N.º 64

NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2009

15

  

  

   

   

   

   

   

SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LA SOCIEDAD,

LA ESCUELA Y EL DOCENTE

   

Por  Sara Robles Martín

   

   

L

a escuela actual es una escuela premoderna, con unos maestros modernos y unos estudiantes postmodernos, es decir, actualmente existe un evidente desfase entre las demandas de la sociedad y las ofertas de la escuela, la formación del maestro, y la escuela misma, una institución rígida que tiende a mantenerse en el tiempo tal cual.

Las escuelas son el reflejo de la sociedad, por lo que es necesario que se analicen conjuntamente. No podemos estudiar los cambios que se han producido en la escuela sin tener en cuenta los cambios que ha experimentado la sociedad, porque estos últimos influyen en los primeros, y viceversa. La escuela es el reflejo de la sociedad, sí, pero no podemos olvidar que la escuela tienen también como función poner en cuestión los valores sociales de cada momento y transformarla por la educación, esto es, la educación debe propiciar el cambio tanto en la sociedad como en la escuela.

Partimos, pues, de la naturalización de la institución escolar como la entendemos hoy. Es necesario romper con esta naturalización a partir de dos cuestiones básicas; a saber: la escuela es de esta manera, pero 1) ¿siempre ha sido así? Y 2) ¿debe seguir así?

     
     

  

En el momento actual nos encontramos en proceso de reconstrucción de la escuela, en el cual es de suma importancia reflexionar sobre las demandas de la sociedad, la función de la escuela y, por supuesto, la función del docente en este proceso.

   

Para responder a estas dos preguntas, es necesario un proceso de análisis, reflexión y crítica con miras a mejorarla. Por otra parte, este proceso debe ser continuo, ya que los cambios que afectan a sociedad y a la escuela suceden ahora y continuarán sucediendo en el futuro, y las realidades que nos encontremos en las escuelas de ahora pueden ser muy diferentes de las de mañana.

Según los teóricos de la educación, en el momento actual nos encontramos en proceso de reconstrucción de la escuela, en el cual es de suma importancia reflexionar sobre las demandas de la sociedad, la función de la escuela y, por supuesto, la función del docente en este proceso.

Para comprender la escuela actual, tenemos que analizar la escuela que la ha precedido, analizar los cambios y reflexionar hacia dónde está yendo la educación. Para ello, debemos comenzar por analizar la sociedad que existía durante la etapa histórica anterior, puesto que la dictadura franquista implicaba una sociedad diferente a la hoy. En esta sociedad, los roles familiares estaban completamente diferenciados y los medios de comunicación, bastante restringidos. Los ciudadanos de esta sociedad vivían sometidos al sistema, que buscaba una masa de trabajadores homogéneos que no cuestionaran el orden establecido y que sólo acatasen órdenes; en definitiva, que no se rebelasen contra los principios de la dictadura.

Por tanto, ya que la educación favorece un tipo de ciudadano, desde la educación no se podía fomentar otra cosa que no fuese la adaptación, es decir, la reproducción social, sin posibilidad de cambio, ni de reconstrucción. La función primordial de la escuela era adoctrinar a los alumnos a través de una metodología transmisiva, con el maestro como única fuente de conocimiento, sin más referencia que éste, sin lugar para la reflexión, el razonamiento y mucho menos para la crítica o la pregunta y sin posibilidad de cuestionar el sistema, creando ciudadanos homogéneos que respetarán la autoridad que les había sido impuesta y todo lo que ésta decía.

Como cabe suponer, en una escuela así, el currículo escolar había de ser completamente rígido: existía una verdad absoluta impuesta, en la escuela se daba la pregunta y la respuesta, ambas como únicas e importantes, todo ello sujeto a la perpetuidad del sistema. Se trataba de una escuela que instruía a los alumnos en unos determinados contenidos, en los que se veía claramente la mano del régimen, que los alumnos debían memorizar y reproducir en el momento adecuado, teniendo en cuenta solamente el resultado y no el proceso. A través de estos contenidos y de esta metodología, la escuela llevaba a cabo su función de control social fundamentada en el autoritarismo. Así, el respeto del alumno al maestro no se basaba en la confianza y en la admiración, sino que era impuesto desde arriba.

Por otro lado, en la realidad del aula, no existía la diversidad, pues la selección empezaba antes de la escuela, de manera que los alumnos que componían el aula en su comienzo ya eran una masa homogénea y que, durante la escolarización,  se homogeneizaba aún más.

En cuanto al maestro, éste también debía ser un trabajador, ideológicamente sumiso al régimen, que servía al fin del mismo de reproducir sus normas y valores sociales, sin salirse de las normas establecidas. Al constituir casi la única fuente de conocimiento y de saber de la época, como nota muy positiva (que la escuela actual debería tener muy presente), cabe destacar que el maestro era una persona muy bien considerada y respetada por la sociedad y su labor educativa gozaba de bastante reconocimiento social. A pesar de este reconocimiento social, la profesión docente no estaba bien remunerada y las condiciones laborales eran bastante pésimas. Sin embargo, el maestro, junto al cura, el médico y el cabo de la Guardia Civil, formaba parte de los pilares básicos de la sociedad, de los que emanaba toda norma moralmente fiable.

     

     

En esta sociedad, los roles familiares ya no están tan bien definidos como durante la etapa anterior, al igual que la función de la familia en lo que respecta a la educación de sus hijos.

 
   

En la actualidad, la educación ha cambiado mucho desde la Dictadura de Franco, pero ¿ha cambiado lo suficiente para adaptarse a la sociedad actual? Y los cambios que se han producido, ¿han sido para mejor en todos los sentidos? La escuela de hoy está dominada por algunas cuestiones que vienen del pasado, como la cultura escolar, pero ha cambiado en muchos aspectos; sobre todo, en formas y también en contenidos.

En la sociedad democrática actual, se acepta y respeta la diversidad y la pluralidad. En esta sociedad, los roles familiares ya no están tan bien definidos como durante la etapa anterior, al igual que la función de la familia en lo que respecta a la educación de sus hijos. Por otra parte, los medios de comunicación se han beneficiado de los avances tecnológicos, dando lugar a una sociedad de la información (inmediata) y a un agente de socialización, que ha ganado importancia frente a la escuela, dando origen a una nueva sociedad evidentemente acrítica. Por contra, los ciudadanos de esta sociedad son diversos, y esta heterogeneidad acepta la diversidad cultural en la mayor parte de los casos. Todo esto conlleva nuevas demandas de la sociedad hacia la escuela.

La sociedad democrática ha influido notablemente en la escuela, democratizando la escuela, al menos en principio, pues se ha democratizado el acceso a la misma, pero no el éxito en la misma. La escolaridad obligatoria ha puesto en crisis, en gran medida, la institución escolar, es decir, la diversidad existente en las aulas ha hecho surgir una pregunta esencial: ¿Para quién es la escuela?

A pesar de que la escuela se encuentra abierta por igual a ambos sexos (coeducación) y se ha llevado a cabo la integración social, la cultura escolar que se reproduce sigue siendo la de la sociedad dominante, no se adapta a los alumnos y alumnas que son diversos, sino que trata de socializarlos en la cultura de la escuela, reproduciendo los valores y normas sociales del grupo social y cultural dominante, lo cual es muy fácil para aquellos alumnos que tienen la cultura de la escuela y a menudo imposible para aquellos que fuera de la escuela están socializados en una cultura diferente.

En multitud de ocasiones, la realidad de la escuela choca con la realidad del alumno, lo cual tiende a fomentar conflictos violentos, favorecidos por la violencia estructural y la sistémica. Se les ha dejado entrar en el recinto académico, pero no se ha hecho nada para que puedan tener éxito en el mismo. Sin embargo, el éxito o el fracaso de los alumnos no es tanto responsabilidad de éste como del sistema educativo, que no ha sido capaz de ofrecerles la posibilidad de tener éxito; no fracasan los alumnos, sino el sistema educativo. En la sociedad de la meritocracia, sigue teniendo más posibilidad quien tenga la cultura de la escuela.

En relación con esto, encontramos la función clasificadora de la escuela, la selección ya no se hace fuera, sino dentro, a través de las continuas calificaciones, que etiquetan al alumno fomentando la competitividad y el individualismo; calificaciones que resaltan la importancia del resultado frente al proceso, que convierten la motivación del alumno en extrínseca, favoreciendo la importancia de la puntuación frente a la del saber aprendido y las habilidades adquiridas o desarrolladas.

Esta motivación, favorecida también por la función credencialista de la escuela, evita que los aprendizajes que se puedan dar en la escuela sean relevantes (que nazcan de la motivación intrínseca y sean útiles para la vida), fomentando un aprendizaje sin sentido, en el que se dan todas las respuestas sin que haya surgido la pregunta en el niño; los aprendizajes siguen siendo descontextualizados, alejados de los intereses y la realidad del niño, prevaleciendo la importancia del contenido frente al alumno. Igualmente, mediante estas funciones clasificadora y credencialista, la escuela etiqueta a los alumnos preparándolos para convertirse en una masa laboral heterogénea, con diferentes niveles; mediante el currículum oculto, la escuela lleva a cabo, en gran medida, su función de preparación laboral, estar en silencio, en orden, la jerarquización, etcétera, son aspectos que la escuela enseña a los alumnos para que éstos lo lleven a la práctica en diferentes grados en el mundo laboral.

Podemos decir, por tanto, que la escuela no compensa desigualdades, sino que más bien trata de reproducirlas, trata de mantener el status quo, a pesar de la supuesta igualdad de oportunidades que preconiza, que no puede ser tal, pues los contextos no son los mismos. La escuela no sólo transmite valores democráticos, sino también valores impuestos por los criterios de mercado; así pues, quien tiene una dificultad no es válido para el mercado y ha de quedarse atrás.

     
     

  

La escuela no sólo transmite valores democráticos, sino también valores impuestos por los criterios de mercado; así pues, quien tiene una dificultad no es válido para el mercado y ha de quedarse atrás.

   

El fracaso está condicionado por el contexto, pero también por la escuela, porque no responde a las nuevas demandas de las culturas minoritarias o los desfavorecidos, que rompen con la dinámica de la clase. Pues no se trata de que los alumnos aprendan, sino de enseñar, no podemos olvidar la función de control social de la escuela, de la que ya hemos hablado antes; se ha de enseñar a los alumnos las normas sociales, a pesar de no ser participes de ellas, de no darles posibilidad de reconstruirlas para sí mismos e interiorizarlas.

Y lo mismo ocurre con los conocimientos. La transmisión cultural que se produce en la escuela de determinados conocimientos, que continúan dándose como conocimientos cerrados, a pesar de encontrarnos en la sociedad de la información, en la que la transmisión tiene cada vez menos valor, pues ahora el maestro no es la única fuente de conocimiento. Por esto mismo, ahora se hace necesario que el maestro no sólo transmita, sino que también enseñe al alumno a aprender para después enseñarle a seleccionar. Esta función instructiva puede ayudar tanto a la función educativa como a la socializadora, pues ayuda a mantener el status quo, pero si introducimos el cuestionamiento se favorece el proceso educativo, el conocimiento está en constante construcción.

Además, ante la socialización convergente que se producía en las escuelas del antiguo régimen para una masa de alumnos homogéneos (misma cultura y clase social), hoy es necesaria una socialización divergente, que respete y valore la diversidad, para así construir una sociedad cada vez más democrática, donde lo plural sea un valor añadido.

Y en este contexto, ¿cuál es la función del maestro? La función del maestro es cumplir las funciones que la sociedad le exige a la escuela. Cierto es que el maestro tiene mucha autonomía, pero ¿realmente goza de tanta libertad de actuación? Parece que no, pues las administraciones públicas siguen imponiendo un currículo, es decir, la obligatoriedad de transmitir unas enseñanzas mínimas. Y es que la institución escolar socializa al maestro en la cultura docente, persistiendo en su inercia conservadora, pretendiendo que los maestros nuevos se adaptan a la estructura y representen el rol que se espera de ellos, en unas condiciones laborales en las que no reciben el apoyo de las administraciones educativas y en las que se les ha privado de unas herramientas y no se les ha facilitado en su lugar otras nuevas (gracias a una formación descontextualizada, separando teoría y práctica). Además, el maestro se socializa en su contexto laboral, lo que implica que, según sus experiencias y sus compañeros, se socializa en una actitud de motivación o, por contra, de desánimo. Todo esto dificulta la transformación de la escuela, entorpece ese necesario cambio en la escuela a través de la función docente.

A la vista de la escuela del hoy, ¿qué escuela sería de desear para el mañana? ¿Qué principio debería servirle de fundamento? Sobre la base de que las realidades son diversas y cada contexto (y cada alumno) tiene sus propias demandas y necesidades, ese principio fundamental es atender a todos los alumnos por igual, dándoles igualdad de acceso, atención y éxito; esto es, dando el siguiente paso y convirtiendo la integración en inclusión; mostrando flexibilidad a través del currículo manifiesto y oculto, y atendiendo a la diversidad sin relativizar.

En efecto; en nuestras clases, además de la socialización divergente —importante y necesaria—, se debería llevar a cabo la función educativa, creando ambientes que favorecieran la reconstrucción del conocimiento social mediante el análisis y la crítica del mismo, posibilitando así el cambio y la transformación (sin relativizar el conocimiento). Desarrollando la conciencia crítica y una construcción de ciudadanía que implique la construcción de comunidad donde tengan cabida pensamientos diferentes y el debate que parta del conflicto (porque el conflicto es necesario para que se produzca el cambio) y que lleve al consenso, el cual conlleva un compromiso. Una construcción de ciudadanía que implica la compensación de desigualdades, donde prevalezca la evaluación ante la calificación, una evaluación que conlleva responsabilidad y participación. Cuestionando el alumno modelo, y el nivel donde han de llegar todos. Preguntándonos quién queremos ser como maestros y en qué queremos centrar nuestra actividad docente.

     

     

Hemos de olvidarnos de enseñar contenidos, para centrarnos en provocar aprendizajes significativos y relevantes, aprovechando la capacidad de aprender haciendo, poniéndoles en un contexto de producción donde usen el error como fuente aprendizaje, al igual que la curiosidad y las experiencias. En fin, hemos de procurar enseñarles despertándoles su capacidad para aprender a aprender, siendo críticos.

 
   

Esta cuestión que he planteado en último lugar es de suma importancia, porque debemos influir, mediar en la función socializadora de la escuela, los maestros debemos mediar entre cultura, sociedad y sujeto, provocando la pregunta antes de dar respuestas sin sentido y descontextualizadas, provocando el interés en el niño, acercándonos a su realidad, consiguiendo así una motivación intrínseca. No se trata sólo es transmitir, sino —y esto es fundamental— involucrar y transformar, o, más bien, ayudar a que los alumnos se transformen. Hemos de olvidarnos de enseñar contenidos, para centrarnos en provocar aprendizajes significativos y relevantes, aprovechando la capacidad de aprender haciendo, poniéndoles en un contexto de producción donde usen el error como fuente aprendizaje, al igual que la curiosidad y las experiencias. En fin, hemos de procurar enseñarles despertándoles su capacidad para aprender a aprender, siendo críticos.

Sí. Debemos ser maestros críticos y no sólo técnicos que aplican unos recursos, para enseñar a nuestros alumnos a ser críticos, cuestionándonos la realidad, planteándonos cómo podemos cambiar o aprovechar lo que nos ofrece, cómo podemos transformar y mejorar esa realidad; planteándonos la diversidad y tantos otros aspectos que nos ofrece la escuela, analizándolos, reflexionando sobre ellos y creando estrategias para cambiarlos o aprovecharlos.

A la vista de la realidad que nos circunda, ¿en qué debemos centrar nuestra actividad como docentes? Hago una primera afirmación: la enseñanza y el aprendizaje no deben estar encontrados; por eso, debemos centrarnos en que nuestros alumnos aprendan, acompañándoles; ponernos al lado del aprendizaje y no sólo en el lado de la enseñanza, formando parte del proceso y no sólo calificando el resultado, creando ambientes  y condiciones que fomenten que los alumnos aprendan, descubran, relacionen y utilicen los conocimientos, enseñándoles también a cuestionar los conocimientos, a criticar para construir, para que sean capaces de recrear sus propias concepciones de la realidad, haciéndoles así partícipes de su aprendizaje, acercándolos a sus intereses, a su realidad, uniendo experiencias, emociones y conocimiento académico; mostrándoles el necesario componente utópico de la educación, demostrándoles que educación no sólo significa reproducción, sino que también puede significar transformación; utilizando las herramientas adquiridas gracias a la teoría y reflexionándola sobre la práctica… En definitiva, se trata de conseguir provocar aprendizajes.

   

   

 

    

Sara Robles Martín (Málaga, 1985). Es Diplomada en Maestro en Lengua Extranjera (Sección: Inglés) por la Universidad de Málaga, en cuya Facultad de Ciencias de la Educación ha cursado los correspondientes estudios de Magisterio.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Año VIII. II Época. Número 64. Noviembre-Diciembre 2009. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2009 Sara Robles Martín. © 2002-2009 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

    

    

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