N.º 65

ENERO-FEBRERO 2010

11

   

   

   

   

   

   

   

POR SI LUEGO SE HACE TARDE

   

Por Noelia Parodi Piñero

   

   

B

ajo la tediosa lluvia de febrero, con un pequeño paraguas negro como única protección, Diego espera la llegada su amigo Raúl en el bar de la esquina. Es un bar relativamente nuevo en el que Diego ha decidido invitar a su amigo por la calidad del café y, por qué no decirlo, por esa dulce camarera que, desde hace tres semanas, le sirve el desayuno con una deliciosa sonrisa que le sabe mejor que las magdalenas que acompañan su café cortado. Al fin, a la lejos, aparece Raúl. Despistado y poco previsor como siempre, trata de cubrirse de la lluvia inútilmente con un periódico que hace las veces del paraguas, que, probablemente, ha olvidado en el maletero de su coche. Diego sonríe, es agradable conocer a alguien tan bien como ellos dos se conocen.

¡Hola! Saluda, algo apurado, Raúl.

¡Hola! Diego cubre con su paraguas al empapado amigo. ¿Cómo va todo?

Pasado por agua sonríe Raúl. Aparte de eso, todo bien.

Me alegro. Anda, pasemos, que aquí fuera vas a coger una pulmonía...

Entran en el bar y se sientan en una mesita cercana a la barra, donde Diego tiene la oportunidad de observar a su camarera preferida. Es curioso, piensa, porque por una vez, desde hace mucho tiempo, no es su físico lo que le llama la atención, pese a su hermosa sonrisa y sus ojillos verdes, sino esa forma que tiene de dirigirse a él, con esa voz, esos gestos...

Mucho mejor ahora Raúl interrumpe sus pensamientos. Por suerte para él, su chaqueta era impermeable y el resto de su atuendo sigue completamente seco a excepción de sus zapatos, señal inequívoca de un resfriado futuro. ¿Qué me recomiendas? Abre la carta disimuladamente mientras observa cómo su amigo Diego se pierde en la mirada de la joven camarera, que les acaba de traer las cartas.

¡Hum! La verdad es que no sabría qué decirte. Yo suelo tomar siempre lo mismo.

¿A la camarera, por ejemplo?

¿Cómo dices?

¡Venga, Diego, que nos conocemos...! No has dejado de mirarla desde que hemos entrado, y eso que sólo han pasado... mira el reloj y continúa diciendo ...dos minutos.

Pues eso, tampoco es tanto tiempo disimula él.

Ya, claro...

La joven protagonista de la conversación de ambos se acerca.

¿Saben ya qué desean? pregunta, con una voz que recuerda a cantos celestiales; al menos, para Diego.

Yo voy a pedirme un chocolate y un gofre con nata y chocolate. Raúl, siempre goloso, aprovecha el frío del día y se pide su dulce preferido.

Para mí, lo de siempre dice Diego, extasiado.

¿Un cortado y unas magdalenas? sonríe la joven, sin disimular tampoco el encanto que parece emanar su amigo Diego.

Sí, por favor.

De acuerdo, en unos minutos se lo traigo.

   
     

  

Soy un lirio. Gracias. Y tú eres muy simpática, ¿qué eres?

   

La muchacha se aleja. Debe tener unos veinticinco años, un par menos que Diego, y su forma de hablar denota educación y bien estar. Raúl retoma la conversación como quien no quiere la cosa.

Entonces, ¿me vas a contar qué hay entre vosotros o no?

Si lo sé, no te traigo aquí protesta Diego.

Si me has traído es porque querías contármelo, no digas que no.

Diego sonríe. Sí; desde luego, da gusto encontrar a una persona que te conozca tanto y a la que tú conozcas tanto. Diego ha admirado siempre a Raúl por la capacidad que tiene de ver las cosas y de analizarlas desde otra perspectiva. Sus consejos siempre han sido una buena guía para su tortuoso caminar por la vida, y, como siempre, tiene razón, le ha traído allí porque, en el fondo, quería contarle cómo esa joven hacía que sus desayunos supieran a gloria incluso en el peor de los días.

Está bien, está bien. Se acerca un poco más a su amigo, temiendo ser escuchado por la camarera, que ahora sirve a otra mesa. Abrieron este café hace unas semanas y decidí probarlo, harto ya del café de máquina del trabajo. Y...

Y la encontraste sonríe su amigo.

Bueno, nos encontramos. Ella me sirvió aquel primer día, atenta y servicial, como se supone que son los camareros. Pero para mí fue distinto. No sé cómo explicártelo.

No expliques nada. Sólo hay que ver cómo os miráis.

¿Nos... miramos? —pregunta Diego, y, traicionado por la curiosidad, levanta la cabeza hacia la joven que, tras la barra, le observaba atentamente. Cuando sus miradas se encuentran, ella baja la cabeza, azorada, y Diego retoma enseguida la conversación con su amigo. «Es pura casualidad» —trata de excusarse a sí mismo.

Ya, claro. A ver, dime, ¿cuál es el problema? Esa chica te gusta y, aunque sé que un café no es el mejor lugar para tener una conversación en condiciones, sobre todo teniendo en cuenta que ella es la camarera y tiene que trabajar, creo que podrías quedar con ella fuera, ¿no?

¡Qué dices! Me moriría de vergüenza. No sé siquiera qué interés puede tener?

En ese instante, suenan de nuevo las campanas celestiales.

¿Me disculpa?

La joven no puede servirles lo que han pedido debido a que Diego está prácticamente tumbado sobre la mesa para evitar que su conversación fuera escuchada. Al joven le sorprende la presencia de la mujer, que ahora ocupa todos sus pensamientos, y se coloca recto en la silla enseguida.

Por supuesto, lo siento.

Nada, por favor —sonríe la joven.

Raúl enseguida nota que, mientras le sirve el café y las magdalenas no deja de mirar a su amigo, y aún cuando sirve su gofre y su chocolate, la mirada y atención de la joven siguen puestas en Diego, lo cual casi provoca que se le derrame el chocolate en la mesa.

¡Lo siento! —dice sonrojándose.

No pasa nada. Raúl la excusa con una simple sonrisa.

Cuando ella se aleja, Raúl vuelve al ataque.

Repíteme dónde está el problema, porque está claro que, aunque no entienda cómo ni por qué, estáis los dos embobados el uno con el otro.

Raúl, por eso mismo. Es tan irracional. Ni siquiera sé cómo se llama. No sé nada de su vida... ni ella de la mía. Sólo hemos cruzado una y otra vez las mismas palabras día tras día, y todas iban en torno a un café y unas magdalenas. ¿Cómo quieres que le diga que creo que me he enamorado de su forma de sonreír, hablar, mirarme?

¿Enamorado? Vaya, es aún más de lo que esperada. ¡Diego enamorado...!

¡Shhh! Que nos va a oír.

Ciertamente, hasta Diego estaba sorprendido. Raúl se casó hacía dos años con la mujer de su vida, tras haber compartido con ella seis años de un largo noviazgo. Diego era el que no se enamoraba, era el alma libre que iba de flor en flor, picando donde más le gustaba, sin ataduras y sin ningún deseo de tenerlas. Y ahora no dejaba de pensar en una chica que ni siquiera conocía.

Diego, ahora ya en serio. Habla con ella.

Raúl, ¿no lo entiendes? No tengo oportunidad para hacerlo. Vengo, me tomo mi      desayuno y vuelvo a trabajar. Cuando salgo, el bar ya está cerrado y ella, por supuesto, tampoco está. Cuando me sirve el café, siempre he pensado decirle algo, preguntarle su nombre, saber si me daría su número de teléfono, si querría quedar conmigo alguna vez cuando termináramos de trabajar... Pero no veo el momento. Siempre pienso que mañana lo haré, pero nunca me atrevo. Supongo que algún día daré el paso.

¿Algún día, Diego? ¿No crees que eso es dejar pasar demasiado el tiempo?

Bueno, al fin y al cabo, el café no creo que cierre y yo vendré todos los días y...

Diego, deja que te cuente una historia que tal vez te ayude a pensar con más claridad. Trata de una hormiguita y un lirio, y dice así:

Había una vez una hormiguita —empieza Raúl su narración— que, como todas las hormiguitas, era trabajadora, obediente y servicial. Se pasaba acarreando hojitas de día y de noche y casi no tenía tiempo para descansar. Y así transcurría su vida, trabajando y trabajando.

Un día fue a buscar comida a un estanque que estaba un poco lejos del hormiguero, y, para su sorpresa, al llegar al estanque vio cómo un botón de lirio se abría y de él surgía una hermosa y delicada florecilla.

La hormiguita se acercó a aquella flor tan hermosa y le preguntó:

¡Hola! Eres una flor muy bonita, ¿qué eres?

Y la florecita contestó:

Soy un lirio. Gracias. Y tú eres muy simpática, ¿qué eres?

Soy una hormiga. Gracias también.

Y así, la hormiguita y el lirio siguieron conversando todo el día y se hicieron grandes amigas.

Cuando iba anochecer, la hormiga regresó a hormiguero, no sin antes prometer al lirio que volvería al día siguiente.

Mientras iba caminando a casa, la hormiga descubrió que admiraba a su nueva amiga, que la quería muchísimo, y se dijo «Mañana le diré que me encanta su forma de ser, mañana».

Por su parte, el lirio, al quedarse solo, se dijo: «Me gusta la amistad de la hormiga; mañana, cuando venga, se lo diré».

Pero al día siguiente, la hormiguita se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior porque se había pasado casi toda la jornada charlando con el lirio. Así que decidió quedarse trabajando: «Mañana iré con el lirio —se dijo—; hoy no puedo, estoy demasiado ocupada. Mañana iré y le diré, además de justificar mi ausencia de hoy, que la he extrañado mucho».

Por desgracia para ella, el día siguiente amaneció lloviendo y la hormiga no pudo salir de su casa, y se dijo: «¡Qué mala suerte, hoy tampoco podré ir a ver al lirio!  Bueno, no importa. Mañana le diré todo lo especial que es para mí».

Y al tercer día, la hormiguita se despertó muy temprano y, con toda la celeridad que le permitían sus cortas patitas, se fue al estanque, pero, al llegar, encontró al lirio en el suelo, ya sin vida.

La lluvia y el viento habían destrozado su tallo. Entonces, la hormiga pensó: «¡Qué tonta fui, he desperdiciado demasiado tiempo. Mi amiga se ha ido sin saber todo lo que la quería. ¡Qué arrepentida estoy!».

Pero ya no había remedio. La florecilla y la hormiguita nunca supieron los hermosos sentimientos que habían se habían despertado recíprocamente.

»Con esto quiero decirte, amigo mío, que no siempre hay tiempo para decirles a los demás lo que sentimos por ellos. A veces, damos por hecho que las personas van a estar ahí para siempre, a la espera de que nos decidamos a confesar lo que sentimos, pero el tiempo pasa implacable, Diego, y muchas veces acaba siendo demasiado tarde.

»Si ella ha despertado en ti continuó Raúl diciendo la llama del amor que nunca pensaste que sentirías, creo que es justo que le des una oportunidad y que lo hagas ya, por si luego se hace tarde. Porque quizás mañana, ella se haya marchado a trabajar a otro lugar o haya encontrado en alguna discoteca o aquí mismo, en este bar, a alguien que sí le haya sabido decir qué bonitos ojos tiene o lo hermosa que le parece su sonrisa. Y entonces, Diego, sí que no podrás hacer nada. No, no esperes a mañana para soñar, no esperes a mañana para decirle lo que sientes por ella.

Diego escuchó atentamente a su amigo. Como siempre, tenía razón. La vida le había dado el don de la palabra, de eso no cabía la menor duda. No en vano, los amigos, en secreto, le llamaban el jeque. Siempre tenía alguna historia que contarles, algún consejo sabio que ofrecer.

Diego observó cómo Raúl se bebía su chocolate tranquilamente, tras haberse comido su gofre, y sonrió pensando, por tercera vez en el día, lo afortunado que era de tenerlo como amigo.

Vacía su taza, Raúl se levantó.

—Discúlpame un momento, voy al servicio. Si terminas tu café, es probable que ella venga a recogerlo?

Le vio alejarse y apuró su tacita. La camarera, que no había dejado de mirarlos, se acercó puntual.

¿Han terminado ya?

   
     

  

Soy una hormiga. Gracias también.

   

Diego la miró. Sintió de nuevo aquella extraña sensación de familiaridad y cariño que le despertaba esa joven a la que apenas conocía, y pensó en lo que acababa de contarle su amigo Raúl. No se perdonaría en la vida haberla dejado pasar. No, al menos, sin haberlo intentado.

Por favor, tutéame —le pidió a la joven. Al fin y al cabo, hemos estado viéndonos hace ya un tiempo y puede decirse que no somos unos desconocidos, ¿no crees? —añadió la joven, algo sonrojada.

—¿Cómo te llamas —preguntó el chico, dejando salir todas sus armas de seductor antaño utilizadas. Yo me llamo Diego.

Yo, Laura; encantada.

Encantado, Laura de la sonrisa hermosa.

Gracias. La joven agachó la mirada.

También tienes unos ojos preciosos.

¿Buscas algo conmigo? —preguntó ella sorprendentemente resuelta, clavando sus ojos en los de él.

Bueno... Él dudó, desarmado por aquella mirada. Luego, se sinceró—. En realidad, me preguntaba si querrías quedar conmigo alguna vez.

Es increíble, ¡si no te conozco de nada...! —respondió ella de inmediato.

Ya, bueno, sé que es una tontería, pero...

—Llevaba días preguntándome si alguna vez me pedirías salir —le interrumpió ella, mientras le callaba con un dedo en los labios. ¿Te parece bien hoy a las nueve? —le sugirió acercándose a su oído—. Sé de un sitio donde se cena muy bien y todas las camareras son como yo. Aunque espero que eso no te haga perder el interés.

Diego sonrió, mientras ella le guiñaba un ojo. Recogió la mesa y se alejó, mirando de vez en cuando al lugar donde estaba Diego como flotando sobre una nube, perdido en otro mundo.

Raúl llegó en ese instante del baño. Entendió todo sólo con mirar a su amigo.

¿Y bien?

Mi lirio seguía en pie —le dijo Diego. He llegado a tiempo.

Raúl esbozó una sonrisa mientras miraba a su amigo.

Los amigos se levantaron de sus asientos y se dirigieron a la puerta. Antes de salir, Diego miró una última vez a la camarera, esa chica por la que había suspirado tantas veces en silencio, por la que apenas había logrado conciliar el sueño las últimas noches y con la que jamás albergó la menor posibilidad de poder salir.

Ella le sonrió mientras se acercaba a otra mesa. Diego agarró a su amigo por los hombros y, cubriéndole con su paraguas, salieron ambos de aquel bar, donde una joven ilusionada no dejaba de pensar qué se pondría esa noche para la cita con aquel joven al que, desde hacía semanas, servía el café, con la esperanza de que él se fijara, aunque fuera una sola vez, en ella.

   

   

     

Noelia Parodi Piñero (Las Palmas de Gran Canaria, 1987). Diplomada en Maestro en Educación Primaria por la Universidad de Málaga, estudia la licenciatura de Psicopedagogía en la misma Universidad. Su pasión por la lectura se transformó enseguida en amor por la escritura, a través de la cual transmite sus más profundos sentimientos y opiniones. Ha sido ganadora de varios premios literarios de su localidad, Estepona (Málaga).

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Año IX. II Época. Número 65. Enero-Febrero 2010. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2010 Noelia Parodi Piñero. © 2002-2010 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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