|
o hace mucho me contaba un amigo
mío periodista que la noticia,
esa noticia que a todos nos
interesa más por su cercanía,
por lo que nos toca, por su
frescura, estaba, en la mayoría
de los casos, a la vuelta de la
esquina. Creo que puede decirse
lo mismo de la biografía de cuya
redacción me he encargado. En mi
caso, no se ha tratado de buscar
información sobre Cervantes,
Unamuno, García Lorca o
Francisco Umbral. No figura en
los libros de texto, sobre él no
se ha defendido ninguna tesis
doctoral, ni se ha pasado por
televisión los pasajes de su
vida. Mi biografiado está
también ‘a la vuelta de la
esquina’. Sin embargo, esa vida
está jalonada de acontecimientos
que bien valen dedicarles unas
páginas (y mucho más). Porque
una vida de superación cada día
también es una vida que merece
ser guardada en nuestra memoria.
Y este propósito es el que me ha
movido a trazar, en las líneas
que siguen, un sencillo esbozo
de Juan Ferrer Sánchez ‘el
Borrico’, un ejemplo de persona
en la que el dicho «querer es
poder» ha tomado carne. En esa
labor he contado con la
inestimable ayuda de Juan Ferrer
Ferrer, su hijo mayor, que,
emocionado, me ha narrado, en
algunos de sus momentos de
asueto, la fascinante vida de su
padre. Empecemos.
Primeros años de Juan Ferrer
Juan Ferrer Sánchez nace el 30
de marzo de 1915 en el Cortijo
Borreguero, hacienda
perteneciente al distrito
municipal de Villanueva del
Trabuco, situado al Norte de la
provincia de Málaga. Sus padres
fueron Antonio Ferrer Luque y
Juana Sánchez Sánchez. Pronto,
la vida de Juan se verá
acompañada de un hermanito. No
iba a ser fácil la vida para los
dos niños.
Cuando Juan cuenta tan sólo dos
años de edad, muere el padre, a
cuyo fallecimiento le sigue, muy
poco tiempo después, el de la
madre, cuando ésta se encontraba
en el cortijo de Las Lomas,
dejando huérfanos de padre y
madre los dos niños. En estas
dramáticas circunstancias, la
abuela decide hacerse cargo de
los niños y se los lleva a vivir
consigo al cortijo de La fuente
de la Lana.
|
|
|
|
|
 |
|
|
Juan
Ferrer Sánchez, conocido
entre sus vecinos por
'el Borrico', es el
'campesino trovero' de
Villanueva del Trabuco
(Málaga). |
|
|
|
En la medida de lo posible,
fueron estos primeros años un
tiempo de vida estable, sin
apenas contrariedad que pudiese
alterar una vida sencilla de
campo. Pero, de nuevo, el
destino vuelve a jugarles a esta
familia una mala pasada con el
pronto fallecimiento de la
abuela. De nuevo, ambos hermanos
vuelven a quedarse solos. Juan
cuenta tan sólo diez años y su
hermano, ocho. Movida por la
compasión, los acoge en su casa
una prima de la familia.
Juan ‘el Borrico’
En una época muy difícil para
nuestra historia, Juan, de muy
corta edad todavía, no tiene más
remedio que entregarse a las
duras tareas del campo. Nunca
fue a la escuela ni vio un
libro; no había tiempo. El joven
Juan pasa en el campo los más
tiernos años de su vida, entre
trigales y olivos, entre yuntas
de animales y aperos de
labranza.
Es por este tiempo cuando se le
apoda ‘el Borrico’. Cuando Juan
se hallaba labrando la tierra,
el dueño de las fincas, en lugar
de dirigirse a él por su nombre,
se acostumbró a llamarle
‘Borrico’, mote que, en un
principio, el pobre chico hubo
de soportar con la resignación
de un santo, pero que, con el
paso del tiempo, llega a aceptar
sin el menor trauma. Así fue
cómo Juan Ferrer empieza a ser
conocido como Juan ‘el Borrico’,
apodo que llevará hasta la
tumba.
Pasa el tiempo y nadie lo conoce
ya como Juan Ferrer. Los vecinos
que se dirigen a él por algún
motivo lo hacen con el apodo, a
lo que él, con ese gracejo del
que sólo son capaces las almas
nobles y sin resentimiento,
siempre solía responder:
A mí me llaman ‘Borrico’
y a gala debo llevar,
porque a mí me lo pusieron
cuando yo era un chaval.
Un hombre muy caballero
y de profesión carrero
me puso a mí de guión
y por eso me llamaba
el ‘Borrico Pericón’.
1936-1939. La Guerra Civil
En 1936 estalla la Guerra Civil
española y Juan es movilizado
por el Ejército Nacional. Tiene
ya 21 años cumplidos. Cuando se
incorporas a filas, este hombre
humilde llega siendo un
analfabeto absoluto. No había
salido de aquellos parajes ni
una vez. Y, para complicar aún
más la situación, deja a su
novia, Clemencia, embarazada en
el pueblo.
Juan no sabe escribir y, cuando
tiene necesidad de comunicarse
con su familia, decide pedir
ayuda a un compañero y casi
paisano suyo (era de
Carratraca), que se le ofrece
espléndidamente a redactarle las
cartas que pensase escribir a su
familia, con una condición, que
sólo redactaría tres cartas. A
partir de la cuarta, él debería
aprender y escribirlas solo.
Este momento, que Juan va a
recordar toda la vida, va a
significar un hito en su
historia personal.
En efecto. Llegado el momento,
él dictaba a su amigo las tres
cartas convenidas, hasta que,
con un tesón y fuerza de
voluntad indescriptibles, las
siguientes y todas las demás las
escribió Juan, él solo. Gracias
al reto que le propuso este
amigo suyo, había logrado
aprender lo necesario para
defenderse mínimamente con la
escritura y lectura, gracias a
este amigo al que siempre él ha
estado muy agradecido.
Y llegó el gran día en la vida
de este luchador y su primer
hijo vino al mundo el día 1 de
noviembre de 1937. El niño nace
en el cortijo de Las Lomas, en
casa de una tía. Juan tiene
noticias de ello estando en su
cuartel de destino, cuando
recibe una postal con una
cigüeña pintada, en la que decía
que su hijo ya había nacido.
Contento como nadie, sale
corriendo a presentarse ante su
capitán y contarle la feliz
noticia, quien le concede diez
días de permiso. Al neonato se
le pone el nombre de Juan, como
se llama el padre y como se
llamaba el abuelo.
Durante esos días de permiso,
Juan se encontraba muy feliz de
estar en casa con su nueva
familia, pero todo lo buen tiene
un feliz muy rápido. ¡Qué
trabajo le costó volver al
frente! Arriesgándose lo
indecible, alarga por su cuenta
el permiso unos días más, con la
consecuencia de que, a su
regreso a filas, se gana un buen
pelado. Mejor que yo, que sea el
propio Juan quien os cuente esta
vivencia en una de sus fabulosas
poesías:
MI VIDA MILITAR
Os voy a contar mi vida
cuando yo era militar;
en el año treinta y siete,
entonces nació mi Juan.
Yo recibí una tarjeta
con una cigüeña pintá;
ni corto ni perezoso
me presenté al capitán.
¡Ay, capitán de mi vida,
ha nacío un animal,
yo quisiera ir al pueblo
y la jáquima comprar!
El capitán se reía
y al momento lo aprobó,
y el ‘Borrico’, al otro día,
con permiso se marchó.
Diez días na más traía
y otros diez que él se tomó,
cuando regresó al cuartel
un pelao se ganó.
Los compañeros decían
el verano ya ha llegao,
pues mira a nuestro burro
el pelao que le han dao.
Por no enseñarme a leer
cuando era pequeñico,
era pobre, analfabeto
y me llamaban ‘Borrico’.
Pero, a pesar de todo eso,
dondequiera que he estado,
he sido bien recibío
y por todos apreciao.
Encargao en las Montoras
y operario en Nonet,
en la Nava temporero
y en bar del jubilao
presidente y camarero.
Debemos reseñar que, aunque Juan
era analfabeto, fue ascendido a
cabo durante su tiempo en el
ejército.
Aprovechando unos días de
permiso, Juan Ferrer Sánchez y
Clemencia Martín Navarro se
casaron en la iglesia de Nuestra
Señora de los Dolores de
Villanueva del Trabuco, el 11 de
noviembre de 1937. Fue testigo
del enlace su hijo Juan, que tan
sólo tenía diez días de vida. A
causa de las necesidades que
tenían en esos tiempos de
guerra, no pudieron celebrar
banquete de boda.
Pero el permiso de bodas que se
le había concedido tocó a su fin
y él debía regresar al frente a
continuar luchando en la guerra,
por lo que tampoco pudo
disfrutar de sus primeros días
de casado y de su pequeño hijo
Juan. Finalmente, la guerra toca
a su fin el 1 de abril de 1939 y
Juan puede regresas a su casa
sano y salvo.
La posguerra. Vida en el campo
El conflicto civil había
terminado y, aunque ya estaba en
casa con su esposa e hijo,
aquéllos no eran tiempos de
gloria y abundancia, había que
levantar un país empobrecido por
una guerra de tres años.
Los padres de Juan tenían un
cortijo con unas tierras, que,
en realidad, no llegaban
siquiera a una fanega, y que
llamaban «Media Noche». Hasta
entonces, esas tierras habían
estado al cuidado de un tío,
pero, cuando Juan formó su
familia, le fueron cedidas para
que viviera allí, y para que él
y su hermano se encargasen de
cultivarlas. Pero aquella labor
no dejaba para vivir, así que,
además de labrarlas, debía hacer
otros trabajos ocasionales para
ganarse el sustento.
Los destrozos de la guerra
motivaron que el hambre llegase
a muchos hogares españoles. Para
mitigar las penurias en la
medida de lo posible, Juan se ve
obligado a vender, en 1942, una
tierra para poder mantener a la
familia.
De su matrimonio con Clemencia,
Juan ‘el Borrico’ tuvo cinco
hijos, todos varones, de los que
viven cuatro, y cuyos nombres
son: Juan, Antonio, Felipe,
Anacleto y José. Todos viven en
Villanueva del Trabuco.
Su jubilación
|
|
|
|
|
 |
|
|
Juan Ferrer
Sánchez, 'el campesino
trovero', a la puerta de su
casa, elaborando una pieza de
esparto. |
|
|
|
Tras años de trabajo en el
campo, llegó su tiempo de
retiro, su ansiada jubilación,
situación que él tenía previsto
dedicarla para descansar de los
malos tragos de la vida y para
recrearse con su familia y
amigos.
Cuando le pedimos a su hijo que
nos haga un breve resumen de la
vida de Juan ya jubilado, se
emociona y, con lágrimas en los
ojos, nos dice: «Mi padre sólo
ha vivido para trabajar y para
pasar». Y sus amigos lo definen
como una fuente inagotable de
energía, incansable, divertido,
al que nunca se le terminaban
las ideas.
Comenzó a recrearse en la
escritura. Su cabeza estaba
llena de chascarrillos, dichos
oportunos y poesías, que él se
apresuraba a plasmar en un
papel. Prueba de ello la tenemos
en el libro El campesino
Trovero, publicado en 1989
con el patrocinio de la
Agrupación Cultural Trabuco. En
él se recoge toda la producción
de literatura popular y
espontánea que Juan había
escrito con la única intención
de que sus amigos y familia
leyesen lo que él había creado,
al fin y al cabo, para ellos.
En Villanueva del Trabuco no se
conoce a nadie que diga de él
una mala palabra o tenga alguna
queja en su contra. Juan ‘el
Borrico’ era un hombre bueno,
una persona sencilla, que dedicó
su vida a los demás. Su hijo nos
dice que era un buen padre y un
abuelo excelente, además de fiel
y cumplidor esposo y un gran
amigo.
Así se define él mismo en la
siguiente composición:
SOY UN HOMBRE SOCIABLE
Me gustan las diversiones,
las juergas y las jaranas,
el almuerzo del mediodía
y el café por la mañana.
Yo me trato con to er mundo,
con el chico y el mayor,
con el cura y el alcalde
y con el gobernador.
Yo hablo por el arradio,
también en televisión,
y a mi Patrona le digo
poesías desde el balcón.
En mi pueblo ya se dice,
en los bares y en las puertas,
«Este maldito borrico
en todas partes se encuentra».
Pues que digan lo que digan,
a mí me importa un pepino,
el borrico, mientras viva,
seguirá por su camino.
Y aquel que quiera saber
dónde estudió su carrera,
arando con una yunta
en la Loma la Calera.
Y aquí termina la historia
de este maldito animal,
que se encuentra muy contento
a donde quiera que va.
Juan ha tenido una vida
ejemplar, vida que ha quedado
reflejada en su libro, una vida
que merece la pena detenerse
unos instantes para conocerla.
Ha llevado por bandera el nombre
del pueblo que le vio nacer,
para el que también tiene un
precioso poema:
HISTORIA DEL TRABUCO
Mi pueblo llaman Trabuco,
aunque no quiera la gente,
porque así lo gravó
aquel ventero valiente.
El hombre con su bagaje
marchaba a suministrar
y, en los Montes de Archidona,
lo salieron a robar.
Le quitaron el dinero
y le dieron varias palmas
y a la venta regresó
sin poderse menear.
Y un amigo que tenía
un trabuco le apañó
y aprendiendo a manejarlo
al camino se tiró.
Y en los Montes le esperaba
aquella misma partía
y, disparando el trabuco,
como un águila corrían.
Y el ‘Tío el Trabuco’ llamaron
por toda la serranía.
Y el año 48 de nuestro siglo
pasado,
la Reina Isabel II
su nombre lo ha confirmado.
Y en tiempos de dictadura,
mandando el pueblo don Jorge,
se lo quisieron cambiar
por la Villa Guadalhorce.
Ése es un nombre bonito,
toda la gente decía,
peor la reina Isabel II
lo firmó en aquel día.
Y así termina esta historia,
señores,
sin ningún truco,
que, mientras que el pueblo
exista,
es Villanueva del Trabuco.
Juan Ferrer Sánchez ‘el
campesino trovero’, el hombre de
fácil palabra y de gran sentido
para la rima, murió el 9 de
agosto de 1995, a la edad de 80
años, a causa de una úlcera de
estómago, o, al menos, eso cree
su hijo Juan que fue la causa.
A modo de conclusión, os dejo
con otro poema de Juan, en el
que podemos dar un paseo por su
vida:
LA VIDA DE UN TRABUQUEÑO
Yo nací en el año 15
bajo el sol de Andalucía
y, pasando fatiguitas,
he pasao toda mi vida.
No estuve nunca en la escuela,
ni hice la comunión
y la guerra del treinta y seis,
enterita me cogió.
Ya disparan los fusiles,
morteros y artillería,
mientras yo, como un topo,
bajo la tierra dormía.
Ya vienen los trimotores,
con sus bombas muy potentes,
pa destruir las chabolas
que hacían en los frentes.
Vengan bombas y metrallas,
decían con gran astucia,
o se tienen que entregar
o si no, marcharse pa Rusia.
Y en el año treinta y nueve,
el Gobierno se rindió,
quedando el general Franco
al mando de la nación.
¡Viva Franco!, se decía
por los pueblos y ciudades,
todo el mundo a su trabajo
para España levantar.
Licenciaron a mi quinta
y a mi casa regresé,
y me encontré que no había,
pues, naita que comer.
Los garbanzos, por las nubes
y el aceite, por la luna
y el pan blanco lo comía
aquel que tenía fortuna.
Y yo sólo me decía,
pues la cosa no va mal,
el obrero, a ser esclavo
y el capital, a triunfar.
Y así ha estado nuestra Patria,
con esclavos y dictadura,
hasta que Franco se fue muerto
pa la sepultura.
Los españoles rezamos
bajo el cielo una oración,
por el hambre que pasamos
el año cuarenta y dos.
Pero no hay cosa más dura
que un obrero español,
que, con habas y verduras,
levantaron una nación.
Y aquí termina la historia
de este hombre conocedor,
que fue soldado en la guerra
y esclavo el cuarenta y dos.
|