre natural también de Génova.

Es muy probable que Baltasar Guerrero encargase la construcción al arquitecto vasco Felipe de Unzurrúnzaga, cuyas artes él conocía ya por haber realizado trabajos para su hermano José Francisco Guerrero y Chavarino, I conde de Buenavista de la Victoria (1660-1699), en las que fueron sus casas principales próximas a la Alcazaba, en la reconstrucción del Santuario de Santa María de la Victoria y en su finca-jardín de “Santo Tomás del Monte” de Churriana. Se tiene constancia de que Baltasar habitó en esta residencia hasta su muerte, acaecida en 1709.

Conviene tener presente que, mucho antes de la llegada de esta familia a Málaga, en plena Edad Media existía ya en esta ciudad una nutrida colonia de comerciantes genoveses cuyos orígenes se remontan a unos acuerdos comerciales entre esa república italiana y esta localidad árabe, una de las plazas más importantes del reino nazarí de Granada. Con el paso del tiempo, y unas transacciones mercantiles en fase de expansión, Málaga llegó a convertirse en un enclave comercial de gran importancia en esta zona del Mediterráneo, lo que puede explicar la afluencia de gran número de comerciantes de la república genovesa y de otros países a una medina musulmana.

  

              

              

Patio abierto al jardín con una fuente central y dos terrazas laterales de la casa-palacio

de Baltasar Guerrero.

  

  

Antonio Tomás Guerrero, II conde de Buenavista de la Victoria

Antonio Tomás Guerrero Coronado y Zapata nace en Málaga el 18 de septiembre de 1678. Siendo todavía niño, sus padres se trasladan a Madrid, donde recibe una esmerada educación. El 24 de octubre de 1696 contrajo matrimonio con María Luisa Cadórniga Pimentel Estrata Sotomayor y Mendoza, marquesa de Robledo de Chavela e inmediata heredera de dos grandezas de España, pero la joven esposa fallece tempranamente el 11 de diciembre de 1699, fatalidad que trunca la tan ansiada alianza —particularmente de parte de los titulares del condado de Buenavista de la Victoria— entre dos de los linajes financieros y comerciantes de origen genovés ennoblecidos por los reyes españoles.

Antonio Tomás, ya II conde de Buenavista tras la muerte de su padre en 1699, y desde su residencia de Málaga, continúa las tareas emprendidas por este, que no sólo se limitaban a la cobranza de rentas y a la comercialización de los productos de sus propiedades, especialmente vino y aceite, sino que abarcaban también la provisión de la plaza de Ceuta y el préstamo de dinero a individuos de la nobleza, si bien el comercio y los préstamos fueron los pilares en que se fundamentó el linaje de los Guerrero y la base que va a hacer posible los títulos nobiliarios de algunos miembros de la familia, el subsiguiente acceso a la Corte  y el establecimiento de vínculos matrimoniales con la nobleza de abolengo, todo lo cual va a servir para alcanzar las más altas cotas de la escala social española.

Viudo de María Luisa, el II Conde de Buenavista contrae nuevo matrimonio con Beatriz de Cárdenas Aguilar y Marmolejo, que fallece el 20 de octubre de 1714. Durante el tiempo en que el matrimonio estuvo unido, Beatriz dio a luz una hija, Antonia Luisa, que falleció siendo aún muy niña. Fruto de una relación extramatrimonial, Antonio Tomás tuvo un hijo natural al que llamó Antonio, le dio el apellido familiar de Guerrero  y ayudó a conseguir el presbiteriado; sin embargo, su condición de hijo espurio le privó de todo derecho sucesorio al condado.

En cuanto a los otros miembros más allegados de la familia, cabe decir que su hermano Luis Carlos fallece en Manzanares en 1706, cuando iba de camino a Madrid, y la madre, Antonia Coronado y Zapata, muere en Madrid en octubre de 1715; su hermana María Ana Marta Rita había contraído matrimonio, en 1710, con Juan Domingo Antonio de Echeverri y Gorozpe, V conde de Villalcázar de Sirga, y la hermana menor, Isabel, que permanecía soltera, persuadida por su hermano al fallecimiento de la madre, se traslada a Málaga en noviembre de 1716 para ingresar en la Abadía de Santa Ana de Recoletas Bernardas del Císter, donde profesó al año siguiente.

En estas circunstancias familiares, y sin sucesión directa que le obligara a testar de otra forma, Antonio Tomás otorga, en 1739, las escrituras de donación de la casa solariega y de una capilla oratorio y demás estancias anejas a favor de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Se hacía constar que el conjunto anejo a la capilla estaba compuesto por una capilla superior y otra subterránea, una sacristía, numerosas ornamentaciones, esculturas, pinturas, una vivienda situada junto a la capilla y varias casas situadas en calles aledañas para el sostenimiento de la Congregación. Se dejaba constancia asimismo del derecho al uso de la capilla subterránea por la Santa Escuela de Cristo, institución religiosa vinculada a la Congregación y formada por sacerdotes seculares y personas seglares, con la finalidad de practicar la oración y obras de misericordia, bien entendido que esta formaba parte de la propiedad legada a la Orden Filipense.

En sus últimos años de vida, el conde gustaba de pasar largas temporadas en la casa de los filipenses, y, según parece, llegó incluso a plantearse la posibilidad de irse a vivir con ellos y profesar los votos, cosa que nunca llevaría a efecto. El que había ostentado el título de II Conde de Buenavista de la Victoria fallece el 7 de enero de 1745, en una habitación de una sus mansiones cercanas a la Alcazaba. Contaba 66 años de edad. Por orden testamentaria expresa, su cuerpo fue sepultado en el panteón de su patronato del Santuario de Nuestra Señora de la Victoria.

  

              

              

Fachada actual de la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri.

  

  

La capilla de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri

Al morir sin descendencia directa Baltasar Guerrero en 1709, el palacete que este adinerado comerciante se había construido en la calle Gaona pasa a formar parte del patrimonio de uno de sus sobrinos, Antonio Tomás Guerrero Coronado y Zapata, II conde de Buenavista de la Victoria y destacado miembro de la nobleza malagueña, en cuyas manos quedaría determinado el destino mediato del edificio.

Hombre de profundas convicciones religiosas, este noble amplía primero la construcción primigenia de aquella mansión con una pequeña y recoleta capilla de oración y la edificación, en la acera de enfrente, de tres casas, sobre unos terrenos colindantes comprados, en 1719, a su primo Pedro de Ahumada. Como queda dicho en el epígrafe precedente, de todo este conjunto haría donación luego, en 1739, a los miembros de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri y a la institución Santa Escuela de Cristo, que se habían instalado en nuestra ciudad por mediación del noble malagueño.

La primera piedra de la que, con el decurso del tiempo va a ser la iglesia titular de la Congregación, fue colocada el 3 de marzo de 1720 en la plaza de los Canteros, entre las calles Gaona, Parras y Cabello. Diez años más tarde, quedaba terminada la obra de una capilla de pequeñas dimensiones dedicada a la oración, núcleo germinal de uno de los edificios eclesiásticos más emblemáticos de Málaga.

  

La iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri

La iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri es el resultado de las múltiples ampliaciones y las diversas reformas que se van llevando a cabo, a partir de esa primera construcción de 1720, sobre la primigenia capilla mandada edificar por el II Conde de Buenavista de la Victoria en una de las parcelas de terreno que había heredado de su tío Baltasar Guerrero.

En 1730, numerosas fueron las órdenes religiosas que solicitan ocupar y hacerse cargo de la capilla, aspiraciones que el conde fue rechazando una tras otra, hasta que, por fin, toma la decisión de cedérsela a la Orden del Oratorio de San Felipe Neri, ya que, según se cuenta, el conde fue instado a ello por una señal del Cielo en el momento mismo en que los monjes de esa congregación le pidieron instalarse en la capilla. Por otra parte, desde el momento de su construcción, ya obraba en su ánimo encomendársela a los Filipenses. El documento en que se hace constar el necesario cumplimiento de tal decisión fue redactado el 11 de noviembre de 1738 por el cardenal Gaspar de Molina y Oviedo, obispo de Málaga entre 1734 y 1744, si bien nunca residió en la ciudad por tener el cargo de Presidente del Consejo de Castilla en la villa y corte.

Y así, a principios de julio del año siguiente, los sacerdotes de San Felipe Neri tomaron posesión de la capilla y sus espacios anejos, al tiempo que la institución Santa Escuela de Cristo hacía lo propio con la estancia subterránea, en la consciencia de que esta era propiedad de los Congregación Filipense.

Los primeros años que pasaron los oratorianos en Málaga fueron difíciles. Las necesidades de todo tipo dejábanse notar en cualquier rincón de aquella enorme casa. A fin paliar aquel estado de precariedad, el mismo cardenal Gaspar de Molina envía, en 1743, desde Baeza al padre filipense Cristóbal de Rojas y Sandoval, hombre inquieto, emprendedor y de aguda imaginación, que se convierte de inmediato en la pieza clave de la Congregación en Málaga, buscando el acercamiento a los fieles, gestionando las limosnas y concibiendo un interesante proyecto educativo para la juventud, considerando, además, prioritario elevar el nivel cultural de los sacerdotes seculares.

  

              

              

Detalle del retrato del cardenal Gaspar de Molina y Oviedo (1679-1744,

obispo de Málaga y presidente del Consejo de Castilla.

  

  

Al padre Rojas le acompañaron el sacerdote Andrés de Espinosa, dos hermanos que habían estudiado Teología, Juan Soriano y Bartolomé Rodríguez, y el hermano lego Cristóbal Cubero. Cuando esto ocurre, sólo había en la Congregación malagueña un sacerdote y tres legos. Puede decirse, pues, que fue a partir de entonces cuando el Oratorio filipense comienza a funcionar y a tener presencia activa.

Pasados unos años, y gracias al impulso del padre Rojas, nombrado a la sazón Prepósito de la Congregación filipense de Málaga, las dimensiones de la nueva capilla empezaron a resultar bastante reducidas por el incremento que experimentan las diversas actividades que la Congregación lleva a cabo. Para solventar el problema, el cardenal Molina determina la ampliación de la misma, cuyos gastos serían sufragados, en gran medida, por el propio cardenal y del resto se encargaría el II Conde de Buenavista de la Victoria, pero la sucesiva muerte de ambos en 1744 y 1745, respectivamente, frustró momentáneamente el proyecto.

En tal trance, un decidido padre Rojas parte para Roma en 1751 y logra del papa Benedicto XIV una bula que permite a la Congregación impartir estudios públicos. El problema que se le plantea ahora es una cuestión de encontrar el espacio adecuado para llevar a efecto su propósito docente. Así, concibe la idea de edificar una «Casa de Estudios y Ejercicios», como extensión de la casa-palacio, y una «Residencia» para el alojamiento de los ejercitantes, proyecto que empieza a cobrar vida gracias a una generosa aportación económica del nuevo obispo de Málaga Juan Hipólito Álvarez de Eulate y Santa Cruz.

Sin embargo, las obras han de pararse otra vez a causa del fallecimiento del obispo durante una visita pastoral que hace a Coín (Málaga) en 1755 y a la precaria situación en que se hallaba el patrimonio de la Congregación en esos momentos. Sin embargo, gracias a unas gestiones llevada a cabo en Madrid por el infatigable padre Rojas, pueden hacerse efectivos cuarenta mil ducados en deuda, que permiten el reinicio de las obras.

Gracias a su bien hacer en la asistencia y formación de la sociedad malagueña, justo es decir que la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri fue una de las más activas e importantes asociaciones religiosas del siglo XVIII de esta ciudad. Era tan enorme el prestigio entre la población malagueña que no admitía correspondencia con el escaso tiempo transcurrido desde su instalación en Málaga. Esta influencia entre la masa de la población, se hizo extensiva a la burguesía y a algunos miembros de la aristocracia. Los momentos de máximo esplendor de la Congregación coincidieron con las dos últimas décadas del siglo XVIII, después de que se acabara la ampliación de la iglesia.

  

              

              

Estatua de San Felipe Neri, en la hornacina que hay sobre el pórtico de la entrada de la iglesia.

  

  

Orígenes del «Instituto de Gaona»

La construcción del hoy conocido como «Instituto de Gaona» no fue estructurada tal como la conocemos en la actualidad. Ya hemos adelantado en epígrafes precedentes que, entre 1750 y 1752, y con la finalidad de reestructurar la casa-palacio para habilitar la Casa de Estudios y Ejercicios y una casa vivienda que albergara a los eclesiásticos y laicos ejercitantes, el padre Rojas amplió la estructura del edificio adquiriendo los inmuebles adyacentes de calle Gaona, lo cual dio como resultado el edificio que hoy conocemos, con su patio de arcos sobre columnas toscanas. Así, la Congregación de los Filipenses disponía ya, en 1757, de un conjunto inmobiliario y de unas rentas amplias y seguras para ejercitar su misión de culto a Dios y llevar a cabo con eficiencia su labor de recogida, asistencia, instrucción y educación de niños desamparados.

Además, el padre Rojas tenía un plan de reforma del clero secular, que llevaría a efecto en la Casa de Estudios y Ejercicios, sobre la base fundamental de estos dos objetivos: por un lado, realizar «Ejercicios para eclesiásticos» a fin de orientarlos en el correcto cumplimiento de sus obligaciones y deberes, y, por otro, «estudiar Teología», para formar sacerdotes de acuerdo con el espíritu de modernización que inspiraba su reforma. Aneja a la Casa de Estudios, la Congregación disponía, en la segunda planta del edificio, de una residencia dotada de aposentos amueblados, con capacidad de albergar a cuarenta ejercitantes (eclesiásticos y seglares).

En 1800, un brote de fiebre amarilla hace acto de presencia en diversas regiones de la península Ibérica, pero sería en 1804 cuando la virulencia de la epidemia se acusa letalmente en Málaga: entre los meses de julio y noviembre de ese año, el azote de la viruela diezmó demográficamente a la ciudad. Fue tal la morbilidad del brote epidémico que, a finales de año, la Congregación provincial filipense sólo disponía de cinco presbíteros supervivientes. Estas circunstancias, unidas a otras de índole social y política, como veremos a continuación, marcan el inicio de una etapa de decadencia, lenta pero irreversible, para la Congregación y sus proyectos, que culminará con su desaparición tras la aplicación de las leyes desamortizadoras de 1836.

  

              

              

Fachada actual del «instituto de Gaona».

  

  

El Instituto Provincial de Segunda Enseñanza

La prosperidad económica que alcanzaron las clases burguesas de España a lo largo del siglo XVIII había propiciado que muchas de las familias emergentes aspiraran a acceder a niveles de enseñanza, hasta entonces privativos de la nobleza y el clero, que les permitieran la promoción social, ya que empezaba a considerarse que cultura y riqueza eran realidades estrechamente vinculadas. Así fue creciendo la demanda de unos medios, que la Constitución de 1812 recogió desde una perspectiva liberal, planteando una política educativa basada en los principios de igualdad y uniformidad.

Por esta etapa de nuestra historia, una cadena de acontecimientos que van a aquejar a España desde los comienzos del siglo XIX hasta su final, como los desastres de la Guerra de la Independencia contra los franceses, la pérdida del Imperio de Ultramar y la sangría pecuniaria que suponía mantener una guerra contra el aspirante Carlos al trono, había llevado la Hacienda Pública a tal extremo de precariedad que la situación económica del país era insostenible. Esto, unido a la ruina en que se vieron sumidos muchos nobles tras la emancipación colonial y a la codicia de muchos otros que no intuían ya provecho en la Corte y se habían instalado en las ciudades cabeza de provincia, motivó que el Gobierno tomase una serie de medidas tendentes, en principio, a la recuperación pecuniaria del erario público mediante la desamortización (es decir, expropiación a favor del Estado) de las propiedades que el paso del tiempo había puesto en manos de la Iglesia, decisión que, por lo menos, propiciaría la aparición, entre otras cosas, de un gran número de centros educativos no religiosos.

En 1836, en aplicación de una ley decretada por el liberal Juan Álvarez Mendizábal, ministro de la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, la Congregación Filipense quedaba disuelta, debía abandonar España en un plazo mediato y los bienes que tuviese la Congregación, tantos mobiliarios como inmobiliarios, pasaban a ser subastados públicamente para solventar, con el importe obtenido, la precariedad del Estado. De esta manera, el conjunto de instalaciones religiosas dedicadas a la enseñanza patrimonio de la Iglesia pasaba a manos estatales o particulares, que deciden utilizarlo como centros de enseñanza pública o privada.

Y así, diez años más tarde, en 1846, en las dependencias de aquel palacete que un adinerado comerciante de familia de origen genovés había levantado a comienzos del siglo XVII, comienza a funcionar el llamado Instituto Provincial de Segunda Enseñanza. La comunidad de sacerdotes fue sustituida por un claustro de catedráticos, convirtiéndose en un centro público que gozó, enseguida, de gran prestigio por el nivel intelectual de su enseñanza y la calidad docente de su profesorado, hasta el punto de ser considerado una especie de «miniuniversidad».

Si el edificio no experimentó cambio significativo alguno en su estructura, el cambio de propiedad que supuso la desamortización sí trajo aparejados otros bien distintos. Así, y hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, el Instituto se convirtió en un centro de educación reservado a las clases más pudientes, ya que el número de plazas que se ofertaban fue muy reducido durante algún tiempo, particularmente durante los primeros años de funcionamiento. La educación continuaba en manos de las clases más pudientes. Téngase presente que, por esa época, sólo había en España diez universidades y sesenta institutos. Ahora, en la actualidad, el «Gaona» acoge a medio millar de alumnos de toda clase y condición, incluidos inmigrantes y niños de clases desfavorecidas.

A finales del siglo XIX, la situación de España llega a unos límites verdaderamente lamentables: las guerras de Marruecos, las tres guerras carlistas, el persistente debate político entre monarquía o república, los reveses económicos que se derivan de los frecuentes cambios de Gobierno, una guerra hispano-norteamericana sin perspectivas de victoria, la liquidación de los restos de nuestro Imperio de Ultramar, los conflictos generados por el movimiento obrero y sus continuas huelgas, y los numerosos atentados anarquistas y de otros signo que se perpetraban con frecuencia habían puesto al país en una difícil coyuntura económica, social y política. Un contexto así no dejaba mucho margen a la preocupación por la educación y la cultura.

  

              

              

Patio del «Instituto de Gaona», el mismo patio circundado por arcos sobre columnas toscanas de la antigua mansión del rico comerciante Baltazar Guerrero.

  

  

«El Gaona» entra en el siglo XX

Alfonso XIII sube al trono el 17 de mayo de 1902, después de jurar la Constitución de 1876, cesando la regencia de su madre María Cristina. Durante unos primeros años de reinado sin cambios en el sistema político impuesto por la Restauración, pronto se deja sentir la acusada voluntad de cambio del joven monarca. Las medidas legislativas de los ministros de Instrucción Pública Antonio García Alix y Álvaro Figueroa y Torres (conde de Romanones) propiciaron una significativa pero breve recuperación en las instituciones públicas. Fue durante esta etapa cuando se produce un relevo en la dirección del Instituto: el fallecimiento de José Cabello a principios de 1918 permitió que un joven catedrático, hombre de fuerte personalidad y abierto a las iniciativas, Luis Muñoz-Cobo Arredondo, se hiciera cargo del centro, por este tiempo llamado Instituto General y Técnico.

Los años de Muñoz-Cobo al frente de la dirección (1918-1931) supusieron para el Instituto una etapa de recuperación de la antigua notoriedad e incremento de prestigio en el ámbito de la enseñanza oficial. Fue uno de los periodos más intensos, brillantes e interesantes de toda la historia de este centro oficial malagueño, especialmente durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), periodo durante el cual el centro adopta la denominación de Instituto Nacional de Segunda Enseñanza.

La década de 1920 fue extraordinaria para el Instituto. El equipo formado por los catedráticos Muñoz-Cobo, Eduardo García Rodeja, Bernardo del Saz y Berrio, Alfonso Pogonoski y Fernández Ramudo se esforzó por llevar a cabo una reestructuración de la docencia sobre la base de las modernas orientaciones educativas y en perfecta consonancia con una fase histórica en ebullición y de profundos cambios en todos los órdenes. El aumento de los estudiantes de Bachillerato, la extensión de los grupos sociales que accedían a este nivel educativo y la decidida incorporación de las mujeres a la educación eran claros indicadores del fin de un sistema que se había mantenido estático durante los tres cuartos de siglo anteriores. Durante estos años, el profesorado del Instituto siguió nutriéndose del escaso pero selecto grupo de intelectuales y de licenciados universitarios existentes en la ciudad. Como veremos, esta etapa de esplendor cultural y educativo del Instituto no tendría continuidad.

Tras su victoria en la contienda civil (1936-1939), el Gobierno de la dictadura de Franco suspende la coeducación que había implantado la II República e impone, a partir de 1937, la separación de los alumnos por sexos, con espacios diferenciados en el mismo centro, de manera que, aunque seguía existiendo un solo Instituto, en la práctica funcionaba como dos, hasta que, al comenzar el curso 1942-1943, la sección del Instituto dedicada a los alumnos queda desvinculada administrativamente de la dedicada a las alumnas.

Por razón de ser más numerosos, los chicos ocuparon las dependencias más amplias del edificio, las situadas en torno al patio porticado, y tenían su entrada por la puerta principal, mientras que la zona más antigua del inmueble, la que hay alrededor del patio abierto al jardín, quedó reservada para las chicas, con una matrícula bastante exigua, con acceso por la puerta de la casa de Baltasar Guerrero, la más próxima a la iglesia de San Felipe Neri.

  

              

              

Detalle del patio con columnas.

  

  

Creación del Instituto Nuestra Señora de la Victoria

La segregación entre alumnos y alumnas se consolida en 1943, al recibir la sección masculina un nuevo nombre oficial, el de la patrona de la ciudad, Nuestra Señora de la Victoria, y su inauguración como Instituto masculino con tal denominación coincidió con la coronación canónica de la imagen de la Virgen en febrero de ese mismo año. En 1956, un claustro de profesores celebrado el 1 de diciembre acuerda, por unanimidad, dar al Instituto dedicado a la educación de las alumnas el nombre de «Vicente Espinel», en honor del poeta y músico del Siglo de Oro, Vicente Gómez Martínez Espinel, natural de la malagueñísima localidad de Ronda.

Con respecto al personal docente y a los recursos didácticos, la dramática situación que acuciaba a una sociedad en posguerra también se hizo notar en el ambiente académico del Instituto, con falta de personal cualificado y escasos medios materiales, deficiencias que fueron resolviéndose con gran lentitud.

Sorprendentemente, desde la fecha en que se inauguró como Instituto en 1846 hasta la entrada de la década de los cincuenta del siglo pasado, la disposición arquitectónica del edificio apenas había experimentado cambios, a pesar de haber recibido distintos nombres y diferentes destinos, lo cual extraña aún más si consideramos los casi 250 años transcurridos del inicio de su edificación como casa-palacio residencial; de hecho, las variaciones que pueden observarse en su estructura se reducen tan solo a pequeños detalles irrelevantes.

El sistema educativo español experimenta un profundo cambio con la Ley General de Educación de 1970. Siendo titular del Ministerio de Educación y Ciencia, José Luis Villar Palasí introduce una nueva estructura de los estudios primarios y medios, reconociendo, mediante ley, la educación como un servicio público fundamental, garantizado por el Estado y accesible a toda la población mediante una enseñanza primaria obligatoria y gratuita.

Fallecido Franco en 1975, restaurada la Monarquía en la figura de Juan Carlos I y aprobada la Constitución de 1978, el Instituto Nacional de Bachillerato Vicente Espinel abandona, a partir de 1983, su carácter exclusivamente masculino y continúa la labor educacional y formativa de los jóvenes y las jóvenes de hoy en un ambiente de libertad y cultura que hacen de él un referente en la historia de Málaga y en la historia de la educación.

En 1961, la sección del «Instituto de Gaona» dedicada a la educación de los alumnos, el INB Nuestra Señora de la Victoria trasladó su  sede a un centro de nueva construcción, en el barrio de Martiricos. El edificio es obra del arquitecto Miguel Fisac Serna (1913-2006), con una estética innovadora, de corte clasicista, que le valió a su autor el Premio Nacional de Arquitectura. Y la sección dedicada al alumnado femenino, el I Vicente Espinel, pasó a ocupar todas las dependencias en exclusiva.

El «Gaona» y el «Martiricos» han sido reconocidos por la Consejería de Educación institutos históricos de Andalucía.

  

              

              

Fachada del actual instituto de Enseñanza Secundaria Nuestra Señora de la Victoria, conocido por el «Instituto de Martiricos». (Foto: Antonio Salas / SUR )

  

  

«Instituto de Gaona» en la actualidad

Hoy en día, el «Instituto de Gaona» alberga en sus aulas a medio millar de alumnos y el llamado «Complejo Filipense» constituye un elemento destacado de la oferta monumental y cultural de la ciudad de Málaga por la calidad e interés del arte barroco que impregna las distintas partes que lo integran: el patio de la casa de Baltasar Guerrero, la Casa de Estudios y Ejercicios con sus pinturas murales, la capilla del Conde, la sacristía de Martín de Aldehuela o la iglesia de nave elíptica. Cómo no mencionar también las largas escaleras, los mosaicos con escenas de «El Quijote», las placas conmemorativas, las fotos antiguas o el viejo aguacate que preside el patio, todo ello, sin exclusión, digno de un museo de historia de la ciudad.

Después de más de ciento setenta años de dedicación a la enseñanza, el viejo Instituto de la calle Gaona sigue fiel a sus principios. Por sus aulas han pasado miles de niños y adolescentes, y centenares de profesores se han esforzado en transmitir sus conocimientos a varias generaciones de malagueños. Sus muros han visto suceder regímenes políticos, planes de estudios, etapas de severidad y otras de relajación de la disciplina y el patio de columnas ha sido testigo silencioso de solemnes actos… Sin duda, el padre Cristóbal de Rojas se sonreiría al ver cómo el patio que él construyó tuvo al final el uso educativo que tanto deseó.

Y como primer instituto de Málaga que fue, gran parte de los personajes célebres que Málaga ha dado a la Historia han pasado por sus aulas. Entre estos, pueden citarse a José Denis Belgrano (1844-1917), Blas Infante (1885-1936), Pablo Ruiz Picasso (1881-1973), Emilio Prados (1899-1962), Manuel Altolaguirre (1905-1959), José María Hinojosa (1904-1936), Victoria Kent (1889-1987), José Gálvez Ginachero (1885-1952) o José Ortega y Gasset (1883-1955), aunque, sin lugar a dudas, el más representativo de toda su historia ha sido Severo Ochoa de Albornoz (1905-1993).

Severo Ochoa, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1959, estudió en el «Instituto de Gaona» entre 1915-1921. A lo largo de su vida, siempre recordó con cariño y veneración su paso por las aulas del centro. En no pocas ocasiones regresó, Ochoa a «su» Instituto, unas veces para dar una conferencia o participar en un acto, y otras, de incógnito, sin avisar, acudiendo a la nostálgica llamada de su memoria. Una vez más, el prestigioso investigador volverá a evocar, una vez más, sus años de estudiante de Bachillerato en la lectura de su discurso de agradecimiento cuando, en 1987, la Universidad malagueña le concedió el «Doctorado Honoris Causa».

  

              

              

Severo Ochoa de Albornoz (1905-1993), alumno del «Instituto de Gaona» (entre los años 1915 y 1921) y Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1956.

  

  

Pero la vida sigue, y el complejo arquitectónico cuya edificación se inició en 1706 por un potentado comerciante hijo de un italiano nacido en Génova y fue luego continuada por los Filipenses luce hoy sus mejores galas, tras la recuperación de las pinturas murales y la restauración de la antigua capilla. Y mañana, como está ocurriendo hace ya más de 175 años, los jóvenes alumnos volverán a las clases, el caserón se llenará de vida y parecerá que no ha pasado el tiempo, porque el Instituto sigue ahí.

  

  

  

 

BIBLIOGRAFÍA

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HEREDIA, Víctor Manuel (2002). Gaona, de Congregación de San Felipe Neri a Instituto de Enseñanza Secundaria (1739-2002). Málaga: Ed. Libr. Ágora.

 

WEBGRAFÍA

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Alexis Jurado Lavanant (Málaga, 1978). Diplomado en Maestro de Educación Física, Diplomado en Lengua Extranjera (francés) y Licenciado en Pedagogía, en los tres casos por la Universidad de Málaga. Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte por la Universidad de Granada y Máster en Dirección y Organización de Instalaciones y Eventos Deportivos por la Universidad Politécnica de Madrid. Doctorado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte de la Universidad de Málaga.

   

   

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral. Edición no venal. Sección 5. Página 14. Año XXII. II Época. Número 114. Enero-Marzo 2023. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2023 Alexis Jurado Lavanant. © Las imágenes se usan exclusivamente como ilustraciones y todas ellas han sido aportadas por el autor del texto. Cualquier derecho que pudiese concurrir sobre alguna de ellas pertenece a su(s) creador(es). Diseño y maquetación: EdiBez. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2023 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte. Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana. Calle Castillón, 3, Ático G. 29.730. Rincón de la Victoria (Málaga).