Luis Buero (Buenos Aires, 1952 - Ibídem, 2024). Psicólogo social, guionista, escritor y periodista, desarrolló una trayectoria amplia en medios audiovisuales y en la docencia universitaria, con especial dedicación al estudio histórico de la televisión argentina.

Entre sus trabajos para televisión y radio se encuentran sus guiones televisivos La Familia Benvenuto (Telefe, 1991‑1995), Comunicado Pop (ATC, 1997), Un Milagro de Cristo en la Quebrada, documental (CANAL 2, San Luis, 1994) y El Laboratorio del Dr. Pipeta (TV Quality, 1999), y colaboraciones tutorales en Los Rodríguez (Telefe, 1998) y Señoras sin Señores (Telefe, 1998). Entre sus trabajo para la radio cabe citar la autoría de El Tiempo que Viene (FM Comunidad, 1996).

En su relación con sus trabajos para televisión, su aporte más conocido es la trilogía, titulada “Historia de la Televisión Argentina Contada por sus Protagonistas”, cuya primera parte corresponde a la etapa 1951-1996, publicada luego por Editorial Académica Española en 1999, y que mereció la Mención Especial en la ceremonia de entrega del Premio Martín Fierro 1999 de APTRA (Asociación de periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentinas). La obra continuó con “Historia de la Televisión Argentina Contada por sus Protagonistas, 1997-2008”, segunda parte de la anterior, publicada en 2013, que, a su vez, fue continuada con “Historia de la Televisión Argentina Contada por sus Protagonistas. 2009-2018”, también publicada en 2020 por la misma editorial y que constituye la tercera parte de la saga.

Es, asimismo, autor de los libros Príncipes y Medias Lunas (1971), Cuentodisea (1975), El último otoño (1982), Los celos en los vínculos cotidianos (2000), ensayo sobre el comportamiento; Microcuentos insólitos (2019) y El hombre que quiso desnacer (2020), entre otros títulos.

Luis Buero ejerció la docencia en instituciones estatales como la Universidad de Morón, donde dictó materias vinculadas con guion, filmación, estructuras de programación y medios de comunicación; el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica), donde enseñó géneros radiales y televisivos; la Asociación Argentina de Actores y Actrices, donde dictó clases de guiones televisivos y radiales; e impartió, asimismo, talleres y seminarios en diversos centros como la Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Belgrano, Universidad de Palermo y Universidad Austral, entre otras.

Y, como periodista, fue colaborador habitual en el diario “la Prensa”, donde publicó columnas como Umbrales del tiempo y Cajón de Sastre, y diversos artículos sobre medios y cultura; colaboró también en otros rotativos, como “La Nación”, “Clarín (Buenos Aires), “La Voz del Interior” (Córdoba), “Tiempo Argentino”, “La Opinión Austral” (Santa Cruz), “La Razón”, “Página 12”, “El Tribuno” (Salta), “Época” (Corrientes), “Norte” (Chaco), “Los Andes” (Mendoza), “La Mañana Regional” (Daireaux)-La Huella (San Martín), “El Diario de la Mañana” (Escobar), “El Fundador” (V. Gesell), “Publimetro”, “El Sureño” (Tierra del Fuego), “El Nuevo Diario” (Nicaragua), “Cosmopolitan”, Cambio 16” (España), “Diario de Morelos (México), “El Imparcial” (México), entre otros.

   

   

Luis Buero falleció el último día de noviembre de 2024 y su trascendencia a la Eternidad tuvo lugar en Buenos Aires, la urbe que lo vio nacer.

Como en otros casos, me queda por decir lo más difícil: yo pierdo para siempre a un amigo a quien jamás (por razones de distancia) estreché la mano, pero la cultura, el Arte, todos, perdemos. La televisión pierde a un creador capaz de mirar el medio desde dentro sin dejarse devorar por él, alguien que entendía el ritmo, la cadencia y la dignidad de la imagen y, sobre todo, su historia, su historia en su país del alma. La literatura, por su parte, queda huérfana de una voz que no buscaba deslumbrar con su narraciones, sino iluminar, proyectar la luz de sus opiniones en una sociedad cambiante. Su ausencia nos obliga a custodiar lo que él defendió: la exigencia estética, la honestidad intelectual y la alegría, a veces discreta, siempre genuina, de crear sin concesiones. Pero, eso sí, queda su obra, que seguirá hablando por él. Y queda, sobre todo, la certeza de que su paso entre nosotros ha dejado una forma de interpretar la realidad a través de la imagen y las letras que nos obliga a no permitir que se apague. Hasta luego, amigo Luis, quedamos emplazados en un momento de ese tiempo que no tiene fin.

   

   

   

   

   

GIBRALFARO

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