N.º 59

ENERO-FEBRERO 2009

3

   

   

DOS

Por Francisco de Sales Sánchez

   

   

B

uenas tardes, ¿Restaurante Paolo?

Sí, señor, ¿qué desea?

Hola. Soy Luis. Quiero reservar una mesa, para esta noche, a las diez. Dos personas. Necesito que sea en el reservado Sicilia, por favor.

Perdone, señor Luis, no le había reconocido. Le hago la reserva.

Gracias.

Al colgar el auricular, sintió un temblor que le recorrió sin respeto todo el cuerpo.

   
     

 

Hola. Soy Luis. Quiero reservar una mesa, para esta noche, a las diez. Dos personas. Necesito que sea en el reservado Sicilia, por favor.

   

Desde que recibió la llamada de Alberto comunicándole que por la tarde llegaría a Madrid, que sólo estaría hasta las ocho de la mañana del día siguiente, y que le gustaría verle vernos, había corregido inmediatamente—, no había descansado ni un instante de recibir mensajes desde su pasado en forma de recuerdos. Algunos estaban muy gastados por el uso casi abusivo; otros, en cambio, parecía que antes se hubieran esfumado de su memoria y ahora aparecieran de nuevo, cargados de emotividad, llenos de nostalgia, con sabor agradable los que fueron agradables, con la ponzoña atenuada los que no lo fueron, y todos ellos con la magia añadida de volver a vivirlos.

Se levantó del sillón sin abandonar el ensimismamiento, para prepararse un whisky.

¿Te preparo otro para ti?

Lo dijo en voz alta, aunque estaba solo, porque lo había dicho tantas veces cuando estaba él, que quiso oírlo de nuevo. Quiso intentarlo. Pensó que quizás, a la llamada de las palabras, aparecería de nuevo, como había estado durante algunos años a su lado cada vez que lo preguntaba y cada vez que dirigía la mirada hacia el otro sillón.

Desde que aquella relación terminó habían pasado casi cuarenta años.

Antes de dejarle, Alberto dijo que los treinta son una buena edad para cualquier cosa y que, a pesar de amarle de un modo que quizás no volviera a repetir nunca, no podía atarse a una relación para siempre.

El mundo le llamaba a gritos y no quería eludir ese canto de sirenas.

Se despidieron de un modo cordial. Por parte de Luis era fingido: prefirió mantener la compostura. Insistió en que las puertas de su casa y su corazón quedaban abiertas, por si quisieras volver, antes que representar la escena trágica que se alborotaba en su interior.

Prefirió llorar hacia dentro antes a organizar una escena melodramática, muy gestual, aderezada con una llantina infantil, y reproches, y maldiciones.

El recuerdo de Alberto se hizo asiduo en su boca.

Su ausencia la notó gravemente en cada uno de los segundos.

Quedó maltrecho, sin ánimo para emprender otra relación. Se encerró en su mundo distinto del mundo y allí pasó la mayor parte del tiempo.

Tardó varios años en aceptar que nunca regresaría ya que no tuvo noticias de él, ni directas ni a través de sus amigos comunes.

Una mañana, por fin, lo aceptó y cerró con gran dolor las puertas de su corazón. También cambió la cerradura en la puerta de la casa.

Para entonces había llorado más de un diluvio y había trasnochado, borracho de whisky y añoranza, casi todas las noches de aquel naufragio en la locura, sin respeto a sus propios sentimientos que se destrozaban nuevamente antes de que las heridas pudieran cicatrizar.

Ahora, que había encontrado un remanso para compensar la algarabía emocional que había sido su vida, él hacía una llamada telefónica y con ello conseguía que se pusieran de nuevo en marcha todos los alborotos y se instaurase nuevamente el estado alterado.

Volvió a reparar en el tiempo transcurrido.

Se enfrentó al espejo, que no tuvo piedad y le reflejó tal como era y estaba en ese momento.

Setenta y tres años.

Había conseguido mantener el tipo a salvo, pero el pelo se había ido poco a poco y el que logró sobrevivir había mudado al color luminoso de la nieve; las arrugas, inevitables, no eran demasiado ostentosas. El conjunto mereció un aprobado.

¿Y él? ¿cómo estaría? Setenta y un años. ¿Qué quedaría de aquellos ojos marinos, de aquella sonrisa perturbadora, de aquella boca provocativa? ¿Qué habría hecho durante tanto tiempo?

A veces, aunque se lo tenía prohibido, divagaba con el pensamiento y le imaginaba haciendo feliz a otro hombre: eso le hacía prorrumpir en un llanto inconsolable.

Después, cuando conseguía restablecer la calma, se vengaba imaginándole como un vagabundo, un enfermo incurable, eternamente desgraciado, o escondido en un rincón muerto de arrepentimiento por haberle dejado, y purgando en vida el castigo de un infierno merecido.

Cuando se daba cuenta de la crueldad hacia ambos, se tomaba otro de esos whiskies que le acercaban cariñosamente al paraíso de la inconsciencia.

Por fin, esa noche iba a verbalizar ante Alberto algunos de los pensamientos que estaban pendientes de expresarse, aunque aún no sabía si serían los de amor o los de reproche.

No sabía, y no quería adelantarlo ni en el pensamiento, cuánto le quería contar, si sería una reunión de viejos amigos qué mal sonaba eso de viejos amigos o sea, sólo hola y adiós y en medio ninguna intimidad, o si sería el momento de retomar aquel camino que hicieron juntos, o si se limitaría a alterarle y volvería a desaparecer de su vida dejándole como regalo el inicio de otra revuelta.

Se arregló muy despacio y a conciencia.

   
     

 

Les sirvió Paolo, porque no quiso que ninguno de sus camareros interfiriera en aquel encuentro.

   

Seleccionó su mejor traje, camisa blanca, una corbata discreta, y depositó en el cuello dos gotas de Eau de Fleur, la que le gustaba a él; llamó a un taxi y cinco minutos antes de las diez estaba en la puerta del Restaurante.

Paolo, el propietario, le acompañó hasta el Reservado Sicilia. Le comunicó por el camino que la otra persona aún no había llegado, y preguntó si deseaba beber lo de siempre.

Asintió con la cabeza.

Los nueve minutos siguientes fueron como una eternidad.

Entonces apareció Alberto.

Estaba espléndido en su madurez.

Se acercó hasta él, y aunque ambos hicieron un intento de abrazo de reconciliación, el saludo se quedó en un cordial apretón de manos.

Les sirvió Paolo, porque no quiso que ninguno de sus camareros interfiriera en aquel encuentro.

A lo largo de la cena intercambiaron pocas palabras, y ninguna de ellas fue reveladora o comprometedora.

Cuando sirvió los cafés, dijo que no volvería hasta que le llamaran con el timbre, y que cerrarían a eso de las tres y media; miró el reloj y añadió dentro de cuatro horas.

Lo que pasó en esas cuatro horas sólo les pertenece a ellos.

Cuando Paolo regresó para anunciarles que iban a cerrar, los encontró con las manos entrelazadas, las bocas tristes, las miradas perdidas en la nostalgia, los ojos húmedos, y un silencio que hablaba de cuánto habían perdido cada uno por su lado.

  

  

    
    

Francisco de Sales Sánchez Corrales (Córdoba, España, 1954) está al frente de la Gerencia de una empresa de distribución y, desde la más temprana edad, es un fervoroso enamorado de la creación literaria, tanto en prosa como en verso. Durante la década de los 90, le invade una inquietante y pertinaz necesidad de escribir, de redactar en unos folios cuanto bullía en su interior más desconocido. Por ese tiempo, empieza a asistir a unas reuniones de poetas que se celebraban semanalmente, que él abandona al cabo de unos meses. Ha sido relativamente reciente cuando se ha entregado a la actividad creativa de forma sistemática. Aunque tiene escrito un libro, Andrea Amor, que se inserta en el realismo fantástico, y otros dos empezados, además unos 40 relatos cortos y un millar de poemas, Francisco de Sales es más conocido por su colaboración en diversas páginas digitales de literatura.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año VIII. Número 59. Enero-Febrero 2009. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2009 Francisco de Sales Sánchez Corrales. © 2002-2009 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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