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esulta sorprendente constatar que no
son pocas las personas que han asegurado haber
visto alguna vez un ovni, luces misteriosas que
provienen de algún ignoto rincón de la inmensa
bóveda celeste, extrañas naves voladoras
situadas por encima de las cabezas de la
humanidad, una humanidad asustada, testigo de lo
excepcional. Y nos preguntamos... ¿Qué serán?
¿Naves espaciales? ¿Otras especies que
demuestran que no somos únicos en el mundo? ¿O
se trata de cuerpos celestes en un viaje hacia
el infinito? ¿O, simplemente, son alucinaciones?
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Martín Rodríguez
Rodríguez, conocido por el “Niño de
Tordesillas”, a raíz de su altercado
con lo que parecía un ovni. |
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El caso que voy a relataros a
continuación le ocurrió a un niño, que no sólo
vio un objeto volador no identificado, sino que
además sufrió sus ataques.
Este suceso tan extraordinario como increíble
fue dado a conocer en 2004 por Íker Jiménez en
su programa “Cuarto Milenio”. En su emisión de
la noche de un domingo de ese año, este conocido
investigador de lo esotérico presentó en público
a Martín Rodríguez Rodríguez, el “Niño de
Tordesillas”, que, supuestamente, fue atacado
por un ovni. El informe del caso aparece
redactado en su libro Enigmas sin resolver,
publicado por la editorial EDAF, de Madrid, ese
mismo año.
El sorprendente acontecimiento
ocurrió en la década de los setenta en
Tordesillas, un pequeño pueblo de la provincia
de Valladolid, y tuvo como escenario un lugar
silencioso y apartado del entorno urbano.
Martín, el hijo del churrero, de sólo siete
años, fue testigo de un inaudito encuentro con
lo sobrenatural, tan peligroso que casi le
cuesta la vida. Ésta es la historia del niño de
Tordesillas.
En 1977, exactamente el 1 de octubre,
Martín Rodríguez, terminadas sus clases en el
colegio, volvía a casa, ubicada en la calle de
Valencia. Nada más llegar, deja su cartera, coge
una rebanada de pan con crema de cacao y sale
corriendo para jugar con sus amigos. El juego
elegido para esta tarde es el bote de la malla,
una especie de escondite, en el que sólo hay que
preocuparse por buscar un buen escondrijo para
que los otros no te encuentren...
Martín, junto con su inseparable
amigo Fernando, corren como locos en busca de un
escondrijo en el que no se les puedan encontrar.
Corren tanto que se alejan de la barriada de San
Vicente y acaban casi a las afueras del pueblo,
en un viejo corral abandonado situado en la
cuneta de la Nacional 122. Mientras caminan
rodeando el muro de adobe que circundaba la
construcción, Martín coge de manera instintiva
una piedra del suelo y la lanza por encima.
Inexplicablemente, un estruendo metálico que
parecía provenir del otro lado del muro rompe el
silencio que dominaba el descampado.
La curiosidad les puede y deciden
aprovechar que la valla de la casa está
derrumbada para entrar en ella. La luz de la
tarde ya se había ido y la penumbra dominaba el
lugar, el sitio estaba muy oscuro. Pero no era
cuestión de abandonar ahora. Cada vez están más
cerca del lugar en el que cayó la piedra.
Cuando cruzan el umbral de la vieja
puerta, los pequeños pueden percibir que algo
resplandece al fondo, junto a la pared: una
misteriosa luz que ilumina esa parte del corral.
Miran hacia arriba y su vista tropieza con un
enorme objeto que parecía de metal,
tremendamente luminoso y posado en sus tres
patas, cuyo aspecto es parecido al de una viga,
y estaba a sólo unos metros de ellos. De lo que
parecía ser una nave emanan luces de muy
diferentes colores, montando el conjunto una
escena que causa en Fernando un miedo
incontenible, mientras que a Martín lo deja
fascinado.
La nave medía tres metros de altura
por dos de ancho y emitía un sonido
ensordecedor. El extraño aparato se componía de
dos enormes escotillas, de las cuales irradiaban
luces de color rosa y azul. En medio del aparato
metálico se apreciaba una puerta cerrada. Martín
y Fernando percibieron un denso humo blanco
proveniente de un tubo que formaba parte de uno
de los lados del aparato. Sus tres enormes
patas, cuya estructura parecía un andamiaje en
zig zag, eran lo suficientemente fuertes como
para soportar todo el peso del aparato.
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Dibujo del artilugio que vio Martín
Rodríguez, trazado por el propio
niño. |
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En ese mismo momento, el sonido
emitido por la nave comienza a hacerse cada vez
más agudo e intenso, y el crisol de luces que
emite va cambiando, adquiriendo otros matices.
El ovni se eleva sobre su eje y las potentes
patas quedan flotando en el aire, dejando ver
unos grandes pinchos que antes estaban bajo
tierra. Los movimientos del artefacto parecen
torpes.
Martín, un chico inquieto y nervioso,
no puede evitar curiosear y averiguar de qué se
trata y se aproxima al objeto. Rápidamente,
salen de los adentros del aparato un potente haz
de luces que va directo hacia el abdomen de
Martín. No puede más, siente que le quema, que
le abrasa, provocando en su cuerpo sudores,
palidez en su cara y tal pérdida de audición que
le es imposible oír los gritos de su amigo
Fernando, que se sentía impotente ante lo que
estaba sucediendo.
El haz luminoso seguía apuntando a
Martín, que, con sus pupilas ya dilatas, acaba
por desplomarse al suelo como un fardo. En ese
preciso instante, el destello luminoso cesa, la
emanación acaba y el artilugio inicia un
vertiginoso ascenso hacia el estrellado
firmamento hasta dejar de verse. En la escena
sólo quedan Martín, inconsciente en el suelo, y
Fernando, aterrorizado.
Pocos minutos después, acude Fernando
en busca de ayuda al barrio. Inmediatamente,
algunos vecinos van al corral para rescatar a
Martín. Cogen en brazos al pequeño y lo llevan a
su casa. Antonio Rodríguez, padre de Martín, se
encontraba en esos momentos poniendo unos
azulejos en la vivienda cuando se percata de que
varias personas traen a sus hijo en brazos y se
teme lo peor.
Fernando, aún estremecido por el
acontecimiento, narra al padre de Martín lo
sucedido. Pero Antonio sospecha que la historia
es fruto de la imaginación del niño y supone que
lo más probable es que hubiesen hecho alguna
travesura que culminó con un final así. No le
creyó; sin embargo, en su cabeza cobra forma la
sospecha de que aquel estado de inconsciencia en
que se hallaba su hijo no podía ser casual.
Entonces, acompañado de un amigo suyo
llamado Eloy, Antonio va en busca de indicios
que le pongan sobre alguna pista de lo que pudo
motivar el estado de su hijo. Examinan el lugar,
pero no encuentran nada que dé sentido a lo
ocurrido. De repente, ven una señal que empieza
a dar credibilidad a lo relatado por Fernando.
En el suelo, pueden percibir un trozo de tierra
abrasada, con forma de una extraña figura
triangular. Ambos recogen muestras de esa tierra
y deciden pedirle opinión a un minero amigo de
la familia, llamado Olegario García Vega, que se
entrega al análisis de la muestra. El resultado
es anormal, los restos de tierra olían a azufre.
Era indiscutible que algo alarmante les había
sucedido a los niños en el antiguo corral.
Martín es tratado por los médicos de
Tordesillas desde el primer momento. Consiguen
estabilizarlo, pero como no logran encontrar los
motivos de su continuo malestar, deciden su
traslado e ingreso en el hospital Onésimo
Redondo, de Valladolid.
Después del extraño suceso, Martín
presenta un cuadro patológico que es motivo de
sorpresa entre los facultativos: sufre
frecuentes pérdidas de visión, tiene vómitos a
menudo y presenta una fuerte debilidad.
Al comprobarse que la gravedad del
niño persiste y que no experimenta mejoría
alguna, el doctor Martínez Portillo decide
someterlo a una primera intervención quirúrgica,
que culmina con el diagnóstico del mal estado
del pequeño: algunas partes de su cerebro
presentaban un desarrollo anómalo, compatible
con las disfunciones que venía el niño.
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Secuelas que aún perduran en la
cabeza de Martín Rodríguez, ya
adulto. |
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En los dos años siguientes, Martín
fue sometido a catorce intervenciones de extrema
gravedad, que han dejado, tanto la cabeza como
el cuerpo del muchacho, innumerables cicatrices
y costuras, todas ellas aparejadas de secuelas
irreparables. Cabe mencionar que se le tuvieron
que implantar diversas válvulas artificiales
para realizar las funciones vitales, que no
podía realizar con normalidad. Tras estas
intervenciones, Martín era mandado a casa con la
ilusión de acabar por siempre con la pesadilla,
pero, a los pocos días, regresaba al hospital en
un estado más que lamentable.
Poco a poco comenzó a normalizarse la
quebrantada salud del muchachuelo. Volvió a su
colegio, a sus juegos, su rutina... Nada parecía
haber cambiado, pero, realmente, Martín ya no
era el mismo. Siempre había sido un estudiante
normal, que sacaba adelante las asignaturas como
podía, teniendo mayor dificultad en las
matemáticas. Eso había cambiado. Increíblemente,
Martín Rodríguez adquirió una capacidad de
retención memorística y una gran habilidad para
las relaciones lógicas muy superior a la que
siempre había demostrado. Comenzó a interesarse
por el dibujo, la poesía, la escultura y las
matemáticas. Sus profesores don José Luis, don
Tertuliano y don Anselmo no podían creer lo que
ocurría; la transformación que el niño estaba
experimentando era del todo inexplicable. Unos
veían una explicación en la radiación que pudo
haber recibido el día del su encuentro con aquel
artilugio misterioso, que hubo de producir en su
cerebro el desarrollo de unas facultades que
tenía aletargadas, mientras otros explicaban el
fenómeno diciendo que, después de haberse estado
a punto de morir, sin tener en cuenta la edad,
las cosas no se ven como antes y la vida recobra
todo el interés.
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