N.º 69

NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2010

8

GIBRALFARO

   

   

   

   

   

EL OMBLIGO OBLONGO (II)*

   

Por Rolando Revagliatti

  

   

   

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Sí, se ve que sabe, que se regocija. Sí, sabe. Se huele que sospecha. La madre lo crió así. Lo hizo educado y ubicado. Carmen, esa putita desganada, lo extraviaba de su entorno de empanadas de dulce, lo torcía. Hice esa lectura —«»Upa»— hace mucho. Lo encorajinó al bicho con ayuda de sus manos. No ciegas, no. Sí, de sus manos. Si no hubiera sido por esos dedos suyos procaces, tan de estar sobre todo lo inestable. Sí, lo vi claro. Lo tuve claro cuando la mamotreto se ocupó de las fórmulas, de los requisitos: «La hago aquí depositaria...», «Señorita, aquí la hago depositaria...», «Aquí la hago depositaria, señorita...». Me extendió a su hijo correctamente. Yo... austeramente parpadeé una vez. Sabía que Carmen, ésa, espiaba. La mamotreto dijo... El dijo... Yo dije: sobran las traslaciones (si simplemente nos queremos). Usted me lo cuida, se adivinaba. Yo estoy acá, ¿eh?, la otra. Y bueno, hay que sacar la cara, poner la cara, exponer la cara para recibir al sol y a la luna, para que la intemperie y el encierro se regocijen como él, mi melocotón, yo voy a ser más sabrosa que Carmen, más sensitiva, me decía, que ésa, argüía, que esa insulsa, pero... ¡Mi Dios!, nunca podré aprender a ser tan insulsa, tan... No, yo soy otra, hay que buscarme, tengo mis valores, y, sin embargo, nos queremos.

 

 

  

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Frase: «Tu Maternidad Cabalga Sobre la Montura de la Muerte». (Además, los chicos sólo ponen a los chicos en foco.) Te reís con toda la cara, intervenís por completo, como cuando me gusta andar por allí, completamente. Entra Tal, entra Cual. Cual: virgen y atómico. Los chicos horadan desde su estatura. Mi amor: de los yiros que te conté, una estaba embarazada, muy embarazada. Me disputaban ella y otra. Ganaron las dos. Los tres asistimos al alumbramiento. En esa misma cama de cuerpos encaramados, escaramuzados, cadena pestífera, se abrió de un respingo la encastrada; fuimos cuatro parientes atónitos, casados al parir, hervidos y arrasados. No las besé más. Ni recibí caricias ni sepulté el sabor terrible de esos huesos en mi melancolic. Huí como un hombre. Pagué más, pagué otra vez. Ellas...: las irrestituibles. Sin golondros..., mortecinas, omisas. Entra Tal, entra Cual, sin decidir no entrar otros no entran. Aplauden, alardean. Me alarmo porque siempre me alarmo. Pensamos vos y yo cómo se llamarían nuestros hijos, sentimos que serían muy nuestros. Hoy, que no te puedo ver así, no me puedo ver así. De nuestra combinatoria todo lo soñamos: color de ojos del primero, cabello del segundo, la tercera parecida a quién no y etcéteras en un jardín en una fotografía. Empalme rápido con que estuve celoso del aire que respirarías, el enrarecimiento de fragancia obscena por el que te dejarías anidar, la otra que serías si por mí no fueras, cuan beligerante con otro macho gacho, somera con un hortera, atorranta con un lavativa, sensual con uno lindo triste, más plena que conmigo con un amigo. Se cortó la leche, la buena y la mala. Yo estaba embretado otra vez con la clepsidra. Una piojosa que se paró en medio de la calle (y llovía) subió al coche, dijo que se llamaba, que no era rica, que le agradaban las medias finas, que... ¿le permitiría posar su lascivia sobre mí?, que con denuedo dejaría que lo hiciera, espeté; las mamas truculentas y el infame al palo bochornoso; desnuda era peor, vos sos divino, divino, con una como ésa te querrán muchas. Hagamos otra bacanal y gratis, propuso la grasienta, yo antes me la corto, y chupo todavía estalagmitas, una tras otra las yirantas, y chupo todavía.

 

 

  

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Estaba flojita. Flojita y zumbona. Era un buen dolor. Un dolor bueno. A vos te gustaba mi dolor. Un dolor precioso. Miraba para atrás... y sí...: yo era otra. Un riíto a los pies de la montaña, un rulo en mi frente. Empezaba a ser mía de la mejor manera. Te posesionaste de mi cintura, me quebraste y me soldaste, y más, me tiraste lejos toda, me desparramaste, y ahí supe o entreví cuánto era, y cuánto quería constatar cuánto era; y claro, ingenuamente... Te me tirabas, me besabas, había mucho tiempo, me descompaginabas. Quizá olvidé que era mi primera vez, que alguien violovió mis sueños (...), con lágrimas, con légamo, con no certeza, con no consigo (...), sin mí.

 

 

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La gente se consuela en plena calle. Se frota. Se mima. Y hunden sus narices en solapas y pechos. Y tragan prendedores, botones, mastican amuletos, auscultan, y en plena calle se abrazan, se lamen las orejas. ¿Qué sé yo de algo…? Hicimos la calamidad.

 

 

15

 

Dime quién eres y te diré quién eres. Yo te creo, amor, yo confío en ti. Sé que ha de ser un duro reaprendizaje, que la descastada vacila, que en tu molinillo muelo mi fe, que sólo por guitarra canto, recambio y no muelo nada, y me cobijo, te doy a desconocer entre mis piernas, no quiero vacilar, quién sos, a vos no te conozco, hablá, hablá, disquemos, bailemos este vals, disquemos y por donde sea... ¡perimir la Muuuueeerrrte todavía…!

 

 

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Único en el Mundo

 

Las minas que me vienen de otros tipos

tienen que hacer

         al fin

se van

a horario

me vienen de las madres

me vienen de los hijos

de la hermana mayor

de «la muchacha»

guay de arrogarme un derecho que no tengo

guay de salpicarme con gotas de otras lluvias

las mías las produzco cuando quiero

(...)

en su cielo como trepidaciones

como rayos como huevos

como perforaciones

guay de creer que guay

guay de pensar que yo

         soy

                   Fernet

                            Branca.

 

 

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Sudé mucho y lloré. Mi viudez, aunque no suficientemente prematura, me embargaba. Me anudaba y desanudaba. Empecé por entonces; en rigor: antes. In memoriam. «Sí, soy joven como lo parezco». Y ese velorio resfriado, ese velorio, y la enguantada conglomeración y floreada hartura, cuánto me siento, sonidos como niños de una flauta, la grupa de la potra, lo maté de un tetazo primero, de un revés, borra y racha borracha, de un aplanamiento, como una eutanasia, como una hipodérmica con polipropileno, ni atinó a refulgir su campanilla de alarma, jamás abrió tan grande la boquita de su jeta ese morfón, vos, que apenas me merodeabas te entenebrecías, seguí de largo hasta el esófago, creo. No me opondría resistencia nunca más. ¿Y a qué pariente azoté con una cala? Y fugué. Escaleras abajo del estupor generalizado me percibí aérea y aguachenta, claro, ¡tanta vigilancia...! Y empezaban a radiarse, a ramificarse ¡las Hormonas de la Libertad! Patitas yo sé muy bien para qué las quiero, doblé varias veces varias esquinas, atravesé una plaza, un desdentado gondolero me aligeró de cierto escozor o rutilancia: y me tornó hojarasca: una viga italiana el gondolero. El aire era el ahire, así se podía, mujeresmente, yo, ¡qué agradecida! ¿Qué me estaba ocurriendo otra vez?

 

 

18

 

Fue el lunes. Hace un montón: hoy es miércoles. Y la recuerdo con una pronunciada más que alarmante —y tengo necesidades alarmantes de alarmarme— exactitud. (¿Y cuándo tanto…? Sí, otras veces. ¿Pero... tanto?) (No me hago las preguntas desvaídamente.) Ahí estaba yo: en el asiento de cinco, contra la ventanilla opuesta a la puerta de salida, en el colectivo cincuenta y nueve, desde Belgrano al centro. Y es verdad que, desde que nos vimos, la asolé con sobrio regocijo. Despejé toda probable brizna de tal suerte que sólo la deletérea desesperación me granulaba. Ella y su soltura (enloquecedora), de espaldas a las ventanillas de su lado (y del mío); y así todo el tiempo (me pongo nervioso, quiero que ustedes carguen —háganlo, por favor— nuestras firmes...): intenciones, examen, dejarse por el otro. (Estoy copado, copadísimo, ustedes no saben... Sí, también el sol en la mañana y la lluvia en la ventana; la rosa en su pecho, y sus brazos. Brazos. Ella era —era, era— una mujer para apretar.) Y el tipo a mi diestra se las picó y ella enseguidísima sorteó a una mujer y estuvo junto a mí, leía La Opinión —los titulares—, se bajó en el obelisco casi, y yo también, y la emprendió por Lavalle, y yo detrás, cruzamos la avenida más ancha del mundo y no caminaba despacio. Se acercó a las puertas de un cine para observar los afiches y, aproximándome, inquirí si uno podría conocerla. Siguió caminando y yo detrás. Se acerca a otras puertas de otro cine, la campaneo desde la vereda de enfrente y, al darse la vuelta, me ve, pero no durante sólo un instante, y esa mirada era de aquellas otras en el colectivo. Desde luego, todo volvía a ser auspicioso, recíproco, se reenhebraba el collar. Se mete en una galería comercial, yo detrás estimando desde dónde retornar, y se detiene en una vidriera. Regresa hacia Lavalle, sale, retoma hacia el bajo y yo detrás. Me acerco en el cruce con San Martín y digo algo así como que me gustaría saber si tengo chance, y ni bola, ella sigue caminando, y me hinché y furioso desaparecí y ¿qué carajo ahora el estrangulado hago yo alarmarme…?

 

 

19

 

No sabía chupar ni sabía meterse. Todo en él merecía quedarse afuera. Bien afuera que esté.

 

 

20

 

El ombligo oblongo. O. Vista apaisada del ombligo. Té canalla. Varios invitados y ninguno. Ejemplifón. Ejem solo. Casi era un chiste con él. Se hubieran, pocos, atrevido. Mientras que a nada hubiésemos llegado. (La pobre se fue con su narcisismo entre las piernas.) Desensatá tu pelo. Él resplandece con una sonrisa de pajarera. Cuando esta flor se abra... ¿Por eso me cuesta…? Tan allá no puedo con mi boca. Subida a los zapatos, sin dificultades. Las púberas pertrecheras empiezan a probar sus caras de interesantes. (Va acunado.) (La ranura genial.) Quejándote: «¡Qué esfuerzo, Dios mío, qué esfuerzo!» Y surge entonces como un anuncio, como un rastro.

  

  

  

*La primera parte del seriado ha sido publicada en el N.º 57 de esta revista.

   

  

                             

   

   

 

    

 

 

Rolando Revagliatti (Buenos Aires, Argentina, 1945). Ha publicado un volumen en el que presenta una recopilación de toda su dramaturgia. Es autor de dos libros de cuentos y relatos y de quince poemarios. Ha publicado una antología que titula El Revagliastés, en la que recoge gran parte de su producción lírica. Ha sido traducido a doce idiomas y publicado en diversos medios gráficos y electrónicos. La mayor parte de sus libros cuenta con una edición electrónica. Podéis encontrar más datos sobre este autor y su obra en su página personal: REVAGLIATTI. Sus producciones en vídeo se hallan en esta dirección: ROLANDOREVAGLIATTI.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Año IX. II Época. Número 69. Noviembre-Diciembre 2010. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2010 Rolando Revagliatti. Edición en CD: Depósito Legal MA-265-2010. Diseño Gráfico y Maquetación: Antonio M. Flores Niebla. © 2002-2010 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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