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maginemos lo siguiente: te da un
patatús caminando por el centro de la ciudad y
te desmayas en la calle, Dios no lo permita, y
la gente llama al SAME, sin saber que estás
anotado en la obra social Gold High Eternun y te
llevan en ambulancia al primer hospital público.
¿Qué tipo de médico te gustaría que te reciba en
el hospital? ¿El Dr. House o el Dr. Hunter
“Patch” Adams?
Doctores en el espectáculo
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El Dr. Kildare, recuerdo, era uno de
los estereotipos más opuestos a la imagen que
podemos apreciar, por ejemplo, en la archifamosa
serie Dr. House. |
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Sí, ya sé, son médicos de la ficción
(aunque Adams es real, pero sólo conocimos de él
la versión de Robin Williams), y no fueron los
únicos. De hecho, la pantalla chica americana
nos ha mandado docenas de héroes del delantal
blanco, desde los legendarios Kildare y Ben
Casey, el engominado “tordo” de Centro Médico,
los jovatos Marcus Welby y Quincy, pasando por
las burlonas series M.A.S.H. o Scrubs, y
arribando finalmente a las melodra-máticas E. R.
y Anatomía de Grey.
Ahora, si bien el rol adjudicado es
el necesitado por la sociedad, el rol asumido
tiene las características propias del sujeto al
que le toca el sayo, el que debe ejercer el
puesto.
Pero ¿qué imagen tenemos nosotros de
un médico, gracias a la industria del
espectáculo?
El Dr. Kildare, recuerdo, era uno de
los estereotipos más opuestos a la imagen que
podemos apreciar, por ejemplo, en la archifamosa
serie Dr. House. Su temática no estaba
basada en la búsqueda del diagnóstico, sino en
que hacía hincapié en todo el aspecto humano y
social, siendo la imagen del antiguo médico de
cabecera de familia. La confianza y trato que
daba a sus pacientes era irremplazable. La
medicina no estaba tan especializada como en
nuestros días, por lo que se recurría al clínico
del barrio, que te conocía de chico y que
siempre la embocaba con el diagnóstico, sin
radiografías nucleares ni ecografías
ultrasónicas. El trato era personalizado y
profundo, lo que sería la versión opuesta de
House, quien es insensible con sus pacientes,
siente rechazo y desconfianza hacia ellos, y se
maneja de manera indiferente, con soberbia e
ironía.
El Dr. House, el “malo de la película”
El Dr. House es un personaje que
busca romper con el modelo de la bioética, que
es el instaurado en la medicina actual. El
personaje procura llegar al diagnóstico de las
formas más extremas, aplicando todas las
hipótesis posibles y utilizando todas las
herramientas que estén a su alcance. Su
personalidad y carácter lo colocan en la cima de
la prepotencia, en un rol de autoridad suprema,
de poder de decisión extremo, y manipulación del
cuerpo del paciente. Como su personalidad, se
vale del sarcasmo, la ironía y la brutal
honestidad, y debe recurrir a variadas
estrategias, como su única alternativa, para
disfrazar y conseguir las autorizaciones para
sus poco convencionales prácticas, pases libres
que finalmente le da la Dra. Cuddy, que comanda
el hospital.
Principalmente, en la medicina
bioética el paciente participa activamente en
los procesos de diagnóstico y tratamiento. En
cambio, uno de los rasgos fundamentales de la
medicina hegemónica es el uso del cuerpo como
objeto de experimento. Particularmente en la
serie puede observarse cómo House utiliza al
paciente y se apropia del cuerpo ajeno, en
algunas ocasiones sin su previa aprobación.
Otras veces, sospecha y medica antes de llegar
al diagnóstico para aplacar síntomas o extender
su tiempo de deducción. Pero todo esto culmina
en importantes repercusiones legales, de las que
tiene que hacerse cargo el hospital, y en la
exposición de su profesión, todo a causa de sus
extravagantes formas de diagnostico. Aunque,
claro, es el protagonista, y, finalmente,
acierta, y el paciente, luego de todo lo que le
hicieron, sale caminando o en silla de ruedas
pero feliz.
Con seguridad, los fanáticos del
programa dirían que su forma de actuar se
justifica porque él vive cada episodio como un
juego, en donde, cueste lo que cueste, y
utilizando todas las herramientas que tenga a su
alcance, intentará ser el ganador, por lo que su
único límite es la muerte del sujeto,
representada por el game over.
Por la boca mueres
Según narra el film, todos los
desvelos se le aparecen a “Patch” Adams, el
mítico doctor payaso, cuando se le ocurre crear
un hospital para gente pobre en un rancho en
medio del campo, que es propiedad del científico
loco que había conocido en un hospicio donde se
había tratado por sus adicciones.
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Marcus Welby, M. D. |
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Y “Patch” (que significa emparchar lo
que está roto) utiliza el humor y el afecto como
instrumentos de curación, además de los
medicamentos. Esto le vale en un momento la
posibilidad de poder quedar fuera del ejercicio
de su profesión. Cuando el director del hospital
lo juzga negativamente, Adams exige que se le
defina el significado de la frase “dar
tratamiento” a los enfermos. Con sus palabras,
él expresa que la ciencia es un intento de
hallar la verdad, pero ocurre que la verdad,
para él, tiene estructura de ficción.
Si comparamos entonces a House con
Adams, al menos desde la pantalla, vemos dos
personalidades distintas, pero no sólo por lo
que hacen, sino también por lo que dicen.
Veamos.
El Dr. House derrama en sus pacientes
frases como: “¿Preferiría usted un médico que le
coja la mano mientras se muere o uno que lo
ignore mientras mejora? Aunque yo creo que lo
peor sería uno que te ignore mientras te
mueres...” “La vida es un asco y la suya es peor
que otras. Aunque las hay peores, lo cual
también es deprimente…” Un médico le dice que si
la enfermedad que sufre un niño sigue
evolucionando quedará paralítico y él responde:
“¡Qué horror! Menos mal que sólo vivirá una
semana”.
Patch Adams, por el
contrario, despliega un discurso distinto, muy
afectuoso y divertido con los enfermos
terminales o deprimidos que trata. Y cuando le
quieren impedir ejercer la medicina, acusado de
realizar practicas no tradicionales, exclama:
“¿Cuándo fue que un doctor dejó de ser un amigo
de confianza e instruido que trata a los
enfermos? Practicar la medicina es atender,
acompañar, escucharlos hasta que baje la fiebre.
La muerte no es el enemigo, el enemigo es la
indiferencia. He escuchado clases insistiendo en
evitar la “transferencia”, en provocar la
“distancia óptima”, pero la “transferencia” es
inevitable, todo ser humano afecta a los demás,
lo que ustedes enseñan es equivocado. La misión
del médico no sólo consiste en impedir la
muerte, sino en mejorar la vida, ya que tratando
el mal se gana o se pierde, pero tratando al
individuo se gana más allá del desenlace”.
Patch Adams plantea la “Clínica de la
Escucha”, dispositivo que incluye un tipo de
relación paciente/médico bajo (según sus
palabras) el efecto de la “transferencia” que se
aprovecha para la cura o bienestar del paciente.
Sólo ocupando un lugar fundamental en la
“transferencia” (por ejemplo, el del gran
“otro”), podrán escuchar los profesionales y
entender el dialecto oculto, el mensaje del
“síntoma”, nos quiere decir.
Mejor, no ponerse enfermo
Les cuento algo personal. Y en este
párrafo descubrirán cuál sería mi elección entre
ellos dos.
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Todos los desvelos se le aparecen a “Patch” Adams, el
mítico doctor payaso, cuando se le ocurre crear
un hospital para gente pobre en un rancho en
medio del campo, que es propiedad del científico
loco que había conocido en un hospicio donde se
había tratado por sus adicciones.
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Cuando yo era chico, mi familia tenía
un médico de cabecera, que también era el doctor
del barrio. Curó a distintas generaciones de
todas las dolencias que un humano pudiera
sufrir, y era común que aceptara que el
carnicero le pagara con pollos y huevos, o que
el tendero le alcanzara una caja de salamines y
queso, si era fin de mes y escaseaba
el efectivo.
Él estaba bien dispuesto siempre, a
cualquier hora del día o de la noche, para
atender un parto de urgencia o un infarto, con
la misma sonrisa y absoluta efectividad con la
que diagnosticaba sarampión o hepatitis. Era
como un abuelo sabio que conocía nuestros
cuerpos pero también nuestros sufrimientos,
frustraciones, ansiedades, sueños, esperanzas,
hipocondrías… Y sus pacientes, todos nosotros,
finalmente gozábamos de buena salud.
Pero un día fue él el que se murió,
hace ya muchos años. Entonces, mis parientes se
dividieron en dos grupos: algunos comenzaron a
utilizar los servicios de las obras sociales que
les tocaban en suerte, según el empleo que cada
uno tuviera. 0tros, en cambio, se afiliaron a
una empresa de medicina prepago. Pero todos,
cada uno por su lado, pagando mucho o gratis,
con carencias o con lujos, todos, desde
entonces, vivimos experiencias parecidas.
¿De qué experiencias hablo? Les
cuento: un mes para conseguir un turno de un
médico clínico, el cual te ha de enviar a
hacerte análisis de todos los efluvios de tu
cuerpo, en los que además han de introducirte
catéteres por el brazo, leches fosforescentes en
la garganta y canutillos con visor en el
trasero, y, una vez leídos los mismos, treinta
días después, ha de derivarte a un especialista,
que seguirá pidiendo estudios porque duda más
que el Dr. House y su equipo en la famosa serie
de qué ‘puñetas’ te vas a morir en breve,
seguramente, si no te dan una medicación ya.
Pero, además, nos dimos cuenta de que
nuestros órganos tienden caprichosamente a
enfermar de madrugada o en días festivos,
momentos en los cuales estás fuera del horario
de consulta y los especialistas están jugando al
tenis o reposando en el hotel de algún congreso
en Madagascar. Entonces, vimos que sólo nos
quedaban dos alternativas: la más rápida es ir a
las ‘guardias’, donde una jovenzuela galena es
posible que se sorprenda de que tu tía no tenga
testículos, o, por el contrario, te ausculte un
gordo soberbio que no te trata de ‘tú’, pero sí
a unos estudiantes que te rodean y miran como si
fueras un extraterrestre o el eslabón perdido.
Claro que también podéis llamar al
servicio de urgencia y quedarte en cama,
situación que te permitirá conocer, varias horas
después, a un mozalbete con delantal verde y
zapatillas de fútbol que, si te duele la
espalda, pude confundir un catarro con una
infección urinaria.
Finalmente, si no hay huelga o paro y
soportas hacer una cola de cien horas, te queda
el hospital.
Por eso, en mi barrio, hemos decidido
permanecer sanos: si se nos fue el doctor para
siempre, mejor no ponerse enfermo.
Diagnóstico final
Por lo antes dicho, ver series de
médicos nos ponen en una extraña disyuntiva: ¿o
nos identificamos con el doctor protagonista o
con el enfermo, que es tratado como un objeto?
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Uno de los rasgos fundamentales de
la medicina hegemónica es el uso del
cuerpo como objeto de experimento.
Particularmente en la serie puede
observarse cómo House utiliza al
paciente y se apropia del cuerpo
ajeno, en algunas ocasiones sin su
previa aprobación. Otras veces,
sospecha y medica antes de llegar al
diagnóstico para aplacar síntomas o
extender su tiempo de deducción. |
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En lo personal, creo la serie
Doctor House puede generar cierto grado de
sentimiento de angustia en aquellos televidentes
que se identifiquen con el paciente tratado.
Porque, en cada unitario, ha quedado evidente
que médicos importantes, elegidos por su
altísima capacidad, de pronto no tienen ni la
más pálida idea de qué caramba sufre el
paciente, y en sus diagnósticos van desde
calificar una ampolla en la lengua como
infección, cáncer, sida o gastritis.
Pero, por otro lado, la pasará bien
el espectador que tiende a identificarse con el
personaje principal, con lo cual lo idealiza, y
corrobora la figura que es mostrada por el
producto como omnipotente. El Dr. House
resulta ser divertido, nos hace reír en
ocasiones.
Entonces, esta identificación es
positiva, ya que resalta la búsqueda de caminos
antes no transitados por otros estereotipos,
quebrantando con todos los que habían saturado
los medios de comunicación.
Finalmente, resulta que House es
también un personaje rebelde, criticado por sus
colegas, pero que se compromete en cada uno de
sus desafíos. Su valentía lo lleva a atravesar
vías díscolas e ingobernables para otros, con el
objetivo de poder resolver los problemas que se
le presentan. Tanto el sarcasmo como la ironía
son empleados como mecanismos de defensa,
principalmente para esconder su vulnerabilidad.
A través de ellos, House oculta su vida
solitaria, sus problemas para relacionarse con
sus afectos y con su entorno, y también su
adicción a los calmantes, que son utilizados
excesiva y frecuentemente por el mismo para
evitar el dolor que le aqueja. Ambos mecanismos
lo sitúan en una posición desafiante frente al
otro, reafirmando la imagen antes descrita.
En las antípodas, Patch Adams, según
informa un texto al final de la película, ha
inaugurado hace años un hospital para pacientes
sin dinero y sin seguro social, en el que más de
diez mil médicos han presentado sus currículos
para participar en la experiencia.
Y las ideas de seriedad,
eficiencia y objetividad, él las
intenta cambiar por espontaneidad,
creatividad, subjetividad, humor e
imaginación, y la posición inicial del
profesional en el lugar de la docta
ignorancia, pues, para él, el paciente tiene
las claves de su problema y sólo hay que
escucharlo para encontrarlas.
En síntesis, son dos visiones las que
nos presentan dos actores impresionantes, y sólo
queda escuchar tu respuesta a la pregunta del
título. Para eso, esta revista digital te da la
opción de enviar tu comentario a la pregunta. Y
si no, ya te llegará el momento de recordarla,
porque, como diría Serrat, nunca es triste la
verdad, lo que no tiene es remedio.
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