N.º 63

SEPTIEMBRE-OCTUBRE 2009

13

GIBRALFARO   

MITOS y LEYENDAS

   

   

   

   

   

EL MAL DE OJO,

¿MITO O REALIDAD?

   

Por  Diana Berbén Melgar

   

   

L

 ojos son, quizá, la parte más expresiva del rostro humano y, desde tiempo inmemorial, han sido fuentes generadoras de numerosas supersticiones que atañen tanto a su color como a la manera como se utilizan para mirar. En este escrito vamos a ocuparnos del aspecto que incuben a la mirada. A los órganos de la vista en el hombre y los animales, no sólo se les reconoce la cualidad de transmitir los sentimientos más ocultos e íntimos de las personas, sino que ha sido y es creencia en todas las culturas que se conocen que también son capaces de ejercer el aojamiento o la fascinación; es decir, lo que todos conocemos como el mal de ojo.

En efecto; en todos los lugares del planeta hay personas que creen que todo lo que les rodea (animales, plantas, personas) puede ser afectados por el mal de ojo. Pero ¿qué es el “mal de ojo”?

 

 

     

 

El mal de ojo es una suerte de encantamiento, embrujo o hechizo que algunos individuos ocasionan con su mirada a las personas, animales, plantas o cosas.

 

 

Una primera acepción del término nos dice que mal de ojo es la “enfermedad que se atribuye a la vista de alguno que mira con ahínco o con ojos atravesados”; en principio, pues, el mal de ojo no es otra cosa que una patología que afecta al órgano de la vista y que podría identificarse con el ‘estrabismo’. Pero quizá por el efecto de incomodidad (o rareza, si se quiere) que produce en nosotros la mirada de un bizco, las gentes han extendido también la aplicación de dicho término (y así se recoge en el DRAE) al “influjo maléfico que, según vanamente se cree, puede una persona ejercer sobre otra mirándola de cierta manera, y con particularidad sobre los niños”. Así entendido, hablamos de una suerte de encantamiento, embrujo o hechizo que algunos individuos ocasionan con su mirada a las personas, animales, plantas o cosas.

Según los terapeutas especializados en mecánica vibracional, el mal de ojo es una enfermedad mental pasajera, resultado de la unión de las creencias personales con la falta de propósitos en la vida y la depresión. Por otra parte, el científico ruso Alexander Gurvitch, en la década de los treinta del siglo pasado, llegó a la conclusión de que la mirada emite una serie de rayos invisibles que afectan a las personas a las que va dirigida; de esta manera, con sólo mirar a una persona a los ojos, podemos sentir su poder, su malicia o, por el contrario, su ternura, candidez o bondad.

Por su parte, los seguidores de las artes mágicas y los muy dados a la fenomenología paranormal afirman que el mal de ojo puede provocarse por medio de una formulación ritual, con el objetivo de que el afectado pierda interés por todo lo que le rodea, incluso por la vida, y llegue al extremo de verse avocado al suicidio.

La tradición nos ha dejado constancia de una creencia que afirma que el mal de ojo también puede llevarse a efecto a través de la relación sexual, cuando la víctima lleva a cabo el coito con una persona capaz de hacer maleficios. Desde muy antiguo, también se cree que una persona puede verse afectada de aojamiento por medio de la mirada de una mujer jorobada, estrábica y embarazada.

El aojamiento y otras supersticiones de este tipo hallan un caldo de cultivo propicio en la creencia de muchas personas en la ‘mala suerte’, en nuestro natural temor al infortunio o a la falta de una explicación o razón que justifique un mal acaecido.

  

Rasputín, un caso paradigmático de aojamiento

Un caso que suele argüirse como paradigma de este fenómeno maléfico podemos encontrarlo en la Historia, concretamente en el caso Rasputín, un monje ortodoxo de la época de la Rusia zarista. Es conocido de todos el poder que este monje ejercía sobre todas las personas que lo miraban a los ojos, personas que caían, de inmediato e inevitablemente, bajo su influjo; estas personas eran fascinadas por el clérigo de tal manera que quedaban desposeídas de su capacidad de libre decisión y albedrío. A título de ejemplo podemos traer a colación el extraordinario control que tuvo sobre los últimos zares de Rusia, Nicolás y Alejandra, particularmente sobre esta última. En puridad, las razones de esta nefasta influencia habría que buscarlas en cuestiones de personalidad y otros motivos que ahora no vienen al caso.

  

El mal de ojo en la historia del mundo

   

   

  

El ojo de la Luna que Set robó a Horus y que luego le fue devuelto por Tot, también llamado ojo de Wadjet, era un amuleto popular muy utilizado como protección contra el mal de ojo.

 

  

 

El aojamiento es una creencia cuya universalidad puede constatarse tanto en el espacio como en el tiempo. El conocimiento de este influjo maléfico nos llega desde múltiples lugares del planeta (China, India, Filipinas, Estados Unidos, Italia y España). Generalmente, el término es más conocido en las zonas litorales que en las interiores, particularmente en las mediterráneas. Además, ha estado y aún está muy presente en comunidades cerradas y marginales; así, por ejemplo, entre los gitanos no integrados esta creencia se vive a flor de piel.

En cuanto al tiempo, se tiene constancia escrita de que este mal era ya conocido en las civilizaciones aztecas y mayas. Además, algunos pueblos precolombinos afirmaban que una persona podía ejercer mal de ojo a un enemigo si lo miraba masticando los granos de maíz que había depositado previamente en la boca de un cadáver.

En algunas zonas amazónicas, cuando el sacerdote o hechicero conjuraba a los demonios, los individuos miraban hacia el suelo para evitar que el mal cayese sobre ellos.

En el antiguo Egipto estaba tajantemente prohibido mirar a los ojos del faraón para así  protegerlo de cualquier efecto maléfico con que se pretendiera dañarlo, y, como medida preventiva, se usaba el ojo de Horus como amuleto para impedir las malas influencias de los aojadores.

En la Roma clásica colgaban hojas de eucalipto a la entrada de sus casas para impedir ser víctimas de este maleficio y la tradición aconsejaba no mirar a un reo que estuviese sangrando a fin de evitar que su dolor y su rabia provocasen en ellos el aojamiento. En Grecia, por su parte, se utilizaba aloe y mirra para combatir este mal.

En España, la creencia fue introducida en tiempos de la dominación árabe y aún pervive, particularmente en las zonas rurales y apartadas. En las grandes urbes, esta creencia se abre paso con bastante dificultad y sólo afecta a niveles culturales muy bajos y a grupos marginales.

  

El mal de ojo en la literatura

Ciñéndonos someramente a la literatura española, podemos ver cómo algunos de nuestros autores se han hecho eco de este maleficio dejando testimonio de su existencia y efectividad en alguna de sus obras. Así, en el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita se habla de que el ojo de una zorra tiene propiedades curativas sobre la fascinación. En el Libro del aojamiento o fascinología de Enrique de Aragón, Marqués de Villena, se expone un gran número de signos que presentan los afectados por el mal de ojo. Por contra, otros autores niegan su efectividad al referirse al fenómeno; tal es el caso de Benito Jerónimo Feijoo, quien, en su obra El teatro crítico, niega la eficacia real del mal de ojo. Igualmente, Mariano Benavente es autor de un tratado en torno a este maleficio en el que ridiculiza a todas las personas que creen en él.

  

¿Quiénes son los aojadores?

La tradición considera a las mujeres que están menstruando como aojadoras, lo cual guarda relación con la imagen que tenían los antiguos semitas de la mujer sin hijos, ya que la esterilidad era considerada como una gran desgracia e indicio de una maldición divina.

Otros afirman que los individuos portadores del maleficio presentan unas características especiales que permiten identificarlos. Así, los aojadores son envidiosos convulsivos, celosos en extremo, tienen deseos inconfesables y sienten abominables tendencias; y las precauciones deben extremarse con ellos, pues son capaces de ejercitar sus malas artes  simplemente mirando a alguien o a algo a la vez que lo alaban.

En la tradición oriental y en Andalucía se cree que la persona de ojos azules, o la que tenga una vena en el entrecejo o dos pupilas en uno o ambos ojos está dotada para el ejercicio del aojamiento. Está muy extendida la creencia de que este mal se inocula por el aliento, beso, tocamiento y mirada de algunos individuos, al tiempo que menciona unas palabras determinadas.

 

 

     

 

Una pata de conejo blanco en un eficaz medio de protección contra este maleficio.

 

 

Antiguamente, se culpaba de este mal a los diablos, a los duendes y a las brujas, pero en la actualidad, cuando ya parece que hemos superado la creencia en estos seres y los tildamos de ficticios, les echamos la culpa a ancianas que observan un comportamiento anómalo y a las gitanas. Es curioso que, en tiempos pasados, se creyese que la luna era capaz de causar este mal.

Las aojadoras eran consideradas personas perversas y dignas de la muerte por causar graves daños a los demás. En Europa, todas aquellas personas a las que se les descubrían signos de aojadoras eran quemadas en la hoguera durante la Edad Media. A mediados del siglo XVIII, la Inquisición puso fin a la vida de la desaojadora Ana Muñoz, conocida como ‘la Rata’, oriunda de Teba (pueblo malagueño).

  

¿A quién afecta?

Como se ha dejado constancia al comienzo, los principales afectados por el mal de ojo suelen ser los niños pequeños. Los síntomas que presentan son falta de apetito, desinterés por lo que les rodea, ensimismamiento, inmovilidad, sueño constante, llanto sin motivo, fracaso en sus relaciones sociales, dolor de cabeza fuerte y distracción en la escuela, entre otros.

  

Detección y tratamiento del mal de ojo

Para averiguar si una persona está afectada por el mal de ojo, podemos aplicar varios procedimientos como examinar el pelo de la persona en cuestión, ‘pasar el agua’, hacer una ‘ahumada’ o la prueba del aceite y el agua. Consideremos estos medios, pero téngase en cuenta que sólo puede llevarlos a cabo con eficiencia una persona dotada de de tal don, que, en Andalucía, normalmente, suele ser una mujer.

Para examinar el pelo, se echa un mechón de su pelo en un vaso de agua con aceite. Si el aceite desaparece, es señal de que el mal está en él; procede, pues, ponerlo en conocimiento de una desaojadora para la sanación de la persona afectada.

El procedimiento de ‘pasar el agua’ o ‘agua del alicor’ ha de llevarlo a cabo una desaojadora, la cual se santigua delante del enfermo y ordena que se vaya a los demonios que ocupan aquel cuerpo. A continuación, deja caer un trozo de alicor situado al borde de la jarra de baño en la que se encuentra el agua. Si se forman burbujas rodeando dicho trozo, la persona estará afectada por el mal. Finalmente, si se confirma el aojamiento, se le dará el agua de alicor para que beba y pueda sanar.

 

 

     

Amuleto piramidal de mármol utilizado como protección contra el mal de ojo.

 

 

 

Hacer una ‘ahumada’ pone fin rápidamente al mal de ojo mediante la inspiración del vapor que se desprende de la quema de granitos de pólvora, suela de zapatos viejos, ramas de laurel, estiércol (porcino) y granitos de mazorca.

En la prueba del aceite y el agua se echa aceite en una vasija con agua y se analizan las gotas formadas, cosa que sola la persona desaojadora puede llevar a cabo.

Una vez que el afectado es diagnosticado, puede recurrirse a múltiples remedios para su sanación; estos procedimientos puede ponerlos en práctica cualquier persona, siempre que la aojadora así lo recomiende. Por ejemplo: poner un lazo rojo en la cuna del bebé, colgarle un papel con un versículo del Evangelio en el cuello, arrojar a un tejado una planta de torvisco en forma de cruz y del mismo peso que el afectado o solicitar las oraciones de las llamadas ‘saludadoras’ y ‘graciosas’. Es creencia que las mujeres así llamadas tienen este don porque nacieron en Jueves o Viernes Santo, o son gemelas, o han nacido con una cruz bajo la lengua o lloraron tres veces durante su desarrollo fetal.

  

Prevención del mal de ojo

Si queremos prevenir el aojamiento, podemos llevar encima un amuleto, como puede ser una cruz de madera, metal, hueso o palma sujeta con un hilo rojo; si se intuye que alguien va a hacernos el maleficio o se presente que nos lo están haciendo, la cruz se puede hacer con los dedos en ese mismo momento. Otro medio de protección consiste en llevar consigo una herradura usada; como medida protectora de una casa, podemos fijar esa herradura en la puerta. Es muy eficaz también llevar consigo unas tijeras abiertas, una pata de conejo, alguna pieza de cristal y azabache, cuentas de ámabra, una rama de higuera, un cuerno de ciervo, una mano de tejón o la llamada mano de Fátima. El Marqués de Villena, en su Tratado del ojo, recomienda un sinfín de remedios para evitar el daño causado por el mal de ojo.

En las líneas anteriores he hablado de recitar oraciones o ‘ensalmos’. Es curioso saber que las que recitan las aojadoras han sido aprendidas por transmisión oral, pasadas de madres a hijas, de una a otra generación, y, aunque en ellas se hace referencia a la Virgen María, a la Santísima Trinidad y a todos los Santos, no son las canónicas, esto es, las que se aprenden en catequesis y las Iglesia nos enseña. Por otra parte, para que sean realmente efectivas, es condición inexcusable que esta transmisión se haga el Jueves o el Viernes Santo de la Semana Santa.

  

   

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

CONPTE, Mercedes (1999): Libro de oro de la supersticiones. 1.ª ed., Eds. Añil, Madrid; pp. 224-226.

MORETA LARA, Miguel A. y Francisco J. ÁLVAREZ CURIEL (1992): Supersticiones populares andaluzas. 1.ª ed., Ed. Arguval, Málaga; pp. 99-103 y 193.

Es recomendable la visita a estas webs:

www.oftalmo.com

www.telecable.es

www.kala.com

www.funjdiaz.net

   

   

Diana Berbén Melgar (Cortes de la Frontera, Málaga, 1985). Diplomada en Maestro en Lengua Extranjera (sección: Inglés), ha cursado los estudios de Magisterio en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. II Época. Año VIII. Número 63. Septiembre-Octubre 2009. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2009 Diana Berbén Melgar. © 2002-2009 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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