N.º 62

JULIO-AGOSTO 2009

15

GIBRALFARO

DESDE MI ATALAYA

Un sitio para la OPINIÓN personal

   

   

   

   

   

¿EL DR. HOUSE O PATCH ADAMS?

   

Por Luis Buero

   

   

I

maginemos lo siguiente: te da un patatús caminando por el centro de la ciudad y te desmayas en la calle, Dios no lo permita, y la gente llama al SAME, sin saber que estás anotado en la obra social Gold High Eternun y te llevan en ambulancia al primer hospital público. ¿Qué tipo de médico te gustaría que te reciba en el hospital? ¿El Dr. House o el Dr. Hunter “Patch” Adams?

  

Doctores en el espectáculo

     
     

  

El Dr. Kildare, recuerdo, era uno de los estereotipos más opuestos a la imagen que podemos apreciar, por ejemplo, en la archifamosa serie Dr. House.

   

Sí, ya sé, son médicos de la ficción (aunque Adams es real, pero sólo conocimos de él la versión de Robin Williams), y no fueron los únicos. De hecho, la pantalla chica americana nos ha mandado docenas de héroes del delantal blanco, desde los legendarios Kildare y Ben Casey, el engominado “tordo” de Centro Médico, los jovatos Marcus Welby y Quincy, pasando por las burlonas series M.A.S.H. o Scrubs, y arribando finalmente a las melodra-máticas E. R. y Anatomía de Grey.

Ahora, si bien el rol adjudicado es el necesitado por la sociedad, el rol asumido tiene las características propias del sujeto al que le toca el sayo, el que debe ejercer el puesto.

Pero ¿qué imagen tenemos nosotros de un médico, gracias a la industria del espectáculo?

El Dr. Kildare, recuerdo, era uno de los estereotipos más opuestos a la imagen que podemos apreciar, por ejemplo, en la archifamosa serie Dr. House. Su temática no estaba basada en la búsqueda del diagnóstico, sino en que hacía hincapié en todo el aspecto humano y social, siendo la imagen del antiguo médico de cabecera de familia. La confianza y trato que daba a sus pacientes era irremplazable. La medicina no estaba tan especializada como en nuestros días, por lo que se recurría al clínico del barrio, que te conocía de chico y que siempre la embocaba con el diagnóstico, sin radiografías nucleares ni ecografías ultrasónicas. El trato era personalizado y profundo, lo que sería la versión opuesta de House, quien es insensible con sus pacientes, siente rechazo y desconfianza hacia ellos, y se maneja de manera indiferente, con soberbia e ironía.

  

El Dr. House, el “malo de la película”

El Dr. House es un personaje que busca romper con el modelo de la bioética, que es el instaurado en la medicina actual. El personaje procura llegar al diagnóstico de las formas más extremas, aplicando todas las hipótesis posibles y utilizando todas las herramientas que estén a su alcance. Su personalidad y carácter lo colocan en la cima de la prepotencia, en un rol de autoridad suprema, de poder de decisión extremo, y manipulación del cuerpo del paciente. Como su personalidad, se vale del sarcasmo, la ironía y la brutal honestidad, y debe recurrir a variadas estrategias, como su única alternativa, para disfrazar y conseguir las autorizaciones para sus poco convencionales prácticas, pases libres que finalmente le da la Dra. Cuddy, que comanda el hospital.

Principalmente, en la medicina bioética el paciente participa activamente en los procesos de diagnóstico y tratamiento. En cambio, uno de los rasgos fundamentales de la medicina hegemónica es el uso del cuerpo como objeto de experimento. Particularmente en la serie puede observarse cómo House utiliza al paciente y se apropia del cuerpo ajeno, en algunas ocasiones sin su previa aprobación. Otras veces, sospecha y medica antes de llegar al diagnóstico para aplacar síntomas o extender su tiempo de deducción. Pero todo esto culmina en importantes repercusiones legales, de las que tiene que hacerse cargo el hospital, y en la exposición de su profesión, todo a causa de sus extravagantes formas de diagnostico. Aunque, claro, es el protagonista, y, finalmente, acierta, y el paciente, luego de todo lo que le hicieron, sale caminando o en silla de ruedas pero feliz.

Con seguridad, los fanáticos del programa dirían que su forma de actuar se justifica porque él vive cada episodio como un juego, en donde, cueste lo que cueste, y utilizando todas las herramientas que tenga a su alcance, intentará ser el ganador, por lo que su único límite es la muerte del sujeto, representada por el game over.

 

Por la boca mueres

Según narra el film, todos los desvelos se le aparecen a “Patch” Adams, el mítico doctor payaso, cuando se le ocurre crear un hospital para gente pobre en un rancho en medio del campo, que es propiedad del científico loco que había conocido en un hospicio donde se había tratado por sus adicciones.

     

     

Marcus Welby, M. D.

 
   

Y “Patch” (que significa emparchar lo que está roto) utiliza el humor y el afecto como instrumentos de curación, además de los medicamentos. Esto le vale en un momento la posibilidad de poder quedar fuera del ejercicio de su profesión. Cuando el director del hospital lo juzga negativamente, Adams exige que se le defina el significado de la frase “dar tratamiento” a los enfermos. Con sus palabras, él expresa que la ciencia es un intento de hallar la verdad, pero ocurre que la verdad, para él, tiene estructura de ficción.

Si comparamos entonces a House con Adams, al menos desde la pantalla, vemos dos personalidades distintas, pero no sólo por lo que hacen, sino también por lo que dicen. Veamos.

El Dr. House derrama en sus pacientes frases como: “¿Preferiría usted un médico que le coja la mano mientras se muere o uno que lo ignore mientras mejora? Aunque yo creo que lo peor sería uno que te ignore mientras te mueres...” “La vida es un asco y la suya es peor que otras. Aunque las hay peores, lo cual también es deprimente…” Un médico le dice que si la enfermedad que sufre un niño sigue evolucionando quedará paralítico y él responde: “¡Qué horror! Menos mal que sólo vivirá una semana”.

Patch Adams, por el contrario, despliega un discurso distinto, muy afectuoso y divertido con los enfermos terminales o deprimidos que trata. Y cuando le quieren impedir ejercer la medicina, acusado de realizar practicas no tradicionales, exclama: “¿Cuándo fue que un doctor dejó de ser un amigo de confianza e instruido que trata a los enfermos? Practicar la medicina es atender, acompañar, escucharlos hasta que baje la fiebre. La muerte no es el enemigo, el enemigo es la indiferencia. He escuchado clases insistiendo en evitar la “transferencia”, en provocar la “distancia óptima”, pero la “transferencia” es inevitable, todo ser humano afecta a los demás, lo que ustedes enseñan es equivocado. La misión del médico no sólo consiste en impedir la muerte, sino en mejorar la vida, ya que tratando el mal se gana o se pierde, pero tratando al individuo se gana más allá del desenlace”.

Patch Adams plantea la “Clínica de la Escucha”, dispositivo que incluye un tipo de relación paciente/médico bajo (según sus palabras) el efecto de la “transferencia” que se aprovecha para la cura o bienestar del paciente. Sólo ocupando un lugar fundamental en la “transferencia” (por ejemplo, el del gran “otro”), podrán escuchar los profesionales y entender el dialecto oculto, el mensaje del “síntoma”, nos quiere decir.

 

Mejor, no ponerse enfermo

Les cuento algo personal. Y en este párrafo descubrirán cuál sería mi elección entre ellos dos.

     
     

  

Todos los desvelos se le aparecen a “Patch” Adams, el mítico doctor payaso, cuando se le ocurre crear un hospital para gente pobre en un rancho en medio del campo, que es propiedad del científico loco que había conocido en un hospicio donde se había tratado por sus adicciones.

   

Cuando yo era chico, mi familia tenía un médico de cabecera, que también era el doctor del barrio. Curó a distintas generaciones de todas las dolencias que un humano pudiera sufrir, y era común que aceptara que el carnicero le pagara con pollos y huevos, o que el tendero le alcanzara una caja de salamines y queso, si era fin de mes y escaseaba el efectivo.

Él estaba bien dispuesto siempre, a cualquier hora del día o de la noche, para atender un parto de urgencia o un infarto, con la misma sonrisa y absoluta efectividad con la que diagnosticaba sarampión o hepatitis. Era como un abuelo sabio que conocía nuestros cuerpos pero también nuestros sufrimientos, frustraciones, ansiedades, sueños, esperanzas, hipocondrías… Y sus pacientes, todos nosotros, finalmente gozábamos de buena salud.

Pero un día fue él el que se murió, hace ya muchos años. Entonces, mis parientes se dividieron en dos grupos: algunos comenzaron a utilizar los servicios de las obras sociales que les tocaban en suerte, según el empleo que cada uno tuviera. 0tros, en cambio, se afiliaron a una empresa de medicina prepago. Pero todos, cada uno por su lado, pagando mucho o gratis, con carencias o con lujos, todos, desde entonces, vivimos experiencias parecidas.

¿De qué experiencias hablo? Les cuento: un mes para conseguir un turno de un médico clínico, el cual te ha de enviar a hacerte análisis de todos los efluvios de tu cuerpo, en los que además han de  introducirte catéteres por el brazo, leches fosforescentes en la garganta y canutillos con visor en el trasero, y, una vez leídos los mismos, treinta días después, ha de derivarte a un especialista, que seguirá pidiendo estudios porque duda más que el Dr. House y su equipo en la famosa serie de qué ‘puñetas’ te vas a morir en breve, seguramente, si no te dan una medicación ya.

Pero, además, nos dimos cuenta de que nuestros órganos tienden caprichosamente a enfermar de madrugada o en días festivos, momentos en los cuales estás fuera del horario de consulta y los especialistas están jugando al tenis o reposando en el hotel de algún congreso en Madagascar. Entonces, vimos que sólo nos quedaban dos alternativas: la más rápida es ir a las ‘guardias’, donde una jovenzuela galena es posible que se sorprenda de que tu tía no tenga testículos, o, por el contrario, te ausculte un gordo soberbio que no te trata de ‘tú’, pero sí a unos estudiantes que te rodean y miran como si fueras un extraterrestre o el eslabón perdido.

Claro que también podéis llamar al servicio de urgencia y quedarte en cama, situación que te permitirá conocer, varias horas después, a un mozalbete con delantal verde y zapatillas de fútbol que, si te duele la espalda, pude confundir un catarro con una infección urinaria.

Finalmente, si no hay huelga o paro y soportas hacer una cola de cien horas, te queda el hospital.

Por eso, en mi barrio, hemos decidido permanecer sanos: si se nos fue el doctor para siempre, mejor no ponerse enfermo.

 

Diagnóstico final

Por lo antes dicho, ver series de médicos nos ponen en una extraña disyuntiva: ¿o nos identificamos con el doctor protagonista o con el enfermo, que es tratado como un objeto?

     

     

Uno de los rasgos fundamentales de la medicina hegemónica es el uso del cuerpo como objeto de experimento. Particularmente en la serie puede observarse cómo House utiliza al paciente y se apropia del cuerpo ajeno, en algunas ocasiones sin su previa aprobación. Otras veces, sospecha y medica antes de llegar al diagnóstico para aplacar síntomas o extender su tiempo de deducción.

 
   

En lo personal, creo la serie Doctor House puede generar cierto grado de sentimiento de angustia en aquellos televidentes que se identifiquen con el paciente tratado. Porque, en cada unitario, ha quedado evidente que médicos importantes, elegidos por su altísima capacidad, de pronto no tienen ni la más pálida idea de qué caramba sufre el paciente, y en sus diagnósticos van desde calificar una ampolla en la lengua como infección, cáncer, sida o gastritis.

Pero, por otro lado, la pasará bien el espectador que tiende a identificarse con el personaje principal, con lo cual lo idealiza, y corrobora la figura que es mostrada por el producto como omnipotente. El Dr. House resulta ser divertido, nos hace reír en ocasiones.

Entonces, esta identificación es positiva, ya que resalta la búsqueda de caminos antes no transitados por otros estereotipos, quebrantando con todos los que habían saturado los medios de comunicación.

Finalmente, resulta que House es también un personaje rebelde, criticado por sus colegas, pero que se compromete en cada uno de sus desafíos. Su valentía lo lleva a atravesar vías díscolas e ingobernables para otros, con el objetivo de poder resolver los problemas que se le presentan. Tanto el sarcasmo como la ironía son empleados como mecanismos de defensa, principalmente para esconder su vulnerabilidad. A través de ellos, House oculta su vida solitaria, sus problemas para relacionarse con sus afectos y con su entorno, y también su adicción a los calmantes, que son utilizados excesiva y frecuentemente por el mismo para evitar el dolor que le aqueja. Ambos mecanismos lo sitúan en una posición desafiante frente al otro, reafirmando la imagen antes descrita.

En las antípodas, Patch Adams, según informa un texto al final de la película, ha inaugurado hace años un hospital para pacientes sin dinero y sin seguro social, en el que más de diez mil médicos han presentado sus currículos para participar en la experiencia.

Y las  ideas de seriedad, eficiencia y objetividad, él las intenta cambiar por espontaneidad, creatividad, subjetividad, humor e imaginación, y la posición inicial del profesional en el lugar de la docta ignorancia, pues, para él, el paciente tiene las claves de su problema y sólo hay que escucharlo para encontrarlas.

En síntesis, son dos visiones las que nos presentan dos actores impresionantes, y sólo queda escuchar tu respuesta a la pregunta del título. Para eso, esta revista digital te da la opción de enviar tu comentario a la pregunta. Y si no, ya te llegará el momento de recordarla, porque, como diría Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

   

   

 
     

Luis Buero es guionista, escritor y periodista, tareas que compagina con la docencia en varias instituciones, como TEA Imagen, Universidad de Morón, Universidad de Belgrano y el ISER, entre otras. Es autor del libro Historia de la televisión argentina contada por sus protagonistas (Universidad de Morón, 1999), que obtuvo una mención especial de APTRA en la entrega de los “Martín Fierro” 1999. Más datos sobre este polifacético autor, en su página:Luis Buero”.

   

   

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año VIII. II Época. Número 62. Julio-Agosto 2009. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2009 Luis Buero. © 2002-2009 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.

   

   

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