N.º 59

ENERO-FEBRERO 2009

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UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

   

Por Ernesto Colomo Magaña

   

U

n desquiciante sonido le hizo salir de sus sueños y volver a la cruda realidad. Nunca se estropeaba ese artefacto diabólico que alguien bautizó como despertador. Era pronto aún para comenzar un nuevo día, más desde que John había perdido a su hermano en aquel accidente de moto.

En sus sueños, su hermano seguía vivo junto a él. En la realidad, John había caído en una espiral de dudas, desconcierto y penas fraguadas por el dolor. En esos duros momentos, una pregunta perpleja se instauró en su cabeza, una pregunta que le hacía sentirse débil, una pregunta que no sabía contestar.

Un sentimiento de impotencia le embargaba y un escalofrío recorría su espalda cada vez que recordaba aquel nefasto momento.

—John, no voy a llegar a tiempo al colegio.

—No te pongas el casco… y no te preocupes. Vamos a tardar sólo unos minutos.

   
      

 

 

Era pronto aún para comenzar un nuevo día...

   

Un coche les levantó un par de metros del suelo. La caída duró una eternidad, un tiempo demasiado largo, siendo consciente de lo que iba a pasar. Después, sólo hubo oscuridad. John se hubiera cambiado sin dudarlo por su hermano pequeño.

El grito ahogado que forjó su garganta al ver la urna con sus cenizas seguía retumbando en su decaído y atormentado pensamiento.

Ninguna de las palabras alentadoras vertidas por aquellos especialistas en comprender el alma humana, cuyas paredes únicamente estaban decoradas por sus logros y credenciales, servía para calmar su tormento.

Se maldecía por el tiempo que restaba para su reencuentro.

La pregunta apareció en su mente, semejante a los carteles escasamente iluminados que se sitúan a los lados de la carretera, revelándose como un enigma indescifrable por las circunstancias presentes.

—¿Habrá perdonado Tom mi error? ¿Volveré a ser feliz en vida, o sólo cuando algún día volvamos a vernos? —pensó John abrazado a su almohada, mientras mordisqueaba uno de sus extremos carcomido por sus frecuentes ratos de reflexión.

Estaba claro que nadie podía dar respuesta a tal dilema salvo el propio Tom. Un nuevo pensamiento emergió en su mente como una realidad no concebida pero posible, como un camino que se desvía del sendero.

Si para John la felicidad tenía un destino, qué sentido tenía para Tom recorrer el largo, duro y angosto camino de la vida tanto tiempo para morir igualmente. Si su vida no le iba a deparar alegrías, para qué andar tantos años pudiendo alcanzar su meta hoy mismo.

John quiso ver la luz al fin. La solución a todos sus males había estado delante de él todo este tiempo, pero él la había obviado por temor. Ahora sí se sentía fuerte, ahora sí estaba decidido a acabar con su sufrimiento. Él estaba vivo, pero su hermano no. Nadie podía devolverle la vida y Dios no tenía tiempo para eso.

Pero John sí podía cruzar la línea de la vida para encontrarse con él. La idea del suicidio se marcó a fuego en su frente como se marcan a las bestias con el hierro incandescente.

Su familia no lo entendería pero no eran ellos los que llevaban la carga de una muerte a la espalda. Su pesadilla acabaría y la felicidad le volvería a embargar.

Sin tiempo para meditarlo, pues era consciente de la debilidad y fragilidad de su poder de decisión, buscó rápidamente el instrumento para comenzar su viaje a la otra vida. La forma en que lo haría era una incógnita para él. No sabía muy bien cómo utilizar aquel afilado abrecartas que había tomado del despacho de su padre, pero estaba claro que no había vuelta atrás.

Pensó en no dejar ninguna nota ni carta de despedida, pues era explicar lo evidente. Además, no sabrían interpretar sus razones y no deseaba que le juzgaran sin estar él presente.

No debía ser tan complejo. Imágenes y recuerdos de escenas de películas surgían en su mente como gotas de lluvia, cada una de ellas pura, cristalina, las cuales reflejaban el fatídico momento, mientras se iban fusionando las unas con las otras. En su cabeza se formó un cúmulo de escenas trágicas, de muertes sin aparente dolor.

John cogió el abrecartas con ambas manos y, con reflejo felino, tensó toda la musculatura abdominal para no sentir cómo su costado se perforaba y los tejidos se iban desgarrando al paso de aquel instrumento espiratorio.

La punta, afilada y punzante como una aguja, no llegó a sobrepasar por completo su epidermis, antes de que el abrecartas retrocediera como accionado por un resorte. No debía ser tan complejo. Angustiado por la situación, con la frente empapada de un sudor intenso pero frío y el corazón galopando como un  caballo salvaje en libertad, escogió la opción del arrebato. Se quedaría quieto, inmóvil, pero con el abrecartas listo para su cruento cometido.

Intentó recordar la cara de su hermano, pero le era imposible. Sólo un retrato aparecía en su mente. El cuerpo de Tom tumbado en el asfalto, con los ojos clavados en el infinito y ausentes de vida, con una mueca de terror que le desencajaba el rostro, y un abundante río de sangre que provenía de su oído. Un abundante río de sangre, un abundante río de sangre…

El abrecartas se precipitó contra la alfombra color vainilla de la habitación, con uno de sus bordes tintado de un rojo carmesí. Había sido algo inconsciente, pero había logrado su cometido. Un pequeño pero profundo corte en su muñeca izquierda tenía la culpa.

John vio que su sangre comenzó a emanar a borbotones, como las erupciones de los volcanes, para después dar paso a un río tranquilo de aguas rojas semejantes a las de la antigüedad en el Nilo. Nunca se pudo imaginar que tuviera tanta sangre y menos aún que una persona tardara tanto tiempo en morir.

Comenzó de nuevo a sudar, pero esta vez su sudor no era frío, era caliente, intenso. Le abrasaba, hacía que el aire de sus pulmones no fuera suficiente para respirar. Pequeñas taquicardias, producidas por la pérdida de sangre y la falta de aire, hacían que John comenzara a sentirse mareado. Miles de palabras afloraron en su mente para describir su situación: agonía, dolor, angustia…

Se encontraba en estado de trance, entre la vida y la muerte. Miró al suelo a punto de perder la consciencia. Sus piernas, largas y musculosas, aparecían extendidas, dejando en medio un lugar, para el emplazamiento de aquel lago artificial de belleza sádica y ultrajante.

   

      

La idea del suicidio se marco a fuego en su frente como se marcan a las bestias con el hierro incandescente.

 
   

Echó la cabeza hacia atrás y notó cómo la luz proveniente de la bombilla empezaba a parpadear lentamente, como si alguien jugara con el interruptor. Suspiró profundamente exhalando todo el aire que pudo.

Después, sólo hubo oscuridad…

Aletargado y absorto, como si no tuviera vida en su interior, hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir ambos párpados. Le pesaban como viejas persianas cuyas cuerdas estaban desgastadas y en las últimas.

Se encontraba en algún sitio lóbrego, pues sus ojos no conseguían identificar nada en aquel enlutado lugar. Su vista se fue poco a poco acostumbrando a la escasez de claridad y consiguió ver una forma frente a él. Aquella cosa, ser u objeto estaba sentado y no se movía ni un ápice por su presencia.

John bajó las manos e intentó identificar sobre qué estaba acomodado. Se trataba de una multitud de cojines de diferentes texturas y tamaños. Mientras palpaba el suelo, sintió cómo un resplandor iluminaba, aunque de manera escasa, la habitación.

La luz, cual resplandor que se acrecienta por momentos, emanaba de una puerta blanca como la nieve. Le producía tranquilidad y armonía. Un gran sentimiento de paz le embargaba de pies a cabeza.

El brillo iluminó parte de la habitación. John fue recorriéndola desde la puerta hacia la derecha hasta que, helado por la impresión, detuvo su mirada ante la persona sentada frente a él brindándole una cálida y reconfortante sonrisa y una mirada de complicidad para calmar de nuevo su apresurado corazón.

—Tom, ¿eres tú? —preguntó asombrado por la repentina presencia de su hermano.

—¿Quién si no? ¿No era éste tu deseo? —se limitó a responder.

John había aguardado este reencuentro desde el mismo momento del accidente, y ahora no sabía muy bien qué hacer. Tom parecía otro totalmente distinto. Su cara aún era reflejo de la infancia y la inocencia, pero su voz y sus palabras eran penetrantes, directas, como si hubiera algo más en él.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Tom.

—Supongo que…para poder pedirte perdón, porque fui el culpable de tu muerte y era mi deseo volverte a ver —dijo John, sin ser capaz de mirar a los ojos de su hermano.

—No. Estás aquí porque no has sido capaz de ser feliz con los designios de la vida que te han tocado, y has tomado el camino fácil —dijo Tom, que parecía una persona mayor encerrado en un cuerpo inexperto.

—No podría haber sido feliz sin ti. Tu muerte fue la mía en vida. Por mi culpa, dejaste el mundo y ahora te encuentras aquí. Por mi culpa…—decía John.

—¡Deja de culparte! —exclamó Tom con voz firme—. Nada tuviste que ver. Fue un accidente y nunca sentí que quisieras herirme. Me querías y protegías mucho. No estaba en tus manos cambiar eso, pero ahora sí está a tu alcance salvarte o condenarte —dijo Tom, dejando claro y de manera contundente ambas posibilidades.

—¿Cómo salvarme o condenarme? Explícate —exigió John desconcertado.

Tom no se encontraba en aquella habitación para perdonar a su hermano. No era necesario. Había sido designado como su último acompañante antes de cruzar el umbral. Nadie sabía qué había detrás de la puerta, pues era distinto para cada persona. Cielo o infierno, gloria o llanto. La misión de Tom no era sencilla. Hacer que una persona recorra su vida, encuentre el sentido de la misma y afronte su destino con la conciencia limpia, sólo era posible para aquellos que habían cruzado al otro lado encontrando a continuación un hermoso jardín, lleno de personas alegres, conocedoras de la verdad y productoras de la salvación. Almas puras no descartadas a los entresijos de la oscuridad.

El único matiz que tendría que tratar con su hermano mayor era el más confuso y arduo de todos, la felicidad. Ésta había marcado la vida de su hermano, como un horizonte en el que el mar y el cielo se unen y no se puede discernir dónde empieza o acaba uno u otro, como algo que había asociado a cosas concretas y no a espacios de tiempo, como algo que le hizo perder la vida terrena y quién sabe si la eterna.

Tom, con mirada inflexiva como la de un tutor que alecciona a su pupilo, invitó a su hermano a que le narrara la verdadera cuestión por la que se encontraba en aquella habitación, donde no existía el tiempo, si su momento aún no había llegado.

   
      

 

Una vez conseguida la moto y salir a la carretera, dándole el aire en la cara, sintiéndose dueño de su vida y de su libertad, vio que tampoco así era dichoso.

   

John dudó. Intentó abstraerse de sí mismo, ver desde fuera los sentimientos que componían aquel corazón ahora calmado. Como si de una evidencia se tratase, sus labios pronunciaron unas palabras que no hubiera querido utilizar, pues la verdad no siempre te hace libre, a veces puede condenarte por herir a alguien.

En concisas palabras, el hermano mayor declaró lo que Tom ya sabía, pues podía ver más allá de su alma. John dijo que no era feliz, no sólo por su ausencia, sino porque nunca había llegado a alcanzar la felicidad como si de una meta se tratase. Su muerte sólo había acelerado el proceso y desencadenado los escabrosos acontecimientos.

Ahora John no podía parar de hablar. Se sentía libre y con una multitud de cosas que contar, como el viajero que vuelve de ver mundo cargado de recuerdos.

Su primera frustración fue en su época escolar. John se sentía un niño desplazado. Su carácter tímido y poco social le había impedido hacer amigos y pasaba los recreos mirando el cielo y jugando a pensar qué formas tenían las nubes. Fueron años duros para sí mismo, hasta el día que vislumbró la solución. Sería feliz cuando consiguiese ser el niño con más amigos de todos los que integraban el centro. Durante ese tiempo, dejó al lado sus pasiones y devociones, como leer o pasear, por los pasatiempos de sus compañeros. La vida se cargó de días de fútbol, carreras con coches de juguete, vueltas y vueltas en el tiovivo, todo un mundo girando alrededor de un propósito, sin disfrutar de las situaciones o de las propias amistades.

Cuando alcanzó la meta que se propuso, vio la realidad. Habían pasado varios años esperando el momento, años de mucho sacrificio, en los que cada día era un duro trabajo del que acababa tan exhausto como minero. Ahora, cuando había alcanzado su propósito de tener muchos amigos, tampoco era feliz.

El siguiente tema supuso para John un serio problema. El nacimiento de Tom le había relegado a un segundo plano en el concierto familiar. Sus padres, ambos importantes empresarios, no disponían de mucho tiempo para ellos y estaba claro que ahora el pequeño se llevaba toda su atención. Y sin hacer nada por evitarlo, dejó que brotara en su pecho un sentimiento de celos y rencor, un odio creciente hacía aquella criatura indefensa que le despojaba de ser el único anhelo de sus padres. Ese día fijó en su mente que algún día conseguiría volver a ser el único por el que sus padres mostraran atención.

Desafiaba a sus padres y los consideraba sus enemigos. Pero sus escarceos con el alcohol y las drogas, buscando llamar su atención, no habían hecho más que distanciarlos más en vez de acercarlos a él. John seguía sin ser feliz.

Por último, fijó su felicidad en tener una moto, para ser independiente y poder ir a donde se le antojase, como las aves que recorren el mundo sin rumbo viviendo donde quieren. Para conseguirla, cambió su actitud hacía la familia y asumió algunas tareas de la casa, incluso en varias ocasiones se quedó al cuidado de Tom. Conseguida la moto, salió a la carretera a sentir el aire en la cara, a experimentar qué se experimenta al sentirse dueño de su vida y de su libertad, pero vio que tampoco así era dichoso.

Cada vez se sentía más decepcionado. A mediano o largo plazo, conseguía sus metas, pero no disfrutaba los días que componían ese tiempo, eran sólo un lastre para alcanzar su propósito último.

Llegó el día en que volvió a ser el único para sus padres. Aquella mañana llevó a Tom al colegio… y ya nunca más lo recogería. Después sólo hubo oscuridad…

Los desdichados ojos de John estaban inundados en lágrimas, que se agolpaban por recorrer sus mejillas a raudales. Había visto su vida como una carrera que no disfrutaba y que, al vencer, sólo le había dejado soledad, miedo y muerte.

   

 

      

...lo condujo hacia la puerta, situándole junto al umbral.

 
   

Tom abrazó fuertemente a su hermano. Era rara de explicar la sensación de John al ser abrazado por el alma del pequeño, pero notaba paz y una sensación de calor que le producía un agradable estado de bienestar.

—Espero que me puedas perdonar  —dijo John, avergonzado.

—Te quiero más que ningún otro hermano pudiera querer al suyo. Además, has llegado a tu fin. Has solucionado la pregunta sobre el sentido de tu vida —dijo Tom sonriendo y con lágrimas en los ojos.

—¿Qué soy? ¿Un infeliz que os ha destruido la vida y que no ve más allá de mis narices? —exclamó John, enfadado consigo mismo.

—No. Eres tú mismo. Recordando tu vida y tus acciones, has llegado a la conclusión de que la felicidad no es llegar a un destino, sino disfrutar todos los momentos de ese camino. Si cada día de tu vida hubieras sido feliz con lo que hacías, no habrías estado siempre triste e incompleto. Tus metas hubieran sido muchas, unas logradas u otras no, pero siempre te hubieras sentido querido y apoyado por todos los que te rodeábamos. Vivir cada día como si fuera el último y hacer de este mundo algo mejor es algo al alcance de todos John y tú tienes ese don —añadió Tom de manera mística.

Algo tan sencillo de entender había estado oculto a los ojos de John. Ahora, por fin, los abría a la realidad. Las cosas importantes de la vida no eran aquellas por las que se trabajaba sin descanso y sin placer, sino las pequeñas cosas que dejaban escapar cada día una sonrisa…

Tom se levantó, cogió de la mano a su hermano y lo condujo hacia la puerta, situándole junto al umbral. Volvieron a abrazarse y Tom le invitó a pasar, recordándole esta frase: “La felicidad no es sólo llegar a un destino, sino disfrutar de todo ese camino”.

Una luz brillante cegó por momentos los ojos de John, que perdió la noción del tiempo y de todo…

—John, no voy a llegar a tiempo al colegio —repitió Tom, sentado en el asiento trasero de la moto.

John, incrédulo, miró atrás y allí, en el asiento trasero de la moto, estaba su hermano Tom sonriéndole efusivamente, mientras mostraba sus dientes mellados. ¡Todo había sido una pesadilla, una cruel pesadilla! Tom no había muerto. Nadie había muerto. El encuentro en aquella habitación… nada, absolutamente nada había sido real. Todo había sido fruto de una mala jugada de su frenética imaginación.

John se volvió y besó y abrazó fuertemente a su hermano. Quizá sin merecerlo, la vida le había brindado una segunda oportunidad en forma de sueño premonitorio. Esta vez no iba a desperdiciarla como la anterior. Había aprendido.

—Tom, ponte el casco. Aún queda una larga vida por recorrer.

   

   

      

ERNESTO COLOMO MAGAÑA (Málaga, 1987) es diplomado en Maestro en Educación Física por la Universidad de Málaga. Pertenece a la Promoción 2005-2008. Estudió la Educación Primaria en el Colegio Santa Luisa de Marillac de Málaga y los de Bachillerato, en las escuelas Ave María, también de Málaga. Actualmente está realizando el curso 3.º de la licenciatura de Pedagogía en esta misma Facultad. Dedica mucho tiempo a la lectura, pero es la redacción de relatos de misterio e intriga la afición que más le acapara su tiempo.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año VIII. Número 59. Enero-Febrero 2009. Sección 1. Página 1. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2009 Autor. © 2002-2009 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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