JULIO-SEPTIEMBRE 2018  

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LAFQUENCHE: EL HOMBRE DEL LAGO

   

   

Por Kepa Uriberri

   

   

  

SI YO NO HICIERA MÁS que remar, todo el tiempo, menos que en veces duermo, le digo bien que me hago el lago completito en una semana, con sus domingos. Pero desde que no soy na tonto, le ando dando vueltas para ir pescando justito el alimento que necesito, y así, los peces, que ya me conocen a mí y a mi dalcafote, se van distrayendo, que si no, están avisados y no pican. Por eso le doy las vueltas al lago, y pa seguir a algunos que van cambiando el sitio en lo que cambian las corrientes y los tiempos del cielo mismo. Que por mí, si no me aburriera tanto, me quedo siempre donde mismo pa el Mulhuén, que fue donde yo le nací. En vez que me hago unas diez vueltas del lago desde que deshuevan las huepilpuyes a que lo hacen de nuevo.

En una de esas, que voy entrando pal lado Huillihue, donde el huinca hizo su ciudad de Villarrica, estaba echando la línea pa la pesca, así cerca de la orilla, pero, como todavía era el tiempo del apareo de los puyes, había que tener cuidado de elegir donde están los truchones más viejos, que ya no tiran, y andaba yo en ese tanteo cerquita del muelle, temprano por la mañana, y me extraña, y me digo entre mi: «¿Que hace un turista tan madrugao en la playa?». Y como es turista, y no me conoce de na, me grita de la orilla:

—¿Cuánto por llevarme a dar una vuelta en su bote?

Y yo, que no soy como los otros del sector, que ayudan al turista a ensuciar el lago y viven por dinero nada más, lo ignoré, mejor. Pero el hombre, porfiado, otra vez me hablo fuerte de la orilla:

—¡Amigo! ¡Eyyyy! ¡Es con usté! —me llamaba de nuevo. Y como no paraba, me ganó la molestia, y le dije:

—¡No llevo turistas! —bien parao que se lo dije, y con mirada orgullosa, pa que no creyera que era por decir solamente. Y usté a lo mejor no me va a creer, pero paraíto que me salió el turista, y me habla de nuevo, y bien orgulloso también:

—¡Ah, güeno! ¡Acaso querís no más! Si era por conocer el lago que lo decía. —Y me dio el medio lado, así, y partió caminando con las manos metidas en los bolsillos.

Cuando yo nací, de tanto que gritaba y tan terco que fui, mi papá me puso por nombre “Panculñaupén”, que quiere decir, pa que usté sepa: «El cachorro del puma que ruge». Después que crecí, y cuando ya era jovencito, quería no más hacer lo que me venía en gana, y le gritaba a mi mamita y a mi papá, y como ya tenía la voz gruesa, mi papá me decía "Panguiñaupén", o sea el maullido del puma, y me daba un manotazo y me enseñaba a ir derechito. Y así fue que soy orgulloso, y no me gusta que me lleven la de ganar, y por eso me dio la furia y le grité al turista:

—¿Que querís conocer el lago? ¡Yo te voy a llevar a conocer el lago! Ven. Sube —y le acerqué el bote pa que subiera, por puro desafío no más. Para que supiera que yo era el que mandaba; además, en lo que estuvo sentado en la proa le mire en los ojos, y le lancé:

—¿Cómo te llamái?

—Valentín Noheque —me dijo, que no le entendí, pero como soy orgulloso, no le insistí, y pa lo que importaba, con decirle don Valentín, estaba bien. Y entonces que él me pregunta a lo mismo:

—¿Y vos?

Y como él me dio su nombre chileno, y yo soy orgulloso, pero no soy descortés, también le di mi nombre de chileno:

—Manolo Panguiñaupén pa usté —le dije. ¿Y me creerá usté que me pasó la mano, y me respondió:

—Mucho gusto? Pueh así no más fue.

Cuando fui a darle la mano, pensé que tendría una mano así de huinca: flaca y como saquito de hueso, que se agarra como pajarito cuando la da. Pero no era así. Tenía la mano tan gruesa como la misma mía, y me agarró como cuando se pesca el remo en la tormenta que lo tironea a uno. Era como una mano de ñipa, dura, y recordé las manos de mi papá cuando me agarraba del cogote y me apretaba contra su cuerpo tan grande, cuando yo era un guainita.

Después de que estuvo arriba y nos saludamos, y nos dimos los nobres como ha de ser de cortesía, me dijo mirando de frente a los ojos, y no huidizo como mira el huinca, aunque yo le miraba con dureza:

—¿Cuánto me va a cobrar por mostrarme el lago, amigo?

—Ya le dije que no llevo turistas —le respondí—. No le voy a cobrar na por mostrarle el lago si usté lo quiere conocer, porque el lago no es na mío, y no puedo andar cobrando por lo que es de todos.

—Pero el bote es suyo, puh iñor —insistió, y no me quitaba la mirada de los ojos, tanto que lo calibré que era bien hombre, como el mapuche—, y usted me está haciendo un servicio, y eso se debe pagar.

—No —le respondí yo—. Yo no recibo dinero porque mi trabajo no es mostrar el lago, en primer lugar, y en segundo, porque no uso dinero.

Ahí fue la primera ocasión que lo sorprendí: Porque no entendió que uno no usara dinero, y puso una cara como así, y los ojos le quedaron redonditos al medio de lo blanco. También noté con esa expresión que la cara de él era como de ver un calquín, con esa mirada firme cuando baja a buscar un puye, y eriza el plumaje del copete, y columpia las patas, que apenas rozan el agua y sacan el pescao pa fuera, remontando el vuelo de nuevo. Y pa mí me dije: «Valentín Calquín», y endilgué aguas adentro.

—¿Y cómo compra las cosas de comer, y todo eso? —me dijo sorprendido.

—No compro nunca —le respondí—; en el lago y la ribera hay de todo. Pa comer, vivir tranquilo y tener la felicidad. Así vivía el picunche, el mapuche, el huilliche y el pehuenche, y antes el reche, y primero que nadie el imbunche. Y tuvo que llegar el huinca, y tuvo que hacer al chileno, y entonces hubo dinero y todo lo demás que no sirve sino pa estorbar al hombre que vivía tranquilo.

—Pero y la ropa, y los aparejos para la pesca, y el bote... no se qué más pueda ser —me dijo—, pero hay cosas que tiene que obtener de otros.

—Ahí lo cambio por pescado —le dije.

Y recordé cuando murió mi taita, que me quedé solo, y me obligaron a sepultarlo en un cementerio. Ahí sí fue difícil. Ni siquiera tenía nombre de chileno, ni certificados. No tenía nada. ¡Y cómo se me exigía que lo hiciera chileno pa enterrarlo! «¿Cómo se llama el difunto?», me preguntaron. Yo le decía taita, no más; pero recordé que mi mamita lo mentaba «Guallipén», y así lo dije. «Nombre de pila», me insistió la mujer que daba los permisos de sepultación. Y como no supe qué nombre decir, le di el nombre del día: «Domingo». Pero como no tenía cédula de identidad, ni certificado de haber nacido ni nada, fue el tremendo lío. A las finales, que mi taita pa ser sepultado, tuve que hacerme chileno yo, y ponerme un nombre de pila, además inscribirme como nacido de padres desconocidos. Así fue que no pude llamarme «Panguiñaupén», que era mi nombre, sino que, de nuevo, la señora insistió que tenía que tener nombre de pila, y como no se me vino ni uno, un guailén que había detrás de ella dijo: «Manolo. Pónele Manolo y no huevéis más». Finalmente me llamé Manolo Panguiñaupén Panguiñaupén, porque ya iba a molestar con que eran dos los apellidos necesarios. «Como no le vai a poner Hideputa, repítele, que es lo mismo», dijo el de detrás, y los dos se rieron mucho. Por mí, yo escupí un gargajo en el suelo y lo pisé, sin decir nada. Y, a la final, inscribí a mi taita como hijo mío, y resultó que pa los huincas mi taita nació, murió y se le sepultó el mismo día. Y digo yo, menos mal que no había un cura, que lo hiciera católico, o evangélico. Y entonces, cuando me cobraron los trámites y supieron que no tenía plata, y vuelta con el trámite de indigencia ahora.

Y cuando le conté todo esto, se quedó pensativo un buen rato, y después me dijo:

—Pero entonces usted es un ermitaño. Vive a su manera, y no le interesa el trato con la gente.

Tenía razón el Calquín. Nunca hablé más de lo necesario con nadie, y al chileno lo despreciaba. Al mapuche lo decía vendido al huinca, y lo encontraba pichiruche. A los pescadores del lago los decía vendidos al turista, y ni mujer tenía siquiera.

—No soy ermitaño —le respondí—, soy feliz. Tengo todo lo que necesito, y no ando envidiando a nadie. Vivo del lago como los pajaritos, los peces y los animalitos. Los respeto a ellos y ellos a mí. Nunca saco los puyes que no voy a comer, y dejo tranquilos los huepilpuyí y los puye cuando es el apareo. Tampoco molesto a nadie en la orilla.

—Eso está bien —me dijo mirándome fijo—, ojalá todos fueran así como usted dice. Y comprendo, ahora, por qué no le gustan los turistas. Pero ha de ser difícil vivir así, como usted.

Para mí no era difícil, porque yo había nacido ahí mismo. Mi mamita me parió en el bote, y mi taita le ayudó. Nunca he conocido otra vida que esta. Yo sé, por ejemplo, por la onda que hace el agua, cuándo se viene el temporal, o si va a haber sol. Mirando el rastro de los coyuyo del fondo, yo le digo pa qué lado andan los peces. Pero vino una vez un señor que metió una barca con motor, y venía fumando con una pipa, y un sombrero de marino y lleno de millauchas, y me dijo: "Y vos, huevón, no sabís ni donde está metido el lago donde estai viviendo". Y me preguntó cosas así que yo no pude responder. "¿Sabís donde está Villarrica?... ¿y Santiago?", y también "¿Y si no sabís na, cómo querís enseñarme a mí?". Y se metió con su lanchón por una encrucijada que no debía y se encalló en la roca, que se hizo así un agujero donde se le metió el agua, y botó el combustible y quemó las crías de los peces que lo respiraron. El daño fue enorme. "¿No le dije que pa este lado no se podía pasar sin conocer?" le reproché. Y me fui remando despacito pa la orilla a buscarle auxilio, que yo no se lo quise dar. La soberbia del hombre no es na buena.

En todo esto que conversamos, me fui remando despacito siguiendo el rumbo de los puyes viejos que no se aparean, y echando la línea. A eso de las cuatro, que serían, había tomado tres puyes y dos huepilpuyí de carne rosada, y recogimos la línea mientras salimos pa la orilla, y llevaba yo unas papitas que le compartí, y él le sacó la cáscara y, como yo me las comí así no más, con el pellejo, me dijo que tenían pelo. Yo pensé que era de broma, y le dije:

—¿Me está leseando, iñor?; no me he comío ni un pelo.

Primero me miró serio como lo hacía, que se le veían como los ojos juntos, como al calquín, y después le dio la risa, y me explicó que era una forma de decir que el pellejo era el pelo de la papa. Entonces me acordé de cuando guaina, que mi taita me vio que me andaba siempre jugueteando la pichula, y le dijo entonces a mi mamita que estaría bueno que bajáramos a Puerto Domínguez, de donde ellos tenían los conocidos, para que yo le viera el ojo a la papa.

—¿Y ahora, aquí, tan resolo, revolviendo el lago siempre; cómo le ve el ojo a la papa? —me preguntó. Y la verdad, que se lo veía poco, y no más mencionarlo, me acordé de la Antumilla y sentí el deseo. Tenía los ojos amarillos como el oro y brillantes como el sol, y se reía como el cuncumén, y tenía dentro un calor como de un rucapillán, y ahí me hubiera quedado por siempre. Pero mi taita quiso volver, y me dijo que me quedara y que tuviera una familia con la Antumilla, pero no sé en qué, que eché de menos a mi mamita y me vine. Le pedí a ella que se viniera conmigo, pero su taita no la dejó. ¿Y ahora? Ahora no me falta el amor de vez en cuando.

—Entonces nunca ha tenido una familia propia —me dijo.

—Bueno, la verdad que tengo unos niñitos por ahí, pero es poco lo que los veo. Es difícil, a como son ahora las cosas, que la gente quiera vivir así natural, como yo vivo, y la madre de los pichipeñeñ le gusta que se eduquen como los huinca, y que sean más que nosotros, dice ella. Yo le digo que solo les enseñan a vivir contra la naturaleza. Después se van a las ciudades, y son como usté, que no conocen ni el lago, ni el volcán, ni los peces, ni los pájaros. Y no sacan nada con ser gente buena si no conocen como respetar del daño a la naturaleza.

 

Cuando el sol le quedaba por bajar el último cuarto, llegamos a la orilla. Antes de bajarse el Calquín me pasó de nuevo la mano, y me dijo:

—Usted nos da una lección de verdad, de cómo debería ser la vida. Lo malo es que somos muchos para cambiar, y eso no se va a lograr nunca. —Y me quedó mirando, que se le veían los ojos más cerca que nunca uno con el otro, de lo fuerte que me vio. Y yo le dije que de verdad era así pero que los piojos se mataban de a uno por uno. Se sonrió y se bajo del bote. No supe bien que sentí en ese momento, que le quise hacer un desafío, para ver si era tan hombre como se había visto, o tal vez eso quería creer yo, y era que había sido bueno hablar con él. Sin saber de qué, me quité el sombrero y le grité cuando ya se iba:

—¡Mañana, a lo que el sol haiga salío, estoy aquí mesmo! Si gusta sale a la pesca conmigo, pa que vaya aprendiendo del lago.

Se dio la vuelta y me señeó con la mano abierta, a la vez que me voceó:

—¡Aquí mismo voy a estar! —Después siguió andando al hospedaje.

  
                                       
 

Así me fui bogando despacito por el contorno, y no sé de qué, me iba como riendo solo, porque me acordaba de todo lo conversado, y vi que era bueno cuando uno tiene un compañero...

 
  

Así me fui bogando despacito por el contorno, y no sé de qué, me iba como riendo solo, porque me acordaba de todo lo conversado, y vi que era bueno cuando uno tiene un compañero, como cuando aún vivía mi taitita, que uno cuenta sus cosas y se puede reír, o sentir bien, y la vida es más alegre. Más bonita se hace la vida así. Pero aquí, nadie entiende lo de uno, y todos quieren ser como de Temuco digo yo: Bien sabidito; ponerse un nombre chileno, y algunos hasta cambian el mapuche, y de llamarse Huenquipán se pasan a Hormazabal, y, después, un trabajo de huinca: ojalá en las oficinas del gobierno, y los hijos de ellos ya son chilenos y ni saben que fueron mapuches. Mientras tanto, el mapuche se amarra un pañuelo así de trapo de fibra, y se va a hablar de la vida mapuche que ni conoce con los políticos que les pasan plata y les dan buena vida, porque es bonito hablar del mapuche, y mostrarlo, como si fuera un pumita que hubieran capturado, y lo muestran, y la gente abre así los ojos y preguntan: «¿Es feroz? ¿Hace daño?». Recuerdo que una vez vino uno por aquí, que dijo que era el jefe de toda la tierra del mapuche, el werkn mismo dijo que era, que yo no sé quién le dio misión, y se vestía así como le digo, y lo seguían mujeres con chauchas, y traían banderitas de colores, y querían hacer la guerra, y yo vi que estaban acompañados de unos que eran más de afuera, que ni chilenos eran. Dijeron unos que ellos venían de un lugar Europa, y yo pensé: «¿Qué sabrán ellos del mapuche, si ni los de aquí saben na?». Además, que los que les van con la historia, retanto tiempo que no viven como mapuche. Viven como de Europa también.

Al clarear el alba me desperté, y me acordé del don Valentín Calquín, y retomé el rumbo pa donde quedé de encontrarlo, pensando que seguro que no iba a ir, que iba a ser mucho para él andar boteando por el lago, hablando siempre de las mismas cosas de la vida de uno. Cuando llegué al muelle que hay, en la ribera veo una persona que da unos saltos y unas cosas de ejercicios, de patear el aire y lanzar puñetazos, que quedé así con los ojos, extrañado. Me fui acercando mientras bogaba haciendo orilla, y se me hace que es el Calquín, que parecía que se quería elevar volando como si fuera verdaderamente un águila donde pataleaba y aleteaba tanto. En eso que me ve, y altiro me saluda, y me grita:

—Rato hace ya que lo estoy esperando, pueh Manolo.

—Yo que creía que iba a ser muy temprano pa usté, y me venía diciendo que no iba a aparecer na —le respondí yo.

Así que nos metimos bogando, y me dijo que ahora le enseñara cómo ubicaba el rumbo de los peces, y que quería aprender a tirar una línea de pesca.

Le fui mostrando, una vez apartao de la orilla, cuando el agua ya no está revuelta, que se ve hasta el fondo mismo y se distinguen todas las matitas de los coyuyos, y uno distingue pa donde va corriendo el agua, igual que corre el viento en la superficie, y eso hace que los peces sientan de dónde vienen los aromas de sus alimentos, y así siguen el rastro como los animales de tierra también lo hacen. Después es cuestión de suerte de encontrar rastro o no. Y ahí le enseñé que se tira la línea en el rastro que uno sigue, de los peces, según la corriente.

Se anduvo riendo un poco del ingenio de usar los tarros para hacer flotar la línea, pero los utilizó de lo más bien. Yo eché una línea de treinta anzuelos, todos cebaditos, y a él le pasé una más chiquita de como veinte, y pensé que pa qué más si lo más seguro que no pescara ni uno. Y me acordé de las primeras veces que mi taita me dejó echar mis líneas, que estuve como un mes, y de todo ese tiempo, una vez que creí que había pescado uno gordo porque la línea estaba pesada y tirante, pero cuando llegamos al anzuelo, era que había naufragado y se había ido pal fondo, y estaba todo enredado en los coyuyos y no lo pudimos soltar renunca. Mi taita cortó el hilo y me dijo: «¡Tenís que revisar cuando echái la línea que no haga agua, poh huevón!». Hasta ahora mismo me avergüenzo cuando lo recuerdo. Pero aprendí altiro, y no me volvió a pasar nunca más.

Después seguimos lago adentro con las otras líneas que fui echando, y le pregunté qué hacía en la playa bailando como un pájaro mientras esperaba que yo llegara. Así supe que él era una especie como de kona, pero de paz, que aprendía y estudiaba pal combate por la disciplina. La pura verdad que no entendí mucho que iba a defender como kona, pero sin lucha. Me explicó que era como pa vencerse a uno mismo, fortalecer el carácter. Ahí comprendí por qué tenía la mirada y el gesto como del águila que entre mi yo le llamaba calquín, y se lo dije y se rio otra vez. Ahora que lo iba conociendo, pude ver que no era na como los huincas, ni los turistas, que se interesan solo por ellos, y solo hacen peure de la naturaleza como si fuera de ellos, y no que ellos fueran de propiedad de la tierra. Entonces sentí que era mi hermano, el que no tenía de sangre.

Él se extrañó cuando le dije esto, y me mencionó que había conversado con los boteros y pescadores del lado de Villarrica, y que todos estaban admirados que yo le hubiera podido dar amistad, y que decían que yo no me hablaba ni amistaba con nadie ni de Villarrica, ni de Pucón, ni de niún lado del lafquén.

—Porque me quedo con la naturaleza no más. Ellos solo le sacan partido sin respetarla, y eso no puede ser. No lo tolero, y por eso los desprecio —. Le dije. Y le conté como ellos trabajan pal turista que viene a pescar y sacan tanto pichipuye y huepilpuyí que no pueden comérselos, y es por juego, y ellos por el dinero se entregan. Yo los desprecio por eso.

—Tienen menos conciencia —me dijo, y me añadió—: Por eso mismo que uno tiene que entenderse con los demás, para darles ejemplo, y convencer a la gente de que están mal. Y usted, Manolo, con lo que ama la naturaleza, con conocerlo, uno va aprendiendo una lección.

Yo le juro que me avergoncé cuando me dijo eso. Porque él, mal que mal, es una persona enterada, y el podría verme como un patipelao ignorante o más. Pero no paró ahí no más, porque, después que conversamos tanto de todo eso, y que fue hora de levantar las líneas, fui sacando las que había puesto y venían todas vacías, como si los peces hubieran sabido del peligro y se hubiesen retirado todos. Y así hasta que llegamos a la última, que estaba cercana a la que había dejado el Calquín. Y la voy retirando, con el primer anzuelo vacío, y el segundo, y el otro, y los que seguían, y como si la fatalidad se nos hubiera volteado encima. Así hasta el último anzuelo no había nada. «¡La puta el día malo como nunca!», dije mientras no aproximamos a la línea del Calquín.

—¿Y de cuándo que no tenía un día así tan malo? —preguntó él.

La verdad que no recordaba cuándo, pero desque mi taita estaba conmigo todavía, que no recuerdo que no haya salido na de la pesca.

—Casi no tengo memoria —no más le dije.

Él mismo comenzó a levantar su línea, pensé que la iba a levantar toda desordená como hace el que no sabe, pero la fue recogiendo ordenadita. Mientras había levantado yo las líneas que eché, él había observado calladito cómo se hacía, y así había aprendido cómo arrollar y doblar pa que no se enrede y sea fácil, después, usar de nuevo la línea. Cuando ya había recogido como algo así de diez anzuelos, lo miro que se está como riendo, y da como un grito así: «¡Biiieeeennn!». Y, al sacar suavecito el anzuelo, trae un puyi como de este porte, así grande, que nunca lo habría creído sin verlo de mis propios ojos. Después levantó dos anzuelos más, y otra vez una truchita huepil, que gritó contento: «¡Van dos, mierdaaaa!». Y ya, cuando quedaban dos anzuelos nada más que sacar, aparece otro huepilpuye, que era casi el más grande que he visto nunca. Igualito que un huecufe se puso a brincar, que le dije que iba a volcar el dalcafote, pero no me hizo caso, y seguía, y gritaba: «¡Me pasé huevón, me pasé!». Y me tiró la mano, pero, en vez que darla, me pegó el palmazo fuerte y dijo: «¡Dame cinco!», y yo le dije: «¡Chis!, si son tres no más los que sacó». Entonces se rio de mí y me enseñó que era por los cinco de la mano, por el palmazo.

Pa qué le voy a decir que no me sentí achunchao ese día, y sentía como todo incómodo aquí en la guata, con algo que nunca había sentido. ¡Estaba envidioso! Para más que sin pesca, yo me había quedado sin nada para comer al siguiente día, que apenas tenía dos poñi con pelo, como él me había dicho.

Antes que se acabara la luz del sol fuimos saliendo a la ribera, y él me dijo que estaba tan recontento que quería tomar los remos, pa no gritar y saltar y dar vuelta el bote, así que fue bogando, y cantaba una canción que decía algo del pescador y marino, que se llama «El gorro de lana», dijo él. La verdad que me recordaba la primera vez que saqué pesca con mi taita, que también estaba tan contento. Si me veo saltando, y le decía: «¡Chachai, chachaí, ya soy challguafe!». Y mientras recordaba esas cosas tan lindas de cuando uno es niño, iba mirando el agua y el fondo que en un de repente empieza de a poquito a desprenderse el lican del fondo, y se va enturbiando, y el agua se empieza a vibrar y ensuciar con la arena cuyiem, y supe que el volcán iba a fumar, y dije: «No más que dentro de la mañana va temblar, y el volcán va andar fumando».

—¡Meh...! —respondió el Calquín—. ¿Que acaso cree que fue pura suerte la pesca?

Ahora me tocó reírme a mí:

—Tal vez por eso va a ser —le dije—. Mire el suelo del lago: ¿Ve cómo va tremulando, que se ha ensuciado todo? Esa es la seña segura. El Pillán está enojado porque un huinca le vino a robarle los animalitos de su pecera, y de mañanita va estar roncando —le dije bromeando pa reírme. No se si me creyó o no. Pero me miró raro y no más dijo:

—¡Putas qué increíble!

Cuando orillamos, antes de bajarse, él tomó los tres pescados, y de nuevo me miró con esa seriedad que se parecía un calquín, con la mirada como de tanto orgullo, y me dice:

—Tome, Manolo. Estos pescados son para usted. Son suyos.

Y me baja el orgullo, que no pude aceptarle que me regalara. Nunca necesité nada de nadie, y lo que menos quería era que un huinca y turista, que así lo sentí en ese momento, me destrozara mi entereza, mi orgullo y me reparara lo que yo no pude hacer. Le dije:

—¡No! ¡No recibo regalos de nadie! —Pero pensé en ese momento que él estaba siendo como mi propio unen lamngen peñi, y, entonces, vi que era generoso, y me picaron los ojos. Le dije:

—Pero si quiere me los presta, y después se los devuelvo.

Me los pasó, y vi que también le picaban los ojos.

—De madrugadita lo paso a buscar mañana de nuevo para sacar la paga —le dije mientras se iba ribera adentro. Se dio vueltas, y se golpeó dos veces el pecho con el puño, y dijo:

—¡Hecho!

Antes que me despertara, para pasar a buscar al Calquín, me desperté con las tronaduras del rucapillán Villarrica, y pude ver en la semioscuridad, las fumarolas que lanzaba al cielo, como si fuera un mismo gigante dormido que roncaba en la madrugada fría despidiendo su respiración caliente. El suelo comenzó a estremecerse como un loco, y recordé que se lo había advertido al Calquín. Entonces eché el bote al agua y partí a buscarlo como le había prometido.

—¡Por la cresta que tiene sabiduría usted! —me dijo—. Uno cree que es tan culto porque sabe tanta cosa que ha estudiado y aprendido, pero de la naturaleza que está al lado de uno, no sabemos nada, aparte de destruirla, llenarla de humos de mierda, matar los árboles, las plantas, los animales, y todo. Y no nos damos cuenta que nos habla, y está siempre ahí. Como usted me ha enseñado: Deberíamos aprender que nosotros somos de la naturaleza, y no, la naturaleza de nosotros.

No sé por qué, pero ese día agarré más puyes que nunca, grandes y bonitos, como pa guardar pal tiempo malo incluso, en seco. El Calquín volvió a echar una línea, pero no tuvo suerte y le salió vacía. Los siguientes días también seguimos saliendo, y le fui enseñando más cosas del lago, de la pesca, de los cebos y todo eso, y el Calquín iba aprendiendo a hacer. Pero usté no me va a creer que mientras más sabía lo que le enseñaba, menos pescaba nada, y en todo el tiempo que estuvo, hasta el día que se fue, no recogió ni un solo pichípuye.

Aunque la pesca del Calquín no estuvo buena, igual noté que le parecía bien cómo había ido conociendo el lago como me dijo que quería hacer cuando lo conocí. Y el último día, cuando ya me dijo que se volvía a Santiago, me mentó que eran las vacaciones más verdaderas que había tenido, porque había conocido lo que era el lago Villarrica, no como un turista, sino como un paisano, como él había soñado que era posible conocerlo. Cuando ya se terminó la pesca de ese último día, y salimos por última vez a la ribera, me baje y saque el bote pa despedirme del Calquín. Había llegado a ser como un hermano, y me había acostumbrado a conversar con él. Era como cuando todavía vivía mi taita, como tener una familia de nuevo. Y me di cuenta lo solo que vivía siempre, sin ni amigos, hosco, y separado de la gente. Me di cuenta que no todos los que se ven distintos de uno están mal. Vi que solo piensan distinto, pero que, al conocerse, la gente es valiosa igual que uno, y hasta quieren saber lo que uno les puede enseñar, y uno puede aprender de ellos, aún cuando uno cree que está enseñando.

Entonces fui yo que le tendí la mano, y le dije, con la garganta apretá y los ojos picantes:

—¡Fue güeno mostrarle el lafquén! ¡Muchas gracias!

El Calquín, en vez que tomarme la mano, se me vino encima y me abrazó fuerte así, y como que le costaba hablar, pero dijo:

—Creo que tal vez esta es la mejor lección que nunca me habían dado. ¡Gracias, hermano!

Nos palmoteamos harto rato.

Me di cuenta que se me estaban empezando a caer los mocos, y le hice la sorbeteá, y ahí dejamos el palmoteo, y, al separarnos, lo veo que se le estaban cayendo las lágrimas. Y me dio risa porque a mí también. Entonces también le dio risa, y nos despedimos como niños.

Recuerdo que me ayudó después a echar el bote al agua, y me dio el envión pa entrar, y nos quedamos haciendo señas de la ribera al bote, y del bote a la ribera. Me fui bogando despacito al campamento, pensando todas las cosas de la semana que lo había conocido, y que parecía como si fuera un amigo que tenía de retanto tiempo, y que ahora se iba pa siempre, y, de repente, me recordé cuando sacó los puyecitos que me emprestó, ya que yo no había sacado ni uno. Ahí mismo caí en cuenta que no le había devuelto na los tres huepílpuyis, y que estaba endeudado de tiempo con el Calquín, y que se iba a ir y la deuda no se iba a saldar renunca. Entonces, antes que el sol se pusiera, mientras que había luz, me mandé a tierra, y me afané en mi propósito de que se fuera más que un peñi como un trafquén.

Como a eso de las once de la noche sería, que yo casi siempre estoy durmiendo, cuando llegué al costado del muelle, y saqué el bote, y lo dejé avarao en la ribera. Derechito seguí al rumbo del hotel, por Isabel Riquelme, que lo había visto que en ese hotel estaba. Iba apurando el tranco, por la hora, pa que no fuera que ya estuviera durmiendo. Por fortuna que me tomaron en cuenta, y salió uno que trabaja ahí, que lo fue a buscar a don Valentín, y que, cuando volvió el hombre, dijo que lo esperara que ya venía.

Como al ratito apareció el Calquín con su curé, que tenía una carita así de tranquilidad y sonrisa de mujer buena. Entonces, después de saludarla, a él le dije que yo sentía que él era trafquén conmigo, pero que yo no le había cumplido, y que, por favor, me acompañara. No me entendieron na mucho, ni yo quise explicarme más, porque era una cosa que yo tenía preparada en mi bote, pa demostrarle que sentía que éramos hermanos que comparten, que es el trafquén. Así fue que anduvimos para el lado del muelle y él miraba sorprendido, y lo mismo su curé, que no sabía nada, hasta que llegamos al bote, y ahí le mostré los regalos que le había recogido de la misma tierra, y le dije:

—Trafquén Calquín don Valentín: yo mismito le recogí estos copihues, y estas flores, frutas y pehuenes, que son por la mano de los tres puyes, que a usté con tanto contento lo vi sacar del lafquén, y que me los quiso regalar, aunque no quería aceptarle, cuando me vio necesitado. Ahora ya puedo ver que somos hermanos que se pueden hacer regalos, y quiero que lleve estos pa que me recuerde más que no sea mientras duren, ahora que se va. Así va a ser que siempre lo pueda yo recordar, y lo que aprendí con usté.

Recuerdo que estaba hasta aquí llenito con los regalos el bote, y él y su curé tan bonita ella quedaron sorprendidos.

Esto te cuento ahora fótem, pa que sepas, mi querido yall, de tu propio taita, que no es condición nacer en la misma tierra pa ser gente del lugar: pa ser Mapuche, como se entiende del nombre, hay que amar la naturaleza, y así, en veces, el huinca y el turista son Mapuches, y, en otras, el mapuche no es na gente de la tierra cuando quema y destroza por hacerse como el huinca: propietario.

  

  

   

   

      

       

KEPA URIBERRI nace en un invierno austral, en Santiago de Chile, a mediados del siglo pasado, con un nombre diferente. A comienzos del actual, empieza a escribir, así como se llega a una fiesta a la que no se ha sido invitado. Para no ser notado, oculta su nombre real con uno ficticio, que el destino, quizás por broma, lo ha ido convirtiendo en verdadero. Hoy, cuando escribe, y quizás para siempre, ha llegado a ser Kepa Uriberri. No ha cultivado honores, ni títulos, ni reconocimientos excepto el agrado de ser leído por algunos pocos en su literatura abierta y gratuita, depositada en la gran red universal. Al Kepa Uriberri que escribe se le puede leer en «Peregrinos y sus Letras», «Adamar», «Pluma y Tintero» y otros eventuales. «NaranjaPlatano» y «El lugar literario de Kepa Uriberri» son sus sitios propios de libre expresión.

    

    

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Trimestral de Cultura. Sección 1. Página 3. Año XVII. II Época. Número 101. Julio-Septiembre 2018. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2018 Kepa Uriberri. © La imagen incluida en esta publicación se usa exclusivamente como ilustración del texto y los derechos de autor pertenecen en exclusiva a su creador. Depósito Legal MA-265-2010. © 2002-2018 Departamento de Didáctica de las Lenguas, las Artes y el Deporte, adscrito a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga & Ediciones Digitales Bezmiliana, Castillón, 3, Rincón de la Victoria (Málaga).