I
«Picasso es comunista, yo tampoco» (Dalí)
Cuenta Dalí en su diario que un día, al despertarse,
besó el lóbulo de la oreja de Gala y, en ese
mismo instante, sintió a Picasso mezclado con su
saliva. Cuenta que el pintor malagueño tenía un
lunar en el mismo sitio que Gala. Un lunar
oliváceo de espesor mínimo, una reproducción
exacta, de manera que, cuando pensaba en Picasso,
acariciaba la oreja de su mujer. Dalí asegura que
Picasso era la persona en la que más pensaba,
después de su padre, y que ambos eran para él
una suerte de Guillermo Tell, ya que tuvo que
rebelarse ante la autoridad de ambos desde su
adolescencia.
| |
|
| |

|
|
Pablo
Ruiz Picasso
(Málaga,
España, 1881 - Notre-Dame-de-Vie,
Mougins, Francia, 1973) |
| |
|
Dalí defendía que España es grande por haber
proporcionado al mundo los más altos y violentos
contrastes, encarnados en el siglo XX en las
personas de Picasso y él mismo. El pintor de
Figueras se sentía orgulloso de su nombre propio,
Salvador, que anticipaba su misión en el arte,
pero, además, se sentía orgulloso de ser
español y de tener a Gala de musa. De Gala,
tenía Picasso aquella sombra biológica en el
extremo de la oreja. El nombre propio del
malagueño universal, Pablo, era para el genio del
surrealismo un nombre corriente, todo el mundo,
desde los papas al violinista Pau Casals, podían
llamarse así.
Cuenta en su Vida secreta que hizo un viaje a
París acompañado de su hermana y de su tía con
el propósito de visitar Versalles, el museo
Grevin y, sobre todo, a Picasso, que le había
sido presentado por el pintor Manuel Ángeles
Ortega, amigo granadino de Lorca. Dalí confiesa
que, al llegar a casa de Picasso, estaba tan
emocionado como si fuera a visitar al Papa y que,
cuando le dijo que había ido a verlo antes de ir
al Louvre, Picasso le respondió satisfecho que
había hecho muy bien. Llevaba Dalí empaquetada La
niña de Figueras para presentársela al
maestro, quien, después de observarla durante un
cuarto de hora, no hizo comentario alguno.
Picasso le mostró su estudio, mientras llevaba y traía
telas en un incesante movimiento. Dos horas estuvo
mostrándole el pintor malagueño al joven
ampurdanés los cuadros almacenados en hileras
contra las paredes. Dalí entendía que se estaba
tomando una gran molestia y esto le halagaba. Cada
vez que le enseñaba uno nuevo, le dirigía una
mirada vivaz e inteligente tan violenta que le
hacía temblar. Dalí se abstuvo de hacer
comentarios. Tan sólo cuando estaban a punto de
despedirse en el rellano de la escalera,
intercambiaron una mirada y Dalí entendió que
Picasso le inquiría: «¿Ve usted la idea?» «La
veo», asintió Salvador Dalí.
Con motivo de la celebración del noventa cumpleaños de
Picasso, la revista Times citaba las
palabras que el catalán había pronunciado veinte
años atrás en el madrileño teatro María
Guerrero, cuando dijo: «Picasso es español, yo
también; Picasso es un genio, yo también;
Picasso es comunista, yo tampoco».
Dalí agradeció siempre a Picasso su genio ibérico,
anárquico e integral, que había sido capaz de
matar la fealdad de la pintura moderna. Sin él, y
teniendo en cuenta la prudencia y mesura que
caracterizaban el arte francés, el mundo se
exponía a sufrir cien años de pintura cada vez
más fea. Gracias a los sublimes Esperantos
abatesios de la serie Dora Mar,
Picasso, a juicio de Dalí, libró, de una vez por
todas, al arte del toro de la ignominia y, sobre
todo, del todavía más negro materialismo entero.
Sólo después de esa hazaña, podría comenzar la
nueva época de la pintura mística encarnada en
la propia obra daliniana.
II
El
hijo de Guillermo Tell
Así se considera Dalí cuando afirma que ha transformado
en oro macizo la manzana de canibalesca
ambivalencia que sus padres, André Breton y Pablo
Picasso, habían colocado sucesivamente en
peligroso equilibrio sobre su cabeza, tan frágil
y querida.
Dalí, convencido de ser el salvador del arte moderno y
el único capaz de sublimar, integrar y
racionalizar imperialmente todas las experiencias
artísticas dentro de la tradición clásica,
asume la sedición latente en los hijos de Saturno
y se enfrenta a su padre, el notario de Figueras,
a Picasso, y al jefe del surrealismo, André
Breton.
Para Dalí, Picasso, tan grande como Rafael, era, sin
embargo, su opuesto, porque se vio condenado al
plagio eterno. Combatiendo la tradición, su obra
había alcanzado el resplandor del relámpago,
pero también la ira del esclavo. Dalí contempla
a Picasso encadenado de pies y manos en sus
propios inventos y, aunque reconoce que lo ha
inventado todo, considera que es víctima de su
creación, que lo tiraniza. Ve a Picasso en cada
una de sus obras luchando con el dibujo, el color,
la perspectiva y la composición, y asegura que,
en lugar de apoyarse en el pasado inmediato, en la
sangre de la realidad que es la tradición, se
refugiaba en el recuerdo de todo lo que había
visto: de los vasos etruscos, de Toulouse-Lautrec,
de África, de Ingres...
Dalí defendió a ultranza la tradición clásica aun
expensas de ser malinterpretado, y decía que
cuanto más se intenta revolucionar, tanto más se
hace lo mismo. Mantenía que las imágenes
carentes de tradición se veían forzadas a
recurrir a las instancias de una memoria agotada,
sin llegar a conseguir la invención.
Pero el hijo de Guillermo Tell necesita la referencia del
padre para llegar a ser él mismo. De ahí que, en
los años sesenta, Dalí manifestara su entusiasmo
por la obra de Picasso en el Times TV,
afirmando que Picasso, al destruir la belleza,
había conseguido crear un nuevo deseo de lo
bello. En una exaltada felicitación, celebra la
fealdad alcanzada en su pintura, inimitable por lo
menos en los siguientes cien años. A Dalí le
gusta la violencia de la anarquía picassiana y
las cotas alcanzadas en la representación de lo
abominable, aunque le reprocha el poseer una idea
del arte demasiado convencional. Después de él,
sólo cabía volver de nuevo la mirada hacia
Rafael.
| |
|
|
|

|
|
Figueras,
Girona, 1904 - Figueras, 1989) |
| |
|
Soñaba Dalí con Picasso, su filosofía materialista y
el miedo a la muerte y, si bien consideraba su
influencia en otros pintores, los demás, a su
juicio, apenas habrían influido en el malagueño.
Velázquez, Goya, Picasso, él mismo ―Dalí―,
habían experimentado el sentimiento trágico de
la vida que tan bien definía el carácter
español.
Hay una anécdota significativa, recordada por
Antonio Pichot, pintor de Cadaqués y
magnífico conocedor de Dalí, de que Dalí no
olvidó jamás al maestro. Hasta su muerte,
Picasso recibía cada mes de julio un telegrama de
Dalí, donde decía: «Per juliol, ni dona ni
cargol». Al parecer, una tía de Pichot, afamada
cantante de ópera que llegó a conmover el
corazón del mismísimo Emiliano Zapata, daba
largas desde el alféizar de su ventana con este
enigmático mensaje a un ardiente amante italiano
cuando la requería en amores por aquellos
calurosos días.
III
Las
zapatillas de Picasso
Ése es el título de un artículo publicado por Dalí en
el año 1935 en Cahiers d'Art, donde
parafrasea el nombre de una novela de Sader
Masoch, La pantoufle de Sapho.
Recuerda Dalí que un día le mostró a Picasso un cuadro
cuya fealdad le había parecido siempre la más
truculenta y digna de ser tomada como modelo.
Picasso se quedó sorprendido mirando la tela y le
dijo: «¿Qué le ocurre, por qué me oculta su
rostro como si me fuese conocido?» El encuentro
tenía lugar en la capital francesa,
aristocrática, decadente y a la vez
prerrevolucionaria, en un invierno que vestía de
blanco las calles.
Dalí afirma en esas páginas que el punto culminante de
las distracciones y placeres, así como el
interés artístico y literario e incluso
científico, seguiría centrado, a partir de
entonces, en las invenciones de Picasso, ya que el
pintor era una especie de institución geográfica
y monárquica (en el sentido más elevado y
fenomenológico de la palabra, como la entendía
Eugenio D’Ors). El interés fisgón que toda la
ciudad sentiría por la personalidad de Picasso
―se refiere al París de aquellos años―,
sería de carácter fetichista y cada vez más
exclusivo.
Para Dalí, en los días de la conquista de lo
irracional, emanando de un sentimiento casi
sobrehumano, Picasso podría redoblar ferozmente
su antiexhibicionismo y, no obstante, seguiría
brillando como un sol aislado en el firmamento del
arte irresponsable, para oscurecer todas las
estrellas intelectuales de la premeditación
supraconsciente.
Más adelante lo imagina asomado al balcón muy de noche,
dejando caer desde su casco de trabajo a la calle
de La Boétie las ondas luminosas que anunciaban
una nueva creación: rostros de fealdad
abrumadora, de indignidad sobrehumana, capaces de
arrastrar los riñones y corazones de los
noctámbulos como nadie jamás lo hizo. Luego, le
parece el relieve azteca de un inmolador
ensangrentado, de una belleza ignominiosa,
terriblemente degenerado y apoteósicamente
chocho.
Picasso tenía para Dalí en ese momento el porte de
bragueta que sólo tuvo Goethe en sus mejores
tiempos. Toda ciencia particular, todo método
sistemático envidiarían a Pablo Picasso. El
imperio que ejercería sobre los mortales y las
cosas sería tan categórico y cada vez más
evidente en sus ojos rapaces y dominadores, que se
sabría que había nacido para tener a sus pies
los rostros y los objetos.
Entre Dalí y Picasso se estableció una gran complicidad
y, siempre que regresaba a París, su primera
mirada deferente, al igual que su última ojeada
antes de partir, era para el pintor malagueño. Si
un cuadro de Dalí entusiasmaba particularmente a
Picasso, éste movía la cabeza de modo
imperceptible, pero aquel ligero movimiento no
escapaba a Salvador.
Una vez se le apareció Picasso a Dalí para echarle a
los pies una corona de laurel, y ese homenaje
lleno de inventiva,
bajo el manto de la noche, conmovió su corazón
más allá que cualquiera de las ovaciones y
alabanzas que recibía. Dalí empezó a
preguntarse si amaba a Picasso sobre todas las
cosas.
Dalí tuvo ocasión de devolverle el favor con
generosidad, porque un día, cuando se precipitaba
en zapatillas a la calle en busca de tabaco, como
estaba lloviendo, para que no se mojara los pies
en los charcos, le extendió su abrigo de piel de
alpaca. Cuando Picasso se volvió para agradecer
el gesto, Dalí ya había desaparecido.