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#6
—Hacia el crepúsculo—
DESDE EL ANSIADO OCCIDENTE
ofrenda su éxtasis la brisa;
a la dermis se conforma,
y al frondoso carrizal de la hondonada,
y a los senos coronados de palmitos.
Qué dulzura porta su voz tan tersa
en este tiempo de cangrejos sin prisas,
de aromas a remansos,
a rastrojo,
a otoño insinuado en el sudor de la gleba.
Por el cauce del arroyo
juega a los disfraces la Esperanza,
ahora de fresno,
ahora de junco, de menta dulce,
de cantos anfibios, de élitros,
de resplandores amarillos de jilgueros.
La brisa siente el Atlántico en su sinapsis;
la recorre el mineral sembrándole
ilusiones de antiguos navegantes
para, como anuncio de nube,
mullirle al terruño su desnudez.
Vecinas de la senda, atalayas centenarias,
retorcidas por esperas y sequías,
exhiben su sonrisa fenicia
y silenciosa entre gordales:
que silben las cigarras
su palabra infranqueable,
sublimen con su coro el refugio del oído.
Logra el sol, al fin, su reposo
y la brisa se anonada.
La noche alumbra un súbito calor,
llanto de abandono,
lucha de estío frente al porvenir.
Ni los ornatos celestes
ni el grillo subterráneo
arriesgarán hoy su sonido:
la brisa desangró su éxtasis. |