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«EL COLOSO».

MEMORIA SENTIMENTAL EN BLANCO Y NEGRO (2)

   

Por Manuel López Porras

   

L

a generación nacida en el curso de la década de los 40 y principios de los 50 fue el germen promotor de un cambio en la vida y el desarrollo de la juventud de entonces. Llegada la edad de la efervescencia endocrina unos años después, los jóvenes de los años 60 mostrábamos ya un cierto cariz de rebeldía. Y lo demostramos como pudimos y a nuestra manera: los chicos, llevando el pelo largo y patillas de hacha, y las chicas, minifalda. Fue por este tiempo cuando las madres dejaron de acompañar a sus hijas al baile, por lo que se pasó de bailar sueltos a hacerlo cogidos por el cuello y la cintura. Exigíamos nuestro lugar en el mundo. Por desgracia, en más de una ocasión, tropezamos con la cruda realidad. Los grises, montados a caballo y con porras, se encargaban de recordarnos que estábamos en la España de Franco.

  

UNA BOCANADA DE AIRE FRESCO

  

Por estos años, los chicos y las chicas, aunque tímidamente todavía, empezaron a abrir las puertas a sus sentimientos, dando así comienzo a una nueva era en la relación entre hombre y mujer. Y, si bien era evidente que la espontaneidad se dejaba notar más en los muchachos, no cabe la menor duda de que el concepto de igualdad entre ambos sexos había empezado a germinar en la sociedad. Los tabúes sexuales comenzaban su retroceso inexorable.

En Barcelona nacieron los clubes. ¿Quién no recuerda el “San Carlos”, “El 22” o el “San Diego”? Era la época de las fiestas particulares (para las que acuñamos el nombre de “guateques”), en las que el pinchadiscos era cualquier voluntario, habitualmente quien ligaba menos. Los discos giraban muchas veces, se repetían... hasta dejarlos con más surcos que cuando se habían comprado; daba igual la canción que sonara. Muchas fueron las parejas que se formaron en esas fiestas: unas más duraderas y otras menos, como hoy.

Quienes vivimos aquellos tiempos en el propio apogeo vital sabemos lo que significó aquel túnel de silencio imperante todavía durante unos años más. La frustración de lo que no fue pero que pudo haber sido. Los silencios reprimidos... Deseos siempre inhibidos... Todo lo que se callaba... Como aquel amor de miradas cruzadas, de quimeras interiorizadas como en sepulturas latentes... Aquel amor idealizado por imposible, aplazado hasta siempre.

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Portada del N.º 1 de la serie "El Coloso" (1960),

de Juan Antonio de la Iglesia & Manuel López Blanco.