JULIO-SEPTIEMBRE 2017  

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CLARA CAMPOAMOR RODRÍGUEZ

Madrid, 1888 - Lausanna (Suiza), 1972

   

   

Por  José Antonio Molero

   

   

A NINGÚN POLÍTICO DE ninguna época, a ningún diputado o representante del pueblo debe tanto la democracia en España como a Clara Campoamor. A la perseverancia y tenacidad de esta mujer, los españoles debemos nada menos que el sufragio universal tenga el sentido de modernidad con que hoy lo conocemos en los países de nuestra cultura. Fue una de las primeras diputadas en las primeras Cortes de la II República y, desde esta responsabilidad, luchó con tesón hasta lograr que las mujeres tuviesen los mismos derechos electorales que los hombres y la aprobación primera Ley del Divorcio. Así, lo que supuso una constante reivindicación de un gran número de generaciones en otros países, en el nuestro, sin embargo, se consiguió de golpe, sin aparente esfuerzo, porque todo el esfuerzo lo hizo una sola persona: Clara Campoamor.

  

  

INFANCIA Y JUVENTUD

  

Clara Campoamor Rodríguez nace en Madrid, en el barrio de Maravillas (hoy, Malasaña), el 12 de febrero de 1888, en el seno de una familia humilde y de pensamiento liberal-progresista. Sus padres eran Manuel Campoamor Martínez, empleado de un periódico, y Pilar Rodríguez Martínez.

En 1898, el año en que España pierde lo que restaba de su Imperio colonial tras una desastrosa guerra provocada injustamente por Estados Unidos, Clara, cuando apenas cuenta 10 años de edad, sufre también la pérdida de su padre, y la madre tiene que hacerse cargo de los dos hijos, Clara e Ignacio, y sacarlos adelante con su trabajo de costurera.

La situación económica de la España de finales del siglo decimonónico no se prestaba a muchas oportunidades económicas, lo que, unido a la precariedad familiar, hace que Clara, con apenas 13 años de edad, se vea obligada a dejar la escuela y ponerse a trabajar con su madre.

Poco se sabe de estos años de su vida: tan sólo que, primero, trabajó de modistilla y, luego, de dependienta de un comercio.

  

 

 

 

El Directorio militar constituye la primera etapa de la Dictadura de Primo de Rivera y se instaura tras el triunfo del Golpe de este general el 13-15 de septiembre de 1923. El Directorio militar era una institución integrada exclusivamente por militares (ocho generales y un contralmirante) y tenía como función asesorar al Dictador en las funciones de gobierno y en la promulgación de los decretos, que tendrían fuerza de ley. 

 

  

ESPAÑA Y EL SUFRAGIO FEMENINO

  

Mientras tanto, la sociedad evolucionaba y la idea del voto femenino se iba abriendo paso entre los españoles. Clara tenía ya veinte años cuando, en 1908, la Cámara de los Comunes británica aprueba, aunque con restricciones, el sufragio femenino. Seis días después, el 9 de marzo, Emilio Alcalá-Galiano, conde de Casa Valencia, pide en el Congreso el voto femenino argumentando una paradoja difícilmente rebatible: “Las mujeres en España pueden ser reinas, pero no electoras”, moción que no prospera. Ocho días más tarde, cuando se debatía la nueva Ley de Régimen de Administración Local, se pone en discusión la enmienda al artículo 41 del Proyecto por el diputado Francisco Pi y Arsuaga. En ella se propone, por vez primera en nuestra historia, que puedan votar en las elecciones municipales las mujeres mayores de edad, emancipadas y cabezas de familia, propuesta que tampoco tiene éxito.

  

  

LOS INICIOS DE SU CARRERA

  

Los años que siguen va a dedicarlos Clara Campoamor a ir franqueando pequeños escalones sociales y educativos. Así, en 1909, aprovechando la circunstancia de que no se requería titulación alguna, oposita a una plaza en el Cuerpo Auxiliar de Correos y Telégrafos. Tiene 21 años de edad y apenas estudios, pero logra aprobar las oposiciones. Primero es destinada a Zaragoza y después a San Sebastián, hasta que, en 1914, el Ministerio de Instrucción Pública saca a concurso unas plazas de maestra de personas adultas, a las que Clara decide presentarse. Logra ganar una de ellas con el número uno de la promoción, pero, al no tener siquiera el Bachillerato, sólo puede enseñar taquigrafía y mecanografía, situación esta que la motiva a reanudar los estudios.

Para aumentar en algo más sus posibilidades económicas, Clara se emplea también de secretaria de dirección en el diario progresista La Tribuna, de tendencia maurista. Este puesto le va a permitir conocer a gente del mundo de la política y es el momento en que llega a la convicción de que ése era su sitio. En 1916 ingresa en el Ateneo de Madrid; este hecho va a suponer un hito en su historia por el amplio abanico de posibilidades que se le van a ir presentando.

A pesar de todos esos logros, con una perspectiva cultural limitada a la enseñanza de taquigrafía y mecanografía a personas adultas, se siente frustrada en sus aspiraciones. Por estos años, alterna su trabajo de docente con el de colaboradora en varios diarios, como La Tribuna, Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo.

La dedicación que estos trabajos le exigen no logra apartarla de sus estudios. Dotada de un singular afán de superación, en 1920, contando ya 32 años de edad, se matricula como alumna de Bachillerato en el Instituto Cisneros de Madrid, estudios que logra terminar en sólo dos años, y, a continuación, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, carrera que concluye también en sólo dos años.

Durante este tiempo, Clara entra en contacto con el incipiente movimiento feminista de España, y así, desde mayo de 1922, colabora en la fundación de la Sociedad Española de Abolicionismo (asociación que pretendía acabar con la prostitución) pronunciando discursos en actos públicos junto a Elisa Soriano y María Martínez Sierra, que ya son feministas consagradas.

  

 

 

 

El 14 de abril de 1931 fue proclamada la II República española tras conocerse los resultados de las elecciones municipales celebradas el domingo 12 de abril.

 

  

EN EL SENDERO DE LA ABOGACÍA

  

El 13 de septiembre de 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, de ideales militaristas, nacionalistas y autoritarios, protagoniza un golpe de Estado con el apoyo de diversos sectores de la sociedad española (el Ejército, la Iglesia Católica, gran parte de la patronal y los sectores conservadores en general), suspendiendo la Constitución de 1876, disolviendo el Gobierno y el Parlamento y prohibiendo la libertad de prensa, e implanta un régimen dictatorial dirigido por un Directorio Militar, cuya cabeza asume, y, con el visto bueno del rey Alfonso XIII, concentra en su persona todos los poderes políticos.

Por esta época, Clara sigue desbordante de actividad. La política, aunque merodea por sus inquietudes, está, por ahora, en una actitud latente: no milita en ningún partido ni su nombre se deja oír en ninguna actividad política del momento. Así, los años que transcurren desde el comienzo de sus actividades como abogada y el final de la Dictadura, vive dedicada por entero a sus compromisos relacionados con su profesión de abogada.

A finales de 1924, obtiene su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, con el número 5.340, y, meses después, solicita su admisión en el Colegio de Abogados, instancia que le fue aprobada dos meses más tarde, ya en 1925. El 18 de marzo de ese año la Junta General de la Academia la nombra secretaria de la Sección Cuarta. En esta institución forma parte de la Comisión de Trabajos Prácticos, para la que fue elegida en julio de 1927 y reelegida el año siguiente.

En 1926, Clara era ya una figura destacada del feminismo español. En junio de este mismo año, Primo de Rivera, cansado de la oposición que encontraba entre los socios del Ateneo, decide nombrar él mismo una Junta Directiva apócrifa, sin precisar los cargos, en la que incluye el nombre de Clara Campoamor, junto con el de Victoria Kent y Matilde Huici. Victoria Kent fue la única que aceptó. Ella y Matilde renuncian a ese nombramiento, pero tal decisión le ocasiona la pérdida de cien puestos en el escalafón de su cargo en el Ministerio de Instrucción Pública, lo que le obliga a solicitar su excedencia como funcionaria, condición que no recobrará jamás.

  

 

 

 

Mitin de Clara a favor de voto femenino. Las españolas emitieron su voto por primera vez en las elecciones generales de 1933.

 

  

En 1927, Primo de Rivera inaugura la Asamblea Nacional, una suerte de simulacro del Congreso de los Diputados, en la que designa trece mujeres. En relación con estas concesiones a la mujer, Clara comentará años más tarde en el Congreso que “la igualdad que la Dictadura quiso traer era la igualdad en la nada”. Fiel a sus convicciones, no colabora en ninguna iniciativa propuesta por el Gobierno y se decanta a favor de la corriente antimonárquica. Así, cuando la Real Academia de Jurisprudencia le concede su premio anual en 1927, rechaza la Gran Cruz de Alfonso XII que lleva aneja el galardón.

A comienzos de 1928 participa en el XI Congreso Internacional de Protección de la Infancia celebrado en Madrid y el 30 de marzo es elegida académica-profesor de la Real Academia de Jurisprudencia; entre 1928 y 1929 es nombrada delegada del Tribunal de Menores y en junio de 1930 es ponente en el I Congreso de la Sección Española de la Unión Internacional de Abogados.

El 12 de diciembre 1930 tiene lugar el levantamiento sedicioso de Jaca a favor de la causa republicana acaudillado por los capitanes de Infantería Fermín Galán y Ángel García Hernández. El fracaso de esta tentativa militar lleva a sus protagonistas a la cárcel, y Clara, junto con José María Amilibia, se encarga de la defensa de los encausados Manuel Andrés y José Bayo, para los que se pedía la pena de muerte. Entre los encausados para los que se pide penas de prisión se encuentra su único hermano, Ignacio Campoamor.

 
 

 

 

Clara Campoamor preside la inauguración de la sede de la Unión Republicana Femenina, sita en calle Fuencarral, 6, de Madrid.

 

  

SU INICIACIÓN COMO MUJER DE LA POLÍTICA

  

Los múltiples problemas que, desde unos años atrás, habían empezado a acuciar a la Dictadura hizo nacer la desconfianza entre Primo de Rivera y Alfonso XIII, a cuyo requerimiento el dictador se ve obligado a presentar su dimisión el 28 de enero de 1930 y partir hacia su exilio de París, donde morirá dos meses más tarde.

En un intento de salvaguardar la institución monárquica, muy debilitada tras la experiencia dictatorial primoriverista, el rey trató de volver a la normalidad constitucional y parlamentaria, y, hasta la celebración de elecciones generales para la urgente reunión de Cortes, encarga la formación de Gobierno al general Dámaso Berenguer y, luego, al almirante Juan Bautista Aznar-Cabañas (periodo que se conoce como la “Dictablanda”).

Hacia mediados de 1929, los indicios de una inminente caída de la Dictadura y la consiguiente vuelta a la normalidad constitucional habían convertido al Colegio de Abogados de Madrid, al Ateneo y a la Real Academia de Judicatura en centros de acción revolucionaria. Animada por el aire fresco de libertad, Clara da sus primeros pasos en política afiliándose, junto con Matilde Huici, en el comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista, de donde pasa a engrosar las filas de la asociación, aún en embrión, Fuerza Republicana que lidera Manuel Azaña, en cuyo Consejo Nacional es admitida desde el principio. Aquí, por más que lo intenta, nunca logra su ideal estratégico: la fusión de todos los republicanos en un gran partido de centro, con Azaña como delfín natural de Alejandro Lerroux. En 1930, la agrupación azañistas se transforma en partido político con el nombre de Acción Republicana. Clara vislumbra ya su gran oportunidad en política.

El 12 de abril de 1931 se celebran las primeras elecciones libres después de la Dictadura, que dan el poder a los partidos republicanos e izquierdistas por su triunfo en los grandes centros urbanos. Como consecuencia, dos días después de celebradas esas elecciones, el 14 de abril, Alfonso XIII sale de España hacia el exilio y esta misma fecha se proclama la II República.

Entre otras cosas, el Gobierno Provisional republicano aprueba una reforma de la Ley Electoral reconociendo el sufragio universal para los varones mayores de edad (23 años) y permitiendo a las mujeres sólo ser elegidas, no electoras.

En mayo se convocan elecciones a Cortes Constituyentes, pero, en Acción Republicana, donde se sabe el alcance de las reivindicaciones feministas de Clara, no quieren que encabece la lista. Temiendo no resultar elegida, abandona Acción Republicana y se integra en el Partido Republicano Radical de Lerroux. Por esta época, como Lerroux y otros muchos radicales, Clara ingresa también en la masonería.

El 28 de junio se celebran las elecciones, a las que concurre formando parte de la candidatura de la coalición republicano-socialista integrada por el Partido Republicano Radical, el Partido Republicano Radical Socialista y Acción Republicana. Y, aun imperando el sufragio universal masculino, resulta elegida diputada por Madrid, siendo una de las primeras mujeres que, junto a Margarita Nelken y Victoria Kent, obtienen un escaño en el Parlamento republicano.

El 28 de julio, las nuevas Cortes Constituyentes incluyen a Clara, en calidad de vocal, en la Comisión encargada de redactar el Proyecto de Constitución, así como en el de la de Trabajo y Previsión, en la que es nombrada Vicepresidenta.

El 1 de septiembre pronuncia en la Cámara su primer discurso. Al día siguiente, sale para Ginebra como delegada suplente ante la Asamblea de la Sociedad de Naciones.

  

 

 

 

A su regreso de París, Clara Campoamor es recibida en la Estación Norte por Comisiones Femeninas. 4 de marzo de 1932.

 

  

CLARA CAMPOAMOR Y EL SUFRAGIO FEMENINO

  

En abril de 1924, el Gobierno de Primo de Rivera había concedido el voto a la mujer, pero el derecho se veía restringido a mujeres solteras y viudas. Aunque esta medida fue considerada un logro de las reivindicaciones feministas, Clara no está de acuerdo con ella en ningún momento.

En 1925, prologa el libro Feminismo Socialista, escrito por María Cambrils y dedicado a Pablo Iglesias, aunque Clara no se siente socialista; sólo sus ideas sobre la igualdad de la mujer la acercan al PSOE.

Ya en los últimos años de la Dictadura, colaboró en el diario La Libertad, en el que cuenta con una sección propia, la titulada “Mujeres de Hoy”, donde presenta y analiza la vida de mujeres.

Caída la Dictadura y establecido el régimen republicano, el 2 de septiembre de 1931 pasa a debate el artículo 36 del Proyecto, el que va a recoger el derecho a voto de todos los españoles. Desde el comienzo, ya se prevé que su redacción va a resultar una de las más polémicas.

Durante este debate inicial, algunos diputados atacan el principio del sufragio femenino basándose en las “limitaciones impuestas a su albedrío por la naturaleza”. Se pronuncia la frase “la mujer es eso: histerismo”.

La realidad es que parte de la izquierda y el Partido Republicano Radical, el de Clara, tienen miedo al voto de la mujer. En efecto; con excepción de un grupo de socialistas y algunos republicanos, no querían que la mujer votase ya que suponían que estaba más influida por la Iglesia que el hombre y esto podría favorecer a los partidos de derecha, que, aunque no favorables a esta cuestión, estaban dispuestos a apoyarla.

Consciente de la importancia de su presencia en el Congreso, Clara regresa a Madrid. El 29 de septiembre, tiene su primer encontronazo dialéctico con la diputada Victoria Kent, del Partido Radical Socialista y partidaria también de reconocer a la mujer su derecho electoral, pero que, sacrificando las propias convicciones a la disciplina de su partido, se opone a la redacción del artículo tal como lo defiende Clara. Es la única diputada que defiende la aprobación del sufragio femenino sin ningún tipo de limitaciones.

Al día siguiente, un correligionario suyo, el diputado Guerra del Río, manifiesta también su oposición al sufragio femenino, pidiendo a la Cámara que ese derecho no se recoja en la Constitución, sino en una Ley electoral, modificable según la coyuntura. Sigue a este discurso una réplica contundente de parte de Clara.

El debate llega a su punto más álgido en la sesión del 1 de octubre de 1931. En su intervención, Victoria Kent pide el aplazamiento sine die del derecho al voto de la mujer. La replica de Clara no se hace esperar. Es la única diputada que defiende la aprobación del sufragio femenino sin ningún tipo de limitaciones.

Durante la sesión, Clara tuvo que escuchar en el Congreso que no se debía aprobar el voto femenino “hasta que las mujeres dejaran de ser retrógradas”, razón aducida por el diputado Álvarez Buyita, o “hasta que transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y la educación”, según argumentó la también diputada  y feminista Victoria Kent, o indefinidamente, “porque las mujeres son histéricas por naturaleza”, como defendió Novoa Santos. Hubo incluso quienes proponían (el caso de Guerra del Río) no incluir esta cuestión de la Constitución con el fin de poder impugnar los resultados de las elecciones en caso de que las mujeres no votasen de acuerdo con el programa del Gobierno, o reducir el derecho a voto a las mayores de 45 años “porque antes la mujer tiene reducida la voluntad y la inteligencia”, como propuso el diputado Ayuso.

El debate fue extraordinario y las réplicas de Clara, brillantes. Sin embargo, en un principio, se le plantea el problema de no contar con apoyo suficiente para su aprobación. Finalmente, el artículo resulta aprobado, cuyo texto queda como sigue: “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”. Ha conseguido la mayoría que necesitaba con el apoyo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y algunos republicanos de derecha, derrotando a los socialistas de Indalecio Prieto y a los republicanos de su propia coalición por 161 votos a favor y 121 en contra. La mujer tiene ya derecho universal al voto. Se cuenta que el socialista Indalecio Prieto, miembro de PSOE y a la sazón ministro de Hacienda de Gobierno Provisional, salió del hemiciclo diciendo que aquello era “una puñalada trapera a la República”.

A principios de octubre, funda la Unión Republicana Feminista para trabajar por el voto femenino.

Todavía, en diciembre de 1931, aprovechando la circunstancia de que los partidos de derecha (el apoyo fundamental de Clara en la cuestión del sufragio femenino) han abandonado el Parlamento al serles aplicada la Ley de Congregaciones, los radicales de todo signo, y con ellos Victoria Kent, presentan ante la Cámara una enmienda para limitar el derecho a voto de la mujer a sólo las elecciones municipales. Con una magistral argumentación legal, Clara logra que la enmienda no prospere, aunque con por muy escaso margen: 131 votos en contra y 127 a favor.

La defensa del sufragio femenino que hizo en el Congreso de los Diputados la convirtió en una figura nacional. Lamentablemente, esta victoria para la mujer significaría la muerte política de su artífice.

De cualquier manera, así fue cómo Clara Campoamor se ganó un puesto imperecedero en la memoria de la lucha de la mujer en favor de sus derechos y, en definitiva, en la historia de la democracia.

  

 

 

 

Clara Campoamor, durante una de las reuniones de las Comisiones Interparlamentarias bajo la presidencia de José Serrano Batanero.

 

  

DECADENCIA POLÍTICA

  

Paradójicamente, en las elecciones generales de noviembre de 1933, las primeras verdaderamente democráticas por haber votado todas las mujeres sin distingo alguno con respecto al hombre, Clara no consigue su reelección como diputada. Estos comicios tuvieron por resultado la mayoría de las derechas: la coalición Unión de Derechas y Agrarios, en la que se reunían las candidaturas de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el Partido Republicano Radical (PRR), los alfonsinos, los tradicionalistas y los independientes agrarios y católicos gana las elecciones, y el republicano radical Alejandro Lerroux es encargado de formar Gobierno.

Toda la izquierda la culpa de la derrota. A estos ataques contesta con una carta que se publica en El Heraldo de Madrid, el 26 de noviembre de 1933, en la que, analizando los resultados electorales de varias ciudades, llega a la conclusión de que las causas de la victoria electoral conservadora había que situarlas, entre otros hechos, en la escisión que se produce dentro del bloque republicano y en la falta de eficacia del Gobierno en determinados aspectos, como la Ley Agraria.

No obstante, en diciembre de 1933 es nombrada Directora General de Beneficencia, cargo del que dimitirá al año siguiente por discrepancia con el ministro.

Entre los días 5 y 19 de octubre de 1934 tiene lugar la revolución de Asturias, y Clara marcha a Oviedo con el fin de organizar la ayuda a los niños de los mineros muertos o encarcelados. La dura represión con que el Gobierno de Azaña (aunque, según se afirma, él nunca estuvo implicado) ha sofocado el foco revolucionario le induce a considerar su permanencia en el PRR, lo que lleva a causar baja el 23 de febrero de 1935, mediante una carta dirigida a Alejandro Lerroux exponiéndole los motivos de su actitud: la “pérdida de confianza y la fe en el Partido” por llevar a cabo una política de derechas.

Es nombrada presidenta de la Organización Pro-Infancia Obrera, dedicada a atender y colocar a los niños asturianos, víctimas inocentes de la crisis de octubre.

Con la vista puesta en las próximas elecciones, estima conveniente ingresar en las filas de otro partido. Se decide por Izquierda Republicana (IR), coalición liderada por Manuel Azaña e integrada por radicalsocialistas, azañistas y galleguistas, a cuyo efecto pide la mediación  de Santiago Casares Quiroga, que presenta su solicitud de ingreso. Pero, en julio de 1935, su petición le es denegada por 183 votos en contra y 68 a favor, tras someterla a la humillación de abrirle un expediente y votar en público su admisión. Dos afiliadas pasearon en alto su bola negra, jactándose de la venganza. Esto fue para ella un duro golpe. Por otra parte, el hecho de no estar adscrita a ningún partido le va a impedir la entrada en las listas de la coalición Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936, que pondrán el poder del Gobierno en manos de los partidos de izquierda.

Decepcionada de la política, y creyéndose víctima de una injusta animadversión de sus correligionarios, decide abandonar, ese mismo año, la agrupación Unión Republicana Femenina, hecho que terminará con todas sus expectativas de volver al Congreso.

Fuera ya de toda actividad política, en los primeros meses de 1936 escribe y publica su obra El voto femenino y yo: Mi pecado mortal, como medio de justificar sus actuaciones, de dejar claro, ante todo, cuáles fueron sus actividades y qué motivos la determinaron a realizarlas. En este año había aparecido su libro El derecho de la mujer.

  

 

 

 

Clara Campoamor en el comité Pro-Cunas de la asociación Unión Republicana Femenina. 29 de enero de 1934.

 

  

CLARA Y EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 DE JULIO

  

El 18 de julio de 1936 tiene lugar el levantamiento de las tropas del Norte de África contra la República. La confusión, el desorden y la revancha campean a sus anchas por las calles del Madrid revolucionario. Clara siente su vida amenazada y se traslada a Alicante, y de ahí embarca para Génova para luego pasar a Suiza.

En Ginebra se instala en casa de Antoinette Quinche y escribe La revolución española vista por una republicana, publicada en 1937, obra fascinante en la que manifiesta su repulsión por los desmanes cometidos en Madrid en nombre de la libertad y la emancipación del proletariado y que publica traducida al francés por su amiga Quinche (recientemente ha sido editada en español). En esta obra, Clara no sólo se muestra como siempre lo fue, liberal e independiente, sino que proporciona el primer análisis histórico de la Revolución española y de la Guerra Civil, y nos da su sincero testimonio.

En 1938 se instala en Argentina, y en Buenos Aires vivirá una década de su vida, dedicada a la traducción de libros, escribiendo biografías y dictando conferencias. Este mismo año publica La situación jurídica de la mujer española, y, al año siguiente, en colaboración con Federico Fernández-Castillejo, Heroísmo criollo: La marina argentina en el drama español, en el que proporciona más detalles acerca de su huida de España. Consigue trabajar de tapadillo como abogada en un bufete, donde también se dedica a la literatura, escribiendo obras como El pensamiento vivo de Concepción Arenal, en 1939;  Sor Juana Inés de la Cruz, en 1944, y Vida y obra de Quevedo, en 1945. Por esa época contacta con republicanos españoles también exiliados, como Niceto Alcalá-Zamora.

  

 

 

 

Clara Campoamor en el sesenta cumpleaños de Alejandro Lerroux, acompañada de la esposa del líder político y otras afiliadas del Partido Radical. 4 de marzo de 1934.

 

  

EL FIN DE SU VIDA

  

Nueve años más tarde, en las Navidades de 1947, regresa a Madrid, donde se aloja en casa de Elisa Soriano. No la detienen; sin embargo, ya está fichada por el Tribunal de Represión de la Masonería. En febrero del año siguiente, Clara deja Madrid y regresa a Buenos Aires. En 1950 o en 1951 (de este dato no se tiene más constancia), Clara viaja de nuevo a Madrid y logra que Concha Espina le escriba una carta de presentación ante las autoridades del Tribunal de Represión de la Masonería. Se le comunica que puede optar entre 12 años de cárcel o bien proporcionar los nombres de antiguos ‘hermanos’ en la logia Reivindicación de la que ella había formado parte. A diferencia de otros exiliados, se niega a prestar declaración por un delito que no lo era en el momento de haberse cometido. Clara regresa a su hotel y se dirige directamente al aeropuerto para volver a Argentina. Tiene 67 años. Ya no regresará nunca a su patria.

En 1955 abandona Argentina definitivamente y se traslada de nuevo en Suiza. Se instala en Lausanne, en la misma casa que ya había ocupado antes. Allí se encontraba más cercana de su patria, de España. Trabaja en un bufete hasta que pierde la vista.

En esa localidad suiza, tras diecisiete años de tristeza y nostalgia, Clara Campoamor muere de cáncer el 30 de abril de 1972. Contaba 84 años de edad. Dejó escrito que sus restos fueran incinerados en San Sebastián (en el cementerio de Polloe), donde ella se hallaba al instaurarse la II República.

   

  

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y WEBGRÁFICAS

CAMPOAMOR, Clara (1936) Mi pecado mortal. El voto femenino y yo. (Librería Beltrán, Madrid, 1936), reeditado por la SAL, Barcelona, 1981.

CAMPOAMOR, CLARA (2005): La Revolución Española vista por una republicana,  Col. “España en Armas”, 2, Espuela de Plata, Sevilla.

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Fagoaga, Concha y Saavedra, Paloma, Clara Campoamor: la sufragista española. (1.ª ed. Dirección General de la Juventud y Promoción Socio-Cultural, Subdirección General de la Mujer, Madrid, 1981), 2.ª ed., Instituto de la Mujer, Ministerio de Cultura, Madrid, 1986.

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WIKIPEDIA: Clara Campoamor. Wikipedia [en línea], [ref. de 12 de febrero de 2008]. Disponible en web: <http: // es.wikipedia. org/ wiki/ Clara_ Campoamor>.

   

   

 

      

      

José Antonio Molero Benavides (Cuevas de San Marcos, Málaga, 1946). Diplomado en Maestro de Enseñanza Primaria y licenciado en Filología Románica por la Universidad de Málaga. Es profesor de Lengua, Literatura y sus Didácticas en la Facultad de Ciencias de la Educación de la UMA. Desde que apareció su primer número, está al frente de la dirección y edición (en su versión web) de GIBRALFARO, revista digital de publicación trimestral patrocinada por el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Sección 3. Página 7. Año VII. II Época. Número 56. Julio-Agosto 2008. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2008 José Antonio Molero. © Las imágenes se usan exclusivamente como ilustraciones, y los derechos pertenecen a su(s) creador(es). © 2002-2008 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.