N.º 74

NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2011

14

   

   

   

   

   

   

   

TRIBUTO A MERCEDES SOSA

   

Por Carlos Marcelo Shäferstein

   

   

  

C

uando la muerte llama a la puerta, nadie se puede negar a contestar. Es una convocatoria obligatoria que nos dice que el tiempo en la Tierra se nos ha terminado y que hay que presentarse ante Dios a rendir cuentas por lo que se ha hecho en la vida. Curiosamente, la mujer que recibió el viernes la extremaunción de manos del padre Luis Farinello no era católica.

Mercedes Sosa se jactaba de haber sostenido, al igual que hizo Lenin, que «Cualesquiera que sean las circunstancias de mi muerte, moriré con una fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el hombre y su futuro me da, aun ahora, una capacidad de resistencia que ninguna religión puede otorgar».

                             

Pero parece haberse convertido a última hora… Ocurre en muchos casos. «Uno se conmueve muchísimo al atender a una persona cercana a la muerte. Hemos rezado con ella, creo que me escuchó perfectamente bien», destacó Farinello. «Para Mercedes, es uno de los momentos más sagrados de la vida», señaló el cura.

Mercedes Sosa, la artista folclórica argentina, conocida como “la Negra Sosa” y “la “Voz de América”, fallecía en Buenos aires el 4 de octubre de 2009.

Un final a todo trapo (rojo)

Lo cierto es que Haydee Sosa no destacó solamente como una cantante prodigiosa, sino también como una eficaz subversiva. Un tiempo atrás, cuando escribí un informe sobre Antonio Gramsci en la edición del 1.º de junio pasado en LA HISTORIA PARALELA, hice una mención específica sobre la formación educativa para obtener el control absoluto del poder por la «hegemonía» cultural que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas a través los medios de comunicación. Decíamos entonces que el marxismo busca el ejercicio del poder ilimitado controlando las funciones de dirección intelectual y la neutralización de la moral tradicional para ser reemplazada por aquella del dominio del estamento político. Y Mercedes Sosa es un símbolo cultural marxista por excelencia. «Soy comunista, es un sentimiento», había dicho.

Se formó en la estética del “Movimiento del Nuevo Cancionero”, una corriente renovadora del folclore, surgida en la provincia de Mendoza, y que ella compartió con Armando Tejada Gómez, con su esposo Manuel Oscar Matus y con Tito Francia. Desde entonces, con el debut discográfico con Canciones con fundamento (1965), y con la magia de su canto, consiguió hacer conocer y trascender un repertorio nuevo y políticamente comprometido con el socialismo extremo. Antonio Gramsci, en efecto, abogaba por una revolución cultural a ultranza que precedería necesariamente a la toma del poder político. Ese proceso de conquista del poder del Estado es una verdadera guerra, definía el filósofo italiano, donde el objetivo primordial era destruir las instituciones sociales de la sociedad capitalista para imponer el comunismo.

  
                             
  

Esa ligazón con lo social le valió transformarse en una voz brillante capaz de traducir sus pesares de la infancia, endilgándoselos al pueblo con testimonios como Canción con Todos, Cuando Tenga la Tierra, La Navidad de Juanito Laguna y los discos Homenaje a Violeta Parra, en reivindicación del depuesto Salvador Allende, y Hasta la Victoria, un tributo al “Che” Guevara.

Esa posición resultó inaceptable para la época en que en Argentina se combatía contra el terrorismo auspiciado por la revolución cubana, y hacia 1979, tras publicar Serenata para la Tierra de Uno y de ser detenida en el Teatro Argentino de La Plata, viajó primero a París y en 1980 se afincó en Madrid.

«Honrar la vida»

A partir de esta época, Mercedes vivió holgadamente haciéndose famosa por su condición de «perseguida política», y tanto los franceses, que venían de la alegre revolución cultural del 68, como los españoles, en plena época del ‘destape’ y de las ‘canciones protesta’, la ovacionaron constantemente, superando con su éxito al también exiliado Atahualpa Yupanqui.

Y, al igual que el “Payador Perseguido”, la “Mecha” también tenía un coqueto apartamento en la rue Marechal Foch de París y otro, en la Gran Vía, en pleno centro de Madrid, a escasos metros de La Puerta del Sol. Durante su dorado exilio, la moribunda a quien un viernes pusieron por primera vez un Rosario entre sus dedos, no desgranaba más que costosos diamantes, que le apasionaba atesorar.

La pobre mujer que acaba de aceptar la «unción de los enfermos» era aclamada por un público europeo que estaba divinizando ya no a Dios, sino a la «democracia», venerada como la panacea absoluta que conduce a la felicidad terrenal, descartando la trascendencia.

Su retorno a Argentina

Manteniendo su residencia en Europa, Mercedes Sosa regresa como una diva a los escenarios argentinos el 18 de febrero de 1982. En el teatro Ópera escenificó una docena de impactantes recitales, que compartió con León Gieco, Charly García, Antonio Tarragó Ros, Rodolfo Mederos y Ariel Ramírez, y que quedaron plasmados en el álbum Mercedes Sosa en Argentina.

A partir de 1983, y ya con Raúl Alfonsín en el poder, Mercedes, lejos de quedarse quieta, se propuso el desafío de seguir abriendo puertas y mentes, sumando nuevos autores latinoamericanos a su repertorio. Así fue como impuso a los entonces desconocidos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, trovadores cubanos de la revolución castrista.

  
                             
  

«Para llegar a donde yo estoy, no tan solo se debe cantar, se debe leer mucho, se deben ver películas buenas, se deben ver cuadros, se debe estar en contacto con todo lo que sea cultural. Porque el canto no es sólo una cuestión de abrir la boca. Cuando abrís la boca, la abrís de tal manera que sale todo lo que tenés adentro de la cabeza. Y eso es transmitir la cultura. Me siento orgullosa de ser una artista que tenga esta cultura y esta inteligencia…», afirmó en una ocasión, como también dijo: «El folclore es una forma de llegar a todo el mundo. El tango, en cambio, es muy sectario. En el folclore, cuando nos gusta la música y la letra de tal canción, no importa quién la canta y cuándo la canta. Si hay que grabarla, hay que grabarla. Por eso, es una música que no se detiene. La gente cree que llenar un lugar, acá en Buenos Aires, con tres mil personas, es mucho. Ya los festivales folclóricos van cuarenta y cinco mil personas».

Hoy todos saben por las necrológicas que Haydee Mercedes Sosa había nacido en San Miguel de Tucumán un 9 de julio de 1935. Le decían “la Negra”, tanto por el color de su piel diaguita (tribu a la que étnicamente pertenecía) como por su pasado lenocinio y la turbación de su resentimiento hacia ese pasado de pobreza y frustración.

El jardín de los resentimientos

Vivió una infancia en el horrible ranchito de sus padres, de una pieza, y con tres hermanos más. «Mi papá era un tipo que las pasó muy fieras —reflexionaba con la mirada perdida—. Mi mamá siempre estuvo firme para sostenerlo, primero, y después, para despacharlo. Sesenta y dos años tenía él cuando se murió, pero parecía tener ochenta o noventa. Se murió tan gastado… Mi papá pintaba trenes en una época, allá en Tucumán, en Tafí Viejo, hasta que quedo cesante. Trabajo no encontró, entonces se vino para Buenos Aires. Algo mejoró nuestra situación con la platita que nos mandaba. Trabajó en el puerto, fue bolsero, estibador, pero no podíamos aguantar sin él. Y se volvió para pasar más penurias aún. Al volver a Tucumán, mi papá consiguió trabajo en el Ingenio Guzmán, donde alimentaba chimeneas. Era el trabajo más duro que existía en esa época. ¿Tenés idea de lo que es, con el calor del norte, meterle fuego a las chimeneas?».

  
                             
  

La madre era lavandera, pero, además, cosía, daba vuelta los cuellos de las camisas, planchaba pilas de ropa con aquellas planchas de carbón que había que esperar como una hora para que se calentaran. «Cuando en la noche no teníamos para comer—recordaba la artista—, mi mamá nos sacaba al Parque 9 de Julio para que jugáramos y nos distrajéramos. Parece que comíamos aire, pero el aire no llena el estomago, y no es lo mismo no comer para adelgazar que no comer porque no hay».

Buscando una salida que le permitiera escaparse, Mercedes comenzó a cantar desde chica y, en octubre de 1950, ya quinceañera, empujada por el entusiasmo de un grupo de amigas inseparables, se animó a participar en un certamen radiofónico organizado por LV12 de Tucumán. Oculta tras el seudónimo de “Gladys Osorio”, su incipiente calidad como cantante la hizo triunfar en un concurso cuyo premio era un contrato de dos meses de actuación en la emisora. Interpretó el tema Triste estoy, de Margarita Palacios.

Este vertiginoso comienzo como cantante profesional dio lugar al original nombre artístico, que quedó plasmado para siempre en su primer contrato: Mercedes Sosa. Pero al cabo de sesenta días, el programa se vino abajo y se terminó la incipiente carrera de Mercedes Sosa. Tuvo que volver a pasar la gorra y se fue al norte a probar fortuna.

En Salta, el destino la sorprende trabajando en una de esas peñas dispersas al pie de la ruta. La morochita cantora no era bien considerada por los parroquianos, y ese factor la condujo a militar en la Juventud Comunista Salteña. Tampoco tuvo suerte, porque los jóvenes aristocráticos que abrazaban la ideología de moda la despidieron de sus filas por su color y rasgos aindiados. Por esos años, quedó preñada, pero el compañero de utopías políticas que lo hizo —un joven de familia bien— negó su autoría y la dejó «en banda».

Desde su fuga a Cosquín

A los 21 años, bailando danzas folclóricas, Mercedes conoció en una de esas peñas al paraguayo Manuel Oscar Matus, un militante comunista que en ese entonces también cantaba «a la gorra». Se casaron un 5 de julio de 1957 y se mudaron a Mendoza, donde Mercedes dio a luz a su único hijo, Fabián Ernesto Matus.

Mercedes y su marido recorrieron innumerables escenarios. La joven Mercedes, cantante y madre, tuvo que trajinar fuerte durante varios años para conseguir el reconocimiento tan anhelado por todo artista folclórico. La consagración tuvo lugar en el Festival Nacional del Folclore de Cosquín. Fue en 1965, cuando, gracias al camarada Jorge Cafrune, que la invito a subir y cantar al escenario, el país entero pudo conocer, escuchar y admirar a la cantante tucumana por primera vez. Era el momento de expansión del “Movimiento Nuevo Cancionero”. Esa situación marcó el nacimiento de la artista popular.

“La Negra”, Manuel Oscar Matus y otros cumpas, como Armando Tejada Gómez y Tito Francia, artistas y formadores del movimiento, tomaron el rumbo de las canciones con impronta social. Mercedes Sosa se declaró desde sus inicios como una comprometida con el «canto combativo», como integrante de esa corriente político-renovadora del folclore, surgida en Mendoza, «que proponía dejar de lado las modas pasajeras, para poner el acento en la vida cotidiana del hombre argentino, con sus alegrías y tristezas».

  
                             
  

Tras su revelación en Cosquín, comenzaron a surgir giras nacionales e internacionales, acompañadas de atractivos contratos con el sello discográfico. Bajaron a Buenos Aires y empezaron a dar recitales en la Universidad, en cuyos claustros logran conmover a los jóvenes por su mensaje transgresor, al transformar la canción campesina y adaptarla para relatar mejor las desgracias de la pobreza y la desigualdad social. Matus, considerando la positiva repercusión que “la Negra” Sosa provocaba en el público, decidió editar, en 1965, con un sello independiente el primer disco de Mercedes Sosa al cual titularon Canciones con Fundamento.

Posteriormente, se vincularía sentimentalmente con otro revolucionario, un chaqueño que, todavía en vida del general Perón, la triple A le voló el quincho de la casa. Su nuevo amigo se llamaba Eraclio Catalín Rodríguez Cereijo y era el simple guarda de un molino yerbatero de Barracas, que, de tanto en tanto, visitaba la Comisaría 30.ª de la ciudad porteña por haber violado el edicto de ebriedad. Más tarde, sería conocido como “Horacio Guarany”.

Tras el “Telón de Acero”

En 1965 intervino en la grabación de Romance de la Muerte de Juan Lavalle, de Ernesto Sábato y Eduardo Falú, álbum en el que ella canta Palomita del Valle.

En marzo de 1966, dio a conocer su álbum Yo no Canto por Cantar, con una docena de canciones hoy antológicas, entre las que estaban Canción del Derrumbe Indio, Canción para mi América, Chayita del Vidalero, Los Inundados, Zamba para no Morir, Tonada de Manuel Rodríguez y Zamba al Zafrero. Tal fue la aceptación de este disco, que apenas siete meses después, en octubre, fue invitada a grabar otro, que apareció con el título de Hermano.

A fines de 1967, “la Negra” graba Para Cantarle a mi Gente, un disco que acumuló un importante caudal de poesía argentina y latinoamericana.

En abril de ese mismo año, tras haber subyugado al público de Estados Unidos con exitosas actuaciones en Miami, pasó a Europa, donde actúa en Lisboa, Oporto y Roma. Cruza el hoy inexistente “Telón de Acero” y su canto exótico tuvo éxito en Varsovia, Leningrado, Bakú y Tiflis. Durante la gira por su admirada Unión Soviética, conoce a Ariel Ramírez, quien le propuso, de inmediato, ser la voz de Mujeres Argentinas, trabajo que se concretaría en 1969, después de la aparición de Zamba para no Morir, una recopilación con los temas de mayor trascendencia grabados hasta ese momento, y Con Sabor a Mercedes Sosa, en 1968, en el que registró por primera vez su canción Al Jardín de la República. Eran obras de los compositores tucumanos Pato Gentilini, el Chivo Valladares y Pepe Núñez.

Con posterioridad, publicó dos álbumes conceptuales en colaboración con el músico Ariel Ramírez y el historiador Félix Luna: Homenaje a Violeta Parra (1971) y Cantata Sudamericana (1972). Unos años más tarde, en 1977, aparecerá Mercedes Sosa Interpreta a Atahualpa Yupanqui.

  
                             
  

Rotundamente peronista en su juventud, a lo largo de su vida siempre apoyó las causas de izquierda hasta el punto de hacerse «montonera» argentina. En 1979 muere Pocho, su segundo marido ‘con papeles’, y Mercedes Sosa decide irse de su país, donde se habían prohibido sus discos, al que regresa triunfal y millonaria en 1982.

Por ese tiempo, Argentina se hallaba en manos de una junta militar que había iniciado el Proceso de Reorganización Nacional, nombre con el que se autodenominó la dictadura que gobernó ‘de facto’ el país hasta 1983, como consecuencia del golpe de Estado que se lleva a cabo el 24 de marzo de 1976 y que depone al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón. En esta ocasión, aprovechando el gran éxito que logra con una serie de conciertos a sala repleta en el Teatro Ópera de Buenos Aires, y la debilidad política del gobierno de Reynaldo Benito Bignone, último vestigio del autoproclamado Proceso, Mercedes tiene la audacia de convertir sus recitales en un «acto cultural contra la dictadura». Un año antes, al poco de su regreso a su país natal, había publicado su álbum Mercedes Sosa en Argentina.

La revolución bajo el poncho

Mercedes mantuvo con Raúl Alfonsín y su secretaria Margarita Ronco una estrecha amistad, que se consolida con los años hasta el fallecimiento del mandatario, y que la benefició con generosos contratos. En esa época se hizo productora y organizó, en el estadio Luna Park de Buenos Aires, Sin Fronteras, uno de los espectáculos más importantes presentados hasta entonces en la Argentina, que le propició la ocasión de ponerla en contacto con las militantes Teresa Parodi, de Argentina; la colombiana Leonor González Mina, la venezolana Lilia Vera, la brasileña Beth Carvalho y la mexicana Amparo Ochoa. Era una pionera exitosa en el difícil arte de la revolución psicológica, porque con el tiempo prendió.

Realmente, no le fue nada mal en «la movida cultural» a “la Negra”, ya que durante la época de Menem se le otorgaron diversos reconocimientos, entre los que sobresale el Gran Premio CAMU de 1995, otorgado por el Consejo Argentino de la Música y por la Secretaría Regional para América Latina y el Caribe, y el Martín Fierro de 1994 al mejor show musical en televisión. Son ya parte de sus últimas grabaciones Alta Fidelidad, de 1997, y Misa Criolla, que ve la luz en el 2000.

  
                             
  

En los últimos tiempos resurgió su figura por su incansable lucha por la reivindicación de los «jóvenes idealistas», la causa montonera y la cárcel para todos los uniformados. Fue condecorada con honores en el año 2005 por el Senado argentino con el premio “Sarmiento”, en reconocimiento a su compromiso social y a su constante lucha en materia de derechos humanos. Y aquí comenzó con los recitales culturales y gratuitos en Plaza de Mayo. «Cuando me dieron el premio en el Congreso me puse a llorar, no podía parar. Porque uno habla, viaja, vuelve, pero no hay caso: los artistas nacimos para que el pueblo nos quiera. Mire, si no, Maradona».

De un perfil generoso, sin embargo, nada hizo ‘pro bonus’. Al amparo de los Kirchner, cosechó otra fortuna extraordinaria, se le concedió una pensión honorífica por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, en 2008, fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad para Latinoamérica y el Caribe.

La juventud, la pobreza, la Iglesia y el aborto

A Mercedes Sosa le gustaba la juventud latinoamericana y estaba entusiasmada con el afán que estaban demostrando los jóvenes por su música, por la música autóctona; en ellos veía ella el futuro de la música amerindia. En una ocasión dijo: «Me gusta la juventud actual. Nunca como ahora, los jóvenes han empezado a componer tan bien, a ser tan felices que viven componiendo folclore. El arte autóctono dejó de ser una cosa triste o vista para gente grande, y es ahora para la gente joven. Yo no sé qué va a pasar el día de mañana, cuando ya estemos todos viejos, Ariel Ramírez, yo, Guarany. ¿Quién va a ver el folclore si no están los jóvenes?».

A partir de 2003, cuando el abogado y empresario Néstor Kirchner accede a la Presidencia de la República, a cuyas elecciones había acudido como militante del Partido Justicialista e integrante de la colación Frente para la Victoria, en Mercedes Sosa se despierta un interés inusitado por el poder político, y, por consiguiente, la artista se deja llevar por una especial empatía y atracción por la pareja Néstor y Cristina, su esposa, quien lo sucederá a su muerte en 2007. «Quiero mucho a Néstor Kirchner y también a Cristina —afirmaba—. Han hecho mucho más que Alfonsín, que seguía mucho mi carrera. Los Kirchner han mejorado el problema económico. Lo que debe cambiar definitivamente es la pobreza del pueblo. El pueblo que vive en las villas miseria tiene que comer. Y eso tienen que cambiarlo ellos, nosotros no podemos hacer nada. Yo sé lo que es haber sido pobre. Pero de eso también se sale. Yo voy mirando los paisajes, a mí me gusta viajar por tierra y conozco todos los caminos. Sé que hay mucha gente que está viviendo en la pobreza: el 40% del país. Tengo ilusión de que vaya mejor, yo no soy derrotista».

  
                             
  

Aunque nunca fue ‘militante de carné’, Mercedes sentía fluir por sus venas el rojo del comunismo más puro y utópico. Y si bien había estado en contacto con los Montoneros de Argentina, en momento alguno dio muestras de un socialismo radical y maximalista. No sé si llegó a calar la realidad social de la Europa comunista, no estoy muy seguro de si llegó a interpretar en sus justos términos la realidad económica de los países del área de influencia soviética, lo cierto es que, en 1983, cuando se le preguntaba acerca de su radicalismo, ella respondía: «No, yo soy comunista. Yo no puedo ser radical. Que lo quiera al doctor Alfonsín no significa que vaya a cambiar mi pensamiento. Soy comunista, pero nunca he actuado con el comunismo militante. Es un sentimiento: que la gente esté mejor, que tenga mejores estudios, que vaya a mejores escuelas y universidades».

En su relación con la Iglesia y la doctrina católica, Mercedes daba a entender que se hallaba en la línea de los Kirchner, particularmente en los temas relacionados con el uso del preservativo, la planificación familiar y la libertad de conciencia con respecto al aborto, y no fueron pocas las veces en las que censuró la conducta de algunos miembros del clero. Sus ideas frente a las tesis católicas eran, ciertamente, un reflejo de las del poder establecido. «Kirchner —decía— se peleó duro con la Iglesia, entre otros temas, por la educación sexual en los colegios. Nosotros hemos visto muchísima falsedad de muchos sacerdotes que han violado a muchos niños. Y la Iglesia no habla de eso. Leí que hay problemas con la Iglesia y el Gobierno argentino. No debería haber problemas. El presidente y la señora del presidente no son gente de la frivolidad. Es gente de familia. Además, han solucionado el problema de la prohibición del aborto. No estoy en contra de la iglesia católica, pero hay muchas criaturas que mueren. Jovencitas que mueren a los quince años porque las toca ahí abajo una mala curandera que no sabe hacer realmente el trabajo. Hay que cuidar a las chicas y a los chicos. Una mujer, a los quince años, no está capacitada para criar un hijo. Hay que tratar de ponerle un DIU o que tenga a su alcance las herramientas para elegir.»

  
                             
  

Poca gente sabe que, tras la rebelión militar de Villa Martelli, en diciembre de 1988, dos decenas de militantes del Movimiento Todos por la Patria, organización de Enrique Gorriarán Merlo, que habían caído en las refriegas frente al cuartel del Batallón Logístico 10, fueron velados en el Congreso de la Nación. A los pocos días, el 23 de enero de 1989, esa misma agrupación terrorista atacó otra unidad militar: el Regimiento de Infantería 3, ‘General Belgrano’, en La Tablada. Parece que, a partir de aquel suceso, a Alfonsín le cayó la ficha y se dio cuenta de que los honrados como adalides de la libertad unos días antes eran, en realidad, los verdaderos enemigos de la República.

La historia recordará como un episodio nefasto que la musa inspiradora de los terroristas latinoamericanos —la trovadora del dulces coplas que, con su encantadora lírica, tejía la telaraña donde se enredaron mortalmente tantos argentinos— mancille otra vez, con sus ciento cincuenta kilos de despojos en plena fermentación, el Congreso, donde el régimen montonero dispuso su velatorio como si esa juglar de la ultraizquierda hubiera sido una heroína.

Pensándolo bien, tanto el Parlamento como sus actuales integrantes no son menos corruptos que la sebosa revolucionaria que se lucró con tanto éxito gracias a la escabrosa situación política del tiempo que le tocó vivir… en tanto que sus tonadillas fueron el último acorde que remembraron tantos idealistas que la siguieron a la manga del matadero adonde los condujo.

Epigrama para su lápida

Los cantos de sirena llevaron a la muerte a los marineros de Ulises en su regreso a Ítaca. Del mismo modo, la música subversora contaminó las mentes de ocho mil setecientos argentinos durante los años del terrorismo desencadenado contra la nación argentina por el ERP y los Montoneros, así como, inequívocamente, sucedió en todos los países latinoamericanos que pasaron por el flagelo terrorista interno.

  
                             
  

En Uruguay, Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños o Daniel Viglietti emponzoñaron la inexperiencia adolescente con el canto guerrillero. Víctor Jara o “Los Quilapayún”, en Chile; Alberto Híjar, en México; Luis Enrique Mejía, en Nicaragua; Rubén Pagura Alegría, en Costa Rica; “Savia Andina”, en Bolivia, y muchos otros integraron así el Movimiento del Nuevo Cancionero Latinoamericano en un contexto cultural liderado por Argentina en el llamado «boom del folclore», que se esparció por las naciones hermanas, proceso derivado de la gran migración interna que venía sucediendo, desde mediados de la década de 1930, en nuestro país.

Mercedes Sosa fue la precursora por excelencia de ese movimiento de transmutación «cultural» que tanto éxito cosechó, aun a costa de cantidades de vidas inmoladas. Pero su huella se mantiene intacta en la medida que los medios educativos y audiovisuales quedarán en las exclusivas manos del estado socialista del siglo XXI, cual fue, seguramente, el postrer deseo de la vieja militante comunista.

Nació pobre y miserable. Pasó hambre y humillaciones. Pero se desquitó de la vida, gozando de la fortuna y de todos los posibles deleites terrenales que consiguió disfrutar. Se muere de pancreatitis alcohólica, tras un banquete con amigos, en donde se sirvió una de sus delicias favoritas: un risotto al champagne, generosamente regado con vino tinto —de la exclusiva bodega que lo prepara en exclusiva— cosechado para la princesa de Holanda.

Se va de este mundo con una inmensa riqueza material que no alcanzaría a gastar ni en trescientos años de dialéctica, sin haber compartido jamás una hogaza de pan, ni haber hecho más que compadecerse de sus paisanos oprimidos por el mismo régimen que alentó.

No somos quién para creerle o no a Luis Farinello que Mercedes Sosa, al final de su trayecto vital se arrepintió —en realidad y sinceramente— de corazón. Después de todo, ese cura es perjuro y refractario. Es el secreto que se lleva a la tumba… porque sus diamantes se quedan fuera.

   

   

  Agradecemos la gentileza del Dr. Carlos Marcelo Shäferstein, al concedernos implícitamente su permiso para la publicación del texto «Tributo a Mercedes Sosa», publicado previamente el 6 de octubre de 2009 en LA HISTORIA PARALELA [En línea]. Disponible en web: <http://www. lahistoriaparalela.com.ar/2009/10/06/trbuto-a-mercedes-sosa>. Consulta de 10 de septiembre de 2011.

  Hemos precisado el textos con algunos datos y fechas que ya forman parte de la Historia sobre la etapa de Gobierno de Néstor Kirchner, tomados de la entrada con este nombre en WIKIPEDIA, disponible en la dirección electrónica: <http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%A9stor_ Kirchner>. (Consulta de 10 de septiembre de 2011).

   

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Publicación Bimestral de Cultura. Año X. II Época. Número 74. Noviembre-Diciembre 2011. ISSN 1696-9294. Director: José Antonio Molero Benavides. Copyright © 2011 Carlos Marcelo Shäferstein | La Historia Paralela. © Las imágenes, extraídas a través del buscador Google de diferentes sitios o digitalizadas expresamente por el autor, se usan exclusivamente como ilustraciones, y los derechos pertenecen a su(s) creador(es). Edición en CD: Depósito Legal MA-265-2010. Diseño Gráfico y Maquetación: Antonio M. Flores Niebla. © 2002-2011 Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Universidad de Málaga.