N.º 68

AGOSTO-OCTUBRE 2010

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RITA LUNA

Málaga, 1770 - El Pardo (Madrid), 1832

  

  

  

Por Ana Naranjo Fernández

  

  

  

L

a que llegó a ser considerada como una «princesa rodeada de comediantes», esa actriz que señoreó su arte y su bien hacer escénico en una época donde presidía la exageración extravagante y la vulgaridad, esa hembra fina y natural donde las haya, esa mujer de prestigio y respetada por todos, esa artista que fue causando envidias por donde iba por su profesionalidad innata se llamó Rita Luna y había nacido en Málaga. Rita Luna, en efecto, pasó por los mejores teatros de España y podría haber llegado más allá si no hubiera dejado la escena a temprana edad. No se sabe ciertamente el motivo de ello, pero debió ser algo bastante duro para ella como para terminar repugnándole el teatro y todo lo que le rodea a éste.

   

Infancia y adolescencia

Rita Vidal Alfonso García era hija del matrimonio formado por Joaquín Alfonso y Royo y la actriz Magdalena García. Conocida en el mundo artístico de la escena con el nombre de Rita Luna, había nacido en Málaga en 1770 y en esta ciudad andaluza vivió sus primeros años.

Su padre era descendiente de una ilustre familia aragonesa oriunda de Oliete (Teruel), y, por las razones que fueran, él y su esposa vivían dedicados al dificilísimo arte de la declamación, en el que no dejaron de recoger laureles. No tiene, pues, nada tiene de extraño que las tres hijas de la pareja, Andrea, Josefa y Rita, se aficionasen al teatro, extenso campo que su genio podía recorrer, haciendo aspirar al corazón el perfumado ambiente del entusiasmo.

Como puede apreciarse, el apellido de Luna no era el paterno; fue adoptado por ella al salir a escena, como también parece ser que su padre ya lo había adoptado antes al hacerse comediante.

   

La partida está plagada de equivocaciones

En su partida de nacimiento se dice que Rita nació el 28 de marzo, lo cual desmienten datos de la época y así lo ha afirmado también Mesoneros Romanos, el más acertado de sus biógrafos. El error consiste en que se cambió el mes de nacimiento, pues debió ver la luz el 28 de abril y no el 28 de marzo. Prueba de ello la encontramos en que sus padres le pusieron Vidal como segundo nombre (así, Rita Vidal), siguiendo la piadosa costumbre de darle al neófito el nombre del santo del día, y la onomástica de San Vidal, el ilustre mártir de Rávena, la celebra la Iglesia católica el 28 de abril. Por otra parte, también es más lógico que fuera bautizada cuatro días después de nacer y no al mes y pico.

De igual manera, en la partida de nacimiento se equivocaron los apellidos del padre y hubo necesidad de instruir, veintiséis años después, un expediente para su rectificación. En dicho expediente se hace constar cumplidamente que el apellido de Rita Vidal era Alfonso, y no Royo, ya que el nombre de su padre era Joaquín Alfonso, y no, Alfonso Royo, como rezaba en la partida parroquial.

La educación de Rita, lo mismo que las de sus hermanas, fue no tanto artística, cuanto esmerada y religiosa, pues eran muy austeros los principios que profesaba su padre sobre este punto.

   

     
     

  

Una jovencísima Rita se traslada a Madrid, y, en un teatro provisional que el actor Sebastián Briñoli había insta-lado en un piso bajo de la casa número 20 de la calle de Barco, inicia sus represen-taciones escénicas.

   

Comienzos artísticos

En 1789, cuando apenas cuenta los 19 años de edad, comienza su trabajo en la escena. Ese año, una jovencísima Rita se traslada a Madrid, y, en un teatro provisional que el actor Sebastián Briñoli había instalado en un piso bajo de la casa número 20 de la calle de Barco, inicia sus representaciones escénicas. Era una forma de burlar el luto que se había impuesto oficialmente a causa del fallecimiento del rey Carlos III, según el cual quedaban clausurados todos los teatros de la Villa y Corte durante un tiempo.

Rita, a pesar de sus pocos años y escasísima experiencia, reveló, desde su primera salida a los escenarios, las grandes cualidades que reunía, y comenzó a recibir entusiastas y merecidos aplausos, al representar con notable acierto varias comedias de nuestro tan bello como difícil teatro clásico, en las que supo dar grandes muestras de sus brillantes cualidades artísticas, particularmente al interpretar las siempre instructivas escenas de Una casa con dos puertas mala es de guardar, de Calderón de la Barca.

   

Competencia personal

Los aplausos que en esta primera época de su vida artística obtuvo no fueron sino precursores de los que el tiempo reservaba a su genio. Un año después, en 1790, la joven Rita se ajusta en la compañía de los Reales Sitios, donde comienza a crearse una reputación envidiable.

Su ya merecida fama hizo que el conde de Floridablanca, valido del rey Carlos IV, se fijase en ella y, el 8 de abril de 1792, da instrucciones para que ingresara en el Corral del Príncipe como ‘segunda dama’ de la compañía de Manuel Martínez, quien ya desempeñaba sólo papeles de barba y acompañado de la bella y desenvuelta María del Rosario Fernández, conocida como ‘la Tirana’, tan famosa por su talento como por su mal carácter y sus aventuras amorosas; a la graciosa Manuela Montéis, a Victoria Ferrer y a Josefa Luna, hermana de Rita. Esta farándula contaba también con el gracioso Francisco López, el barba Vicente García, el figurón Pepe Morales y los galanes Juan Garcilaso, Antonio Robles y José Huerta.

En aquel teatro intervino en la comedia titulada La esclava del negro ponto, de Luciano Cornella, en la que interpretó magistralmente el papel de sultana. Su caracterización fue tan desenvuelta y su aplomo tan extraordinario que excitó de tal manera el entusiasmo del público que fue causa de que se repitieran las representaciones durante diecinueve días consecutivos, cosa apenas conocida en aquel entonces.

    

Rita Luna, entre el éxito y los celos

Triunfo tan completo como lisonjero no pudo menos que excitar los celos de la primera dama María del Rosario Fernández. Acostumbrada ‘la Tirana’ a que los aplausos tan repetidos sólo se le prodigasen a ella, se desencadenaron en su pecho todos los malos sentimientos de que es capaz de incubar una profunda envidia, y, desde aquel momento, pensó únicamente en acabar como fuera con aquella naciente reputación que amenazaba con destruir en breve la suya.

Para conseguirlo, aprovechando que se estaba representando aquella temporada la comedia de Antonio Enríquez Gómez, Celos no ofenden al sol, pieza teatral de una cierta complejidad para la actriz principal, fingió estar enferma a fin de forzar la situación de que Rita ejecutase, sin estudio y ensayo previos, el papel en que ella era justamente aplaudida.

Pero Rita no era tonta y ya contaba de antemano con alguna treta de la diva, así que, previendo tan indigno proceder, había estudiado concienzudamente con antelación los papeles, el propio y el de su rival. Llegado el momento previsto, cuando se le avisa de que tiene que suplir a la primera dama, puso en escena aquella producción con éxito tan lisonjero, que un indecible entusiasmo se apoderó de los espectadores, produciendo un efecto desconocido hasta entonces. Su éxito fue arrollador.

Viendo ‘la Tirana’ el mal resultado que su ardid había producido, sólo pensó en salir triunfante de aquella competencia, aunque era consciente de que su rival era temible. Pero el dolor de su herida vanidad era muy superior a la mesura que pudiera sugerirle el menor atisbo de inteligencia.

‘La Tirana’ quiso disputar el terreno, luchar como una leona, y volvió a la escena con la comedia La mujer vengativa. El desengaño fue temible. El público se mostró frío, apenas hizo sonar sus aplausos, y su reserva confirmó en aquella noche el triunfo de Rita Luna.

Pero ‘la Tirana’ era mujer de gran experiencia, sobrada de intención, con amigos influyentes y de admirable diplomacia. Poco a poco logró martirizar con pequeños pero continuos incidentes a Rita, hasta que ésta, harta de la presión que le suponía aquel acoso, decide abandonar la escena del Príncipe, en donde quedó su hermana Josefa, según se ve en la lista del año siguiente. Rita había actuado en el Teatro del Príncipe desde el 8 de abril de 1792 al 13 de febrero de 1793. Con el abandono de este escenario, la malagueña dejaba también de pertenecer a la compañía teatral de Manuel Martínez.

   

Su consagración artística

En la siguiente temporada teatral, Rita fue contratada por Coliseo de la Cruz con el mismo carácter de segunda dama. En este nuevo recinto la esperaban nuevos y bien merecidos laureles.

En la representación de El desdén con el desdén, de Agustín Moreto, produjo entre el público un entusiasmo inefable. Juana García, considerada hasta ese instante primera dama en aquel teatro, supo de inmediato que era una empresa loca disputarle la victoria a aquella eminencia escénica, y pidió su retiro. Rita, con el camino franco, ocupó su lugar, con general aplauso.

Una y otra noche recibió ovaciones delirantes aquella actriz de origen malagueña, distinguiéndose en La dama boba, La moza del cántaro, La villana de Vallecas, La más constante mujer, Como amante y como honrada, Misantropía y arrepentimiento, El socorro de los mantos, El perro del hortelano, No hay contra lealtad cautela, y tantas otras comedias en las que el público continuó de día en día prodigándole sus más entusiastas elogios; jamás se aficionó a la tragedia. Fueron sus autores predilectos Moreto, Lope de Vega, Tirso de Molina, Montalbán, Leyva y Rojas.

   

El genio artístico de Rita Luna

El genio en la escena es de indiscutible reconocimiento, tanto más digno de admiración, cuanto que Rita comenzó su carrera teniendo que crear, porque en vano hubiera querido buscar modelos en su tiempo. El mal gusto declamatorio de su época, la tradición de María Riquelme y la de memoria más reciente, María Ladvenant, debieran haber sido obstáculos que se opusieran a sus triunfos; pero su alma elevada, su sentimiento artístico, su fogosa imaginación y su finísima sensibilidad lograron apartar los abrojos de su glorioso camino, abriéndose paso su talento hasta el corazón de los espectadores, cuyas fibras hería con esa pasmosa habilidad que es sólo patrimonio del genio.

Sus lágrimas hacían correr las de los que escuchaban su voz; su dolor se transmitía mágicamente con su acento y de su mirada brotaban ya el odio, ya el amor, ya la compasión, ya la venganza. Dotada de natural finura y distinguido porte, sus accidentes todos podían considerarse como verdaderos modelos, haciendo que pareciese en la escena, según las palabras de un distinguido literato de su tiempo, «una princesa rodeada de comediantes».

El teatro francés había irrumpido en los escenarios españoles y ahora estaba de moda. Pero Rita Luna representaba a los clásicos españoles del Siglo de Oro. Todos los entendidos la consideraron como la actriz más eminente de su época. Se dice que, entre sus más preclaras cualidades, figuraban el bello timbre de voz, la modulación fácil y el purísimo decir.

Rita Luna triunfó en toda la línea, no tuvo rival que alzara igual que ella el vuelo, y, durante dieciséis años, fue reina absoluta y señora del Coliseo de la Cruz.

Hubo también sus noches oscuras en la vida de esta malagueña. En medio de estas ovaciones, brotaron espinas; por la cara de la artista corrieron lágrimas de verdad, y varias veces presentó instancias amenazando a la Junta de teatros con marcharse de Madrid. Por otro lado, los sueldos en aquella época eran tan pequeños, que con ellos no era posible sostenerse.

    

Rita en sociedad

Si notable fue Rita Luna como actriz, no lo fue menos como señora. En sociedad era afable en extremo: su alma, dotada de una exquisita sensibilidad, jamás miró con indiferencia las desgracias ajenas, y todos encontraban en ella inequívocas muestras de sus sentimientos generosos, hasta el punto de despojarse de sus propios vestidos para darlos a los necesitados.

Su vida, modelo de virtud, era constantemente retraída. Llegó a profesar una repugnancia inconcebible a la escena. Trabajaba sola en su habitación y, durante los ensayos, no consentía ser visitada ni por la familia; tal era el tedio, la aversión que le había cobrado al escenario, que no permitía hablar delante de ella de cosa alguna referente al teatro. No sólo no le gustaba oír elogiar sus triunfos escénicos, sino que delante de ella no podía hablarse nada que el teatro se refiriera.

No por esto dejaba de participar de los caprichos y de las debilidades humanas, una de las cuales fue haber tomado tal resentimiento con Fernández de Moratín por haberle censurado al ejecutar una de sus comedias, que jamás volvió a representar ninguna obra más de aquel célebre autor.

   

Su retirada de la escena

Cuando apenas contaba 36 años, sin motivo alguno perceptible y cuando la fortuna y el favor del público parecían sonreírle, puso fin a su gloriosa carrera, retirándose del teatro sin que nada fuese bastante para hacerla variar de propósito. Corría el año de 1806.

En vano fueron para su inquebrantable voluntad los mensurados consejos de respetables personas; en vano los ruegos de sus buenos y numerosos amigos. Poco interesada, desoyó también las amplias y generosas ofertas de la Municipalidad de Madrid, que, para satisfacer los justos deseos del público, le hizo las más ventajosas proposiciones. Su resolución era irrevocable, e inútiles fueron todos los esfuerzos para que continuase un camino que siempre encontró sembrado de flores.

La curiosidad del público, avivada por tan inesperada cuanto tenaz resolución, se esforzó en vano durante largo tiempo por descubrir las causas verdaderas que hicieron a Rita abandonar la escena, y renunciar para siempre a sus legítimos triunfos. Unos lo atribuyeron a desavenencias con el Corregidor de Madrid; otros, a un excesivo fondo de melancolía, y otros, quizá los más acertados, las interpretaron como la última página de la historia de unos malogrados amores. ¡Quién sabe si todas estas causas aunadas contribuyeron a hacerla tomar tan extrema resolución!

     
     

  

Si notable fue Rita Luna como actriz, no lo fue menos como señora. En sociedad era afable en extremo.

   

Se cometa que solía decir que estaba dispuesta a casarse con quien la retirara de las tablas. A su pesar, permaneció soltera. Bella, agraciada y solicitada en matrimonio por numerosos actores, nunca se quiso casar y, al parecer, tuvo alguna pasión no correspondida que amargó sus últimos años, que pasó voluntariamente recluida y practicando numerosas obras pías y de caridad. Rita pertenecía a la Cofradía de la Virgen de la Novena o del Silencio, como la mayoría de los actores y literatos de Madrid.

Retirada de las escenas la eminente Rita Luna, se pensó en Coleta, joven discípula suya, para sustituirla. María Coleta García Godínez de Paz era madrileña, de familia hidalga, en la que jamás hubo comediantes. En la temporada 1799-1800 fue contratada por la compañía de Luis Navarro, en la que iba de primera actriz Rita Luna, a la que sustituyó en varias ocasiones.

   

Rita, en Málaga

Durante la invasión francesa (1808-1813), prefirió la calma de Málaga y aquí se trasladó a vivir la calma del Mediterráneo, apartada de los trastornos y revueltas que en la Villa y Corte se padecían. De aquí se traslada a Carratraca, municipio cercano, para buscar alivio a sus dolencias, y, más tarde, a Toledo, desde donde trasladó de una vez su residencia al Real Sitio de El Pardo, en Madrid.

Entregada a prácticas religiosas y reducida a un voluntario y total retraimiento, apenas salía de casa. En una de esas ocasiones, contrajo una pulmonía que sería la causa de su fallecimiento, que tuvo lugar el día 24 de febrero de 1832. La que había sido merecidamente una gran actriz de las escenas españolas durante muchos años bajaba al sepulcro a los 62 años de edad.

   

La crítica ante Rita Luna

Apartados ya por casi dos siglos de la época de sus brillantes triunfos, y más distantes aún del gusto peculiar y de las conveniencias artísticas de aquel periodo, no nos es posible calificar hasta qué punto fue justo ese entusiasmo, ni merecida aquella continua ovación de que, al decir de la fama, fue objeto constante Rita Luna. No obstante, creyendo, como creemos, que nunca un público entero se equivoca fácilmente en sus apreciaciones artísticas, y habiendo leído la que han hecho de ésta críticos tan entendidos como respetables, no podemos menos de convenir en que debió ser una gran actriz, y que las lágrimas y la simpatía que logró excitar con dramas tan medianos como La esclava del negro ponto o La viuda de Malabar, y otros de la época, hubiera sabido alcanzarlos con mayor razón en la tragedia clásica, y en el romántico drama moderno.

Por desgracia, el arte de Rita Luna floreció en tiempos de gran decadencia literaria, una época en que el teatro estaba avasallado por ‘los Comellas’ y ‘los Valladares’. Era sorprendente verla descollar en la escena, por la sencillez y la naturalidad de la expresión, en unos tiempos en que dominaba el mal gusto y la exageración extravagante. Hasta el gran actor Isidoro Máiquez, que pocos años después debía regenerar con sus esfuerzos la escena española, no llegaría a compartir los laureles de la Rita, privando a la admiración del público contemplar juntas las dos más grandes figuras teatrales que jamás brillaron en el teatro español. Con todo, su mérito como artista fue inmenso y así está reconocido.

    

Rita Luna y los dos cuadros de Goya

Tuvo la oportunidad de que Francisco de Goya y Lucientes la retratase, al menos, en dos ocasiones. En el primer retrato, que se conserva hasta nuestros días, perteneciente a una colección particular, aparece la cómica peinada muy discretamente, con una mirada melancólica y triste cara, y ataviada de un manto muy pudoroso y modesto. Así la pintó Goya, de medio cuerpo, entre 1814 y 1816.

Por lo que luego ocurrió, se supone que el otro retrato hubo de ser «más alegre» que el primero. Se tiene constancia de que, entre los motivos que aparecían plasmados en el lienzo, Rita se situaba en el campo, en un rústico asiento, y al lado suyo un perro que ladraba. A su pie, aparecía escrito de mano del autor: «Los perros ladran a la Luna, porque no la pueden morder». La inscripción estampada por Goya se refería a las muchas envidias que el exquisito arte de la malagueña había suscitado en su tiempo.

Con respecto a este cuadro, se sabe que cuando la actriz, ya en sus últimos años de vida, pasa por una exaltación religiosa fuera de lo común, quiso romper todo recuerdo relacionado con su pasado íntimo y con el ejercicio de su profesión histriónica. Se dice que el cuadro fue pasto de las llamas por orden expresa de la retratada. No se sabe qué remordimientos podría traerle a la memoria.

   

   

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

“Rita Luna”, en Mujeres andaluzas. Biografías [En línea]. Disponible en web: <http://www.andalucia.cc/viva/mujer/mujerl.html#LUNA>. (Consulta de 25 de enero de 2009).

“Rita Luna”, en WIKIPEDIA [En línea]. Disponible en web: <http://es.wikipedia. org/wiki/ Rita_Luna>. (Consulta de 24 de enero de 2009).

DE LA RADA Y DELGADO, Juan de Dios (1868): Mugeres Célebres de España y Portugal. Víctor Pérez, Ed., Barcelona.

DÍAZ DE ESCOVAR, Narciso (1900): Rita Luna. Apuntes biográficos de la eminente actriz malagueña. Tipografía de Zambrana Hermanos, Málaga.

SOLÍS, Ramón: El Cádiz de las Cortes: La vida en la ciudad en los años 1810-1813. Prólogo de Gregorio Marañón. Reedición de la edición conmemorativa de 1987. Sílex Eds., Madrid, 2000.

TORDERA SÁEZ, Antonio (1997): «Historia e historias del teatro: la actriz Rita Luna», en Del oficio al mito: el actor en sus documentos. Edición de Evangelina Rodríguez Cuadros. Servei de Publicacions de la Universitat, Valencia; pp. 339-359.

GÓMEZ GARCÍA, Manuel (1997): Diccionario del Teatro. Ed. Akal, Madrid.

  

  

Ana Naranjo Fernández (Málaga, 1989). Diplomada en Maestro en Educación Musical por la Universidad de Málaga. Ha cursado los estudios de Magisterio en la Facultad de Ciencias de la Educación de esta universidad.

   

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Año IX. II Época. Número 68. Agosto-Octubre 2010. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2010 Ana Naranjo Fernández. ISSN 1696-9294. Edición en CD: Depósito Legal MA-265-2010. Disegro Gráfico y Maquetación: Antonio M. Flores Niebla. © 2002-2010 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

   

   

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