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uando la
muerte llama
a la puerta,
nadie se
puede negar
a contestar.
Es una
convocatoria
obligatoria
que nos dice
que el
tiempo en la
Tierra se
nos ha
terminado y
que hay que
presentarse
ante Dios a
rendir
cuentas por
lo que se ha
hecho en la
vida.
Curiosamente,
la mujer que
recibió el
viernes la
extremaunción
de manos del
padre Luis
Farinello no
era
católica.
Mercedes
Sosa se
jactaba de
haber
sostenido,
al igual que
hizo Lenin,
que
«Cualesquiera
que sean las
circunstancias
de mi
muerte,
moriré con
una fe
inquebrantable
en el futuro
comunista.
Esta fe en
el hombre y
su futuro me
da, aun
ahora, una
capacidad de
resistencia
que ninguna
religión
puede
otorgar».
Pero parece
haberse
convertido a
última hora…
Ocurre en
muchos
casos. «Uno
se conmueve
muchísimo al
atender a
una persona
cercana a la
muerte.
Hemos rezado
con ella,
creo que me
escuchó
perfectamente
bien»,
destacó
Farinello.
«Para
Mercedes, es
uno de los
momentos más
sagrados de
la vida»,
señaló el
cura.
Mercedes
Sosa, la
artista
folclórica
argentina,
conocida
como “la
Negra Sosa”
y “la “Voz
de América”,
fallecía en
Buenos aires
el 4 de
octubre de
2009.
Un final a
todo trapo
(rojo)
Lo cierto es
que Haydee
Sosa no
destacó
solamente
como una
cantante
prodigiosa,
sino también
como una
eficaz
subversiva.
Un tiempo
atrás,
cuando
escribí un
informe
sobre
Antonio
Gramsci en
la edición
del 1.º de
junio pasado
en LA
HISTORIA
PARALELA,
hice una
mención
específica
sobre la
formación
educativa
para obtener
el control
absoluto del
poder por la
«hegemonía»
cultural que
las clases
dominantes
logran
ejercer
sobre las
clases
sometidas a
través los
medios de
comunicación.
Decíamos
entonces que
el marxismo
busca el
ejercicio
del poder
ilimitado
controlando
las
funciones de
dirección
intelectual
y la
neutralización
de la moral
tradicional
para ser
reemplazada
por aquella
del dominio
del
estamento
político. Y
Mercedes
Sosa es un
símbolo
cultural
marxista por
excelencia.
«Soy
comunista,
es un
sentimiento»,
había dicho.
Se formó en
la estética
del
“Movimiento
del Nuevo
Cancionero”,
una
corriente
renovadora
del
folclore,
surgida en
la provincia
de Mendoza,
y que ella
compartió
con Armando
Tejada
Gómez, con
su esposo
Manuel Oscar
Matus y con
Tito
Francia.
Desde
entonces,
con el debut
discográfico
con
Canciones
con
fundamento
(1965), y
con la magia
de su canto,
consiguió
hacer
conocer y
trascender
un
repertorio
nuevo y
políticamente
comprometido
con el
socialismo
extremo.
Antonio
Gramsci, en
efecto,
abogaba por
una
revolución
cultural a
ultranza que
precedería
necesariamente
a la toma
del poder
político.
Ese proceso
de conquista
del poder
del Estado
es una
verdadera
guerra,
definía el
filósofo
italiano,
donde el
objetivo
primordial
era destruir
las
instituciones
sociales de
la sociedad
capitalista
para imponer
el
comunismo.
Esa ligazón
con lo
social le
valió
transformarse
en una voz
brillante
capaz de
traducir sus
pesares de
la infancia,
endilgándoselos
al pueblo
con
testimonios
como
Canción con
Todos,
Cuando Tenga
la Tierra,
La Navidad
de Juanito
Laguna y
los discos
Homenaje
a Violeta
Parra,
en
reivindicación
del depuesto
Salvador
Allende, y
Hasta la
Victoria,
un tributo
al “Che”
Guevara.
Esa posición
resultó
inaceptable
para la
época en que
en Argentina
se combatía
contra el
terrorismo
auspiciado
por la
revolución
cubana, y
hacia 1979,
tras
publicar
Serenata
para la
Tierra de
Uno y de
ser detenida
en el Teatro
Argentino de
La Plata,
viajó
primero a
París y en
1980 se
afincó en
Madrid.
«Honrar
la vida»
A partir de
esta época,
Mercedes
vivió
holgadamente
haciéndose
famosa por
su condición
de
«perseguida
política», y
tanto los
franceses,
que venían
de la alegre
revolución
cultural del
68, como los
españoles,
en plena
época del
‘destape’ y
de las
‘canciones
protesta’,
la
ovacionaron
constantemente,
superando
con su éxito
al también
exiliado
Atahualpa
Yupanqui.
Y, al igual
que el
“Payador
Perseguido”,
la “Mecha”
también
tenía un
coqueto
apartamento
en la rue
Marechal
Foch de
París y
otro, en la
Gran Vía, en
pleno centro
de Madrid, a
escasos
metros de La
Puerta del
Sol. Durante
su dorado
exilio, la
moribunda a
quien un
viernes
pusieron por
primera vez
un Rosario
entre sus
dedos, no
desgranaba
más que
costosos
diamantes,
que le
apasionaba
atesorar.
La pobre
mujer que
acaba de
aceptar la
«unción de
los
enfermos»
era aclamada
por un
público
europeo que
estaba
divinizando
ya no a
Dios, sino a
la
«democracia»,
venerada
como la
panacea
absoluta que
conduce a la
felicidad
terrenal,
descartando
la
trascendencia.
Su retorno a
Argentina
Manteniendo
su
residencia
en Europa,
Mercedes
Sosa regresa
como una
diva a los
escenarios
argentinos
el 18 de
febrero de
1982. En el
teatro Ópera
escenificó
una docena
de
impactantes
recitales,
que
compartió
con León
Gieco,
Charly
García,
Antonio
Tarragó Ros,
Rodolfo
Mederos y
Ariel
Ramírez, y
que quedaron
plasmados en
el álbum
Mercedes
Sosa en
Argentina.
A partir de
1983, y ya
con Raúl
Alfonsín en
el poder,
Mercedes,
lejos de
quedarse
quieta, se
propuso el
desafío de
seguir
abriendo
puertas y
mentes,
sumando
nuevos
autores
latinoamericanos
a su
repertorio.
Así fue como
impuso a los
entonces
desconocidos
Silvio
Rodríguez y
Pablo
Milanés,
trovadores
cubanos de
la
revolución
castrista.
«Para llegar
a donde yo
estoy, no
tan solo se
debe cantar,
se debe leer
mucho, se
deben ver
películas
buenas, se
deben ver
cuadros, se
debe estar
en contacto
con todo lo
que sea
cultural.
Porque el
canto no es
sólo una
cuestión de
abrir la
boca. Cuando
abrís la
boca, la
abrís de tal
manera que
sale todo lo
que tenés
adentro de
la cabeza. Y
eso es
transmitir
la cultura.
Me siento
orgullosa de
ser una
artista que
tenga esta
cultura y
esta
inteligencia…»,
afirmó en
una ocasión,
como también
dijo: «El
folclore es
una forma de
llegar a
todo el
mundo. El
tango, en
cambio, es
muy
sectario. En
el folclore,
cuando nos
gusta la
música y la
letra de tal
canción, no
importa
quién la
canta y
cuándo la
canta. Si
hay que
grabarla,
hay que
grabarla.
Por eso, es
una música
que no se
detiene. La
gente cree
que llenar
un lugar,
acá en
Buenos
Aires, con
tres mil
personas, es
mucho. Ya
los
festivales
folclóricos
van cuarenta
y cinco mil
personas».
Hoy todos
saben por
las
necrológicas
que Haydee
Mercedes
Sosa había
nacido en
San Miguel
de Tucumán
un 9 de
julio de
1935. Le
decían “la
Negra”,
tanto por el
color de su
piel
diaguita
(tribu a la
que
étnicamente
pertenecía)
como por su
pasado
lenocinio y
la turbación
de su
resentimiento
hacia ese
pasado de
pobreza y
frustración.
El jardín de
los
resentimientos
Vivió una
infancia en
el horrible
ranchito de
sus padres,
de una
pieza, y con
tres
hermanos
más. «Mi
papá era un
tipo que las
pasó muy
fieras
—reflexionaba
con la
mirada
perdida—. Mi
mamá siempre
estuvo firme
para
sostenerlo,
primero, y
después,
para
despacharlo.
Sesenta y
dos años
tenía él
cuando se
murió, pero
parecía
tener
ochenta o
noventa. Se
murió tan
gastado… Mi
papá pintaba
trenes en
una época,
allá en
Tucumán, en
Tafí Viejo,
hasta que
quedo
cesante.
Trabajo no
encontró,
entonces se
vino para
Buenos
Aires. Algo
mejoró
nuestra
situación
con la
platita que
nos mandaba.
Trabajó en
el puerto,
fue bolsero,
estibador,
pero no
podíamos
aguantar sin
él. Y se
volvió para
pasar más
penurias
aún. Al
volver a
Tucumán, mi
papá
consiguió
trabajo en
el Ingenio
Guzmán,
donde
alimentaba
chimeneas.
Era el
trabajo más
duro que
existía en
esa época. ¿Tenés
idea de lo
que es, con
el calor del
norte,
meterle
fuego a las
chimeneas?».
La madre era
lavandera,
pero,
además,
cosía, daba
vuelta los
cuellos de
las camisas,
planchaba
pilas de
ropa con
aquellas
planchas de
carbón que
había que
esperar como
una hora
para que se
calentaran.
«Cuando en
la noche no
teníamos
para
comer—recordaba
la artista—,
mi mamá nos
sacaba al
Parque 9 de
Julio para
que
jugáramos y
nos
distrajéramos.
Parece que
comíamos
aire, pero
el aire no
llena el
estomago, y
no es lo
mismo no
comer para
adelgazar
que no comer
porque no
hay».
Buscando una
salida que
le
permitiera
escaparse,
Mercedes
comenzó a
cantar desde
chica y, en
octubre de
1950, ya
quinceañera,
empujada por
el
entusiasmo
de un grupo
de amigas
inseparables,
se animó a
participar
en un
certamen
radiofónico
organizado
por LV12 de
Tucumán.
Oculta tras
el seudónimo
de “Gladys
Osorio”, su
incipiente
calidad como
cantante la
hizo
triunfar en
un concurso
cuyo premio
era un
contrato de
dos meses de
actuación en
la emisora.
Interpretó
el tema
Triste estoy,
de Margarita
Palacios.
Este
vertiginoso
comienzo
como
cantante
profesional
dio lugar al
original
nombre
artístico,
que quedó
plasmado
para siempre
en su primer
contrato:
Mercedes
Sosa. Pero
al cabo de
sesenta
días, el
programa se
vino abajo y
se terminó
la
incipiente
carrera de
Mercedes
Sosa. Tuvo
que volver a
pasar la
gorra y se
fue al norte
a probar
fortuna.
En Salta, el
destino la
sorprende
trabajando
en una de
esas peñas
dispersas al
pie de la
ruta. La
morochita
cantora no
era bien
considerada
por los
parroquianos,
y ese factor
la condujo a
militar en
la Juventud
Comunista
Salteña.
Tampoco tuvo
suerte,
porque los
jóvenes
aristocráticos
que
abrazaban la
ideología de
moda la
despidieron
de sus filas
por su color
y rasgos
aindiados.
Por esos
años, quedó
preñada,
pero el
compañero de
utopías
políticas
que lo hizo
—un joven de
familia
bien— negó
su autoría y
la dejó «en
banda».
Desde su
fuga a
Cosquín
A los 21
años,
bailando
danzas
folclóricas,
Mercedes
conoció en
una de esas
peñas al
paraguayo
Manuel Oscar
Matus, un
militante
comunista
que en ese
entonces
también
cantaba «a
la gorra».
Se casaron
un 5 de
julio de
1957 y se
mudaron a
Mendoza,
donde
Mercedes dio
a luz a su
único hijo,
Fabián
Ernesto
Matus.
Mercedes y
su marido
recorrieron
innumerables
escenarios.
La joven
Mercedes,
cantante y
madre, tuvo
que trajinar
fuerte
durante
varios años
para
conseguir el
reconocimiento
tan anhelado
por todo
artista
folclórico.
La
consagración
tuvo lugar
en el
Festival
Nacional del
Folclore de
Cosquín. Fue
en 1965,
cuando,
gracias al
camarada
Jorge
Cafrune, que
la invito a
subir y
cantar al
escenario,
el país
entero pudo
conocer,
escuchar y
admirar a la
cantante
tucumana por
primera vez.
Era el
momento de
expansión
del
“Movimiento
Nuevo
Cancionero”.
Esa
situación
marcó el
nacimiento
de la
artista
popular.
“La Negra”,
Manuel Oscar
Matus y
otros
cumpas, como
Armando
Tejada Gómez
y Tito
Francia,
artistas y
formadores
del
movimiento,
tomaron el
rumbo de las
canciones
con impronta
social.
Mercedes
Sosa se
declaró
desde sus
inicios como
una
comprometida
con el
«canto
combativo»,
como
integrante
de esa
corriente
político-renovadora
del
folclore,
surgida en
Mendoza,
«que
proponía
dejar de
lado las
modas
pasajeras,
para poner
el acento en
la vida
cotidiana
del hombre
argentino,
con sus
alegrías y
tristezas».
Tras su
revelación
en Cosquín,
comenzaron a
surgir giras
nacionales e
internacionales,
acompañadas
de
atractivos
contratos
con el sello
discográfico.
Bajaron a
Buenos Aires
y empezaron
a dar
recitales en
la
Universidad,
en cuyos
claustros
logran
conmover a
los jóvenes
por su
mensaje
transgresor,
al
transformar
la canción
campesina y
adaptarla
para relatar
mejor las
desgracias
de la
pobreza y la
desigualdad
social.
Matus,
considerando
la positiva
repercusión
que “la
Negra” Sosa
provocaba en
el público,
decidió
editar, en
1965, con un
sello
independiente
el primer
disco de
Mercedes
Sosa al cual
titularon
Canciones
con
Fundamento.
Posteriormente,
se
vincularía
sentimentalmente
con otro
revolucionario,
un chaqueño
que, todavía
en vida del
general
Perón, la
triple A le
voló el
quincho de
la casa. Su
nuevo amigo
se llamaba
Eraclio
Catalín
Rodríguez
Cereijo y
era el
simple
guarda de un
molino
yerbatero de
Barracas,
que, de
tanto en
tanto,
visitaba la
Comisaría
30.ª de la
ciudad
porteña por
haber
violado el
edicto de
ebriedad.
Más tarde,
sería
conocido
como
“Horacio
Guarany”.
Tras el
“Telón de
Acero”
En 1965
intervino en
la grabación
de
Romance de
la Muerte de
Juan Lavalle,
de Ernesto
Sábato y
Eduardo Falú,
álbum en el
que ella
canta
Palomita del
Valle.
En marzo de
1966, dio a
conocer su
álbum Yo
no Canto por
Cantar,
con una
docena de
canciones
hoy
antológicas,
entre las
que estaban
Canción
del Derrumbe
Indio,
Canción para
mi América,
Chayita del
Vidalero,
Los
Inundados,
Zamba para
no Morir,
Tonada de
Manuel
Rodríguez
y Zamba
al Zafrero.
Tal fue la
aceptación
de este
disco, que
apenas siete
meses
después, en
octubre, fue
invitada a
grabar otro,
que apareció
con el
título de
Hermano.
A fines de
1967, “la
Negra” graba
Para
Cantarle a
mi Gente,
un disco que
acumuló un
importante
caudal de
poesía
argentina y
latinoamericana.
En abril de
ese mismo
año, tras
haber
subyugado al
público de
Estados
Unidos con
exitosas
actuaciones
en Miami,
pasó a
Europa,
donde actúa
en Lisboa,
Oporto y
Roma. Cruza
el hoy
inexistente
“Telón de
Acero” y su
canto
exótico tuvo
éxito en
Varsovia,
Leningrado,
Bakú y
Tiflis.
Durante la
gira por su
admirada
Unión
Soviética,
conoce a
Ariel
Ramírez,
quien le
propuso, de
inmediato,
ser la voz
de
Mujeres
Argentinas,
trabajo que
se
concretaría
en 1969,
después de
la aparición
de Zamba
para no
Morir,
una
recopilación
con los
temas de
mayor
trascendencia
grabados
hasta ese
momento, y
Con Sabor
a Mercedes
Sosa, en
1968, en el
que registró
por primera
vez su
canción
Al Jardín de
la República.
Eran obras
de los
compositores
tucumanos
Pato
Gentilini,
el Chivo
Valladares y
Pepe Núñez.
Con
posterioridad,
publicó dos
álbumes
conceptuales
en
colaboración
con el
músico Ariel
Ramírez y el
historiador
Félix Luna:
Homenaje
a Violeta
Parra
(1971) y
Cantata
Sudamericana
(1972). Unos
años más
tarde, en
1977,
aparecerá
Mercedes
Sosa
Interpreta a
Atahualpa
Yupanqui.
Rotundamente
peronista en
su juventud,
a lo largo
de su vida
siempre
apoyó las
causas de
izquierda
hasta el
punto de
hacerse
«montonera»
argentina.
En 1979
muere Pocho,
su segundo
marido ‘con
papeles’, y
Mercedes
Sosa decide
irse de su
país, donde
se habían
prohibido
sus discos,
al que
regresa
triunfal y
millonaria
en 1982.
Por ese
tiempo,
Argentina se
hallaba en
manos de una
junta
militar que
había
iniciado el
Proceso de
Reorganización
Nacional,
nombre con
el que se
autodenominó
la dictadura
que gobernó
‘de facto’
el país
hasta 1983,
como
consecuencia
del golpe de
Estado que
se lleva a
cabo el 24
de marzo de
1976 y que
depone al
gobierno
constitucional
de María
Estela
Martínez de
Perón.
En esta
ocasión,
aprovechando
el gran
éxito que
logra con
una serie de
conciertos a
sala repleta
en el Teatro
Ópera de
Buenos
Aires, y la
debilidad
política del
gobierno de
Reynaldo
Benito
Bignone,
último
vestigio del
autoproclamado
Proceso,
Mercedes
tiene la
audacia de
convertir
sus
recitales en
un «acto
cultural
contra la
dictadura».
Un año
antes, al
poco de su
regreso a su
país natal,
había
publicado su
álbum
Mercedes
Sosa en
Argentina.
La
revolución
bajo el
poncho
Mercedes
mantuvo con
Raúl
Alfonsín y
su
secretaria
Margarita
Ronco una
estrecha
amistad, que
se consolida
con los años
hasta el
fallecimiento
del
mandatario,
y que la
benefició
con
generosos
contratos.
En esa época
se hizo
productora y
organizó, en
el estadio
Luna Park de
Buenos
Aires,
Sin
Fronteras,
uno de los
espectáculos
más
importantes
presentados
hasta
entonces en
la
Argentina,
que le
propició la
ocasión de
ponerla en
contacto con
las
militantes
Teresa
Parodi, de
Argentina;
la
colombiana
Leonor
González
Mina, la
venezolana
Lilia Vera,
la brasileña
Beth
Carvalho y
la mexicana
Amparo
Ochoa. Era
una pionera
exitosa en
el difícil
arte de la
revolución
psicológica,
porque con
el tiempo
prendió.
Realmente,
no le fue
nada mal en
«la movida
cultural» a
“la Negra”,
ya que
durante la
época de
Menem se le
otorgaron
diversos
reconocimientos,
entre los
que
sobresale el
Gran Premio
CAMU de
1995,
otorgado por
el Consejo
Argentino de
la Música y
por la
Secretaría
Regional
para América
Latina y el
Caribe, y el
Martín
Fierro de
1994 al
mejor
show
musical en
televisión.
Son ya parte
de sus
últimas
grabaciones
Alta
Fidelidad,
de 1997, y
Misa
Criolla,
que ve la
luz en el
2000.
En los
últimos
tiempos
resurgió su
figura por
su
incansable
lucha por la
reivindicación
de los
«jóvenes
idealistas»,
la causa
montonera y
la cárcel
para todos
los
uniformados.
Fue
condecorada
con honores
en el año
2005 por el
Senado
argentino
con el
premio
“Sarmiento”,
en
reconocimiento
a su
compromiso
social y a
su constante
lucha en
materia de
derechos
humanos. Y
aquí comenzó
con los
recitales
culturales y
gratuitos en
Plaza de
Mayo.
«Cuando me
dieron el
premio en el
Congreso me
puse a
llorar, no
podía parar.
Porque uno
habla,
viaja,
vuelve, pero
no hay caso:
los artistas
nacimos para
que el
pueblo nos
quiera.
Mire, si no,
Maradona».
De un perfil
generoso,
sin embargo,
nada hizo
‘pro bonus’.
Al amparo de
los
Kirchner,
cosechó otra
fortuna
extraordinaria,
se le
concedió una
pensión
honorífica
por el
Gobierno de
la Ciudad de
Buenos Aires
y, en 2008,
fue nombrada
Embajadora
de Buena
Voluntad
para
Latinoamérica
y el Caribe.
La juventud,
la pobreza,
la Iglesia y
el aborto
A Mercedes
Sosa le
gustaba la
juventud
latinoamericana
y estaba
entusiasmada
con el afán
que estaban
demostrando
los jóvenes
por su
música, por
la música
autóctona;
en ellos
veía ella el
futuro de la
música
amerindia.
En una
ocasión
dijo: «Me
gusta la
juventud
actual.
Nunca como
ahora, los
jóvenes han
empezado a
componer tan
bien, a ser
tan felices
que viven
componiendo
folclore. El
arte
autóctono
dejó de ser
una cosa
triste o
vista para
gente
grande, y es
ahora para
la gente
joven. Yo no
sé qué va a
pasar el día
de mañana,
cuando ya
estemos
todos
viejos,
Ariel
Ramírez, yo,
Guarany.
¿Quién va a
ver el
folclore si
no están los
jóvenes?».
A partir de
2003, cuando
el abogado y
empresario
Néstor
Kirchner
accede a la
Presidencia
de la
República, a
cuyas
elecciones
había
acudido como
militante
del Partido
Justicialista
e integrante
de la
colación
Frente para
la Victoria,
en Mercedes
Sosa se
despierta un
interés
inusitado
por el poder
político, y,
por
consiguiente,
la artista
se deja
llevar por
una especial
empatía y
atracción
por la
pareja
Néstor y
Cristina, su
esposa,
quien lo
sucederá a
su muerte en
2007.
«Quiero
mucho a
Néstor
Kirchner y
también a
Cristina
—afirmaba—.
Han hecho
mucho más
que
Alfonsín,
que seguía
mucho mi
carrera. Los
Kirchner han
mejorado el
problema
económico.
Lo que debe
cambiar
definitivamente
es la
pobreza del
pueblo. El
pueblo que
vive en las
villas
miseria
tiene que
comer. Y eso
tienen que
cambiarlo
ellos,
nosotros no
podemos
hacer nada.
Yo sé lo que
es haber
sido pobre.
Pero de eso
también se
sale. Yo voy
mirando los
paisajes, a
mí me gusta
viajar por
tierra y
conozco
todos los
caminos. Sé
que hay
mucha gente
que está
viviendo en
la pobreza:
el 40% del
país. Tengo
ilusión de
que vaya
mejor, yo no
soy
derrotista».
Aunque nunca
fue
‘militante
de carné’,
Mercedes
sentía fluir
por sus
venas el
rojo del
comunismo
más puro y
utópico. Y
si bien
había estado
en contacto
con los
Montoneros
de
Argentina,
en momento
alguno dio
muestras de
un
socialismo
radical y
maximalista.
No sé si
llegó a
calar la
realidad
social de la
Europa
comunista,
no estoy muy
seguro de si
llegó a
interpretar
en sus
justos
términos la
realidad
económica de
los países
del área de
influencia
soviética,
lo cierto es
que, en
1983, cuando
se le
preguntaba
acerca de su
radicalismo,
ella
respondía:
«No, yo soy
comunista.
Yo no puedo
ser radical.
Que lo
quiera al
doctor
Alfonsín no
significa
que vaya a
cambiar mi
pensamiento.
Soy
comunista,
pero nunca
he actuado
con el
comunismo
militante.
Es un
sentimiento:
que la gente
esté mejor,
que tenga
mejores
estudios,
que vaya a
mejores
escuelas y
universidades».
En su
relación con
la Iglesia y
la doctrina
católica,
Mercedes
daba a
entender que
se hallaba
en la línea
de los
Kirchner,
particularmente
en los temas
relacionados
con el uso
del
preservativo,
la
planificación
familiar y
la libertad
de
conciencia
con respecto
al aborto, y
no fueron
pocas las
veces en las
que censuró
la conducta
de algunos
miembros del
clero. Sus
ideas frente
a las tesis
católicas
eran,
ciertamente,
un reflejo
de las del
poder
establecido.
«Kirchner
—decía— se
peleó duro
con la
Iglesia,
entre otros
temas, por
la educación
sexual en
los
colegios.
Nosotros
hemos visto
muchísima
falsedad de
muchos
sacerdotes
que han
violado a
muchos
niños. Y la
Iglesia no
habla de
eso. Leí que
hay
problemas
con la
Iglesia y el
Gobierno
argentino.
No debería
haber
problemas.
El
presidente y
la señora
del
presidente
no son gente
de la
frivolidad.
Es gente de
familia.
Además, han
solucionado
el problema
de la
prohibición
del aborto.
No estoy en
contra de la
iglesia
católica,
pero hay
muchas
criaturas
que mueren.
Jovencitas
que mueren a
los quince
años porque
las toca ahí
abajo una
mala
curandera
que no sabe
hacer
realmente el
trabajo. Hay
que cuidar a
las chicas y
a los
chicos. Una
mujer, a los
quince años,
no está
capacitada
para criar
un hijo. Hay
que tratar
de ponerle
un DIU o que
tenga a su
alcance las
herramientas
para
elegir.»
Poca gente
sabe que,
tras la
rebelión
militar de
Villa Martelli,
en
diciembre
de 1988, dos
decenas de
militantes
del
Movimiento
Todos por la
Patria,
organización
de Enrique
Gorriarán
Merlo, que
habían caído
en las
refriegas
frente al
cuartel del
Batallón
Logístico
10, fueron
velados en
el Congreso
de la
Nación. A
los pocos
días, el 23
de enero de
1989, esa
misma
agrupación
terrorista
atacó otra
unidad
militar: el
Regimiento
de
Infantería
3, ‘General
Belgrano’,
en La
Tablada.
Parece que,
a partir de
aquel
suceso, a
Alfonsín
le cayó la
ficha y
se dio
cuenta de
que los
honrados
como
adalides
de la
libertad
unos días
antes eran,
en
realidad,
los
verdaderos
enemigos de
la
República.
La historia
recordará
como un
episodio
nefasto que
la musa
inspiradora
de los
terroristas
latinoamericanos
—la
trovadora
del dulces
coplas que,
con su
encantadora
lírica,
tejía la
telaraña
donde se
enredaron
mortalmente
tantos
argentinos—
mancille
otra vez,
con sus
ciento
cincuenta
kilos de
despojos en
plena
fermentación,
el Congreso,
donde el
régimen
montonero
dispuso su
velatorio
como si esa
juglar de la
ultraizquierda
hubiera sido
una heroína.
Pensándolo
bien, tanto
el
Parlamento
como sus
actuales
integrantes
no son menos
corruptos
que la
sebosa
revolucionaria
que se lucró
con tanto
éxito
gracias a la
escabrosa
situación
política del
tiempo que
le tocó
vivir… en
tanto que
sus
tonadillas
fueron el
último
acorde que
remembraron
tantos
idealistas
que la
siguieron a
la manga del
matadero
adonde los
condujo.
Epigrama
para su
lápida
Los cantos
de sirena
llevaron a
la muerte a
los
marineros de
Ulises en su
regreso a
Ítaca. Del
mismo modo,
la música
subversora
contaminó
las mentes
de ocho mil
setecientos
argentinos
durante los
años del
terrorismo
desencadenado
contra la
nación
argentina
por el ERP y
los
Montoneros,
así como,
inequívocamente,
sucedió en
todos los
países
latinoamericanos
que pasaron
por el
flagelo
terrorista
interno.
En Uruguay,
Alfredo
Zitarrosa,
Los
Olimareños o
Daniel
Viglietti
emponzoñaron
la
inexperiencia
adolescente
con el canto
guerrillero.
Víctor Jara
o “Los
Quilapayún”,
en Chile;
Alberto
Híjar, en
México; Luis
Enrique
Mejía, en
Nicaragua;
Rubén Pagura
Alegría, en
Costa Rica;
“Savia
Andina”, en
Bolivia, y
muchos otros
integraron
así el
Movimiento
del Nuevo
Cancionero
Latinoamericano
en un
contexto
cultural
liderado por
Argentina en
el llamado «boom
del
folclore»,
que se
esparció por
las naciones
hermanas,
proceso
derivado de
la gran
migración
interna que
venía
sucediendo,
desde
mediados de
la década de
1930, en
nuestro
país.
Mercedes
Sosa fue la
precursora
por
excelencia
de ese
movimiento
de
transmutación
«cultural»
que tanto
éxito
cosechó, aun
a costa de
cantidades
de vidas
inmoladas.
Pero su
huella se
mantiene
intacta en
la medida
que los
medios
educativos y
audiovisuales
quedarán en
las
exclusivas
manos del
estado
socialista
del siglo
XXI, cual
fue,
seguramente,
el postrer
deseo de la
vieja
militante
comunista.
Nació pobre
y miserable.
Pasó hambre
y
humillaciones.
Pero se
desquitó de
la vida,
gozando de
la fortuna y
de todos los
posibles
deleites
terrenales
que
consiguió
disfrutar.
Se muere de
pancreatitis
alcohólica,
tras un
banquete con
amigos, en
donde se
sirvió una
de sus
delicias
favoritas:
un
risotto al
champagne,
generosamente
regado con
vino tinto
—de la
exclusiva
bodega que
lo prepara
en
exclusiva—
cosechado
para la
princesa de
Holanda.
Se va de
este mundo
con una
inmensa
riqueza
material que
no
alcanzaría a
gastar ni en
trescientos
años de
dialéctica,
sin haber
compartido
jamás una
hogaza de
pan, ni
haber hecho
más que
compadecerse
de sus
paisanos
oprimidos
por el mismo
régimen que
alentó.
No somos
quién para
creerle o no
a Luis
Farinello
que Mercedes
Sosa, al
final de su
trayecto
vital se
arrepintió
—en realidad
y
sinceramente—
de corazón.
Después de
todo, ese
cura es
perjuro y
refractario.
Es el
secreto que
se lleva a
la tumba…
porque sus
diamantes se
quedan
fuera. |