N.º 52

NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2007

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SIN EL HILO DE ARIADNA

Por Juan José L. Gallego

  

  

  

Y

ounes Bakour no tenía zapatos, pero eso no le impidió caminar más de dos mil kilómetros de desierto, montaña y rocas. Del Sur al Norte. Como Teseo, burló el Laberinto sin pagar el debido tributo. El pago exigido era su vida y el laberinto africano reclamaba con fuerza su impuesto.

 

 

    

 

Younes Bakour llegó hasta la playa. El sudor, la fatiga y el hambre han quedado atrás, ahora sólo permanece el miedo.

 

 

Sin la ayuda del ovillo de Ariadna, Younes Bakour llegó hasta la playa. El sudor, la fatiga y el hambre han quedado atrás, ahora sólo permanece el miedo, un miedo atroz a lo desconocido, un miedo más fuerte que sus sentimientos, que le hace temblar y que se confunde con el frío.

La promesa era tentadora: cuatro comidas al día, un hogar seco y la posibilidad de vivir respetado y de morir con cierta dignidad. Tarik no lo consiguió. Estaban a pocos metros de la playa, pero no le dio tiempo a llegar, pesaba demasiado. Younes hizo lo que pudo, pero todos los que no sabían nadar se ahogaron. Nadie escuchó sus gritos.

—¡Al agua¡ ¡Todos al agua¡— gritó en árabe el capitán de la embarcación.

No fue necesario que le tradujeran. El marinero de proa les apuntaba con un viejo rifle. Ahí comenzó el caos. El hedor y el hacinamiento se transformaron en un lamento. El Laberinto se obstinaba en cobrar todos sus tributos.

Saltaron de forma desordenada por ambas bandas, moviendo ostentosamente el bote, y, una vez en el agua, Tarik se agarró a Younes. Apenas le conocía. Habían embarcado juntos y casi al mismo tiempo habían pagado su pasaje al capitán. Era un muchacho joven, con cara de hambre y manos de hambre, que había sorteado un dédalo de dificultades, pero ahora pesaba mucho, demasiado.

La embarcación les abandonó a poco metros de la playa, puso popa a los gritos que pedían auxilio y comenzó el camino de regreso. Giró en silencio, enfatizando la salmodia del motor y dejando en el agua desperdicios y hombres muertos. Aquello no les importaba.

Tarik empujaba y lo hacía con fuerza, le iba en ello la vida; pero no sabía nadar y pesaba mucho, demasiado. Younes no le vio hundirse, sencillamente desapareció. Fue una lucha feroz en la mar, a pocos metros de la playa, y los hombres apretaban los dientes contra las olas. De noche, rotos y estragados, con las ropas mojadas y los pechos agitados.

Younes Bakour está solo, acaba de llegar, y no tiene zapatos; solo la certeza de que el Laberinto quiere cobrarse sus tributos.

   

  

   

JUAN JOSÉ LÓPEZ GALLEGO (El Ferrol, A Coruña, 1968) es funcionario y un apasionado de la Literatura. Lleva más de una década residiendo en Málaga, ciudad en la que se ha afincado y siente como malagueño propia. En su tiempo libre cursa estudios en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

  

  

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año VI. Número 52. Noviembre-Diciembre. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides.  Copyright © 2007 Juan José López Gallego. © 2002-2007 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

  

  

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